Mujeres y política

Seguimos con el tema mujeres y poder político. Cecilia Blondet plantea una hipótesis sobre la mayor presencia de las mujeres en la política nacional; Virginia Vargas vuelve a Beijing cinco años después para ver qué ha pasado; y, por último, Violeta Bermúdez y Matilde Ureta de Caplansky reflexionan sobre aspectos vinculados a las actuales elecciones.

 

Las mujeres y la política en la
década de Fujimori

Cecilia Blondet*

 

En el Perú, uno de los fenómenos sociales más importantes de la década es la creciente presencia de mujeres en posiciones de poder e influencia. Esto puede explicarse, más que como resultado de un movimiento femenino que presiona por entrar en la arena política, como la expresión de un conjunto de factores históricos y estructurales que se conjugan en la década de los 90 y que permiten a las mujeres incorporarse a un nuevo "mercado político" nacional marcado por la "informalización" de la política.

Entre los factores más importantes de este proceso podemos destacar:

1. La configuración de un nuevo "sentido común" sobre el papel de las mujeres en la sociedad, que ha modificado la actitud de las propias mujeres frente a la política y el poder.

La participación política femenina en el Perú no es nueva; sin embargo, a diferencia de otros momentos de la historia nacional en los que actuaron en política para dar apoyo logístico, hoy las mujeres se encuentran "sensibilizadas" frente al tema del poder y de la acción pública.

En las décadas de los 30 y 40, por ejemplo, las mujeres apristas y comunistas cumplieron un importante papel en la vida política nacional y en la construcción de sus partidos: lideraban los comités de solidaridad, atendían a los presos, veían las denuncias de los perseguidos y exiliados, o criaban y educaban a sus hijos, que serían, en su mayoría, los futuros militantes. Todas tareas centrales que, en su momento, fueron determinantes para asegurar la supervivencia de los partidos, pero percibidas por ellas y por los dirigentes como parte de su labor de madres y esposas.

Así, su militancia fue vista como un deber más de la madre de familia. La maternidad extendida a la política. De ahí el silencio y la omisión de los líderes principales. Un aspecto importante, sin embargo, es reconocer que ellas –o por lo menos la mayoría– tampoco habrían pretendido hacerse dirigentas y competir con los hombres por el reconocimiento y el poder. Como parte de los sectores subordinados (los indios, los negros, los chinos), sabían cuál era su lugar y ahí se quedaron. No cuestionaron el orden y la hegemonía masculinos.

Sólo a mediados de la década de los 50, cuando se inicia el proceso de "individuación" de las mujeres, asociado a la modernización tardía e incompleta del país, se puede hablar de un cambio importante en la participación de las mujeres en la política y en su autopercepción como ciudadanas con derechos.

La educación y la entrada al mercado de trabajo habrían contribuido a acelerar el proceso emancipatorio de ciertos sectores de la población femenina y a trastocar los tradicionales roles asignados a ellas en la sociedad, con lo que el tema del poder quedaba replanteado. Hacia fines de la década de los 60, este hecho se expresaría en términos políticos en la disputa de algunas de las militantes por el liderazgo. Ahora se sienten disconformes con la preparación de la comida, el trabajo secretarial de los documentos o la venta de los periódicos, y quieren ocupar otros lugares en la jerarquía partidaria.

Otro elemento que contribuye de manera decisiva en la construcción de un nuevo sentido común y actitud de las mujeres frente al poder es el discurso y la presión de los organismos internacionales. Las conferencias mundiales de Naciones Unidas sobre la mujer influyeron para que los temas de la no discriminación y la no violencia entraran en el debate público, y formularon propuestas a los gobiernos para incorporar en la agenda política temas que antes eran considerados de interés femenino y dominio privado. A su acción se suma el movimiento feminista, que cumple un papel clave; con estridencias y aciertos valiosos, el feminismo favoreció la asociación de mujeres de muy distintas clases sociales y procedencias en el nuevo lenguaje de los derechos y contribuyó a crear una corriente de opinión en favor de la igualdad entre hombres y mujeres.

2. Es destacable la existencia de diferentes sectores de mujeres "dispuestas" a actuar en la escena política.

El ingreso masivo de mujeres a las universidades y centros de educación superior en la década de los 70 propició que una importante presencia de mujeres profesionales presionara por entrar en el mercado de trabajo. A ellas se suman las jóvenes profesionales que, con notable tranquilidad y sin reparos, entran y salen de la vida privada y pública.

De otro lado, la crisis de los años 80, que fomentara la creación de un sinnúmero de organizaciones sociales femeninas, permitió que muchas mujeres de los sectores populares aprendieran los "tejes y manejes" de la política local y eligieran y fueran elegidas en sus organizaciones; además, como efecto de este proceso muchas de ellas desarrollaron capacidades de un liderazgo que llegó a tener, en no pocos casos, alcance metropolitano e incluso nacional. Sin embargo, la debacle generalizada en la que se sumió el país hacia fines de la década pasada interrumpió este proceso, y las mujeres se quedaron sin juego en una escena política desacreditada y caótica como la de los inicios de esta década.

