Decrépito criminal
Nick Caistor
Nick Caistor, productor principal del Servicio
Latinoamericano de la BBC de Londres, analiza para ideele, el descenlace
fulminante del caso Pinochet, así como algunas lecciones y posibilidades.
(Gracias Nick)
El desenlace fue tan rápido y preciso como los 17 meses
anteriores habían sido confusos y engorrosos. Después de confirmarse la
decisión del ministro del Interior británico, Jack Straw, de dejar libre al
general Pinochet por razones de salud, sólo se necesitaron dos horas para que
dejara su casa alquilada en las afueras de Londres, viajara a toda velocidad a
una base aérea en el norte de Inglaterra y subiera al avión gris para su
regreso a Chile.
Al parecer, la única demora en la "operación
salida" fue para recibir un regalo de la señora Thatcher, ferviente
admiradora del general que le obsequió una bandeja de plata donde figuraba,
según la prensa británica, "una imagen de la derrota de la invencible
armada española". Este desagravio histórico no pasó desapercibido a los
españoles. "Es la señora Thatcher quien debería someterse a exámenes
médicos", replicó el canciller Abel Matutes.
Mas allá de estos detalles anecdóticos, ¿qué es lo que ha
dejado atrás el general en Inglaterra?
En primer lugar, un gran desconcierto en cuanto a cómo
funciona el sistema de justicia aquí. Con cada giro que daban los esfuerzos por
extraditar al general a España, veíamos sutilezas y sorpresas en el sistema
jurídico que dejaban perplejos a casi todos. Ver que la decisión en casos de
esta naturaleza dependía de unos "jueces-lores" –de cuya existencia
casi no conocíamos– resultaba insólito.
Más extraño aún fue para muchos darse cuenta de que la
responsabilidad final en el caso Pinochet la tenía una sola persona: el
ministro del Interior británico, Jack Straw. Tanto el ministro como el resto
del gobierno británico repetían hasta el cansancio que la decisión sobre el
futuro del ex hombre fuerte chileno dependía únicamente de la justicia; sin
embargo, resultaba más que evidente que desde el momento en que se había
ordenado el arresto del general, entraban en juego cálculos políticos.
Para algunos, como la señora Thatcher y los otros amigos del
general, la actuación del gobierno demostraba que Jack Straw y sus colegas
todavía estaban presos de su pasado de activistas de izquierda. Para otros, el
gobierno de Tony Blair buscaba a toda costa crear la imagen de estar preocupado
por cuestiones morales en su política exterior, y en este sentido un dictador
latinoamericano de más de ochenta años fue un blanco fácil.
Sin embargo, a pesar de todas estas dudas, quedó también un
cierto orgullo de que a través de todos los vericuetos legales y políticos se
había establecido de una vez por todas el principio de que los jefes de estado
no gozan de inmunidad por los crímenes cometidos bajo sus mandatos, y que
tienen que responder por el resto de sus vidas, en cualquier parte del mundo,
por sus actos. Y también quedó una cierta satisfacción porque se había
permitido a un individuo –a un costo de alrededor de 15 millones de libras
esterlinas al contribuyente británico– agotar todas las posibilidades para su
propia defensa legal.
Asimismo, quizá estos 17 meses han
ofrecido un espacio dentro de Chile donde por fin se ha podido debatir y
sobrellevar el pasado representado por Augusto Pinochet. Tanto el candidato de
derecha como el de izquierda en las elecciones recientes hicieron hincapié en
mirar hacia el futuro, y no quedar, como se ha hecho durante toda la década de
los 90, con un ojo puesto en el pasado. Y también, al parecer, lo ocurrido en
el último año y medio en Gran Bretaña ha dado la oportunidad a una nueva
generación de jueces en Chile de demostrar que este anhelo de liberarse del
pasado se traduzca en logros concretos: ¿quién hubiera pensado en octubre de
1998 que existía una posibilidad real de juzgar a alguien a quien la prensa
inglesa ha tildado de "decrépito criminal"?