Anticipar el desenlace
Es un triunfo haber impedido, al filo, que se
anunciara la victoria de Fujimori en primera vuelta y que, por una especie de
transacción implícita, se haya abierto la segunda vuelta, como una salida política
impulsada por una movilización masiva en las calles y la presión internacional
(véase artículo siguiente). Sin embargo, a tres semanas del 9 de abril, ya está
claro que el régimen ha interpretado esta derrota simplemente como una
postergación de planes, mientras que Alejandro Toledo no encuentra hasta ahora
la estrategia para imponer condiciones electorales básicas y afirmar un perfil
ganador. Y el tiempo pasa.
Si hay algo absolutamente claro en este país es qué
tiene que cambiar para que el proceso electoral, por lo menos en esta última
etapa, deje de ser todo lo viciado y fraudulento que ha sido hasta ahora. Es
que no se trata para nada de esas zonas fronterizas o grises, sino todo lo
contrario: las irregularidades no pueden ser más graves, y saltan a la vista.
No es gratuito que todos los que cuestionan el proceso electoral coincidan
plenamente –palabras más, palabras menos– en los cambios que hay que
introducir.
Poniendo entre paréntesis la inconstitucional
postulación de Fujimori para no complicar más las cosas (sólo entre paréntesis,
porque el defectillo de fábrica pues sigue allí), éstos son los temas básicos:
ONPE: Punto que ha pasado al honroso primer lugar
simplemente porque su performance no puede haber sido más desastrosa, tanto por
ineficiencia como por parcialización. El modernísimo supersistema de cómputo,
que llegó a ser alabado por tirios y troyanos, hizo agua por todas partes
durante el simulacro del día anterior a las elecciones y el mismo 9 de abril,
lo que se tradujo básicamente en una suerte de demoras
"inexplicables"; y el país nunca podrá olvidar a un Portillo
dosificando resultados a cuentagotas, claramente en función de consideraciones
y reacciones políticas.
El solo hecho de que el funcionamiento de este
sistema de cómputo no haya podido ser fiscalizado por nadie –tal como lo ha
dicho la observación electoral, nacional e internacional– permite afirmar que
los resultados no son confiables ni creíbles, y que cualquier cosa puede haber
sucedido; es como si un conductor en evidente estado de ebriedad no permitiese
que se le someta a dosaje etílico. Lo que pasa es que como se dio prioridad a
pasar a la segunda vuelta, ya no tenía mucha importancia rastrear o profundizar
las irregularidades detectadas, aunque el gran sacrificado de esa decisión haya
sido nada menos que la composición del próximo Congreso.
Por tanto, si no queremos ver otra vez a Portillo
jugando políticamente con los resultados, hay que cambiar personas (el mismo
Portillo, Cavasa y compañía), pero sobre todo el sistema.
En esto ha habido un paso adelante: la propia ONPE ha
creado tres comisiones de trabajo con la participación de Perú 2000 y País
Posible, además de la OEA y la Defensoría; sin embargo, a estas alturas tenemos
el derecho a decir "ver para creer"; lo importante no es tanto
"que pase a comisiones", sino que los cambios requeridos se lleguen a
incorporar. El hecho de que Transparencia haya sido marginada de estas
comisiones es un mal indicio, dado que fue esta institución la primera en
alertar de las deficiencias de la ONPE.
El segundo tema: abrir la televisión que –como hasta
su nombre lo indica– debe ser de señal abierta. Algo muy simple: que Toledo
aparezca en positivo, no siempre sentado en el banquillo de los acusados, y
frente a lo que ya se ha hecho un planteamiento muy concreto: 15 minutos
diarios en cada canal para cada uno de los dos candidatos. Y eso de que el
régimen nada puede hacer al respecto porque a la libertad de prensa no se la
puede tocar ni con el pétalo de una rosa, es una representación verdaderamente
apta para "caídos del palto", tanto porque –como bien se sabe– el
régimen se las ha ingeniado para controlar judicialmente la mayoría de los
canales de televisión, como por venir de un régimen que exhibe un pésimo
currículo en materia de libertad de prensa.
