9 de abril:
Victoria de la democracia, y
jugando de visita

Un análisis de cómo y por qué los planes del gobierno se frustraron en la primera vuelta y se consiguió una importante victoria democrática. Una reflexión sobre cómo y por qué es tan importante sacar las lecciones adecuadas para una segunda vuelta en la que el que pestañea pierde.

 

El proceso hacia el 9 de abril parecía, hasta marzo, seguir el perverso libreto impuesto por Fujimori, Montesinos, Absalón y Tudela. Es decir, una máquina implacable e inescrupulosa usando todos los recursos del Estado; una población sumida en la pasividad por la grosera manipulación de los medios de comunicación; a ello se sumaba la complicidad involuntaria de una oposición dividida, poco convincente y sin saber cómo bailar con una música diferente de la que le imponía el gobierno.

Las cosas cambiaron súbitamente en el último mes de campaña, y para bien. El detonante fue quizá el escándalo del millón de firmas falsificadas de Perú 2000, documentado minuciosamente por El Comercio; ésa fue probablemente la gota que derramó el vaso de la capacidad de aguante de muchísimos peruanos.

Políticamente hablando, la "fábrica de las firmas" puso a la defensiva al gobierno durante un par de semanas que, al final, probaron ser claves. En ese lapso se consolidan los dos factores para el "volteretazo". Por un lado, la urgencia de la gente por encontrar una salida a este régimen se personifica en Alejandro Toledo, lo que lo hace pasar en pocas semanas del cuarto al segundo lugar de las encuestas y quizá incluso, en los últimos días, a liderar la tabla. De otro lado, en esas mismas semanas los cuestionamientos a la turbidez del proceso electoral crecieron a niveles que el gobierno jamás imaginó. Las misiones de observadores internacionales
–lideradas por la OEA– y las nacionales –encabezadas por Transparencia– se ratificaban en sus críticas y, más todavía, concluían que con el tiempo que faltaba ya no había nada que pudiera cambiarse para que un proceso tan sucio pudiese de pronto volverse limpio; artimaña, por cierto, con la que intentó jugar el gobierno a través del premier Bustamante hasta la víspera misma del 9 de abril. ("¿Y si abrimos la TV miércoles y jueves, sería suficiente?", se le oyó decir, imperturbable, un martes de abril.)

Pero al gobierno se le hizo cada vez más difícil maquillar la realidad, dado que las barbaridades cometidas se habían hecho ya mucho más visibles para Washington y Bruselas. Como reacción se desató una fuertísima ofensiva diplomática que exigía un mínimo de conducta para las elecciones y advertía sobre las graves consecuencias de llevar a cabo un fraude electoral. ¡Tamaña osadía: no nos dejan hacer lo que nos da la gana! Las respuestas airadas de Bustamante, De Trazegnies y Tudela no tuvieron, como era de esperarse, ningún efecto; salvo el de desengañar a quienes los pensaban, por sus modales y hablar pausado, diferentes de Montesinos, Absalón, Chuán, Medelius o Larrabure.

¿Qué pasó realmente el 9 de abril?

A las 4 de la tarde se supo, "a boca de urna", que en esas semanas se había producido un enorme cambio en el panorama político del país. Alrededor de 46% de los peruanos decía ese día –según todas las encuestadoras– haber votado por Toledo, y 42% por Fujimori. Más tarde, ese mismo domingo, mientras el país era forzado a ver El chavo del 8, oír música criolla o sintonizar Pulp Fiction, todas las encuestadoras dijeron que se habían equivocado y que en realidad la tendencia era la opuesta; más todavía: que Fujimori raspaba la victoria en primera vuelta. Es justo señalar que una organización tan seria como Transparencia dio cuenta, esa misma noche, de una tendencia similar en su propio conteo rápido.

Cabe un paréntesis para discutir esta inusual variación de las tendencias registradas entre las 4 de la tarde y las 8 de la noche, dado que mucho del drama que siguió tiene su origen en ese cambio espectacular en las cifras. Muchas personas honestas y capacitadas han defendido la seriedad y consistencia de los conteos rápidos, y nada más ajeno a nuestra posición que cuestionar su idoneidad o sus intenciones. Pero sí compartimos la suspicacia de muchos sobre qué es lo que un gobierno –capaz de todo y con recursos casi ilimitados a su alcance– pudo hacer para torcer los resultados.

