¿Dictadura perfecta o autoritarismo inestable?

Romeo Grompone*

¿Qué es y que une al fujimorismo? El autor desarrolla en las siguientes páginas una audaz tesis sobre el tipo y estilo de gobierno que expresa Fujimori y el posible curso que puede tener a futuro a partir de la presente coyuntura electoral.

 

Este gobierno es caracterizado por muchos como mafioso. Por ahora se trata de una afirmación más intuida que explicada. Sin embargo, vale como imagen pensando en las vías de acceso para llegar al círculo del poder, el carácter secreto con que se establecen los primeros vínculos, la vigilancia mutua, el paulatino control de nuevos espacios recurriendo a la astucia o la intimidación, los ajustes de cuentas, el carácter de los jefes que tienen tanto de árbitros como de ejecutores, algunos grupos especialmente encargados de hacer la tarea sucia.

Hasta donde conozco del tema, la mafia es una institución tradicional con reglas no escritas pero estructuradas que controlan comunidades atrasadas influyendo en el poder político, o adoptan esta manera de actuar como estrategia de inserción de los migrantes en sociedades capitalistas avanzadas como Estados Unidos. El delito se organiza empresarialmente y reproduce al mismo tiempo lazos familiares presuntamente incondicionales usando al máximo tanto el soborno a gran escala como los intersticios del sistema legal.

El régimen fujimorista, dudoso mérito, tuvo que inventar su propio estilo. Es difícil, si no queremos quedarnos en el lugar común, identificarlo como una continuación de precedentes autoritarios y clientelistas en nuestro país. Se me ocurre más bien que se trata de una camarilla que, copando los puestos del gobierno, tomó por asalto el Estado.

El círculo de poder

No ignoro que el término camarilla tiene mala prensa. Suena a manifiesto de un grupo pequeño de izquierda de los 70 en hojas amarillentas y frases apretadas en un stencil al que le queda poca tinta, presuntamente destinado al pueblo, pero que termina siendo leído por unos pocos que le contestan en términos parecidos.

Cuando me refiero a camarilla entiendo a un grupo limitado de personas que establecen vínculos de lealtad basados en intereses compartidos que se definen en el momento mismo de su surgimiento, que exige manejos de poder de origen extrainstitucional y compromisos que se mueven entre la razón y la fuerza por lo que cada uno sabe del otro en temas como la corrupción o las violaciones de derechos humanos. No hay relaciones en que se proteste el afecto mutuo como la mafia. La mayoría de las decisiones tiene rango de secreto de Estado. Quienes participan en ellas están obligados y condenados a la vez a estar juntos. Esta camarilla se afirma desde dentro recurriendo a la amenaza y al chantaje y desde fuera porque la salida de ella supone la exposición a delitos de los que no puede eximirse porque han perdido su línea de protección. Quizá este concepto suene un tanto conspirativo; pienso que sí, que la conspiración no lo explica todo, pero es uno de sus rasgos inconfundibles.

La peligrosidad de una camarilla surge del contraste entre su fortaleza presente y una sensación de fragilidad que, como veremos, se debe a su incapacidad de establecer alianzas seguras y estables. La guerra interna y la inestabilidad económica legitimaban a un grupo reducido para ejercer la violencia o, en general, para tomar decisiones más allá de los límites constitucionales, asumiendo que representaban al conjunto de la sociedad.

El acatamiento de las disposiciones de los organismos internacionales de regulación financiera y de crédito les cubría el frente externo. Tenía el campo libre. La camarilla se apodera del Estado; pero ¿de qué Estado se trataba? Construido y desarmado por el gobierno velasquista, la segunda fase y los graves problemas de los primeros años de la democracia, resulta un ejercicio desaforado de imaginación pensar a este Estado, como se hace habitualmente, en términos institucionales. No había manera de advertir un sistema integrado por organizaciones jurídicas, administrativas, de recaudación y coercitivas a cargo de un colectivo de funcionarios relativamente desvinculados de los intereses sociales y económicos dominantes. Los organismos internacionales ayudaban a empujar hacia el abismo.

En los años de apogeo de las políticas de ajuste, los tecnócratas, por lo general poco acostumbrados a medir las consecuencias políticas que van más allá de su rígido esquema mental, ayudaron al gobierno a quebrantar un principio de orden mínimo en la gestión pública, empujando a un acelerado desmantelamiento de un aparato que por lo demás ya se iba cayendo solo.

Las alianzas que no terminan de armarse

Una camarilla, aun ésta que en el Perú vivió tiempos gloriosos, necesita establecer alianzas que le otorguen estabilidad, pero sin permitirle a estos nuevos socios el acceso a la caja negra donde estaban registradas las principales decisiones. A diferencia de la mayoría de los autoritarismos de América Latina, no hay una articulación consistente entre el gobierno, las Fuerzas Armadas y los grupos de poder oligopólicos vinculados al capital internacional. No puede constituirse un bloque de poder o un grupo relativamente articulado de elites dominantes, como quiera llamarse. Por lo que en lugar de un pacto de dominación establecido en nombre de los intereses generales de los sectores más influyentes, el partido se juega en el terreno chico de las prebendas otorgadas a las compañías beneficiadas por las privatizaciones en procesos poco transparentes, los beneficios tributarios y cobertura por pérdida para algunos bancos, los contratos amañados para algunas constructoras, las exenciones para la minería. Son vínculos informales que se van redefiniendo en lugar de un acuerdo de largo plazo propio de un autoritarismo que se precie de su condición y no tenga que mirar siempre a los costados.