En consecuencia, mujeres de la clase media de distintas generaciones, educadas y con experiencia profesional, sumadas a las miles de mujeres populares organizadas y con experiencia como dirigentas de sus bases, integran hoy un sector importante de mujeres capaces de ejercer liderazgo y "dispuestas" a ser convocadas. Una característica común a todas, las profesionales y las populares, las mayores y las jóvenes, es el descrédito de los partidos políticos y la ausencia de vínculos partidarios y de mayores lealtades que no sean las propias del ejercicio de la acción pública como mecanismo de reconocimiento, de diferenciación, de servicio a la comunidad o de realización personal.

3. La debilidad o ausencia de los partidos políticos, tradicionales cuarteles masculinos de la política.

Los electores han perdido la confianza en los partidos y las mediaciones partidarias para acceder a la política. De ahí que hoy es fácilmente prescindible el vínculo partidario para entrar a la política, y la proliferación de figuras independientes caracteriza el escenario político nacional. Al mismo tiempo que se desregula e informaliza el escenario político y se pierde confianza en la política típicamente masculina, las mujeres ven ampliarse su espacio de acción.

De otro lado, un sentido "pragmático" orienta el comportamiento de experimentadas lideresas sociales otrora militantes de los partidos de la izquierda y el APRA: o se enrolan en las filas del partido de gobierno, o ensayan como "independientes". Sin embargo, este carácter de "independiente" es precario y vulnerable; la debilidad de las instituciones dificulta la acción política autónoma, y mantener el liderazgo en medios pauperizados puede suponer aceptar la cooptación a las filas fujimoristas y reforzar la concentración y personalización del poder del Presidente.

4. La concentración y personalización del poder presidencial, quien, a su vez, pareciera haber trazado una estrategia de incorporación femenina en la política como parte de su interés por construir una base social más amplia.

Por un lado, desarrolla de manera sostenida, a través del Ministerio de la Mujer (PROMUDEH) y los programas de alivio de la pobreza, una práctica política clientelista dirigida principalmente a la población femenina popular, históricamente desatendida. De otro lado, en concordancia con el discurso internacional sobre la igualdad de acceso de las mujeres a la política, incorpora a determinadas mujeres en posiciones de poder y les otorga un rango y reconocimiento destacables. Y, finalmente, recurre a los mecanismos de discriminación positiva necesarios para promover y asegurar una creciente participación política femenina en los ámbitos local y nacional. Esto, a su vez, genera una relativa afiliación y dependencia de un sector significativo del universo femenino de la voluntad del Presidente.

5. La demanda de orden y estabilidad de la población, especialmente las mujeres madres de familia. Esta demanda se explica por la crisis generalizada que vivió el país desde fines de la década pasada hasta los primeros años de la actual, que había creado un sentimiento de zozobra e inseguridad personal y familiar que Fujimori logró controlar y que hoy sabe utilizar muy bien en su beneficio político.

Fujimori inició un proceso sistemático de recuperación de la autoridad estatal, de la seguridad nacional y del orden en general. Se hizo de aliados en la escena internacional y doméstica. Al estabilizar e integrar al país en el escenario económico internacional e iniciar un programa de ajuste estructural y de reforma del Estado, los funcionarios internacionales y los empresarios comprometieron su lealtad con el Presidente. Con la definición de una política articulada de combate al narcotráfico, el gobierno norteamericano hizo lo propio. Por su parte, la población agradeció la estabilidad y seguridad alcanzadas y confirmó su gratitud al Presidente con un respaldo sostenido a su gestión. Finalmente, la alianza con las Fuerzas Armadas y el Servicio de Inteligencia se consagró luego del autogolpe y con la posterior captura de los principales cabecillas terroristas.

La estabilización económica, la restauración de la autoridad estatal y la pacificación del país, sin embargo, implicaron un costo muy alto que los peruanos aún no terminamos de pagar: la concentración y personalización del poder en la figura del Presidente; además de la pobreza, la ausencia de instituciones públicas independientes y, en general, la pérdida progresiva del Estado de derecho en el Perú con la relativa anuencia de todos los aliados del poder. El tema de la democracia resulta muy espinoso o muy trillado, por lo cual se convierte en un tema retórico sin asidero ni sentido real en la vida de los peruanos.

Contra lo que podría pensarse, los componentes fundamentales de la estabilización y del nuevo orden nacional no son la ley ni la fortaleza de las instituciones, sino la persona del Presidente. Es él quien encarna el orden y la estabilidad, y esta encarnación "engancha" perfectamente con el sentimiento de fragilidad nacional y se convierte en una trampa complicada de descifrar. Cuando el olvido se manifiesta en un descenso de su popularidad en las encuestas de opinión, algo sucede que estremece el escenario y el Presidente aparece para devolver, con firmeza y autoridad, como dice el mensaje del gobierno, la estabilidad amenazada.

Para Fujimori, las mujeres son parte de este ajedrez, sea como alfiles, sea como peones del Rey. Está demostrado, a juzgar por las encuestas realizadas por el IEP en diciembre de 1998, que la presencia de mujeres en posiciones de poder es muy apreciada por la población. Se reconoce el buen desempeño de las mujeres en la política y en los cargos públicos, especialmente porque son vistas como más honestas que los hombres, más dedicadas a las cuestiones sociales y, curiosamente, menos autoritarias. De ahí que su presencia contribuya a reforzar la imagen de respeto, de orden, estabilidad y buen gobierno que el Presidente requiere para afirmarse en el poder.

