Observación internacional

La variable no controlada

Lo que está ocurriendo en el Perú en materia de proceso electoral es inédito en el país y la región; no sólo porque el proceso está plagado de irregularidades, sino también por el importante papel que está cumpliendo la observación electoral internacional, que puede ser decisivo para el destino final de las elecciones. En las líneas que siguen, un recuento de cómo es que esto ha ocurrido.

 

Sin duda, el presidente Fujimori debe estar extrañando aquellas épocas en que no había tantos observadores internacionales vigilando la legitimidad de las elecciones en el Perú. Desde el autogolpe del 5 de abril, la OEA había sido virtualmente el único organismo internacional que había enviado misiones para observar las elecciones y consultas electorales realizadas en el marco del cronograma de reinstitucionalización democrática impuesto por la comunidad internacional luego de la ruptura del Estado de derecho en el Perú. Ahora, en cambio, a la de la OEA se han sumado otras misiones de prestigiosas instituciones internacionales que han visitado el país y establecido, incluso, sedes permanentes. Hasta se anuncia la llegada de más misiones.

¿Un repentino interés por el Perú? ¿Una súbita apertura de un régimen que al no tener nada que esconder abre sus puertas para que el mundo vea la legitimidad de su proceso electoral? No, de ninguna manera. Ocurre simplemente que nunca como ahora lo que está en cuestión en el país es la legitimidad del proceso electoral. Que se recuerde, en la historia política reciente del país y la región nadie ha querido reelegirse por segunda vez, anticonstitucionalmente y atropellando toda la normatividad y el Estado de derecho y desatando una de las campañas electorales más sucias de que se tenga memoria. Es este particular escenario político el que ha convocado la atención de las misiones de observación internacionales.

Y las misiones han llegado en un esquema que no le gusta en absoluto al Gobierno: fuera de su control. Para empezar, las misiones internacionales son realizadas por organizaciones de la sociedad civil sobre las cuales es difícil imponer condicionamientos políticos. Tanto el Centro Carter como el National Democratic Institute (NDI) y el Electoral Reform International Service (ERIS) son instituciones especializadas, tienen sus principios y metodología establecidos y actúan de acuerdo con las prácticas internacionales para la observación no partidaria de elecciones y las leyes en el país sujeto a observación. Por su parte, la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH) es una reconocida organización de defensa de estos derechos.

La propia misión de la OEA, al mando del ex canciller guatemalteco Eduardo Stein, no tiene las restricciones de antes: su presidente no es un funcionario del sistema, cuenta con autonomía y puede pronunciarse en cualquier etapa del proceso electoral; su mandato es claro respecto a que está en capacidad de observar el conjunto de los factores que afectan las elecciones, y en lo que haga recibirá el respaldo del Consejo Permanente. El Departamento de Estado, además, ha extendido por adelantado su apoyo a una misión que considera debe ayudar a que en el Perú se realicen elecciones limpias y transparentes.

Entonces, para un régimen que ha montado un esquema de control total sobre las instituciones democráticas para asegurar la reelección, las misiones de observadores debían aparecer como la variable incontrolada; de ahí sus iniciales resistencias a invitarlas o la campaña de desprestigio contra Transparencia, la organización nacional de observación electoral. Pero no tenían más remedio que aceptarlas y empezar a escuchar una música no grata a sus oídos, con la cual, además, han tenido que bailar.

La evaluación de las misiones

En efecto, atendiendo a su mandato de observar el conjunto del proceso electoral, las misiones han hablado, hasta ahora, claro y fuerte de lo que han visto en el país, y han coincidido en un punto esencial: las elecciones no cumplen los estándares mínimos para ser consideradas legítimas y democráticas.

Desde su primer informe, del 3 de diciembre de 1999, la misión conjunta del Centro Carter y el NDI advirtió un conjunto de problemas que ponían en cuestión la legitimidad del proceso electoral: "Es opinión de la delegación que el ambiente preelectoral se caracteriza por varias deficiencias y que los problemas señalados deberían ser resueltos con esfuerzos continuos y concertados, para hacer posible que el proceso electoral cumpla con los estándares internacionales para elecciones democráticas auténticas".

En su segundo informe, del 11 de febrero del 2000, fueron aún más allá al sostener que la situación había empeorado: "Existe la percepción generalizada de que el proceso electoral tiene fallas, y esta percepción limita la confianza del público en las elecciones... es vital que se tomen medidas efectivas, que sean inmediatamente implementadas en forma comprensiva, para que la credibilidad del proceso sea reconocida y se pueda cumplir con las normas internacionales".

