Entre la libertad y la fatiga

Roberto Lerner

El origen de este artículo es un pedido de ideele a partir de una entrevista realizada por Antonio Cisneros en CCN, en la que el autor planteó el desplazamiento de la culpa por la vergüenza, debido a la importancia que ha adquirido nuestra(s) performance(s) como medida
–siempre insuficiente– de nosotros.

 

En los muros parisinos de 1968 alguien estampó un famoso graffiti: "está prohibido prohibir". Aunque los obreros franceses obtuvieron de la revolución del Barrio Latino mejoras nada desdeñables en sus condiciones de vida, pocos recuerdan las aburridas aunque fructíferas negociaciones entre sindicalistas y representantes del gobierno, mientras que todo el peso de la nostalgia se concentra en las animadas barricadas, las frases ocurrentes y un orgasmo colectivo que no tenía cuándo acabar. Claro que acabó. Si alguien lo duda, que se anime a seguir el ciclo vital de los antiguos contestatarios: grandes capitanes de empresa, políticos establecidos, padres de familia modelo. Perfectos habitantes de la sociedad de individuos soberanos, la colmena de performantes, la alianza de permanentes electores.

El sueño que prendió con la generación de Woodstock tuvo como centro la transgresión de todos los límites, el ensanchamiento de todos los horizontes y la relativización de todas las normas. En sus consumos psicoactivos había más de eso que búsqueda desenfrenada de placer. En efecto, los estados alterados de la mente eran la prueba de que la realidad no era una barrera, y de que los individuos que querían podían desafiarla como límite de la percepción. Pero, sobre todo, hierbas y ácidos demostraban que uno podía hacer lo que papá decía que era inaceptable. Si alguno de esos, en ese entonces jóvenes, hubiera podido ver con los ojos de sus vagabundeos psicodélicos la enorme libertad que ellos gozarían en su madurez y la que sus hijos tendrían solamente 25 años más tarde, habría necesitado varios litros de leche para regresar de un horroroso viaje.

De alguna manera, el sueño devino realidad. En la actualidad es políticamente incorrecto condenar un estilo de vida o prohibir alguna opción. Toda elección –sexual o culinaria– es válida. La vida es un enorme menú con innumerables, inacabables, engorrosamente frondosas, complejas y confusas posibilidades, que se pueden ordenar a gusto del cliente, de acuerdo con la disponibilidad de su bolsillo y el tamaño de su apetito. Existen, además, un sinnúmero de ofertas, los combos, que pretenden simplificar el proceso de toma de decisiones, pero que terminan por convertir la carta en un jeroglífico desconcertante. Lo que emergió en todo el mundo cuando las revueltas estudiantiles de los 60, fue el derecho a la diferencia y el rechazo a la discriminación de los grupos e individuos por ser quienes son.

En nuestra civilización, el ciclo vital, en términos de socialización, siempre fue de banda más bien ancha si se lo compara con el de otras, donde cada hito está determinado de manera rígida, y no honrarlo cuando, con quien y donde la cultura lo estipula, pondría al margen de ésta al transgresor. Pero aun así, hasta hace relativamente pocos años, el reloj social hacía tic tac de manera más o menos consensual: las expectativas de la sociedad eran claras en cuanto a qué debía hacerse, cuándo, con quién y en qué orden. La diversidad moral que se derivó de los 60 y que parecía centrada en lo sexual y psicoactivo, digamos en usos y gustos, fue lo que seguiría a lo que representaban los graffiti en Mayo 68: pura superestructura. A la postre, los cambios demográficos, tecnológicos y económicos llevaron las libertades de opción a una realidad poco conciliable con los sueños libertarios de los 60 y 70.