En virtud de que sus intereses también están en juego, muchas de las mujeres, independientemente de su posición ideológica, le "lavan la cara" al Presidente cada mañana. Le agregan aquellos valores que el pueblo demanda y que buena falta le hacen a su gobierno: honestidad, banalizando las acusaciones de corrupción; preocupación social, subrayando las acciones clientelistas y populistas del Presidente o fundamentando y defendiendo las medidas arbitrarias y autoritarias a las que estamos acostumbrados los peruanos.

Pero además de las lideresas, las mujeres madres, sobre todo, son también buenos peones para el juego político fujimorista, en tanto su imagen coincide con la de las mujeres pobres del país. Sienten por el Presidente una gratitud casi inquebrantable. Como decía una dirigenta de comedores hace unos pocos días, "el Presidente no nos hace caso no porque no quiera, sino porque no sabe...". A mayor pobreza e incertidumbre, más disposición a la clientela.

En este contexto, la bienvenida Ley de Cuotas ha cumplido un papel clave para el Presidente y para las mujeres. Del tradicional 9% que regularmente se repetía en cada elección hemos pasado a más de 25% de mujeres, en promedio, elegidas en los cargos municipales en las últimas elecciones. Y en las próximas, con mayor anticipación y experiencia, se espera mejorar este resultado. Así, habrá muchas mujeres en el poder, aunque no tengamos, por cierto, ninguna seguridad de su compromiso con una agenda feminista o con una democrática.

En conclusión, hoy en el Perú existe un escenario particular en el que, de un lado, la voluntad y el interés político del Presidente, que es el que concentra el poder, se encuentran con un amplio número de mujeres que han perdido el miedo al poder, han aprendido a actuar en esos predios y están dispuestas a seguir ensayando. Ellas esperan ser convocadas para participar en un escenario político desregulado. Hay una correspondencia entre los intereses del Presidente y los de las mujeres peruanas. Del otro lado se encuentran los cientos de miles de mujeres clientelizadas que están, a su vez, dispuestas a continuar apoyando al Presidente en tanto les asegure cuestiones tan concretas como apoyo alimentario, ropa o escuelas, o bienes tan difusos como autoridad, orden y estabilidad para el "Perú, país con futuro" que quieren para sus hijos, como dice claramente la propaganda del Ministerio de la Presidencia.

¿Cuáles son los riesgos que presenta la escena política actual para las mujeres?

1. Es importante que las mujeres hayan perdido el miedo al poder, que estén dispuestas a ejercerlo y que negocien para tener acceso y recursos, pero esto no puede hacerse a cualquier costo. El panorama es incierto desde la perspectiva de la democracia; y aun cuando es importante que aumente la representación femenina en la política, es fundamental recuperar su valor en la práctica política tanto de hombres como de mujeres. Sólo a través de procedimientos democráticos aseguramos que se reconozcan los derechos de los ciudadanos y las ciudadanas.

2. Cuidado con el resurgimiento del "mujerismo" y del "viva la mujer". No todas las mujeres somos iguales, ni todas somos hermanas; por lo tanto, no recreemos una categoría Mujer homogénea que encubre las diferencias sociales, económicas y políticas. Hay mujeres honestas y corruptas, autoritarias y demócratas, pobres y ricas, cada una con intereses bien diferenciados. Es precisamente el reconocimiento de la diferencia uno de los grandes aportes del feminismo. No lo reduzcamos a la homogeneización de las mujeres, porque en esta dinámica se corre el riesgo de perder perspectiva.

En un sentido más preciso, la hermandad femenina sólo conduce a una falaz actitud que encubre las diferencias políticas y que sirve a determinados intereses, aunque éstos no estén suficientemente explicitados. Dos ejemplos: Martha Hildebrandt y Martha Chávez, dos conocidas mujeres políticas que han ocupado la presidencia del Congreso de la República, tienen una posición radicalmente diferente de la de Lourdes Flores, Beatriz Merino, Anel Townsend o Graciela Fernández Baca, también connotadas congresistas. Si bien como mujeres pueden ponerse de acuerdo para proponer leyes que contribuyan a reducir la discriminación de un sector de la población –es el caso de la ley sobre violencia familiar– o el castigo a los violadores, no debemos esperar que coincidan en sus opiniones frente al régimen o el país. Más bien, es esperable que difieran: mientras unas son proclives al autoritarismo fundamentando su posición en la necesidad de imponer la autoridad para lograr el desarrollo, las otras privilegiarán la democracia como método de ejercicio del poder, para asegurar el desarrollo y el respeto entre los ciudadanos y el Estado.

Otro ejemplo es el de la "doctora" Laura Bozzo, popular lideresa de los medios de comunicación. Sabemos que los medios cumplen una función central en la política actual, y el papel de esta señora no es ingenuo ni bien intencionado. Forma parte de una estrategia pensada para capturar a un sector importante y eminentemente femenino de la población y recordarle los peligros de un mundo sin Fujimori. ¿Tenemos que estar de acuerdo con esta mujer?

3. Cuidado con el riesgo del esencialismo: por ser mujeres somos mejores, hacemos política diferente, somos más buenas, más afectuosas, más sensibles. Como si estuviéramos en una competencia de quién es mejor, y las mujeres, por un nuevo sentido común y por el error de los hombres, hoy resultan las mejores (quizá porque no tuvieron tiempo suficiente de actuar). Es como si una música complaciente nos deleitara con un dulce y engañoso son que nos gusta escuchar. El poder es encantador, y cuando se trata de la política las tentaciones son iguales para hombres y mujeres. Pero es fundamental distinguir entre ser el objeto de la política de alguien y ser un sujeto político y, como tal, negociar con los otros. De ahí la importancia de la democracia y las reglas de juego claras que contrapesa, controla, escucha las diferentes voces y asegura la convivencia y el buen gobierno de todos los ciudadanos y ciudadanas.

