La rentabilidad de la televisión y
la libertad de prensa

Hernán Garrido-Lecca*

En el artículo que sigue se ofrece una lectura aguda e informada sobre las razones estructurales que en nuestro país hacen que la televisión de señal abierta sea más vulnerable que en otros países a las presiones del poder político y económico. Se proponen además algunas alternativas que merecen ser discutidas.

 

La estructura eficiente de la industria de la televisión es una en la cual una sola compañía tiene por lo menos tres o cuatro canales. Es decir, está formada por compañías que con una sola estructura de gastos administrativos y financieros, con una sola estructura de gastos de venta y con una sola infraestructura de producción, acceden a tres o cuatro canales de salida y hacen, así, lo que en televisión se llama "contraprogramación": en uno de los canales programan amas de casa; en el otro, niños; en un tercero, deportes; en otro más, noticias, etcétera.

Con esos cuatro segmentos de mercado pueden cubrir un mayor espectro del total de televidentes en un determinado momento y, por lo tanto, obtener recursos de la venta de publicidad de acuerdo, incluso, con una mayor tasa de efectividad de llegada con el mensaje publicitario al grupo objetivo de cada uno de los productos o cada uno de los clientes. En el Perú, alcanzar esta estructura eficiente de la industria es imposible.

En nuestro país, el marco legal vigente impone dos restricciones que impiden un funcionamiento eficiente de la industria de la televisión. Se trata de lo que los economistas llamamos "barreras a la entrada". Por un lado, un peruano no puede ser dueño de más de un canal de televisión; y, por otro, los extranjeros no pueden tener más del 20% del accionariado de un canal de televisión. Estas dos restricciones imposibilitan la consolidación de las empresas operadoras de manera que puedan hacer un uso eficiente de las frecuencias y, por lo tanto, impiden que las empresas de televisión puedan ser rentables.

Dos restricciones anacrónicas

Esas dos restricciones tienen un "sustento" absolutamente anacrónico. La primera, aquélla que dice que un peruano no puede tener más de un canal de televisión, es de inspiración orwelliana. Aparentemente, en los inicios de la televisión se pensaba, y sobre todo en el Perú, que las frecuencias para transmisión de televisión eran un recurso limitado y que, por ello, debía impedirse que un solo ciudadano o un solo grupo controlara todo el espectro, porque en la medida que lo hiciera podría controlar la opinión pública y monopolizarla. Esa presunción, hoy a todas luces falsa, tenía algún sentido desde una visión estática de la tecnología, pues al comienzo no era posible aprovechar ampliamente las frecuencias.

Si hace cuarenta años se ponían más de cuatro señales en la banda VHF, éstas causaban interferencias entre sí. Luego fue posible tener hasta siete canales en VHF. Después vino la incorporación del Ultra High Frecuency o UHF, con lo que en el dial del televisor el número de canales aumentó hasta el 99. Sin embargo, la tecnología sigue avanzando y ahora, con la digitalización de las señales, es posible que por cada frecuencia de UHF tengamos la posibilidad de transmitir cuatro canales. Entonces, teniendo en cuenta la cantidad de canales disponibles, hoy es imposible pensar que un ciudadano o un grupo pueda monopolizar todas las señales de televisión abierta.

También es anacrónica la segunda restricción, por la cual los extranjeros no pueden tener más del 20% de las acciones de un canal de televisión. Y lo es porque tiene su inspiración, quizá, en el bombardeo cruzado entre Cuba y Estados Unidos de principios de los 60, luego de la Revolución cubana, coincidente con los albores de la televisión en el Perú, situación que seguramente preocupó a las Fuerzas Armadas de nuestro país. Caricaturizando, es probable que los sectores más conservadores y menos conocedores de las posibilidades de la tecnología de principios de los 60 hayan pensado que la televisión chilena podría terminar convenciendo a los ciudadanos peruanos que viven en Tacna de anexarse a Chile, o que Tumbes, Jaén y Maynas podrían, eventualmente, ser convencidos de anexarse al Ecuador.

Hoy día resulta ridículo pensar que la ausencia de inversión extranjera en la televisión local garantiza nuestra soberanía mental. En todo caso, monopolizar para ciudadanos peruanos la señal de televisión no es la mejor manera de evitar la desnacionalización del país.

