EDITORIAL

Más al desnudo que nunca...

Qué duda cabe de que el poder viste hasta al más deslucido. 

 

Pero si ese poder no surge del consenso sino, todo lo contrario, 

si para perdurar esquiva la  mirada crítica del ciudadano,
doblega a las instituciones y somete a la prensa,

si ese poder desprecia la legitimidad y se sustenta en la coerción, 

si ofende con sus mentiras y dobleces la conciencia moral de una nación 

y  escandaliza 

los ojos limpios de los jóvenes,

si echa mano de la tortura, del chantaje y la delación,

si divide,

si corrompe voluntades,

si se sustenta en la pasividad y la apatía,

si se alinea con los fuertes para someter a los débiles,

si desprecia a quien disiente y lo persigue...

Si es así, tarde o temprano se desnuda ante el pueblo; 

muestra, como en una radiografía sin concesiones, la naturaleza de su mal.

Así nos lo enseña la historia; 

así les sucedió a quienes quisieron perdurar a toda costa.
A Marcos, a Suharto, a Pinochet, a Stroessner, a Balaguer y a Cedrás.

Así le está ocurriendo al régimen de Fujimori.

Está desnudo. 

 

El momento de la  desnudez es el momento del ocaso.

 

Pero para que ese ocaso sea la víspera de un nuevo tiempo 

habrá que apurar la noche. 

 

Habrá que concertar y movilizarse, 

habrá que juntarse sin desconfianzas, solidariamente,

habrá que enlazar a las fuerzas más sanas y pedir que se expresen 

las más claras inteligencias,

habrá que vertebrar  las fuerzas dispersas y aisladas,

habrá que confiar en  nuestras propias ganas de cambiar las cosas,
de raíz,

habrá que seguir ocupando las plazas,

habrá que vivir en vigilia.

 

Para que sea la víspera de lo que nos merecemos: 

el amanecer de la democracia.