Tres: alto a la guerra sucia, que, como alguien ha
dicho bien, no es propiamente una guerra sucia; y no porque no sea
verdaderamente inmunda, sino porque guerra no es, pues viene sólo de un lado:
del oficialismo contra Toledo, su esposa y su entorno. Y acá también el
indicador del cambio es muy concreto: basta hacer click y poner Canal 2 o 4, o taparse la nariz y hurgar la prensa
chicha o naranja, y sabremos perfectamente si continúa o no la suciedad.
En esto las cosas sí tienden a empeorar, y se teme
que el oficialismo focalice su estrategia por acá, si es verdad ese runrún de
que ha preparado unos vídeos sobre Toledo con los que primero lo amenazarían
para que no se le vaya a ocurrir retirarse para después, de todas maneras,
exhibirlos. Ahora, es evidente que se trata de un arma de doble filo, porque si
queda al descubierto que son golpes realmente bajos e ilícitos, de los que el
contendor sale bien parado simplemente por su entereza, el asunto se convierte
en un bumerán.
Dejar de utilizar los recursos del Estado, por lo
menos en la magnitud escandalosa en que se viene haciendo (publicidad estatal,
uso de la infraestructura, actos de gobierno, etcétera) también es un punto
importante, porque comprende –entre otras cosas– incentivar un mínimo de la
neutralidad de la red de autoridades locales y de miembros de las Fuerzas
Armadas, punto clave para que no se repitan hechos tan sospechosos como que en
las zonas hasta hace poco bajo estado de excepción Fujimori haya sacado más de
95% de los votos.
Una autoridad electoral confiable y creíble es
también de sentido común, y, obviamente, no lo son ni el JNE (aló, ¿están ahí
todavía?, porque después de que dijeron que la postulación de Fujimori era
intachable, no hay noticias) ni los jurados especiales (sólo 20% de los
presidentes son magistrados titulares), por lo que adquieren sentido fórmulas
como "mediación de la Iglesia", tribunal de honor o negociación
directa. Como es notorio, al régimen estas fórmulas simplemente le escarapelan.
A estos temas nosotros agregaríamos el de la
falsificación masiva de firmas, porque consideramos que es fundamental un
veredicto oficial, más que por las consecuencias penales, por sus efectos en el
proceso electoral, incluido que el elector tome en cuenta lo ocurrido al decidir
por quién va a votar.
La
estrategia de "cambiar" para que todo siga igual
Pero no sólo está clarísimo lo que hay que cambiar,
sino también que tiene que ser ¡ya!, o, mejor dicho, ya tendría que haber sido
(mucho más cuando usted esté leyendo esta revista), porque a pocas semanas de
la segunda vuelta, estamos entrando nuevamente al timing del "daño irreparable" o de "elecciones
viciadas irremediablemente", es decir, en el umbral de un tiempo en el que
ya todo sería irreversible, pues los cambios no tendrían efecto alguno, y la
"mecida" se habría consumado irremediablemente.
Claro está todo, pero lo que falta es el cliché de la
voluntad política. Pero hay que reconocer que el régimen tiene toda la razón de
no querer cambiar realmente nada, y que hace bien en limitarse a enviar a
Tudela a los medios, para que, haciendo gala de sus buenas maneras, entretenga
un poco a las tribunas. ¿Acaso podría permitirse el lujo de una televisión
abierta, en la que no sólo aparezca Toledo, sino se debata y se investigue, por
ejemplo, lo de la falsificación de firmas, o las irregularidades de la primera
vuelta? ¿No es acaso la guerra sucia una parte esencial de su estrategia para
la reelección, que tan buenos resultados le ha dado con Andrade y Castañeda?