El endiosamiento de la juventud percibida como ventaja insuperable; el envilecimiento de la experiencia entendida como lastre en un panorama absolutamente fluido; el alargamiento de un ciclo vital en el que hablar de vida útil entre los 18 y 65 suena a broma, ya que en algunos países como Suiza el promedio de edad es de 83 años; el ingreso masivo de las mujeres en el mercado de trabajo; la globalización de la fuerza laboral y su dependencia respecto del capital intelectual; la inmediatez de las comunicaciones y su inter­actividad; la muerte de las distancias reales y virtuales, son algunos de los factores que han contribuido a la flexibilización de todas las normas y a la pérdida de vigencia de las secuencias de hitos impuestos por la cultura.

Por otro lado, la edad cronológica no coincide más con la edad funcional. En efecto, más o menos jóvenes y más o menos viejos pueden encontrarse haciendo las mismas cosas, resolviendo las mismas tareas, coincidiendo en los mismos espacios: comenzando una formación profesional, aprendiendo un idioma, iniciando una relación de pareja, criando hijos pequeños, inaugurando un vínculo laboral, entre otros. Y, finalmente, hemos sido testigos de una abolición de las jerarquías que dependen de la articulación siempre compleja entre saber y poder. Los que más saben no son necesariamente los que más edad tienen. Por primera vez, los que nacieron hace 20 años son mucho más eficientes que sus mayores, no de muchos años más, en el manejo de las principales tecnologías que conforman el panorama cotidiano.

Una de las consecuencias de lo anterior es que los términos de referencia para definir una persona han aumentado cuantitativa y cualitativamente. Un ser de 14 puede estar ganando bastante más que uno de 28, aunque legalmente sea dependiente de sus mayores; uno de 45 puede estar meciendo un bebé de meses, aunque sus pares estén a punto de ser abuelos, por ejemplo. Responsabilidades, tareas, retos, limitaciones y posibilidades se mueven y combinan de maneras que poco tienen que ver con la secuencia tradicional de socialización propia de la civilización occidental. Las sociedades modernas o modernizantes se han convertido, entonces, no solamente en pluriculturales, sino en pluriindividuales, y dejan de ser un melting pot para convertirse en un salad bowl.

Es en ese mundo donde los mecanismos unificadores se debilitan y las identidades se hacen difusas, pero, al mismo tiempo, el que achica sus espacios, contrae sus fronteras y en el que predominan, irónicamente, las fusiones, en el que los individuos pueden desear cualquier cosa, deben desear cualquier cosa y tienen infinitas cosas que desear. Es en ese mundo donde las personas ya no se enfrentan a tabúes globales, prescripciones explícitas aplicables a todos los miembros de una cultura, prohibiciones y normativas acerca de cómo, dónde, con quién y cuándo hacer aquello que define la vida cotidiana, en el que todo está a la mano y la transgresión ha perdido su fuerza como acto que pone al margen.

Es en ese mundo donde, al decir de Yourcenar en sus Memorias de Adriano, muertos los antiguos dioses y aún sin llegar los nuevos, el hombre, esta vez en el inicio del siglo XXI, está solo frente a sus ilimitadas opciones. En ese interregno la culpa se ha diluido. Ese sentimiento esencial de las civilizaciones occidentales, esa emoción pedagógica y normalizadora, parece haberse esfumado. Y, con ella, las patologías existenciales que habíamos creído centrales desde finales del siglo XIX. Las neurosis –campo de Agramante en el cual se enfrentaban los deseos y la represión–, con sus expresiones que encubrían, disfrazaban, distraían y reemplazaban las pulsiones, permitiéndoles gratificaciones que burlaban las prohibiciones, han desertado de los consultorios donde antes reinaban indiscutiblemente.

En su lugar han aparecido nuevos sufrimientos. Cuando todo es posible, cuando todo es relativo, cuando la multiculturalidad nos deja indefensos e inermes frente a menús groseramente variados, la culpa deja de ser central. Una mujer ya no se siente culpable por desear o tener un orgasmo, sino más bien avergonzada de no tener, como le dicen que puede, cien en una noche. Es la venganza de la vergüenza, un sentimiento complejo que atañe, no a lo que uno hace, sino a lo que uno es. La individualidad de la clase media, modelo de lo individual durante las pasadas décadas, ya no es más eso que pasa dentro de las paredes opacas del hogar y que cuando trasciende es porque rompe los límites de lo permitido. Ahora se agota en el conjunto de desempeños sometidos al escrutinio de la opinión pública, los supervisores organizacionales y los medidores de resultados. Entonces, los estándares reemplazan a las normas.