Se ha argumentado que, a diferencia de los conteos rápidos, las encuestas "a boca de urna" fallan a veces, y se ha puesto ejemplos de otros países. Cierto. Pero podemos responder que en el Perú nunca se equivocaron todos juntos, mucho menos todavía en esa magnitud y produciendo un cambio total de la tendencia. Y nuestras suspicacias aumentan luego de que en los días siguientes se han ido conociendo la cantidad de modalidades de fraude que se usaron el 9 de abril. Creemos, como han señalado varios especialistas, que el resultado de los conteos rápidos puede haber sido adulterado por terceros, sea en la emisión o en la transmisión de la información. Sin pretensión alguna de ser dueños de la verdad, no podemos negar que seguimos siendo suspicaces frente al cambio abrupto de cifras y tendencias de aquel domingo 9 de abril. El tiempo lo dirá.

Cuatro días de lucha

Cuando se hizo evidente que Fujimori, en complicidad con la ONPE, intentaría "ganar" en primera vuelta, se inició una reacción popular histórica, en mucho liderada y personificada (¡por fin!) por los jóvenes. La generosa actitud de los otros candidatos de oposición de acompañar al ganador y unirse sin condiciones a su reclamo, permitió que la protesta se convirtiera en una lucha cívica por democracia y no se limitara a un enfrentamiento de toledistas contra fujimoristas. Decenas de miles de personas tomaron las calles y plazas. En todo el país, pero sobre todo en Lima y Arequipa (con el alcalde Guillén a la cabeza), se gestó una resistencia tan pacífica como multitudinaria.

Las decenas de miles de gentes en las calles se convirtieron en el combustible que alimentó la presión internacional contra la imposición del fujimorismo. ¡Que haya segunda vuelta!, terminó siendo el punto medular de la confrontación política. El gobierno se resistió hasta el final a la presión de las calles ("sedición") y a la de la comunidad internacional ("intromisión imperialista inaceptable"); todo pudo terminar en tragedia. Algo los hizo retroceder al último minuto (por el momento), y de 49,97% el porcentaje empezó a bajar hasta 49,87%. Habría que ser demasiado lento o demasiado cínico para creer que la ONPE contaba votos en esas horas cruciales; la "cifra" no interesa: lo que importa es que después de muchos años los peruanos habíamos logrado una gran victoria democrática.

Pero el entusiasmo y alegría que legítimamente sentimos no debe llevarnos a sacar los pies de la tierra. Ha sido una batalla dificilísima, y se ha ganado. Pero ha sido sólo eso, una batalla. El régimen autoritario sigue allí y no da seña alguna de haber cambiado de conducta. Hoy más que nunca quieren y necesitan perpetuarse. Por tanto, hay que pensar cada paso con un cuidado inmenso y no equivocarse.

Para eso hay que tratar de entender bien qué es lo que realmente pasó y sacar de allí las consecuencias y estrategias adecuadas. Con tal fin, queremos detenernos en dos temas que creemos claves. De un lado, las razones y características del fenómeno Toledo y, del otro, hacer un balance provisional de la opción de participar en un proceso electoral viciado para enfrentarlo desde dentro.

¿Por qué Toledo?

A estas alturas queda claro que los electores tomaron la decisión por los partidos; es decir, si ellos no se atrevían a unirse sacrificando sus particulares ambiciones, pues había que escoger a uno de ellos y convertirlo en el "candidato único de la oposición". El elegido, como sabemos, fue Toledo.

¿Pero por qué él y no cualquiera de los otros? Ya no tanto ahora, pero sí cuando empezó el fenómeno, se argumentó, con cierta facilidad, que se había producido una identificación entre el pueblo y "su líder" por razones principalmente étnicas y culturales. En las versiones más extremas, esto se vio como una especie de retorno del Inkarí que liberaría a los "indios" de siglos de explotación en un país que, por fin y por primera vez, dejaría de ser gobernado por la elite blanca.

Podrá ser una imagen seductora, pero creemos que la tesis no resiste un análisis serio, ni siquiera porque el candidato Toledo, al comienzo, pareció creérsela. Al contrario: asumir como cierta una hipótesis como ésa impide entender lo que realmente ha pasado, que es desde donde se deben sacar las conclusiones que luego se conviertan en adecuada estrategia política.