Los hombres y mujeres del siglo XXI, los que lleguen al poder, serán diferentes en la medida en que sean capaces de instaurar regímenes democráticos que admitan la diferencia y que respeten la ley y el Estado de derecho.

*           Historiadora, Instituto de Estudios Peruanos.

 

Beijing, cinco años después:
Nadie nos regaló nada

Virginia Vargas*

 

Beijing, más que una conferencia, fue la expresión de la capacidad de las mujeres y sus movimientos de expresar y negociar sus experiencias, conocimientos, aspiraciones y parte de sus utopías. Cinco años atrás, los movimientos feministas de la región fueron capaces de apropiarse de la IV Conferencia de la Mujer, imprimirle parte de su lógica y permear los espacios oficiales, con lo que demostraron que los feminismos expresaban un movimiento político de carácter global. Esa capacidad se reflejó en el surgimiento de Plataforma de Acción de la Mujer (PAM).

Sin embargo, como decíamos en el discurso de clausura del foro de las ONG en Huairú, Beijing:

"... nadie nos regaló nada, mujeres; detrás de cada negociación, detrás de cada conquista, están las reuniones de autoconciencia, las marchas infinitas, las discusiones eternas, los análisis académicos y las intuiciones brillantes; está la lucha de Juana por su terreno, la de Julieta en la Universidad y la de Sonia en el batey. La de María Elena, asesinada por los que no querían su paz; la de Margot parada en cualquier esquina de la gran avenida; la de Ana enamorándose de Irene y la de Domitila en las minas que ojalá ya no haya en el siglo XXI. Está la confrontación y el paciente diálogo. Y están, claro que están, las horas robadas al sueño POR los SUEÑOS, los amores perdidos y los conquistados, las rupturas y las complicidades. Fuimos miles y somos miles las que participamos de esta continuidad".

Cinco años en los que las miles que éramos nos multiplicamos, nos hicimos presentes en más espacios, con más estrategias, tratando de avanzar las múltiples causas de las mujeres, aunque no siempre en conexión y acumulación. Años intensos en los cuales los contextos sociopolíticos, económicos y culturales, cuyas nuevas dinámicas ya se comenzaban a expresar a inicios de la década, se perfilaron, asentaron y cambiaron los referentes de las gentes, los estados y los gobiernos.

Mirar con nuevos ojos

De ahí que el primer desafío que se nos presenta ahora es evitar la nostalgia y acercarnos a los grandes problemas que en este nuevo milenio enfrentan la región, el mundo y las mujeres con los lentes del 2000 y no con las categorías y paradigmas de décadas anteriores. Las expectativas alzadas, los caminos recorridos, las formas de relación de los movimientos feministas con las instancias estatales responsables en estos cinco años del cumplimiento de la PAM, no pueden ser analizados en sí mismos sino dentro de la compleja relación sociedad civil-estado en la región y a la luz de los desafíos democráticos que plantea el nuevo milenio.

Aunque con puntos de intersección, espacios de interacción e intereses a veces compartidos, las lógicas de la sociedad civil y los estados son diferentes y hasta contradictoras. Una diferencia fundamental es que por lo general son las sociedades civiles las que a través de las búsquedas y prácticas de sus actores y actoras se adelantan en descubrir y ejercitar derechos antes que éstos sean reconocidos y garantizados por la lógica estatal. Eso da a la construcción ciudadana su característica más vital.

Ahora bien: la histórica relación sociedad civil-estado cobra, en el tránsito al nuevo milenio, dimensiones particulares debido a los grandes cambios socioeconómicos, políticos y culturales de la región. Son cambios paradojales que amplían y al mismo tiempo constriñen el campo de maniobra de los movimientos sociales en general y de los feminismos en particular. Uno de ellos es el ambivalente proceso de globalización, que impulsa más que nunca la concentración del poder económico, al mismo tiempo que descentraliza poder a través de las nuevas formas de comunicación tecnológica; que debilita los estados-nación y al mismo tiempo abre posibilidades de pensarnos y ubicarnos en la aldea global. Y si bien globalización y proyecto neoliberal no son lo mismo, se han desarrollado paralelamente en este último cuarto de siglo, lo que ha tenido evidentes y alarmantes consecuencias sobre las personas y los pueblos.

Otro cambio, quizá más dramático y desafiante, es la coexistencia de sistemas de gobierno democráticos en modelos económicos neoliberales. Varios autores han señalado que modernización económica y democratización política son procesos que también responden a lógicas diferenciadas que corren paralelas, de forma tal que los avances en la reforma económica tienden a ignorar la necesaria adaptación de las instituciones democráticas. Al no haber correspondencia entre ambas dinámicas, la democracia aparece sólo como el mecanismo legitimador de la sociedad de mercado en desmedro de los intereses ciudadanos, lo que da como resultado una democracia restringida.