Por eso hoy en día abundan las patologías de la vergüenza, del cansancio, del vacío, de la desesperanza, de la desmotivación; en suma, de la carencia. Nos duele no lo que hicimos más allá de la ley implícita o explícita de nuestra cultura con sus prescripciones y proscripciones, no las ganas de comer un potaje prohibido, sino todo lo que está permitido pero no podemos obtener o hacer, no tener el apetito para ingerir todos los platos que la carta promete. Nos tortura no estar a la altura de las expectativas, no poder hacer frente a las presiones, no ser capaces de avanzar cada vez más rápidamente hacia cada vez más arriba.

Y eso ocurre desde cada vez más temprano en el ciclo vital. Si antes había que competir para obtener un trabajo, luego hubo que hacerlo para conseguir un lugar donde poder estudiar una especialidad que sirve para obtener un trabajo. Hoy día se lucha palmo a palmo por un espacio para poder estudiar lo mínimo necesario con lo que pretender especializarse para conseguir un sitio en el mundo ocupacional. Los niños de 3 y 4 años saben, sin lugar a dudas, que deben hacer bien una serie de tareas, como dibujar una figura humana –con piso, por favor, para no trasuntar inseguridades– o pintar un círculo sin salirse de sus bordes, si quieren ingresar en el colegio que sus padres han escogido para ellos.

¿Quién exige más?, parece ser la pregunta que guía los planes de estudio de los centros educativos; y el sufrimiento de los aprendices, la medida de su éxito en el mercado de las expectativas parentales. El resultado es un número cada vez mayor de niños sentados frente a sus escritorios hasta altas horas de la noche y padres que terminan haciendo nuevamente la escuela en una suerte de responsabilidad compartida permanente, que hace de las libretas de notas una sanción transgeneracional que promueve los esfuerzos puntuales pero muy poca autonomía. Hay otros resultados: cada vez más cuadros psicosomáticos y desórdenes de la motivación y el ánimo en edades que antes se asociaban, quizá de manera poco realista, con la despreocupación.

De esa manera, solos frente a nuestras performances que no tienen sentido sino solamente medida, y a nuestras supuestamente inagotables posibilidades; descontextualizados culturalmente y desconectados de cualquier comunidad, los hombres y mujeres de nuestra época sufren de no poder hacer todo lo que podrían hacer, les duele su insuficiencia y su falta de viada. El agotamiento, la fatiga y la incompletud se han adueñado de las salas de espera de los consultorios psicológicos y otros espacios donde se administra la infelicidad humana. La psicopatología se ha olvidado de la neurosis, o viceversa. Su Majestad la depresión ha ocupado el centro del escenario, y el maquillaje o la cirugía estética de los estados de ánimo se han colocado en el primer lugar de las agendas terapéuticas. En esta especie de venganza póstuma de Janet sobre Freud, las enfermedades producidas por el verdor de los jardines de nuestros vecinos –reales, mediáticos o virtuales– parecen haber capturado el imaginario social.

Resulta interesante que, al mismo tiempo que el contingente de los deprimidos aumenta, en el reverso de la moneda, el exceso de acción, el actuar desconsiderado y ciego respecto de sus consecuencias, también se ha incrementado de manera sensible. En la vereda del frente de la inacción avergonzada o el éxito recortado e insuficiente, están la acción desvergonzada y el golpe de suerte espectacular. Llevarse de encuentro al otro para acceder al máximo de beneficios y salir de perdedor rápidamente, son otras de las marcas de nuestro tiempo, a pesar de todos los discursos que ensalzan el esfuerzo para superar las múltiples vallas dispuestas a lo largo –aunque, a falta de secuencialización de hitos, debería decirse a lo ancho– del ciclo vital. Son las múltiples sociopatías y otras manifestaciones del hacer descontrolado, las formas menores de la delincuencia o la canalización de habilidades a través de las organizaciones del imperio subterráneo que configuran las múltiples mafias competidoras de los poderes legítimos cada vez más debilitados.

