Sistema Interamericano de
Derechos Humanos:
Hay reformas... y reformas
Ariel E. Dulitzky
A primera
vista, parece que todo el mundo está de acuerdo en que hay que introducir
cambios en el Sistema Interamericano de la OEA. ¡Por fin un punto de consenso! Pero
no hay que ser un sabueso para darse cuenta de que lo que existe más bien son
dos posiciones enfrentadas a muerte, no obstante tratarse de un sistema
regional de protección de derechos humanos. Hay quienes quieren los cambios
para revertir lo avanzado, y quienes lo quieren para hacer más previsible y
eficiente el Sistema (no necesitamos aclarar de qué lado está el gobierno del
Perú).
Ariel Dulitzky, de Law Group, experto en estos temas,
explicita y pone en su justo contexto el debate.
El sistema interamericano de protección de derechos
humanos se encuentra en un proceso de redefinición de su papel. En sus
cincuenta años de funcionamiento, la Comisión Interamericana de Derechos
Humanos ha tenido numerosos logros en la promoción, ejercicio y defensa de los
derechos humanos. La Comisión ha salvado y continúa salvando vidas, ha
permitido abrir espacios democráticos en el pasado y contribuye en la
actualidad a consolidar las democracias de nuestros países, ha combatido la
impunidad y hoy ayuda a traer justicia y reparaciones a víctimas de violaciones
de los derechos humanos.
El proceso de reflexión acerca del Sistema
Interamericano debe partir necesariamente por analizar la vigencia de las
libertades públicas en los países de la región. Con el advenimiento de
gobiernos elegidos democráticamente, la situación de derechos humanos en la
región ha mejorado en muchos aspectos. En particular, la mayoría de los países
no tienen políticas de violaciones graves planeadas por el aparato del Estado.
Sin embargo, la impunidad en casos de violaciones de derechos humanos continúa
siendo una de las constantes en nuestra región.
En algunos países la legislación penal especial sigue
desconociendo las garantías del debido proceso. Otros mantienen legislación o
prácticas discriminatorias contra las mujeres, indígenas, trabajadores
migrantes, minorías étnicas o raciales. La violencia contra las mujeres
constituye un fenómeno extendido en toda la región. La violencia policial y las
condiciones carcelarias inhumanas son una constante. Deficiencias en el
funcionamiento del Poder Judicial se hallan presentes en la vasta mayoría de
nuestros países. En muchos de éstos los defensores de derechos humanos
continúan siendo víctimas de persecución y hostigamiento. La violación
sistemática y masiva de los derechos económicos, sociales y culturales es una
triste realidad en el hemisferio. La situación en la que viven millones de
niños en las calles de nuestras ciudades es una afrenta a nuestras conciencias.
En otras palabras, a las elecciones periódicas que existen en nuestros países
aún les queda un largo camino que recorrer para recibir el nombre de verdaderas
democracias.
Frente a este cuadro, el proceso de reforma del
Sistema debe dirigirse directa y exclusivamente a lograr la efectiva protección
de los derechos de las personas del continente reconocidos en la Convención
Americana sobre Derechos Humanos, proceso en el que la Comisión Interamericana
cumple un papel crucial y que la convierte en víctima de ataques de los
gobiernos que no comparten ese compromiso con los derechos humanos. El primer
paso en cualquier proceso de reflexión sobre el sistema de derechos humanos
debe darse hacia el interior de los países y preguntarse cuál es el grado de
respeto y vigencia de los derechos humanos en cada uno de los estados miembros.
Sólo una vez que esa interrogante haya sido respondida, puede preguntarse cómo
modelar un sistema interamericano que sea eficaz para apoyar a los estados en
la superación de los problemas identificados y, a la vez, proveer un remedio a
las víctimas de violaciones de los derechos humanos.
Esto no es lo que sucede en el actual proceso de
reforma. El Perú y otros gobiernos han comenzado por el camino inverso. Han
sentado a la Comisión en el banquillo de los acusados, como si fuera la
responsable de los graves problemas que el Estado de derecho confronta en
nuestra región. Estos países creen que el problema no es con la violación de
los derechos humanos sino con la Comisión y, eventualmente, con la Corte, por
señalar tales abusos.
