EDITORIAL

Nuestro optimismo

Para nada somos de los que disfrutan  con el aserrín y los zócalos. Ni Colón debe haber deseado tanto gritar ¡tierra! como nosotros pasar la página. El carnaval de Río será chancay de medio cuando celebremos no tener que hablar más de elecciones 2000, reelección, fraude, jurado, ONPE, prensa amarilla, falsificación de firmas, tránsfugas... ¡Basta! ¡Oxígeno! Nadie aguanta tanto tiempo bajo tierra. Pero lamentablemente todavía no se puede, no se debe: la superación de la crisis sin resolver el asunto de fondo robustece la causa de la situación límite.

Tampoco estamos entre quienes creen que el régimen ha entrado o puede entrar en razón, que se le ve en ánimo de “pruebas de amor” y que ha sido una locura tanta crítica y confrontación porque en el diálogo con el gobierno estaba la cura. Discúlpennos, pero para caer simpáticos o para que no se nos deje de invitar no estamos dispuestos a agradecer y a decir que era justo lo que queríamos cuando se nos da una comisión de democratización como la creada, o cuando se anuncia que más adelante puede que Montesinos sea ministro.

Estamos dispuestos a acudir a un experto que nos ayude a identificar el ancla que no permite que nos salga este tipo de optimismo, pero hasta ahora nuestra conciencia nos dice que no, que no se trata esta vez de anclas sino que hay alguien que se ha apropiado de la superficie, del ancla, de la conciencia, del experto y de todo, y no quiere soltar nada.

Además, muy lejos de ver todo negativo: sumamente optimistas, pero por razones muy distintas.

Felizmente, en todo este proceso ha salido a luz una parte que no se sabía bien que estaba ahí, pero de cuya existencia nadie a estas alturas podría dudar, porque se ha dejado sentir permanentemente y viene dando y ganando grandes y estéticas batallas; una parte que ha demostrado ser vital, constructiva, creativa, que cada vez abarca y moviliza más y cuya fuerza está en apoyarse en lo mejor de nosotros mismos para un futuro mejor. Una parte interna que permite y alienta la ayuda externa, ámbito en el que las señales comprometidas con un verdadero cambio son también cada vez más exigentes. Es por acá que va nuestro optimismo.