Ello es grave, porque oscurece la relación entre dos dimensiones básicas de las luchas de las mujeres que fueron claves en Beijing: la lucha por el reconocimiento y la lucha por la redistribución, ambas en permanente tensión en América Latina. Tensión que engloba las dinámicas de exclusión e inclusión, de acceso a la igualdad y reconocimiento de las diferencias, y que es subversiva porque se coloca en el centro mismo de la contradicción democrática en la región: la dificultad enorme de incluir frente a la tendencia histórica de excluir. Tensión, además, que, una vez asumida, busca ampliar los límites de las democracias realmente existentes, en la medida que la redistribución sin reconocimiento es parcial y excluyente de las diferencias, y el reconocimiento será siempre parcial y beneficiará sólo a unas cuantas si no se sustenta en la redistribución. Dicha tensión se agudiza en el nuevo milenio, porque la justicia económica que busca la redistribución difícilmente se puede lograr en el modelo económico neoliberal y en democracias débiles y con poca voluntad de fortalecimiento.

Las estrategias políticas del feminismo desde Beijing

Justamente porque intuíamos estas dos lógicas, el proceso de Beijing desde la sociedad civil y los movimientos de mujeres tuvo dos estrategias: el "texto" y el "pretexto". Se obedecía a dos preocupaciones políticas de los feminismos de los 90. Por un lado, avanzar en la lucha por la igualdad y en consagrar los derechos que las mujeres habían ido afirmando. El "texto" en este caso era la PAM, y se tradujo en el monitoreo y fiscalización del cumplimiento de los acuerdos de las conferencias internacionales para ampliar las ciudadanías femeninas. Era una lógica de negociación autónoma hacia lo público político para que la comunidad internacional y los gobiernos asuman sus compromisos para con las mujeres.

Por otro, el "pretexto", entendido como la lógica de afirmación como movimiento en y hacia la sociedad civil, fortaleciendo la trama asociativa, impulsando articulaciones en un movimiento que comenzaba su proceso de fragmentación. Se pretendía recrear su presencia como actoras sociales en un proceso de permanente "invención democrática" que buscaba formas de subvertir las jerarquías simbólicas y reales de exclusión de las mujeres y el ensanchamiento democrático de la esfera pública desde donde expresarse, actuar y ser reconocidas.

Hacerlo significó ir más allá de la situación de exclusión y marginación de las mujeres, para reelaborar dicha situación desde los grandes temas de los países, de la región y de lo global. Significó también ir más allá de la lógica textual, impulsando otras dimensiones que no eran consideradas por ella. Así, para los feminismos la aspiración fundamental de Beijing fue no sólo buscar la integración de las mujeres a lo "realmente existente", sino la redefinición misma del sistema político y sus mecanismos de exclusión y subordinación.

¿Qué pasó en estos cinco años con estas aspiraciones políticas de los feminismos? ¿Qué pasó con el "texto" y qué con el "pretexto"? Estas estrategias, a poco andar, demostraron no ser "neutras", justamente porque expresaban un terreno de disputa entre sociedad civil y estado. El énfasis en una u otra ha tenido consecuencias fundamentales para las propuestas feministas. Incidir en las estrategias de interacción con la política formal, en desmedro de aquéllas que, desde las sociedades civiles, apuntan al fortalecimiento democrático, desdibuja el carácter transformador de las propuestas feministas, al reducirlas al acceso a la igualdad sin considerar las profundas desigualdades que esa igualdad contiene y legitima. Y, sobre todo, deja a los feminismos sin la posibilidad de una agenda propia, autónoma y democrática, capaz de colocar y generar espacio para aquellos temas, asuntos, climas político-culturales –como justicia económica y derechos sexuales, por señalar sólo algunos– que no encuentran aún cabida en los espacios oficiales y que apuntan al enriquecimiento de la democracia.

El balance

Sin duda, ha habido avances como legislaciones, políticas de afirmación positiva, institucionalidad estatal orientada hacia las mujeres, mesas de concertación, además de avances específicos desplegados en cada país. Sin embargo, a pesar de los avances, el entusiasmo inicial sobre todo lo que se podía lograr con el cumplimiento de las recomendaciones de la Plataforma ha dado paso a una realidad mucho menos seductora, no sólo por lo no cumplido, sino también porque lo avanzado tiene bemoles y puede retroceder.

Las leyes no siempre se aplican por falta de garantías e información; la legislación sobre violencia se ha dado bajo la fórmula de "violencia intrafamiliar", descentrando a las mujeres como sujetos de esta violencia. Las maquinarias estatales orientadas a la mujer han permanecido débiles y son percibidas como expresión "menor" dentro del aparato estatal. En muchos casos, estas maquinarias han perfilado más los intereses de los partidos gobernantes que los complejos intereses de las mujeres. A esto se une el hecho de que no todas estas oficinas sustentan sus acciones en "planes de igualdad", lo cual debilita más su impacto en la transformación de las relaciones de género y en los contenidos y alcances de las políticas públicas hacia las mujeres.

Asimismo, el cumplimiento de algunos aspectos de la Plataforma por muchos gobiernos ha aparecido instrumental a sus intereses políticos. Se ha avanzado en los aspectos menos cuestionadores. En la mayoría de los países ha sido una constante la ausencia de diálogo entre sociedad civil y estado, así como la falta de transparencia en los gobiernos en el cumplimiento de la PAM. Ello ha significado obstáculos para enriquecer la relación entre sociedad civil y estado y asegurar la participación efectiva de la ciudadanía en la implementación de la Plataforma.