Inhibidos o desbocados, los individuos del siglo XXI responden a la soledad interconectada de los grandes conglomerados urbanos. Atiborrados de recetas, consejos, soluciones mágicas y vías rápidas, enfrentan las pequeñas miserias de una vida que supuestamente puede no tenerlas porque ofrece tanto y tan diverso. Sin embargo, no llegan a articular las experiencias –buenas, regulares y malas– en un relato que tenga relevancia cultural o comunitaria. Se trate de las relaciones de pareja, los entornos laborales o las tareas conducentes a pasar la posta a una nueva generación, esos individuos se confrontan con una ineficiencia permanente y con estándares imposibles de satisfacer.

La libertad de hacer, producto de tantas y tan nobles luchas, como aquellas que persiguieron el cumplimiento irrestricto de los derechos civiles, los derechos humanos, la equidad entre los géneros, el respeto por opciones de vida variadas y, en general, la defensa de los individuos frente a los poderes explícitos y formales en la esfera de lo público, y aquellos, menos institucionales pero igualmente duros, que maneja la cultura en el campo de lo privado, ha llevado también, no solamente pero también, a la pesada fatiga y cansancio de ser uno mismo y tener que serlo hasta el final.

Pero entre la libertad y la fatiga hay promesas que asoman y retos que deben convocar nuestras fuerzas para reformular algunas de las dimensiones por las que discurre nuestra vida. Obviamente, lo último que debemos anhelar es el rechazo de la libertad y los márgenes de maniobra de los individuos. Nuevos fundamentalismos y totalitarismos acechan en nombre de la lucha contra el desorden y buscan enraizarse en el contexto de particularismos a los que no se aplicarían los mecanismos de balances y contrapesos que han demostrado ser ineludibles para cualquier sociedad abierta y civilizada. 

Podemos tratar de recomunalizar nuestros proyectos, vale decir, de insertarlos en una red de relaciones interpersonales, interfamiliares e interorganizacionales que tengan relevancia para la vida cotidiana, dentro de la cual están nuestros pequeños y grandes éxitos, así como nuestras pequeñas y grandes tragedias. Obviamente, para lo anterior es menester utilizar y aprovechar al máximo las tecnologías interactivas y los espacios virtuales. En segundo lugar, debemos esbozar una alianza con los jóvenes que les haga un espacio permanente en nuestras tomas de decisión: no solamente porque de esa manera aseguramos la coherencia y solidez de éstas, sino porque así aprovechamos el saber que poseen, otorgándoles la correspondiente cuota de poder que conlleva. Finalmente, debemos poner los diferentes hitos del ciclo vital en un contexto cultural, haciéndolos parte de relatos, mitos y tradiciones que les den sentido.

Los que hace 30 años quisimos amortiguar todos los poderes –políticos, de género, generacionales, culturales– en nombre de la tolerancia y la libertad, fuimos parte de una lucha que se ha dado antes y volverá a darse en el devenir de nuestra especie. Quizá algunos creímos que sería la última. La libertad obtenida se convirtió en una potencial tiranía de las opciones en medio de nuevas economías que pontifican sobre el capital humano, pero no lo cuidan y necesitan individuos permanentemente aspirantes y sujetos al escrutinio de sus desempeños públicos y privados de manera sostenida y muchas veces cruel.

Es una libertad que ha generado enormes y pesadas fatigas, seres inseguros y logros cuestionables al lado de horizontes en efecto apasionantes. Pero es una libertad que espera ser redescubierta y puesta al haber de una existencia que con sus enormes bellezas y maravillosos retos también contiene inevitablemente las semillas de su finalización.