Los avatares del referendo
Álvaro Camacho*
A las ya graves dificultades que debe hacer frente Colombia se suma ahora un conflicto político entre el Presidente y el Congreso. Álvaro Camacho analiza para ideele las consecuencias del problema.
Hasta ahora la opinión pública no ha visto una buena justificación del sentido y bondad de casi dos años de alianza entre buenos y malos.
Todo parece indicar que el referendo convocado por el presidente Pastrana se está enredando, y que una buena intención de combatir la corrupción en el Congreso y reorganizar los patrones de representación política se está tornando rápidamente en un sainete de improvisaciones, pugilatos y truculencias; en fin, en una nueva demostración de las habilidades de nuestros dirigentes para escamotear sus responsabilidades históricas.
El entremés empezó realmente en febrero, cuando, por un descuido en el manejo administrativo de la Cámara de Representantes, se permitió que un congresista pusiera al desnudo una feria de contratos con montos escandalosamente elevados y con propósitos baladíes. Se destapó, pues, una corrupción que se agregaba a denuncias hechas meses antes acerca de las elevadas e ilegales sumas con que congresistas se pensionaban. Muchos de ellos lo hacían sin cumplir con los requisitos de ley, y otros simplemente falsificaban sus credenciales. Se sumaron así dos fuertes episodios de robos y saqueos al erario público. Sólo que el presidente de la Cámara, y por tanto responsable de los contratos, era uno de los más diligentes sustentos de la frágil coalición de gobierno.
Al presidente Pastrana no le quedaba otra alternativa que defenestrarlo, y, de pasada, consideró oportuno revivir su propuesta electoral de hacer la reforma política, cuyos intentos anteriores habían sido devorados por la impericia gubernamental, la arrogancia al imponer líneas inexorables de acción parlamentaria y la siempre bien aceitada habilidad y astucia de la oposición del Partido Liberal.
Es posible que Pastrana, en un gesto de audacia pero pobre de cálculo, considerara que había llegado el momento de hacer la revolución política que, junto con su política de paz, le haría acreedor al ansiado premio Nobel; o al menos le permitiría pasar a la historia como un epónimo héroe nacional. Y esta revolución consistía en presentarle al Congreso un proyecto de referendo por el cual se reformaban algunos mecanismos de acción parlamentaria (lista única partidista; freno a exceso de dineros en las campañas; mayores causales de inhabilidades a los congresistas; sanciones por violación de normas; votación obligatoria por una sola vez –la relativa al referendo–, y, sobre todo, la revocatoria del mandato de los congresistas).
Y quién dijo miedo: el Partido Liberal, dividido entre oposicionistas y colaboracionistas, se reunificó. Los primeros vieron la ocasión para acusar al gobierno de tapar su propia ineptitud descargando las culpas en uno solo de los focos de corrupción; los segundos se sintieron traicionados, porque al fin y al cabo venían sosteniendo la precaria legitimidad presidencial, aunque para ello se vieran obligados a aceptar las dádivas y canonjías que les pasaba por debajo de la mesa el ministro del Interior. Es decir, en el fondo ambos aceptaban la acusación, sólo que unos decían que ellos no estaban solos en el festín de los dineros públicos, y los otros decían que habían asistido al baile obligados por la lealtad a la coalición presidencial.
Por lo anterior, es claro que a pesar de que se ha tratado de mostrar que en torno del referendo se confrontan los dirigentes nuevos contra los viejos y los buenos contra los malos, e independientemente de que hay algo de cierto en esto, no deja de ser notorio que los malos y viejos de hoy fueron los principales apoyos de quienes son buenos y nuevos.
Era obvio que el Partido Liberal reaccionaría, y para ello tendría que hacer unas cuantas maniobras que terminan por ser profundamente contradictorias: de una parte, defender a la clase política, cuyos niveles de aceptación en la opinión pública son bajísimos; de otra, recurrir a la retórica de "lo social", con el fin de intentar relegitimarse como el representante de los intereses populares. Más de un malicioso ha dicho que esa doble postura está amparada por el reconocimiento de que al fin y al cabo ese pueblo suele votar por esos corruptos.