Y en este proceso se van generando oposiciones que se van explicitando de a pocos, de otras constructoras y bancos que no han sido favorecidos, del conjunto de la industria, de medianos empresarios y sus representaciones gremiales cuyos dirigentes en las últimas elecciones se fueron desperdigando por distintos grupos de oposición. La mayoría de sectores que apoyan a Fujimori pueden reconstruir su influencia en un nuevo gobierno con ciertas garantías de un marco más previsible. Quizá no se comprometan con un cambio pero tampoco, vista la línea concesiva de la oposición, tienen que jugarse –¿para qué?– en mantener el actual estado de cosas.

Las Fuerzas Armadas aparecen como el apoyo más estable. Como ha ocurrido en otras experiencias de América Latina, no están dispuestas a ceder el poder una vez que han logrado una victoria militar. Fujimori y Montesinos le robaron la iniciativa esgrimiendo el discurso del orden y reivindicando al mismo tiempo la intervención militar. No había cómo disputarle esa bandera, ya que estos dos personajes reconocieron el papel de las Fuerzas Armadas y en el mismo movimiento delimitaron el papel de ellas en una jugada perfecta. Como si ello no bastara, dirigieron el desmoronamiento del Estado de derecho con más audacia e imaginación de lo que podían hacerlo los mandos militares. No les quedaba a éstos otra alternativa que ser cortoplacistas, y las modificaciones en la legislación sobre ascensos y permanencia en los cargos volvió a las cúpulas atornilladas al poder –y atornilladas significa también no poder moverse–, sin proyecto propio. Los contactos personales de coroneles y generales, a veces arduamente conseguidos y probablemente con protestas de lealtad, le ganó la partida a cualquier esbozo de planteamiento institucional.

La realidad y la paranoia de Montesinos

Un gobierno de camarilla necesita de seguridad interna y jugar a la imprevisibilidad con sus seguidores. No hay eslabonamientos que lleguen desde el poder hacia abajo. O, mejor dicho, sólo la camarilla sabe cómo se hace y se deshace el juego. Por esta razón, a falta de una hegemonía política y social claramente establecida, las maniobras psicosociales ocupan el mayor campo de la política. Pensando en estos términos, la muy real presencia de Montesinos y la paranoia sobre Montesinos termina siendo lo mismo. El “doctor”, vigilante insomne, tortura, mata, chuponea teléfonos, hace “reglaje” de los movimientos de los opositores, digita los nombramientos de las Fuerzas Armadas, organiza la campaña electoral.

La imprevisibilidad que afecta a las personas a las que la camarilla va a apoyar como piezas de su engranaje suelta la imaginación de este personal político de menor jerarquía que, aunque a tientas, va dando pasos por los que supone va a llegar finalmente al grupo de los elegidos. Impide, no obstante, formar la maquinaria política de un régimen autoritario en que la consistencia se define por la eficacia de los escalones intermedios fáciles de ser reconocidos.

Imagina serlo, por ejemplo, el jefe del sector Agricultura en Piura, que ofrece sus servicios a sus amigos días antes de la nominación de candidatos dando por segura su postulación y es desplazado, sin saber cómo desenredar el nudo que motivó su postergación. Piensa en su protagonismo una dirigenta de un centro de acopio de San Juan de Lurigancho mezclando un discurso sobre su autonomía y diciendo sin una pizca de ironía o de cinismo que sus contendores no tienen siquiera ”gente para maniobrar”; tal fue su expresión literal. Y así sobran ejemplos.

Pero un sistema, cualquier sistema, no funciona sin que la gente tenga mínimos asideros para responder a la pregunta ¿dónde estoy?, más allá de un razonable margen de incertidumbre tolerable. No estamos ante la “dictadura perfecta”, y Vargas Llosa se apresuró en compararlo con un México ya pasado de dominio absoluto del PRI.

Un fraude electoral con malos modales

Parece, pues, que nos estamos alejando de esta coyuntura electoral, pero de este tema precisamente se trata. Un autoritarismo no consolidado tiene que montar un fraude con un exceso de maniobras; no puede operar con un mínimo de buenas maneras. Termina mereciendo a un Portillo. Fujimori parece ir entendiendo que ha llegado el momento de darle organicidad a su maquinaria política, que tiene que ser algo más que la yuxtaposición del Ministerio de la Presidencia, el PROMUDEH, el Poder Judicial, las dependencias de cada uno de ellos y la sombra tutelar del SIN.

Tentación también para intelectuales preocupados por ocupar su lugarcito en la historia política. Macera, con la idea de que esta sociedad sólo puede organizarse desde las alturas del poder con un discurso que, encubierto de reconocimiento de las organizaciones sociales, establece una función tutelar sobre ellas. Tudela, con su nacionalismo de vieja estirpe franquista reivindicando en Fujimori al caudillo providencial y aspirando también a la representación controlada de la sociedad. Y Absalón Vásquez, más lúcido de lo que se acostumbra creer, planteando propuestas y armando aparato.

Es relativamente sencillo ocuparse del estilo de Fujimori y Montesinos, de sus fortalezas y sus debilidades. Sin embargo, si no queremos seguir mintiéndonos, debemos reconocer que su espacio de maniobra se fue ampliando en la medida que no pudo articularse un movimiento democrático de oposición consistente. Velar por la transparencia de las elecciones requiere coraje cívico. Pensar como alternativa a Toledo es una apreciación realista. Sin embargo, no debemos olvidar que sólo ante los desbordes del gobierno se planteó el tema de la democracia y el cambio.

Por lo menos, aun con estas consideraciones, estamos mejor pertrechados para la tarea que nos espera, que es la de impedir que la camarilla vaya tendiendo sus redes hasta darle formas a un autoritarismo estable. Y contribuir a que la demanda democrática se exprese más allá de esta coyuntura. Necesitamos voluntad política que debe fortalecerse a partir de una razonable desconfianza en lugar de tomar el atajo de un optimismo pueril.

*          Investigador IEP.