Para empezar, en el Perú de la segunda mitad del siglo XX lo étnico como factor de movilización social y política ha sido mucho menos importante que en países con características similares a las nuestras como Ecuador, Bolivia o, yendo un poco más lejos, Guatemala o incluso México. Aquí la reivindicación de los "indígenas" ha estado más teñida de contenidos sociales que culturales.

Tampoco se puede sostener el argumento del "por primera vez un presidente que viene de los de abajo". Nada más falso. Sólo en este siglo, para no ir más atrás, Sánchez Cerro, Odría y sobre todo Velasco reclamaron esa condición con variado éxito. Y, a su modo, lo ha hecho también en múltiples ocasiones el propio Fujimori. Recordemos además que Toledo no era el único que exhibía en la campaña credenciales de ese tipo; con características diferentes, Máximo San Román y Federico Salas las tenían también, y de sobra.

A nuestro juicio, lo que expresa en esencia el ascenso de Toledo es la búsqueda de una gran parte de la población de una salida al régimen de Fujimori. Es decir, un candidato que exprese el cambio y lo nuevo. Que en ese marco se produzca una cierta "química" adicional, dado su origen y rasgos, es algo bien distinto. Además, la llegada que tiene Elian Karp, y que también ayudó a la subida de Toledo, dificulta más la teoría de que lo principal sea la adhesión por identificación étnica. Hay que añadir por último que el apoyo a Toledo empezó antes, y es todavía ahora mayor en los sectores A, B y C que en los D y E. Más aún si entre los más pobres de las ciudades y del campo, los "cholos", la votación a favor del "Chino" es más fuerte.

Recordemos además que la gente que luego votaría por Toledo pensó al comienzo de esta campaña en Andrade como su alternativa, y por ello en esa época todas las encuestas le daban porcentajes superiores al 30%. La opción Andrade desapareció menos por sus propios errores que por la despiadada y eficaz máquina de demolición del fujimorismo. Exactamente lo mismo ocurrió con Castañeda, quien llegó a encabezar las encuestas de manera efímera y a estar –como antes Andrade– por delante de Fujimori en una eventual segunda vuelta. Las mismas razones que acabaron con Andrade liquidaron a Castañeda.

La táctica del gobierno fue la de no atacar al candidato opositor que pudiera reemplazar a los anteriores en las preferencias electorales, para que siempre hubiera alguien en subida y los otros candidatos no tomaran la decisión de retirarse de la contienda. El retiro estuvo siempre al filo de lo posible y, seguimos creyéndolo, era a lo que más temió (y aún teme) el fujimorismo. Cuando le tocó el turno a Toledo, las elecciones estaban ya muy cerca y las campañas de demolición no tuvieron el efecto del pasado.

La anterior no es una disquisición teórica; entender lo que realmente pasó es clave para saber cómo actuar en la segunda vuelta. Toledo es, antes que cualquier otra cosa, un instrumento de la voluntad de cambio de los peruanos. Si él se percibiera como "el elegido" y actuara en consecuencia (con lo que repetiría el estilo de Fujimori), no reforzaría su candidatura, sino la debilitaría. Si, por el contrario, y como lo ha venido haciendo desde el 9 de abril, reivindica la unidad nacional por la democracia y el cambio, y se califica a sí mismo como una herramienta para conseguirlos, quizá termine siendo una figura clave en nuestro país.

¿Participar o no participar?

Es conocido nuestro punto de vista acerca de que la oposición nunca debió participar de un proceso como éste; y que, en todo caso, debió retirarse al verificar in situ que las condiciones eran incluso peores que las que ellos supusieron.

Es cierto que hay ahora, a la luz de los resultados, argumentos importantes para quienes defendieron la posición contraria; para empezar, se le arruinó el libreto a Fujimori, quien preveía imponerse en una primera vuelta y, por si eso fuera poco, se produjo una movilización ciudadana grande, fresca y espontánea que determinó el curso de los acontecimientos; algo que había estado ausente de nuestro escenario político por tantos y tantos años.