El debate actual
Los nuevos desafíos, realidades y problemas en
América Latina han generado actitudes diferentes en relación con el Sistema
Interamericano de Derechos Humanos. Algunos países han respondido buscando que
la Comisión se convierta en una aliada para solucionar problemas relacionados
con derechos humanos. Estos estados se han caracterizado por una actitud
cooperante, pues han utilizado a la Comisión como un medio para detectar
violaciones de derechos fundamentales. Han impulsado cambios en sus políticas,
prácticas o leyes internas para superar las situaciones violatorias de la
Convención Americana sobre Derechos Humanos y remediar violaciones en casos
individuales. Otros estados con gravísimos problemas de derechos humanos, como
Colombia o Ecuador, se han comprometido activamente en la búsqueda de
soluciones amistosas realizadas con el auspicio de la Comisión, como pagar
indemnizaciones, impulsar investigaciones, reconocer internacionalmente su
responsabilidad por violaciones de los derechos humanos, restituir el buen
nombre de las víctimas, entre otras.
En respuesta al trabajo de la Comisión, otros estados
–en particular aquéllos que se vieron más "afectados"–, por el
contrario, adoptaron una postura defensiva en algunos casos y crítica en la mayoría
de las ocasiones. La respuesta por la que optaron fue criticar duramente a la
Comisión y a la Corte en cada ocasión que los órganos decidieron casos en su
contra, incumplieron con la gran mayoría de las resoluciones de la Comisión y
de la Corte, cuestionaron la legitimidad e integridad del trabajo de los dos
órganos del Sistema, pretendieron retirarse de la supervisión de la Corte y
promueven la actual reforma del Sistema para debilitar a la Comisión. No
sorprende que a la vanguardia de esta posición se encuentre el gobierno del
Perú, el país con más casos pendientes ante la Comisión y Corte
Interamericanas.
Estas dos posiciones frente a la Comisión también se
reflejan en el proceso de reforma del Sistema. Una de ellas, en la que el
gobierno del Perú ocupa un lugar de liderazgo, ha entendido el proceso como la
posibilidad de reformar el Sistema a través especialmente del debilitamiento de
las facultades de la Comisión de realizar visitas in loco, preparar informes sobre países y tramitar casos individuales,
las tres funciones esenciales de la Comisión. Con el argumento de que los
países del hemisferio se hallan en democracia, proponen la reorientación del
Sistema Interamericano para dejar de lado todas las funciones de protección o,
al menos, para que se ocupe marginalmente de ellas, concebidas supuestamente
para épocas autoritarias, y se dedique sobre todo a la promoción internacional
de los derechos humanos.
La otra posición, sostenida por Chile, Argentina,
Paraguay y Canadá, aboga por el mantenimiento de las funciones de protección,
esto es, por la tramitación de casos individuales y la redacción de informes
sobre países como los elementos centrales del Sistema. Entre sus propuestas
concretas, plantean una mayor apertura y publicidad del procedimiento de la
Comisión y, en general, una tendencia hacia la judicialización del Sistema
Interamericano.
Estas dos posiciones encontradas, y hasta cierto
punto irreconciliables, reflejan una crisis del Sistema. Algunos hablan de una
crisis financiera por lo magro de sus recursos, lo que es verdad; otros, de la
crisis de eficacia por el escaso cumplimiento de sus decisiones, cosa que
también es cierta; algunos más mencionan la crisis de eficiencia y
transparencia por lo prolongado y en ciertos aspectos discrecional de sus
procedimientos, y coincidimos con esa crítica.
Para nosotros, sin embargo, hay una crisis muchísimo
más profunda que abarca a todas las anteriores. Es una crisis de identidad, es
decir, de una fundamental falta de acuerdo sobre la naturaleza jurídica y
política de este Sistema y sobre su futura dirección. Muchos países no
consideran a la Comisión y a la Corte como lo que son, órganos internacionales
creados por la OEA y compuestos por miembros elegidos por el voto secreto y
libre de los 34 países que integran la OEA. Equiparan a la Comisión con una
simple ONG que sirve intereses de la guerrilla, el narcotráfico, la izquierda,
la derecha, la oposición política o cualquier otro calificativo que encuentran
disponible.
Para comenzar a superar esta crisis se debe partir de
un análisis sincero, profundo y abierto en la OEA sobre la real vigencia de los
derechos humanos en la región. Esto ayudará a resaltar la importancia y
necesidad de una Comisión y una Corte fuertes e independientes para proteger los
derechos de nuestros conciudadanos.
