Uno por todos y todos contra todos:
Chávez y la actual coyuntura política venezolana

Ana María Sanjuán

Hay múltiples razones por las que los peruanos podemos vernos en el espejo venezolano, y viceversa. De ahí el particular interés que adquiere el artículo de Ana María Sanjuán, destacada profesora de la Universidad Central de Venezuela, quien hace para ideele un análisis de la tensa y compleja coyuntura que vive su país en vísperas de las nuevas elecciones presidenciales.

 

En Venezuela, la palabra crisis, lejos de describir una determinada o específica coyuntura, se usa con frecuencia para caracterizar una ya permanente situación de vértigo que, en los campos político, social y económico, parece retroalimentarse y extenderse indefinidamente desde hace ya casi 20 años.

Luego de haber sido un país en el que, según los extraños y algunos propios, nunca pasaba nada, excepto felicidad y bolívares, en la década que culminó recientemente una convergencia de desarreglos de toda índole resultó en la pulverización de uno de los sistemas políticos emblemas de la estabilidad en la región, la perdida de casi el 30% de su producto bruto interno y una peligrosa profundización, por lo demás nunca vista en el país, de la brecha social: casi el 80% de la población vive en condiciones de pobreza crítica.

Chávez, el hombre que con sus acciones y omisiones cambió la faz de la política venezolana desde su fallido golpe de estado en 1992, ganó abrumadoramente las elecciones en diciembre de 1998 con la promesa de barrerlo y cambiarlo todo, incluidos tirios y troyanos. Esperando contar con la ayuda de Dios, se comprometió a acabar con la corrupción, rehacer la política, transformar la democracia, redistribuir la riqueza y enjuiciar a los culpables de la dramática situación de angustia que vive el pueblo venezolano, llevándolo de la mano al reencuentro con su pasado heroico, lleno de gloria y de sagas liberta­doras.

Quince meses después de la inauguración de su período presidencial, tres referéndums mediante, una nueva Constitución y un récord histórico en los precios del petróleo, principal producto de exportación nacional, la realidad, terca, insiste en mostrarse de manera perversa en el país, con su secuela de desempleo, inseguridad, incertidumbre social e inestabilidad política.

Sin embargo, el encanto aún continúa: se estima que en las próximas megaelecciones de finales de mayo, evento en el que se someten de nuevo a la consulta popular todos los cargos políticos de elección (presidente, gobernadores, alcaldes, Asamblea Nacional, concejos municipales y asambleas legislativas estatales), Chávez volverá a ganar, aunque quizá de manera menos abrumadora que en los anteriores comicios.

Los actuales acontecimientos políticos que marcan una importante fractura en el entorno del poder presidencial indican que la estabilidad institucional necesaria para la superación de la crisis se aleja por ahora del horizonte, ya que ni siquiera se espera que las elecciones previstas logren su cometido, en el sentido de sentar las bases de una nueva Venezuela política.

¿Qué ha pasado en Venezuela en el último año? ¿Se corresponde con la realidad la imagen negativa que tiene Chávez fuera y dentro de Venezuela, o ésta se debe exclusivamente a un linchamiento informativo? ¿Qué paralelismos pueden establecerse con relación a otros gobernantes de la América Latina? ¿Se está frente a un Fujimori o frente a un Menem? Ni lo uno ni lo otro: Chávez es cada vez más un gobernante fatalmente atrapado en las contradicciones propias de la revolución fundacional que propuso como alternativa al país. Su saldo de gobierno, en términos políticos, muestra tablas: si bien propulsó y logró una nueva Constitución para sentar las bases de un sistema político cuyo ethos fundamental es el de una democracia participativa, los métodos empleados para lograrlo fueron tan inadecuados y antidemocráticos que ponen en sumo peligro, si es que llegan, los resultados.

La demolición de la vieja política tuvo éxito sólo con sus protagonistas, ya que las formas o los mecanismos de mediación han acentuado de manera sumamente inconveniente el uso y abuso de la cultura política autoritaria, uno de los peores rezagos del pasado período político. Ello ha traído como consecuencia rupturas profundas en el "polo patriótico", conglomerado partidista de apoyo al proyecto chavista, y cierta decepción en algunos sectores del país que consideran que la perpetuación de dichos métodos es la prueba de que la quinta república es "más de lo mismo".

También en lo político, la oferta fundamental de cambio se centró en el castigo implacable a la corrupción, hecho que ha requerido más tiempo del previsto y, de nuevo, el recurso a las vías non sanctas. El camino seguido llega hasta una profunda disección y transformación del sistema judicial venezolano, cuyos logros, es claro, tardarán en verse. El problema del tiempo, en este caso, es que prima en la conciencia popular y aun en la de los actuales protagonistas políticos, la convicción de que la corrupción es un problema exclusivamente ético y no político, generalizado además por la extendida pobreza. Por tanto, ello implica un cambio de actores malos por otros buenos, lo que, si bien es cierto funciona un tiempo, no ataca la raíz del problema, a saber, la absoluta impunidad de la corrupción en el país. Así que, a un año de gobierno chavista, aunque no se roba como antes (y algunas dudas razonables convocan ciertos sonrojos con esta afirmación), sigue sin haber un corrupto preso, ni del viejo ni del nuevo régimen.