La sociedad civil, expresada en este caso en la acción de los movimientos de mujeres y feministas, también ha tenido responsabilidad en la forma como se ha monitoreado el proceso post-Beijing. Es importante recordar que dicho proceso ha sido liderado fundamentalmente por expresiones feministas en todos los países y reconocer que éste ha sido un proceso de aprendizaje intenso que ha permitido acumular una significativa experiencia donde aciertos y errores aparecen ahora más nítidos.

De ahí que ahora podamos reconocer que si bien detrás de cada iniciativa gubernamental alrededor de la PAM ha habido miles de mujeres que se han organizado y presionado para ello, que ha habido acciones y reportes alternativos que han logrado completar o confrontar los informes de los gobiernos, es también cierto que una tendencia significativa de las ONG feministas de la región involucradas en Beijing ha sido la de asumir las estrategias post-Beijing apostando más por el "texto" que por el "pretexto", más por las estrategias de seguimiento que por las estrategias de presión y diferenciación.

Muchas veces las feministas pertenecientes a las ONG han sido convocadas en su condición de "expertas" más que en representación de organizaciones de la sociedad civil que ejercen su derecho al control ciudadano. El riesgo mayor de estas estrategias ha sido el de separar el cumplimiento de la PAM de los contextos y dinámicas democráticas o, dicho en otras palabras, el aislar la construcción de las ciudadanías femeninas del resto de la construcción democrática en los países.

Feminismo y democratización

¿Qué nos revela esta realidad? Una característica paradójica de los feminismos de fines de siglo: el hecho de que el proyecto político feminista es también, en muchos aspectos, ambivalente y contradictorio. Esto es así porque se orienta, por un lado, hacia transformaciones que acercan a las mujeres a la igualdad dentro de las democracias realmente existentes y, al mismo tiempo, pretende subvertirlas, ampliarlas y radicalizarlas. Tarrés expresa esta tensión como el difícil equilibrio entre la ética y la negociación.

El riesgo resultó mayor cuando estas estrategias fueron sacadas de su contexto, de los procesos que las conectan a otras subordinaciones y exclusiones que viven las mujeres, más allá del género pero agravadas por el género. Y cuando han sido aisladas de otras múltiples estrategias de transformación de las estructuras de poder que generan estas diversas expulsiones y subordinaciones.

Posiblemente el riesgo fundamental ha sido el de desdibujar las competencias y las interrelaciones autónomas entre sociedad civil y estado, en tanto se descuidan los contenidos de disputa o las guerras de interpretación a través de las cuales la sociedad civil va perfilando sus propuestas democráticas y va asumiendo una mirada política que, al decir de Beatriz Sarlo, "es una mirada oposicional, siempre atenta a desprogramar lo preconvenido por la ritualización del orden acercando y exhibiendo frente a ese orden el escándalo de la diferencia, el escándalo de muchas perspectivas"; en suma, el escándalo de la transgresión.

Este riesgo de abandonar los contenidos del escándalo de la transgresión se ha expresado en el desdibujamiento de una agenda propia y autónoma, lo cual tiene muchas consecuencias en cadena. Por un lado, debilita la posibilidad de alimentar una base social amplia desde la sociedad civil capaz de presionar por los cambios políticos, económicos y culturales sustanciales a los idearios feministas en América Latina. Ello, a su vez, reduce la efectividad de los feminismos incluso para influir en políticas públicas más radicales, menos fragmentadas, paternalistas, familistas o coyunturales. Debilita también la posibilidad de crear otros públicos que abran otras perspectivas, expliciten diferencias, den campo al reconocimiento de la diversidad y pongan sobre el tapete los nuevos temas que expresan la actual conflictividad social.

En esta realidad latinoamericana, tan deficitaria en democracia, parecería no ser suficiente que las agendas feministas estén sólo referidas a la consolidación de los derechos de las mujeres. El riesgo de separar el feminismo de un compromiso explícito con las dinámicas democratizadoras y con los rasgos más subversivos y diferenciados de su agenda de transformación no sólo limita la expansión democrática del país; también frena el impulso del "derecho a tener derechos", al inscribirlo sólo en los espacios de la política formal, al pretender que los intereses de las mujeres sólo se perfilan en esa dirección, o al circunscribirlos a una mayor representación y mejor legislación, sin posicionarse autónomamente para exigir claras reglas del juego político, rendición de cuentas, justicia económica, institucionalidad democrática.

Por eso, el reto fundamental que desde los feminismos conlleva el cumplimiento de la PAM por los gobiernos hoy es, para mí, hacer una constante revisión de cómo la ampliación de las ciudadanías femeninas no se asume en sí misma sino en una permanente relación con la calidad de los procesos democráticos de los países. Y esa calidad democrática sólo se logrará si se vuelve a poner en el centro de las dinámicas feministas, hacia el estado o hacia la sociedad civil, la lucha por el reconocimiento y la lucha por la redistribución.

*           Fundadora del Centro Flora Tristán.

 

Mujeres en política:
¿Afirmando la democracia?

Violeta Bermúdez*

 

A propósito de la segunda aplicación de las normas sobre cuotas de postulación de mujeres, en esta oportunidad a las elecciones al Congreso de la República, se viene produciendo un interesante debate acerca del sentido de esta normatividad en el contexto peruano.