Paralelamente, en su informe del 14 de febrero, la misión de la FIDH caracterizó la situación como "un golpe de estado permanente": "Hemos constatado que no existen las condiciones para realizar elecciones democráticas, libres y transparentes. Tenemos temor por la autenticidad del sufragio próximo a efectuarse... el proceso electoral no parece ser una competencia libre y democrática, en la que los ciudadanos pueden optar por los candidatos y propuestas de sus preferencias, sino más bien un procedimiento que busca justificar o disfrazar lo que en realidad es la perpetuación de un régimen autoritario con fuerte presencia militar".

Por su parte, ERIS sostenía que el Perú tiene la apariencia y las instituciones formales de una democracia, pero no las normas ni lo sustantivo de ella, y que, por lo tanto, era problemático que las elecciones del 9 de abril pudieran cumplir con los estándares internacionales que las hiciesen legítimas y creíbles: "Hay una creciente desilusión y desconfianza de la opinión publica sobre las instituciones electorales y el proceso político. Hay una profunda preocupación de diversos sectores de la sociedad civil, gobiernos extranjeros y actores internacionales sobre el debilitamiento de las instituciones democráticas y el Estado de derecho, así como por la manipulación del proceso y las instituciones electorales por el actual gobierno".

La reacción de la comunidad internacional

Las conclusiones a las que llegaron las misiones respecto de lo que hasta ese momento ocurría en el proceso electoral tuvieron un fuerte impacto. El Departamento de Estado sostuvo que "coincidía sustancialmente" con las declaraciones y recomendaciones emitidas por la misión conjunta del Centro Carter y el NDI, mientras que la Comunidad Europea afirmó que las declaraciones hechas por las distintas misiones "transmiten claramente las preocupaciones tanto de los peruanos como de la comunidad democrática internacional". Consideró que "lo esencial de las recomendaciones presentadas por los delegados de las organizaciones es apropiado, razonable y en gran parte ejecutable", y sostuvo que adoptaba esa posición por el interés de ver "una campaña electoral libre, justa, transparente, democrática y conforme con las normas internacionales".

Más claro, ni el agua. Hacia mediados de febrero, a poco menos de ocho semanas de las elecciones, cuando aún no se conocía la denuncia sobre la falsificación industrial de firmas para la fraudulenta inscripción de Perú 2000 y cuando la misión de la OEA tampoco había arribado al país, las misiones de observación electoral llegaban a conclusiones absolutamente críticas. Lo que veían hasta entonces en el Perú no respondía a los estándares internacionales. Y la comunidad internacional, guiándose por tales conclusiones, sugería, en lenguaje diplomático, que el proceso electoral estaba viciado y que era necesario introducir cambios urgentes para recuperarlo. Las misiones habían dado el marco para la acción política de la comunidad internacional.

La respuesta del Gobierno fue introducir algunos cambios cosméticos. Abrieron una línea telefónica para recibir denuncias electorales, anunciaron el levantamiento del estado de emergencia (6% del territorio y 5% de la población) e introdujeron una franja electoral para los candidatos en la televisión de señal abierta (ver artículo sobre el tema). Para la magnitud de las recomendaciones realizadas, estos cambios eran ciertamente irrelevantes, pero podían servirle al Gobierno para decir que estaba atendiendo las recomendaciones de los observadores electorales.

La crisis se profundiza

Sin embargo, tales cambios perdieron todo sentido cuando se produjo la denuncia del diario El Comercio y la Defensoría del Pueblo sobre la falsificación industrial de firmas por parte del movimiento Perú 2000, que involucraba a prominentes hombres del régimen. Con el descubrimiento de la inscripción fraudulenta del oficialismo, el proceso electoral, hasta entonces ya plagado de irregularidades que le impedían alcanzar los estándares internacionales, terminaba por adquirir un carácter plenamente viciado.

La inmediata respuesta del régimen fue desatar una campaña de desprestigio contra los que hicieron la denuncia. En el caso del Defensor se llegó hasta a amenazarlo con la destitución. En el de El Comercio, aprovechando un juicio entre accionistas, se le amenazó con entregar el diario a socios minoritarios proclives al régimen. Esto originó una nueva ola de pronunciamientos. El Departamento de Estado expresó su apoyo enfático al Defensor del Pueblo y señaló que le haría bien al proceso que se investigase lo antes posible la falsificación de las firmas. Del mismo modo, el embajador Hamilton resaltó la importancia de la libertad de expresión y la posición de El Comercio en la prensa nacional.