En términos económicos, la situación sigue siendo en extremo complicada. En Venezuela, la disputa en torno a la relación Estado, mercado y sociedad, que en la mayoría de los países de la América Latina se ha resuelto abiertamente a favor del mercado hace ya más de una década, tiene todavía plena vigencia dado el carácter estatal de la principal industria del país: el petróleo. Esta disputa, dirimida sin éxito en el transcurso de la reciente Asamblea Constituyente, tiene a la economía venezolana en situación de casi postración. En este sentido, parte de la elite del país que en un principio se enfrentó a Chávez por todos los medios a su alcance, apostó, una vez que éste ganó las elecciones, a que el nuevo presidente fuese un modernizador duro, tipo Menem o Fujimori, para imponer con fuerza las políticas de libre mercado.

Y aun cuando Chávez ha cumplido las tareas macroeconómicas previstas con relación a la paridad cambiaria y al control del déficit fiscal, centra permanentemente su discurso interno y externo en una crítica al neoliberalismo, en la necesidad de la búsqueda de otra opción para el continente y en su decisión de otra propuesta para Venezuela. Pero ésta sigue siendo difusa y confusa. Ello le ha hecho perder el encanto que inicialmente le fuese atribuido por ciertos sectores económicos y sociales, que han comenzado a ejercer sus presiones para el cambio recurriendo a sus métodos tradicionales de intentos de desestabilización, tan poco santos como los que le adjudican al Presidente.

No obstante la tormenta, la historia se repite. El nivel actual del precio de la cesta petrolera venezolana le ha permitido a Chávez dedicarse a su revolución política sin mayores presiones, al punto que ha asegurado que éste será el año del despegue económico. Dadas las condiciones políticas de falta de consenso frente a su gestión, eso está por verse.

En el ámbito social, la situación es cuando menos dramática. Los alarmantes niveles de pobreza que hay en el país, los crecientes índices de la violencia social, la reciente tragedia de Vargas y la exclusión de las grandes mayorías del orden normativo y simbólico y de los bienes públicos y culturales son, en definitiva, el gran reto de Chávez, única esperanza de los que lo perdieron todo o nunca tuvieron nada.

Sin embargo, los indicadores de redistribución del ingreso para las mayorías no sólo no han mejorado en lo que va de gobierno, sino que muestran claramente una tendencia a hacerse más regresivos. La transferencia directa de recursos a los sectores de menores ingresos se ha hecho mediante canales no regulares, como lo es el recurso a la Fuerza Armada Nacional, razón por la cual enfrenta serias dificultades para ser eficiente y llegar a su población objetivo.

Esto, lejos de ir contra Chávez, lo ha blindado frente a los sectores populares, que sienten que el Presidente se ha comprometido a atenderlos por todos los medios, incluyendo el uso de la Fuerza Armada. El by pass a las instituciones regulares de redistribución de ingresos, a las que suponen permeadas por clientelismos y burócratas de viejo cuño, las ha debilitado de manera importante. Por eso, en el corto plazo, cuando se haya agotado la capacidad de la institución militar en esta fase, el necesario fortalecimiento institucional y de recursos humanos capacitados para la atención de la emergencia social requerirá de un tiempo precioso. Tomando en consideración lo vertiginoso y cambiante de la crisis nacional, parecería que el Presidente no dispone de mucho.

Así, pues, y en resumen, ni ángel ni demonio; sólo la expresión del tamaño del conflicto. Chávez es el presidente de un país profundamente atribulado por una fractura social sin precedentes, un país por cuyo cambio apostó esgrimiendo sólo su voluntad de Mesías, azar en el que también concursaron millones de venezolanos. Al parecer, esto del cambio requiere algo más que talante, deseos y buena disposición. Quizá hagan falta consensos, proyectos compartidos y convocatorias reales a la participación popular.

Lamentablemente, la sociedad venezolana ha seguido el proceso de cambios sin considerarse un actor fundamental de él, sino en la búsqueda frenética de un vengador-transformador y un reparador de agravios que, a fin de cuentas, y en buena medida, fue tolerado por la propia actitud pasiva del pueblo frente a los repetidos desmanes y trapacerías tanto políticas como económicas del régimen anterior.

Aunque es difícil hacer predicciones en un panorama tan incierto y en el centro de un proceso en curso, se percibe que Chávez podría encontrarse frente a su última gran oportunidad. Después de junio, todo el país espera por Chávez de nuevo, y éste, de nuevo, se comprometerá a todo por todos. Falta saber si a su manera o a la manera de todos. Un lema del gobierno reza que el futuro cumplió un año. Después de junio sabremos cuántos años más le quedan a ese futuro.