¿Unas Fuerzas Armadas neutrales y colaborando en la transparencia de las
elecciones? ¿Un sistema de cómputo impecable para que gane el mejor?
¿Podría ganar Fujimori así? Muy difícil, porque ése
es el punto de partida: hace ya mucho tiempo que Fujimori no tiene el respaldo de
la mayoría del país; y en cuanto al porcentaje de adhesión para nada desdeñable
que todavía mantiene (¿alrededor de un tercio?), si es sólido y consistente, o
si es producto del miedo y la manipulación, sólo se podría saber en una
contienda electoral mínimamente abierta y limpia.
Para poner un toque onírico a la cruda realidad, nos
imaginamos a los estrategas del régimen ante una balanza probando qué pasaría
si para subir el platillo de la legitimidad quitan el peso de algunas
irregularidades, y viendo cómo, automáticamente, el otro platillo, en el que
están las posibilidades de ganar, baja en la misma medida; y viceversa. Por
eso, pensar que el oficialismo corregirá todos lo vicios, y que de aquí en
adelante "guantes blancos", al punto que su derrota se vuelva
inexorable, es más que pedirle "peras al olmo". No se le puede exigir
a nadie que cabe su propia tumba.
Pero entre "no cambiar nada" y
"cambiar todo" hay un espacio que para Toledo puede ser decisivo y
que, a la vez, puede llegar a convenirle al régimen. ¿Cómo así? Esto ocurriría
si se da una situación en la que el oficialismo no tiene otra salida que
canjear condiciones electorales por legitimidad, o, dicho más directamente,
mejores condiciones para no quedarse en total ilegitimidad e internacionalmente
aislado; mejores condiciones que de hecho le significarán riesgos –dependiendo
de si Toledo lo hace bien o lo hace mal–, pero manteniendo siempre la
posibilidad de ganar (véase recuadro).
Cuando
ganar equivale
a perder
En realidad, es el mismo esquema que abrió la segunda
vuelta: hacerle ver a Fujimori que ganar así equivale a perder, pero esta vez
no después de la votación, sino anticipadamente, para no llegar a una situación
similar a la del 9, puesto que póstumamente habrá muy poco que hacer.
¿Y qué podría convencer al régimen de que ganar así
sería como perder, y que le conviene canjear condiciones electorales por
legitimidad? Lo mismo que en la primera vuelta: una clara advertencia, una
especie de ultimátum que provenga conjuntamente de la mayoría del país, de la
observación electoral y de toda la comunidad internacional, con un mensaje
inequívoco y categórico: no se reconocerá un triunfo impuesto en esas
condiciones.
Un paso fundamental en esa dirección tiene que ser dado
por Toledo: si no se producen determinadas condiciones en un plazo mínimo, no
ir al matadero. Evidentemente, es una decisión difícil, sobre todo cuando parte
de la guerra sucia consiste en acusarlo de inestable, indeciso, mentiroso; pero
en realidad no le queda otra, y tiene varias cosas a su favor: 1) Ha quedado
fehacientemente demostrado que toda la primera vuelta ha sido por completo
irregular; entonces, negarse a correr en las mismas condiciones es lógico. 2)
Salvo el oficialismo, todos coinciden en una plataforma básica de cambios. 3) A
diferencia de la primera vuelta, si él se retira, simplemente no hay contienda
electoral, como ya lo ha dicho de manera expresa la Misión de la OEA.
Sólo Toledo puede dar ese paso, pero, a la vez, es
posible que sea una decisión compartida nacional e internacionalmente. Y en esa
dirección pueden ser interpretados determinados pronunciamientos, como el de la
OEA (si se repiten las condiciones de la primera vuelta, no avalaremos); de la
Defensoría del Pueblo (si no hay cambio de condiciones, puede no haber
supervisión); obviamente, Transparencia, que ha cuestionado de manera frontal
la primera vuelta; el Centro Carter (los resultados pueden estar
predeterminados) y, por último –pero sumamente importante–, la aprobación por
el presidente Clinton de la Resolución 43, en la que dice que en caso se
mantengan las irregularidades habrá un cambio en la relación política,
económica y militar.
