Mala señal para la región
El derecho a la vara con que se
midió a Fujimori
El desenlace del actual proceso electoral puede
afectar el futuro de la democracia y
los derechos humanos; y no sólo en el Perú, sino en el conjunto de la región.
¿Cuál es la idea? Si
prosperara una nueva reelección de Fujimori, de hecho incrementará el déficit
que los peruanos arrastramos en derechos humanos y democracia; premisa que no
requiere de mayor demostración: se trata de un régimen que en casi 10 años debe
haber batido un récord Guiness en medidas en esa línea. Pero, a la vez, tendría
un efecto agregado de exportación: fortalecerá, alentará las tendencias
antidemocráticas y contrarias a los derechos humanos presentes ya en las
diferentes partes de la región.
Recordemos que hasta hace
unos años se discutía si Fujimori era el último o el primero. El último si se
trataba de una especie de rezago o eco de un pasado autoritario común en la
región; y el primero si terminaba siendo un nuevo modelo de autoritarismo,
viable en el siglo XXI. Hoy sabemos que apunta a ser más lo segundo, en el
sentido de que Fujimori pretende ser –y así es percibido cada vez más– un
ejemplo a seguir. Y si esto llega a ocurrir, la democratización de la región,
lejos de ser irreversible, como hasta hace poco se pensaba, podría haber sido
sólo un paréntesis.
Pero explicitemos qué es lo
esencial de lo que está sucediendo en el Perú y por qué es tan grave y
peligroso para este país y el conjunto de la región.
Un caso de autoritarismo "legitimado"
Durante los últimos 10 años
se ha construido y consolidado en el Perú un régimen político absolutamente
autoritario; sólo a modo de ayuda-memoria, repitamos los rasgos esenciales de
su identidad:
1) Concentración del poder
en Fujimori y su entorno.
2) Intolerancia y
eliminación de contrapesos y fiscalización: de ahí la política de intervenir y
controlar las instituciones del Estado y, en la sociedad civil, la
incompatibilidad y el choque frontal con la libertad de prensa, los movimientos
sociales y políticos y las ONG.
3) Expansión de entidades
como el SIN y la Justicia Militar.
4) Hostilización y hasta
persecución de opositores, críticos e independientes.
5) Irrespeto permanente de
la legalidad: tanto del ordenamiento jurídico interno (sobre todo de la
primacía de la Constitución) como de estándares internacionales.
6) Cultura del "todo
vale", del "todos falsificamos firmas".
Pero más allá de lo grave
de esta situación, lo peculiar y lo más peligroso en términos de efecto
demostración es que este autoritarismo ha logrado desarrollarse y mantenerse en
el poder durante casi 10 años sin perder, en última instancia, la legitimidad
que, en términos formales, está sólo reservada para las sociedades que respetan
determinados mínimos democráticos y de derechos humanos. (En última instancia,
léase, no obstante, los muchísimos cuestionamientos que se le hacen.)
Fujimori es, por tanto, el
primer caso de "autoritarismo legitimado" en la región (o por lo
menos de autoritarismo no totalmente deslegitimado), que ha logrado entrar al
nuevo siglo en esa condición.
Autoritarismo legitimado a plazo
indefinido a través de elecciones
Pero, peor aún, este
autoritarismo pretende permanecer de manera indefinida en el tiempo,
violentando claramente el ordenamiento jurídico interno y estándares
internacionales esenciales y sin perder, aun así, dicha legitimidad. Y esto
porque está buscando quedarse en el poder no de facto, sino a través de
elecciones absolutamente irregulares y viciadas (ver las 110 razones al
respecto), pero que pretende que al final pasen –en especial ante los ojos de
la comunidad internacional– como libres y justas.
Y si al final pasan y
quedan así, sobre todo después de la gran cantidad de observación internacional
que ha habido, los indicadores o estándares para medir democracia y derechos
humanos habrán caído.
Veamos algunos –entre
otros– de los indicadores generales que se desprenderían de la experiencia
peruana:
– Vale intervenir
abiertamente el Poder Judicial, y los magistrados pueden ser indefinidamente
provisionales.
– Está bien que la
continuidad del Tribunal Constitucional dependa de la concordancia de sus
sentencias con objetivos del Poder Ejecutivo.
– La libertad de prensa no
es incompatible con la intervención selectiva de medios ni con la autocensura
provocada por mecanismos de presión.
– Los convenios
internacionales y las decisiones de los sistemas internacionales se pueden
cumplir o incumplir.
Ahora, algunos de los
estándares para medir elecciones libres y justas a partir de estas elecciones
en el Perú:
– La legalidad
(constitucionalidad) o ilegalidad de las candidaturas es irrelevante.
– Si se descubre una
falsificación masiva, ésta tendrá efectos penales-individuales pero no
electorales.
– La utilización abierta de
los recursos del Estado y la hostilización de los candidatos no oficialistas
durante el proceso electoral no
constituyen una irregularidad insalvable.
– Se puede controlar y
manipular medios de comunicación, siempre y cuando al final se abran algunos
espacios, por mínimos que sean.
– Basta la existencia
formal de una autoridad electoral, pero su independencia no es parte de la
observación o supervisión electoral.
En pocas palabras, tomando en
cuenta que se trata de un proceso electoral abierta y escandalosamente irregular,
que este proceso ha estado bajo la lupa de innumerables misiones de observación
electoral (ver artículo al respecto), y que todas estas misiones –sin excepción
alguna– han expresado gravísimos cuestionamientos casi en vísperas del día de
las elecciones, si al final termina pasando la prueba, la vara para medir las
condiciones de elecciones democráticas se habrá puesto casi al ras del suelo, y
se estaría alentando a que muchos intenten pasarla fácilmente. Todos exigirán ser
medidos con la misma vara con que se midió a Fujimori. (Ernesto de la Jara)