El drama de la televisión peruana

¿Cuál es el diagnóstico de la situación de la televisión peruana? Por un lado, en cuanto a programación, estamos aún ante la dictadura de la mayoría. Una mayoría por cierto relativa como la que sustenta los talk-shows, programas que llegan a tener 20-25 puntos de rating e imponen ese gusto, esa necesidad, a los otros 75 puntos.

¿Y qué es lo que pasa con las programaciones dirigidas a grupos más reducidos? No son viables desde un punto de vista de ingresos publicitarios, debido –y es aquí donde aparece el siguiente gran problema– a la débil situación financiera de todos los canales de televisión.

Los dueños de los canales han tenido que afrontar, como casi todas las empresas, varios años de pérdidas, lo que los ha llevado a sacrificar sus tarifas con el objetivo de servir la abultada deuda que casi todos tienen. Esto hace que "malbarateen" sus tarifas o que "hipotequen la pantalla" (es decir, que vendan por adelantado seis o hasta doce meses de spots publicitarios) para poder cumplir con las obligaciones de corto plazo. Ante la imposibilidad de un natural proceso de consolidación de la industria, ello origina la creciente canibalización de las tarifas.

Esto explica casos absolutamente irracionales como el de un spot publicitario de un salón de belleza (una peluquería) que se transmite a las 7:00 a.m. en todo el país. No nos podemos imaginar a una señora que vive en San Juan de Miraflores yéndose a Comas a arreglarse el pelo para alguna fiesta de fin de semana, por extraordinario que sea el salón de belleza. Sin embargo, la peluquería de Comas termina anunciándose entre los pobladores de Iquitos o los de Zarumilla por US$ 80 por spot de 30 segundos. Esto es un uso absolutamente ineficiente de la señal de televisión: es una irracionalidad desde un punto de vista económico, comercial y financiero, pero es parte de la realidad de la televisión peruana.

Por eso, con tarifas tan bajas, el privilegio inexorable de la urgencia financiera y la imposibilidad de la consolidación empresarial, queda negada una de las posibilidades de la televisión eficiente: que un canal sostenga hasta su maduración un programa dirigido al estrato A, por ejemplo, con cinco puntos de rating, por el que pueda cobrar tarifas muy altas porque está segmentado a un sector que le puede interesar, entre otras, a empresas de automóviles o restaurantes de lujo. Entonces, no es posible mejorar la calidad de la televisión peruana, porque la inestabilidad financiera de las empresas y la canibalización de las tarifas no lo permiten.

Permítaseme aquí una precisión: en televisión, calidad no es sino mayor diversidad para poder elegir y satisfacer las necesidades de los diferentes segmentos de mercado y de las minorías de todo tipo en lo que a programación se refiere. La calidad no está necesariamente referida, entonces, a elites culturales o de alto poder adquisitivo, sino a grupos de interés. Un canal que transmita en quechua o en árabe; un canal de fútbol o uno de toros; un canal de arte o uno de tecnocumbia; un canal de fiestas patronales o un canal de pesca, son todos conceptos que implican calidad de televisión para un grupo humano en particular.

La televisión y los otros medios de comunicación

Hasta aquí, la conclusión de nuestro análisis es que la televisión no es hoy negocio, porque dos restricciones anacrónicas que subsisten en el marco legal vigente impiden la consolidación de las empresas de manera que éstas puedan alcanzar una estructura eficiente y ser
rentables.

Pero la televisión es la industria o el segmento de la industria de los medios de comunicación que marca la pauta en las tarifas: es, en cierta manera, el benchmark a partir del cual se establecen las tarifas para otros medios que tienen menor cobertura, como la radio, las revistas y, eventualmente, los diarios de circulación nacional.

Entonces, si la televisión no es negocio, si las tarifas de televisión no pueden ser más altas de manera tal que permitan su rentabilidad gracias a la segmentación del mercado –y, por lo tanto, la mejora en la calidad de la programación–, tampoco serán negocio los otros medios de comunicación.