En esa línea, lo que falta es un plazo inmediato y
perentorio y que se llene de contenidos muy concretos lo que puede y debe hacer
el gobierno. Una decisión compartida que, además, es previsible, será
respaldada activamente por la gran mayoría del país a través de una
movilización ciudadana, como ocurrió también en los días siguientes al 9 de abril.
De lo que se trata es de adelantar el desenlace
programado para el día de las elecciones con el fin de que haya todavía el
espacio para la salida política, que evite llegar nuevamente a una situación
límite y extrema, pero esta vez sin que la expectativa de una nueva vuelta
pueda "salvar la situación". ¿Qué podría pasar, si no? Que se anuncie
el triunfo de Fujimori, el que no será creíble por provenir de un proceso
absolutamente irregular e injusto, lo que volvería a generar una fuerte reacción
nacional e internacional; pero esta vez, por ser la definitiva, el régimen
intentará defender los resultados oficiales con todo. Y el país está lo
suficientemente polarizado y movilizado (ojo, de ambos lados) como para generar
enfrentamientos y violencia que obligarían a un endurecimiento del régimen,
inviable a corto plazo, pero muy peligroso mientras dure. Es esto lo que
debemos evitar ahora. (Ernesto de la
Jara)
En otras condiciones, ¿quién ganaría?
Si hay un cambio significativo en las condiciones
electorales, no es que Fujimori vaya necesariamente a perder, sino que
"podría" perder, lo cual es muy distinto, porque tiene la
contrapartida de que también "podría" ganar. No tiene la mayoría de
los votos, pero sí un porcentaje significativo, que en una contienda electoral
puede disminuir, pero también aumentar.
Son tres los tipos de razones que sustentan esta
creencia: 1) Por más críticos que seamos del régimen, y al margen de las
precisiones o explicaciones que habría que hacer, creemos que sí tiene qué
exhibir: control de la hiperinflación y del terrorismo, solución de problemas
limítrofes, carreteras, construcción de colegios, etcétera. 2) Ha establecido
vínculos con diferentes sectores del país; de hecho, de la peor manera,
perversamente, manipulando y aprovechando su poder, pero vínculos realmente
existentes.
3) y punto aparte: mucho depende de Toledo, de cuán
buen candidato resulte, de que no se equivoque, de que le saque ventajas al
régimen a la hora de afirmar propuestas, de que mantenga la buena química con
la población, etcétera. Y todos sabemos que Toledo tiene puntos a favor, pero
también debilidades. En estos días, por ejemplo, no sabe cómo hacer para
desmarcarse del régimen y retomar la iniciativa que le permita consolidarse
como una verdadera alternativa.
El desenlace de la nulidad
Otro de los desenlaces que ha
andado rondando todo este proceso electoral es el de la nulidad. Si todo ha
sido absolutamente irregular y viciado, nuevas elecciones. Y si de lo que se
trata es de comenzar de nuevo y no repetir el plato, lo que correspondía era
introducir cambios institucionales importantes antes: sistema electoral,
administración de justicia, Tribunal Constitucional, etcétera. La ventaja sería
que, al mismo tiempo que se iniciaría la institucionalización del país, se
fomentaría un debate nacional sobre temas de fondo que, a su vez, alentaría la
participación política. ¿Cuál habría sido la reacción del oficialismo ante una
salida de este tipo? ¿Y la de la oposición? ¿La de Toledo, específicamente? ¿La
de los candidatos al Congreso? La realidad fue el desenlace de la segunda
vuelta, y como una de las "víctimas" de tantas irregularidades pasó,
vale, siempre y cuando cambien las condiciones para la segunda.