Lamentablemente, el proceso actual no parte de la
pregunta básica sobre cuál es la situación de los derechos humanos en cada uno
de los países y cómo se puede modelar un sistema que contribuya a mejorar esa
situación. El Perú y sus aliados no están interesados en preguntarse por el
funcionamiento del Poder Judicial, las condiciones carcelarias, la marginación
de los pueblos indígenas, la discriminación contra la población de color, la
violencia y discriminación de la mujer, la violencia policial, las amenazas y
riesgos que confrontan los defensores de derechos humanos y otros líderes
sociales, la vigencia de la libertad de expresión y la legislación de
emergencia.
La negativa a reconocer o siquiera analizar esa
realidad los lleva a proponer medidas exclusivamente tendientes a proteger los
"intereses" –que obviamente no son los derechos humanos– de sus
gobiernos. Por ello, buscan un Sistema débil que no publique sus decisiones,
que no produzca informes, que no fiscalice el cumplimiento de aquéllas. O
formulan propuestas inconsecuentes incluso con el mínimo rol que le otorgan al
Sistema Interamericano en la promoción de los derechos humanos.
Entre los principales mecanismos de los que se vale la
Comisión Interamericana para generar atención y crear conciencia se encuentra
la difusión de información a través de la elaboración de informes sobre países
o casos individuales. Sin embargo, el Perú ha propuesto en alguna ocasión que
los informes sobre países se deberían eliminar completamente. México, Brasil y
el Perú han sostenido que los informes de la Comisión en cuanto a la
admisibilidad de las peticiones deberían ser confidenciales. No se comprende
cómo estos países pretenden que la Comisión haga promoción de derechos humanos
manteniendo secretos sus informes.
El actual proceso de evaluación y perfeccionamiento
del Sistema Interamericano presenta una última insuficiencia. Aún predomina en
vastos sectores de la OEA la idea de que el Estado es solamente el Poder
Ejecutivo, cuando no el Ministerio de Relaciones Exteriores o sus
representantes en Washington, sede de la OEA. Por eso no se incluye en el
debate a actores principales que pudiesen tener una visión discrepante de la de
los gobernantes de turno.
En el continente existe una de las redes más
impresionantes de defensores del pueblo, comisionados de derechos humanos, ombudsperson, etcétera, de las cuales
Jorge Santistevan es un ejemplo paradigmático; sin embargo, no han sido
invitados. Tampoco las comisiones de derechos humanos de los poderes
legislativos han sido escuchadas, a pesar de que en diversos países cumplen
funciones importantísimas para aprobar y modificar leyes y adecuarlas a los
estándares internacionales. Tampoco han participado los poderes judiciales, que
son, a su vez, los garantes principales de los derechos humanos, aun cuando, en
muchas ocasiones en las que no respetan ni garantizan tales derechos, obligan a
recurrir al Sistema Interamericano.
Indudablemente, el principal ausente en este diálogo
son las organizaciones no gubernamentales locales que nunca han sido invitadas
a participar en los debates de la OEA sobre el Sistema Interamericano. Las
sociedades civiles de nuestros países no solamente son las principales usuarias
del Sistema, sino también las que se benefician directamente de los éxitos de
él y las que sufren las consecuencias tanto de la ineficacia del Sistema como
de algunos de los problemas estructurales que persisten. Algunos países –no es
difícil imaginar cuáles ni por qué motivos– se han opuesto terminantemente a
cualquier tipo de presencia de ONG locales en los debates de la OEA.
Conclusión
El proceso de evaluación del mecanismo regional de
protección puede servir para identificar aquellos objetivos que le permitan
encontrar una identidad propia que tome en cuenta su trayectoria y la
experiencia comparada, todo ello a la luz de las realidades de nuestro
continente.
Sin embargo, la eficacia del Sistema Interamericano
requiere fundamentalmente de la voluntad política de los estados de cumplir con
las obligaciones contraídas en la Convención, para lo que es necesario
modificar la legislación y las prácticas locales cuando sea necesario y, por
cierto, cumplir con las recomendaciones y sentencias de los órganos del Sistema.
Para hacerlo más eficaz, probablemente no se requiera más promoción o mayor
protección. Se necesita fundamentalmente un mayor compromiso político de los
estados de la región con la vigencia diaria de los derechos humanos.