¿Puede considerarse como un logro para las mujeres que se haya incrementado su presencia como postulantes al Congreso en un proceso electoral con tantos cuestionamientos? ¿Qué nos dice la ubicación de las mujeres en las listas? ¿Por qué los diversos grupos políticos se han limitado a dar un "cabal" cumplimiento a la norma sobre cuotas y no han superado –si no mínimamente y en casos excepcionales– el 25% que exige la ley? Promover la participación política de la mujer, ¿es un asunto de cantidad o de calidad?

Éstas son algunas de las interrogantes que se plantean y que, desde mi punto de vista, pretenden expresar la necesaria relación entre democracia y participación política.

Un primer aspecto por considerar es que cuando aludimos a los conceptos de democracia y participación política, muchas veces pensamos que todas las personas hablamos de lo mismo, que partimos de aproximaciones similares. Sin embargo, es importante determinar a qué nos referimos cuando hablamos de democracia, cuál es el estado de la democracia hoy y cuáles son las oportunidades de participación que ofrece, particularmente para las mujeres.

Para algunos teóricos, el ámbito y los objetivos de la democracia están determinados por el contenido que se dé a la igualdad, de manera que puede hablarse de una democracia política, económica, educacional, etcétera. Para otros, la democracia es entendida como una forma de gobierno en la que la mayoría dirige el estado a través de sus representantes. Otros consideran que lo que caracteriza a las democracias es que todas las personas pueden gobernar su propio destino y gobernarse entre sí. Estas aproximaciones coinciden en que la democracia exige algunos aspectos claves: el respeto de las instituciones, el balance de poderes, el respeto de los derechos humanos y el respeto de la Constitución y las leyes. Asimismo, la esencia de toda sociedad democrática moderna lleva implícito el principio de igualdad y no discriminación en la esfera de la participación política.

Un segundo aspecto a tener en cuenta es que el derecho a la participación política reconoce tres manifestaciones sustanciales: a) el derecho de toda persona a participar en el gobierno de su país, de manera directa o a través de sus representantes libremente elegidos; b) el derecho de acceso de todas las personas a las funciones públicas de su país en condiciones de igualdad; y, c) el derecho de contar con elecciones auténticas, periódicas, libres y competitivas.

La participación es pues un derecho humano que faculta a todas las personas, sin ningún tipo de exclusión ni de discriminación, a intervenir en la vida política de su país, de participar en la formación de la voluntad estatal, en la dirección de la política gubernamental; pero también es el derecho a integrar los diversos organismos del Estado a través del ejercicio de la función pública.

¿Rigen estas manifestaciones de la participación política para las mujeres? Una evaluación rápida nos llevaría a concluir que definitivamente este derecho no resulta plenamente vigente para la población femenina, aunque –en el contexto actual– tampoco lo sería para los hombres. Sin embargo, una evaluación más exhaustiva nos indica que la situación es definitivamente distinta para ambos, y no solamente en el caso peruano.

En efecto, el ejercicio de este derecho todavía se percibe distante para un conjunto de la población, sobre todo para aquélla que en la práctica ha estado alejada de las diversas expresiones de su ejercicio. El hecho de que la condición de ciudadana haya sido reconocida tardíamente para las mujeres ha tenido como consecuencia que sean todavía muy pocas las que tienen y se sienten con oportunidades reales de participar en política. Es quizá por ello que de un total de 40 822 parlamentarios en el mundo, sólo 4004 sean mujeres; y en junio de 1998 sólo 18 de ellas presidían los 240 parlamentos existentes (Idea Internacional: Women in Parliament, beyond the numbers).

De otro lado, su ausencia inicial de la vida política (recuérdese que en el Perú adquirimos el derecho al voto y la condición de ciudadanas en 1955) ha tenido como consecuencia el poco interés de las agrupaciones políticas para dar cabida a la participación de las mujeres, y en la actualidad la crisis de los partidos políticos está contribuyendo a esta escasez de cuadros directivos. En este contexto, la adopción de una norma sobre cuotas orientada a promover la presencia de mujeres en las listas de postulantes al Congreso de la República resulta trascendental para hacer visible la permanente exclusión de un sector importante de la población del plano de las decisiones políticas e, igualmente, plantea la necesidad de superar esta situación que, de facto, contraviene el principio de igualdad de oportunidades.

Como resultado de esta norma, existen hoy más de 300 mujeres peruanas en carrera por un lugar en el Congreso. Ellas –al igual que los varones– son expresión del momento político en que vivimos. Hay algunas con un mensaje democrático, otras con mensajes autoritarios, otras con el "profesionalismo" o la especialidad como bandera, y probablemente también las hay quienes van a la contienda electoral sin mensaje alguno y que se encuentran en la partida porque ayudaron a que la agrupación política que las incluyó pudiera cumplir con la cuota.

Sea cual fuere la situación, lo cierto es que la "oferta electoral" nos presenta un 16% más de candidatas al Congreso que en 1995. Un número mayor de mujeres que paradójicamente nos muestra la escasa presencia femenina en cargos de responsabilidad política. El debate no es pues sobre cantidad o calidad de las mujeres que participan en política, ya que en el primer caso el número de mujeres resulta todavía limitado, y en el segundo encontramos mujeres que, al igual que los hombres, expresan las diversas posiciones –e improvisaciones– políticas.