Todo eso es verdad. Pero en este balance provisional se pueden esgrimir también muchos argumentos a favor de la otra opción. La única razón de insistir en ellos aquí es porque la disyuntiva sigue siendo relevante, en la medida en que, para empezar, el proceso no ha concluido. Desgraciadamente, no se puede descartar del todo que el fujimorismo logre imponer su tercer gobierno. Es cierto que éste sería precario y que quizá no llegaría a su fin; pero si gana en segunda vuelta habrá logrado algo que no tenía en diciembre, y que hoy casi nadie le discute; a saber, "el derecho a participar" concedido a un candidato cuya sola presencia en la contienda está vedada expresamente por la Constitución Política del Perú.

Otro argumento por valorar es que el escenario más frágil para el régimen de Fujimori es el del cuestionamiento de la propia legitimidad de las elecciones. Sus derrotas principales se han dado en ese terreno: el millón de firmas falsificadas, el escandaloso cómputo de la ONPE, el uso abusivo de los recursos del Estado, el control de los medios, etcétera. Poner el acento en que las elecciones eran ilegítimas y viciadas ha probado ser no sólo un reclamo ético válido, sino una estrategia política eficaz y movilizadora.

Por cierto, la ilegitimidad fue tal que casi todos los candidatos de oposición tuvieron en mente hasta el final la posibilidad de retirarse. Carlos Ferrero ha hecho público que en marzo los seis, incluido Toledo, estaban en esa línea, y si no tomaron la decisión final fue porque Federico Salas se quedaba en carrera. Estamos convencidos de que el retiro de las candidaturas opositoras en marzo habría puesto final a un proceso fraudulento e impuesto nuevas y mejores reglas. No olvidemos el desconcierto de Eduardo Stein de la OEA repitiendo en tono diplomático, pero inequívoco, que un proceso en ese estado, sin la oposición dentro, se caía irremediablemente, Congreso incluido.

Y es que la elección de un Congreso con estas reglas es otro gran punto en contra de haberse quedado. Si las elecciones fueron inmundas para elegir presidente, no hay que olvidar que los congresistas son resultado del mismo proceso. Además de las obvias ventajas que tuvo en la campaña la lista de Perú 2000, ¿qué garantía hay, después de todo lo que hemos visto, de que la ONPE no les haya dado una manito adicional para aumentar unas cuantas curules al gobierno? Preocupan también las denuncias –algunas de las cuales conocemos de primera fuente– de que se ha manipulado hasta donde se ha podido los votos preferenciales dentro de las listas adversarias, privilegiando a los que se cree pudieran ser más "dóciles" en el futuro.

¿Habría sido posible el hermoso espectáculo de un pueblo defendiendo la democracia si los candidatos se retiraban exigiendo elecciones limpias y llamaban a la gente a las calles a apoyarlos? Nunca lo sabremos. Pero admitamos que la indignación ante tanta prepotencia y la urgencia del cambio estaban latentes y que la chispa que las encendiera bien pudo ser, también, una decisión como ésa.

Y ahora, ¿qué viene?

El tema de participar o no sigue abierto. Es tal la magnitud de la prepotencia gubernamental, que el asunto de las condiciones para un proceso justo está en el centro de las discusiones y lo seguirá estando hasta el final. La Defensoría del Pueblo, Transparencia, la Misión de la OEA y gran parte de la prensa han exigido cambio de reglas.

No somos aquí demasiado optimistas al respecto. Nos cuesta trabajo imaginar que Fujimori pueda dejar de ser Fujimori. Sólo se necesita "aceitar la maquinaria", ha dicho Bustamante al respecto; frase frente a la que cabe una doble interpretación, la primera preocupante y la segunda siniestra.

Los peruanos hemos vivido meses y semanas intensas, pero de nuevo todo está todavía por definirse. Lo único que parece confirmado es que el régimen seguirá usando todas sus malas artes, con mayor o menor disimulo y margen de maniobra, dependiendo de la "correlación de fuerzas". ¿Desenlace? No lo sabe nadie. Es un capítulo de nuestra historia por construir. Ya no hay guion previo, como gusta decir Manuel Piqueras. Que el libreto no esté escrito de antemano no es mucho –dirán de fuera–, pero a quienes hemos vivido el Perú de los últimos años nos parece ya un cambio extraordinario. (Carlos Basombrío Iglesias)