Por su parte, la misión de la OEA también expresó su preocupación sobre el tema. La oposición política había empezado a criticarla pronto, probablemente debido al hecho de que Fujimori se había empeñado en su llegada, lo que generaba desconfianza; también, quizá, por el recuerdo del papel que funcionarios de la OEA como Héctor Gross Spiell y Joao Baena Soares jugaron en el autogolpe del 5 de abril, o por el que cumplieron Mario Gonzales y Santiago Murray en otros procesos electorales.

Pero el primer pronunciamiento de la misión de la OEA era inequívocamente crítico. Señaló sentirse preocupada porque no veía señales políticas de que se quisiera hacer un "esclarecimiento pronto y oportuno" de la presunta inscripción fraudulenta de Perú 2000; de no ser así, dijo, se "comprometerá la legitimidad del proceso".

Adoptó el marco puesto por las otras misiones y advirtió también el clima de desconfianza existente, que "sobrepasa a los tres entes públicos de responsabilidad directa en los comicios y abarca la mayor parte de la institucionalidad pública". Señaló además que ésta era su preocupación central, porque diversos cuestionamientos a la legitimidad del proceso electoral se remontaban a un proceso de decisiones legislativas e institucionales de varios años, las que "aunque rebasan ampliamente la circunscripción temporal de este calendario electoral, parecerían estar afectando algunos elementos de fondo de su realización y han generado preocupaciones compartidas en el hemisferio sobre el equilibrio de poderes en el Perú".

La misión pidió, además, que las autoridades "produzcan resultados contundentes que esclarezcan todos los hechos que están empañando el proceso electoral y realicen las rectificaciones necesarias que puedan devolver a las fuerzas políticas contendientes y a la ciudadanía los elementos fundamentales para un proceso legítimo".

Y para completar el cuadro, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos recibió, a su solicitud, un informe del Relator Especial para la Libertad de Expresión sobre la preocupante situación de la libertad de opinión en el proceso electoral peruano. Haciendo suyo el informe del relator, expresó con toda claridad "su profunda preocupación sobre la integridad del actual proceso electoral, considerando la limitada libertad de expresión existente en el Perú". El mismo sentido tuvieron las expresiones de otras instituciones como la Sociedad Interamericana de Prensa y medios de prensa del exterior respecto de las amenazas contra la libertad de expresión en el Perú y su impacto en el proceso electoral. 

La avalancha fue tal que Fujimori se vio obligado a retroceder y hacer un gambito político orientado a quitar presión sobre su régimen y su proceso electoral. Criticó la campaña que su propia gente había lanzado contra El Comercio, y el Defensor del Pueblo también dejó de ser atacado. Poco después, y ante una nueva denuncia que involucraba a un alto funcionario de la ONPE en la falsificación de las firmas, hizo renunciar a los candidatos Óscar Medelius y Daniel Chuán, los más directamente comprometidos con el escándalo, y retiró al frente Perú 2000 de la alianza Perú 2000. No obstante, absolvió de toda culpa a Absalón Vásquez, otro de los involucrados.

La primera reacción de los observadores frente a estos hechos vino del jefe de la misión de la OEA, Eduardo Stein, quien declaró que las renuncias y el retiro de Perú 2000 ayudaban a la investigación de la falsificación, pero que era necesario ir al fondo del problema, porque la denuncia cuestionaba la integridad del Jurado Nacional de Elecciones y de la ONPE. Dijo, además, que ello debía hacerse antes del 9 de abril.

Nuevo escenario, ¿el final?

Al cierre de esta edición había llegado al país la tercera misión conjunta del Centro Carter y el NDI, presidida por Kenneth Wollack, presidente de esta última institución. También había arribado Terry Duffy, observador de ERIS invitado por la Embajada Británica. Del mismo modo, la FIDH anunciaba una nueva misión para fines de marzo. Estas misiones se van a encontrar con el tema de la falsificación de firmas y con movimientos del Gobierno que, aparentando una toma de distancia frente a los directamente involucrados en el escándalo de la falsificación, en realidad está revelando una tácita aceptación de que las denuncias son ciertas y, por lo tanto, un reconocimiento, también implícito, de su responsabilidad en el asunto.