La presencia de mujeres en la contienda electoral debe ser vista como un elemento indispensable de todo sistema democrático. Constituye un primer paso para el acceso al poder político; sin embargo, una real y efectiva participación sólo se da en el marco de un proceso genuinamente democrático. Por ello, es una lástima que el ensombrecido proceso electoral en curso opaque la creciente importancia de la presencia de la mujer en la política.

*            Abogada.

 

Las mujeres sí, las mujeres no

Matilde Ureta de Caplansky*

Una persona no es mucho,
pero nadie es una isla; cada uno existe
en una trama de relaciones que es ahora
más compleja y más móvil que nunca antes.

J.F. Lyotard

 

A propósito del número de damas que están postulando al Parlamento en las próximas elecciones.

En este caso no se trataría del número, ni tampoco de si serán capaces de trabajar ni, menos aún, de competir con otros candidatos: ya es un hecho que pueden. Se trataría más bien de un cierto clima que rodea el tema de la participación femenina y que muchas de nosotras percibimos.

Hablo del uso colectivo de dichas candidaturas: un "sentimiento" de que, dado que las mujeres votaremos por las mujeres, es un "negocio rentable" incluirlas en las listas. Es un "gancho". Similar al uso indigno de las fotos de las bellas niñas y sus traseros para vender agua mineral, cerveza, seguros, autos, etcétera. Me preguntaba: Señor, ¿hasta cuándo soportaremos tanta humillación, tanto tráfico con los atributos que la naturaleza nos ha regalado?

Me preguntaba también si el tema de las elecciones parlamentarias era el punto esencial o si, más bien, lo era la pregunta siguiente: si consiguen ingresar al Parlamento, ¿van a poder hacer algo por la "extensa agenda pendiente" que tenemos? Y para mencionar sólo algunos de los temas importantes: educación, salud, trabajo productivo, violencia doméstica, violencia sexual, penalizar la violación dentro del matrimonio, tipificar como delito grave el incesto, el tratamiento de los embarazos de adolescentes, sancionar el asedio sexual en situaciones jerárquicas, la publicidad sexista y la pornografía infantil; el tráfico de mujeres y niñas, y la despenalización del aborto. Como vemos, esta agenda "es peso pesado", por decirlo menos dramáticamente.

La duda que tengo, y no porque crea que las mujeres no somos capaces de hacer muchas cosas y muy bien –aparte de criar hijos y cuidar nuestros territorios domésticos–, la duda que tengo, repito, es si será posible que las mujeres parlamentarias logren avanzar en estos temas en un contexto donde el rol de "hembritas" –fatalmente– prevalece, sea porque aceptamos que nos fotografíen para, sea porque apoyamos situaciones insostenibles y delincuenciales –tales como las que vivimos en estas semanas–, frente a las que algunas parlamentarias esgrimen argumentos del tipo: "la ley no estipula eso", o "a mí no me consta, por lo tanto nada puedo opinar", y así sucesivamente.

Porque no debemos olvidar el condicionamiento cultural al que somos sometidas y que nos hace actuar –muchas veces– desde el rol que nos adjudican y no desde el que nos correspondería.

Todos estos ejemplos –quizá un poco extremos– me llevan a pensar que seguimos actuando con el más terrible de los estereotipos, el de "hembritas solapadas": seducimos para que nos acepten, para que nos quieran o respeten. Craso error, amigas; así no hacemos otra cosa que reforzar los estereotipos que tienen sobre nosotras, y a nosotras nos refuerzan modos de comportamiento malsanos desde cualquier punto que se los mire.

Esto me recuerda que nuestros dilemas de fondo como género, dentro de nuestra compartida sociedad machista, siguen siendo los mismos. Leía a Simone de Beauvoir en El segundo sexo, el capítulo sobre maternidad: una de sus peculiaridades es que más de la mitad está dedicado al tema del aborto. Han pasado 51 años desde que lo escribió y este tema, por ejemplo en nuestro país, sigue siendo un horror sin solución ni alternativa para la mayoría femenina. Por cierto, los anticonceptivos han aliviado algo el tema, pero no en la medida que medio siglo debería haber logrado cambiar.

No voy a analizar, en esta ocasión, el tema del programa de esterilización quirúrgica voluntaria implementado en todo el país, ni sus bondades o errores. Más bien quisiera terminar con una anécdota que ilustra, creo, el sentido de mis comentarios.

En días pasados –en una sesión de trabajo–, Patricia Oliart comentaba sobre un taller que había hecho con un grupo de mujeres nativas huambisas (departamento de Amazonas). Una le preguntó: "¿Cuántos hijos tienes?". Patricia respondió: "Dos...". "Por eso sabes tanto", añadió la mujer ("y has tenido tiempo para estudiar"). Cabe señalar que en esta etnia el promedio de hijos es de 10 y recordar que una de las características nacionales es que no se trata sólo del número de hijos sino que la responsabilidad de la crianza y manutención está prácticamente en manos de las mujeres.

Y bien: comprobamos sin mucho esfuerzo, una vez más, que un número cada vez mayor de mujeres quieren y necesitan en primer lugar información y educación y que, si bien para muchas "la anatomía ya no es destino", la mayoría femenina en el mundo aún está bajo el mandato ineludible de la reproducción, deseada o no. Éste es uno de los puntos pendientes más importantes de nuestra "agenda peso pesado".

*           Sicoanalista.