El diagnóstico general es que todos los medios de comunicación tienen una estructura financiera muy débil; la mayoría está altamente endeudada, y enfrentan tarifas canibalizadas en medio de una guerra de precios que, considero yo, es insostenible.

La mano del Estado y la libertad de prensa

Este contexto en el que tratan de sobrevivir todos los medios de comunicación resulta funcional a cualquier gobierno que no crea en la institucionalización del país o, en todo caso, que no tenga entre sus principios valores democráticos.

Digo que resulta funcional porque, dada esta situación, es muy fácil para el gobierno de turno —destaco gobierno de turno porque no me refiero sólo al gobierno actual— controlar los medios de comunicación mediante, por lo menos, dos mecanismos.

El primero, ampliamente usado durante la década pasada, es el canje de publicidad por impuestos. Los medios de comunicación son las únicas empresas en el Perú que pueden acceder al canje con SUNAT. Mientras Juan, que vende artículos de plástico, tiene que sufrir para pagar sus impuestos, los únicos que pueden pagar con los bienes que producen son los medios de comunicación. Yo quisiera saber qué pasaría si un productor de yuca no pudiera pagar sus impuestos. Estoy seguro de que no le podría decir a SUNAT: "yuca pa’ ti".

El otro mecanismo para someter a los medios de comunicación es, obviamente, la publicidad estatal. La situación de por sí inestable o vulnerable de la industria, debido a su estructura, es exacerbada en un período de recesión (como el actual) en el que los anunciadores se retiran de las tandas publicitarias y dejan la pantalla prácticamente libre, con lo que acrecientan la angustia y la necesidad de los canales por vender.

En ese contexto aparece el Estado y se convierte en el principal anunciador de la televisión peruana. Y, en honor a la verdad, éste no es el primer gobierno que lo hace.

Con los dos mecanismos descritos es muy fácil que alguien en el Estado diga: "no me gusta tu línea editorial, no tienes publicidad del Estado" o, por otro lado, "pórtense bien, porque si no lo hacen no hay canje".

Entiendo que resulta difícil establecer qué es cruzar la línea. Algunos medios de comunicación, sin embargo, han rechazado claramente el canje. En 1999 El Comercio editorializó contra el canje. Sin embargo, lo cierto es que no hay ni habrá verdadera libertad de prensa en el Perú mientras la intervención del Estado sea decisiva para los medios de comunicación. Su escasa solvencia financiera y la de todos los medios persistirán mientras la televisión no sea negocio en el Perú.

Existiría un tercer mecanismo de presión, que sería el uso dirigido de la administración de justicia. Aquí sólo podemos hablar de indicios, pues probar algo con certeza es muy difícil. Pero es claro que los problemas que originan las disputas judiciales que le permitirían al gobierno ejercer presión a un lado, a otro o a ambos, se derivan precisamente de la poca solvencia financiera de la mayoría de los medios y la mayoría de sus accionistas, resultante, insistimos, de la subsistencia de dos restricciones anacrónicas que impiden el desarrollo de los medios de comunicación en el Perú.

El futuro de la industria de los medios de comunicación

En el futuro, la necesidad de consolidar la industria de los medios de comunicación va a ser aún mayor, porque ya no vamos a hablar únicamente de la necesidad de que una compañía maneje más de una señal de televisión, sino que las compañías van a tener que empezar a combinar ya no sólo señales de televisión abierta sino, eventualmente, también de televisión por cable, radio, Internet, telefonía, vídeo interactivo, etcétera.

La reciente adquisición de Time Warner por America On Line por US$ 183 mil millones (es decir, tres veces el PBI "pichicateado" del Perú), es una clara señal de lo que nos espera en el futuro.

La libertad de prensa es uno de los pilares fundamentales de la democracia. Pocas veces reflexionamos sobre cómo la economía se entrelaza con la política, o sobre cómo el marco económico puede fortalecer o debilitar valores fundamentales de la democracia.

Creo que éste es un caso clarísimo de cómo dos restricciones anacrónicas, dos barreras a la entrada para el desarrollo de una industria, han debilitado y seguirán debilitando las posibilidades de que haya verdadera libertad de prensa en el Perú. Sin libertad de prensa no hay elecciones libres; y sin elecciones libres no hay democracia.

*          Economista.