¿Cuál va a ser la actitud de las misiones frente a esta nueva situación? A la luz de lo que han dicho respecto del escenario previo, lo lógico y coherente sería una evaluación aún más crítica. ¿Cuánto más tendría que ocurrir para insistir en que estas elecciones no cumplen los estándares internacionales que permitan que se las considere justas, democráticas y legítimas? ¿Tendrían acaso alguna posibilidad de cambiar de opinión tan pronto y frente a cosas que objetivamente han empeorado el panorama?

La postura que vayan a tomar es sumamente importante, porque puede tener un impacto decisivo en el proceso electoral. Es verdad que las misiones han dicho que no tienen ninguna facultad y que es finalmente el pueblo peruano quien va a decir si su proceso elec­­toral es legítimo o no; sin embargo, también es cierto que su actuación ha ido creciendo en importancia, dada la particular situación en el Perú. La experiencia internacional muestra que sus conclusiones abren escenarios inesperados. (Isaías Rojas Pérez)

 

Transparencia, la observación nacional

El papel de Transparencia ha sido crucial. Con un seguimiento riguroso y bien documentado del proceso electoral, ha ido desnudando las numerosas arbitrariedades de las que está plagado. Además de su sólida presencia en la opinión pública, la calidad de su trabajo ha sido respaldada por la comunidad internacional.

En su declaración a un mes de las elecciones, Transparencia sostuvo: "Este proceso electoral dista, todavía, de reunir las condiciones para ser considerado legítimo, libre y justo... Gane quien gane el 9 de abril, la democracia en el Perú ya ha sufrido un grave retroceso, al haberse deteriorado la confianza de los peruanos en sus instituciones y en la limpieza de estos comicios... Estamos a 30 días de las elecciones. Éste es el último momento para subsanar errores y garantizar que nuestras elecciones cumplan los requisitos que impone un sistema democrático. De lo contrario, quienes resulten ungidas autoridades carecerán de la legitimidad necesaria para asegurar la democracia, el desarrollo y la paz".

Su pronunciamiento final será muy importante. Sin duda va  a ser uno de los referentes claves para dirimir la legitimidad o ilegitimidad de todo el proceso.

 

El papel del Defensor del Pueblo 

El haber recibido la denuncia del fraude del millón de firmas y habérsela comunicado de inmediato al JNE y a la ONPE en lugar de al Ministerio Público, hizo que la prensa gobiernista desatara una fuerte campaña contra el Defensor, a quien acusaba de estar involucrado en un complot para traer abajo el proceso electoral. Llegaron, incluso, a amenazarlo con la destitución.

Obviamente, la "acusación" era deleznable, pero tuvo la virtud de mostrar la profunda incomodidad que el Defensor provoca al régimen. Primero, porque por un error de apreciación que el oficialismo siente ya haber pagado con creces, eligieron a un Defensor del Pueblo independiente y que cree en su función. La Defensoría del Pueblo es la única institución del Estado que todavía no está controlada por el grupo en el poder. Para ellos, eso es inadmisible.

Segundo, porque pese a los intentos del ministro Bustamante por sacarla del tema, la Defensoría ha asumido su papel de supervisor del proceso electoral; papel, además, ampliamente legitimado nacional e internacionalmente. Y ya Santistevan habló de un "defecto de fábrica" de este proceso, pues se había permitido la candidatura inconstitucional de Fujimori. Asimismo, sus equipos han recibido y documentado múltiples denuncias sobre uso indebido de fondos públicos, agresiones a opositores y restricciones a la libertad de prensa. Y a todo lo anterior se suma la denuncia de las firmas.

Por eso al Gobierno le aterra el balance final del Defensor respecto del proceso. Como dice la canción, "todo tiene su final". Y en algún momento su informe final llegará a la parte de conclusiones y, en ellas, a la línea específica en donde deberá decir: "en conclusión, estas elecciones son..." ¿legítimas?, ¿ilegítimas? Su opinión será, qué duda cabe, una de las decisivas. El Gobierno lo sabe, y por ello la campaña para amedrentarlo, hacerlo retroceder y bajar el tono. ¿Lo conseguirán? Si nos guiamos por su trayectoria personal, deberíamos tener serias razones para pensar que no.