Y así, ahora, cuando Pastrana propone un gran acuerdo nacional en torno del manejo de la economía, la política de paz y los asuntos internacionales, el Partido Liberal responde que sin incluir lo social en el articulado del referendo no hay juego, y que más importante que revocar el mandato congresional es elevar una gran consulta popular en la que se decida también si el presidente debe ser revocado. Calculan los liberales que, dados los bajos niveles de popularidad de Pastrana, el referendo acabaría con su mandato.
Pero el Presidente no es tan ingenuo, y en un intento por enfrentar a la jauría ha decidido sacrificar a algunos de sus más cercanos servidores: su ministro del Interior, principal artífice de la coalición gubernamental e instrumento directo de la compra de votos en el Congreso, y su secretario general, acusado de favorecer a su familia con contratos con agencias oficiales.
No parece, sin embargo, que el Partido Liberal se satisfaga con estas presas: sus aspiraciones van más allá, y aunque sus dirigentes saben que no lograrán la revocatoria de Pastrana, sí entienden que mientras más alto apunten mayor será la tajada del pastel que obtendrán.
Y entre tanto, la política de paz se enreda: las poblaciones de las zonas de las que los paramilitares han desplazado al ELN se organizan en protestas masivas contra la posibilidad de que sus regiones sean desmilitarizadas. Sería tanto como que el gobierno le devuelva al ELN lo que los paramilitares le quitaron por la vía armada. El gobierno no sabe bien qué debe hacer ante el hecho de que la ultraderecha está mostrando que –igual que la guerrilla– puede hacer movilizaciones de masas. Que el terror no es su único instrumento.
Y las FARC, premunidas de la posición que han venido ganando en el proceso de negociación, arguyen que como ellos son el pueblo, los temas del referendo deben ser discutidos con ellos, y que las reformas resultantes deben ser producto de la mesa de negociación.
En fin, la enseñanza que va dejando el proceso hasta ahora es que se trata de un juego de pirotecnias verbales, astucias tácticas y exhibiciones de habilidades para negociar y/o chantajear. La ilusión que quiere proyectar el Presidente de que él lidera lo nuevo y los liberales lo viejo ya poco convence, y nada tiene de extraño que todo esto muera en pocos días, mientras surge otro distractor que permita evadir –como ya es regular– la asunción de unas decisiones políticas realistas y esfuerzos significativos de cambio social que confronten el clientelismo, la corrupción, la desigualdad y la guerra.
En síntesis, el episodio del referendo permite hacer algunas reflexiones. Como siempre, la clase dirigente colombiana cree que el recurso a "el pueblo" consiste en ponerlo en una situación en la que por la vía del voto legitime los intereses de los dominantes, en este caso la revocatoria del mandato de los congresistas o del Presidente, es decir, de las expresiones de la voluntad popular, que, sería de suponer, en su momento los eligieron libremente.
Además, en un país en el que la tradición populista es prácticamente inexistente, el intento de apelar directamente al pueblo, y en especial por un gobierno con un mandato precario, no pasa de ser una amenaza a la precaria institucionalidad política que aún le queda al país.
En tercer lugar, el referendo le ha permitido a los políticos liberales, ya reconocidos como corruptos, relegitimarse. Al menos en el corto plazo, algunos de ellos, ya condenados al descanso y relegados a los cuartos traseros de su partido, regresan triunfantes, obviamente armados de las mismas triquiñuelas, prestidigitaciones y vicios que los hicieron notables cuando –supuestamente– Colombia no había llegado a una mayoría de edad.
Por último, todo este episodio muestra una debilidad presidencial que poco le ayuda en el panorama internacional. Una cosa es un Pastrana firme, en control de la situación, negociando con los Estados Unidos los 1100 millones de dólares del Plan Colombia, y otra es el débil e improvisado Pastrana a quien el Pentágono le puede tomar del pelo con chistes como el de enviarle un cargamento de municiones cuya vida útil está vencida desde hace ya un buen tiempo, o cambiarle los helicópteros Blackhawk por unos Huey. Como lo aseveró algún lúcido militar colombiano: "nos ofrecieron Mercedes 2000, y ahora nos van a dar Fords 1970".
* Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Colombia.