¿Hasta el 2005?
Este artículo reflexiona sobre los cambios políticos
que se han producido en el Perú, vistos desde una perspectiva de mediano plazo.
Con el mismo lente, trata de explorar los escenarios que se pueden configurar
para los próximos meses y sobre cuáles serán los factores claves que
determinarán el rumbo de los acontecimientos futuros.
Existe un cierto desánimo entre muchos de los que
lucharon intensamente en estos meses por recuperar la democracia. Es
comprensible: Fujimori, Montesinos y Tudela siguen en el poder y aseguran, con
los tanques a sus espaldas y muchos canales de televisión a sus pies, que de
allí no los mueve nadie.
Y algo de razón tienen. Sería engañarnos si no
admitimos que es virtualmente
inevitable que, pese a la ilegalidad de su postulación y el casi universal
cuestionamiento al proceso electoral, Fujimori iniciará el 28 de julio un
tercer gobierno. Ilegítimo y de facto,
pero en Palacio, que es lo que en realidad les importa. Es ya claro, también,
que Fujimori y Montesinos tendrán en el Congreso la "mayoría" que el
pueblo expresamente les negó con su voto.
De otro lado, se regodean en el hecho de que el
"problema OEA" haya sido parcialmente conjurado luego de que la
Misión Gaviria-Axworthy dejara de lado la razón de ser de su presencia en el
Perú (las "elecciones" del 9 de abril y el 28 de mayo) y se
embarcara, como si la historia nada enseñase, en un segundo intento de
"democratizar" al régimen. Para cerrar este listado de preocupaciones,
duele constatar que algunos de los sectores que cumplieron un papel importante
en la lucha democrática de los meses transcurridos hayan optado ahora,
pragmáticamente, por la "cautela" y el "beneficio de la
duda".
¿Quiere decir esto entones que Fujimori y Montesinos
ganaron y se salieron con la suya? De ninguna manera. Pocas veces es más
adecuado, como en este caso, el usar la trillada expresión de que la suya es
sólo una victoria pírrica. Es más: somos de la opinión de que el conjunto de
los cambios que se han vivido en el Perú en los últimos meses han sido
extraordinariamente positivos. Estamos convencidos de que "el
fujimorismo" –ese proyecto político al cual se le perdonaban sus pecados
por su eficacia y apoyo popular– está hoy aislado y sumido en una profunda
crisis. Más todavía, creemos que existen muchas razones para pensar que la
crisis del fujimorismo pueda ser ya irreversible.
Ya
nada será como antes
Cuando en el pequeño círculo civil-militar que hoy
gobierna el país se tomó la decisión de que habría un tercer período para
Fujimori, nunca imaginaron que llegarían a una situación de crisis, descrédito
y aislamiento como la que hoy viven. Recordemos que, menos de un año atrás,
todo parecía indicar que se saldrían con la suya y que, protestas más protestas
menos, podrían seguir gobernando como antes.
Afortunadamente, no ha sido así. Se han producido,
más bien, un conjunto de cambios excepcionalmente importantes. Veamos:
1. Ha
aumentado de manera significativa el porcentaje de la población activamente
descontenta. El fujimorismo ha dejado de ser mayoría en el Perú. Lo
apoya todavía un importante número de peruanos, quizá cercano al 50%. Pero más
allá de una pequeña minoría de entusiastas, se trata las más de las veces de un
apoyo pasivo, derivado del "más vale malo conocido que bueno por
conocer"; o, peor todavía, resultado de una abierta manipulación del drama
de los más pobres. En cambio, quienes cuestionan el actual estado de cosas son,
aun en las groseramente manipuladas cifras de Portillo en la primera vuelta,
por lo menos el 50%. Son, además, los que hoy tienen la iniciativa y no temen
ya, como en el pasado, expresar sus puntos de vista.
2. Se ha
producido una revaloración de la democracia y un cuestionamiento del abuso del
poder. Abimael Guzmán y Alan García, con sus destrozos, hicieron pensar
a los peruanos que la democracia no servía para nada y que se necesitaba un
dictador para solucionar nuestros problemas. Hoy, la mayoría está de vuelta de
esa visión de las cosas y empieza a darse cuenta de lo tremendamente negativo,
a todo nivel, de la falta de respeto a la ley y a los derechos fundamentales de
las personas.
3. La
población tiende a recuperar la confianza en sus propias fuerzas para cambiar
el curso de los acontecimientos. Después de muchos años la gente ha
vuelto a tomar las calles. Ello no solamente significa que parte del miedo ha
quedado atrás sino quizá, mucho más importante, que se cree de nuevo que
manifestarse, organizarse, protestar, sirve para algo y no es una pérdida de
tiempo ante un poder que antes se percibía como inamovible. No olvidemos que
las masivas movilizaciones populares de los 70 contra el gobierno militar y por
mejoras económicas, así como la lucha en las calles de las clases medias contra
la estatización de la banca a fines de los 80, cada una a su manera, fueron
acontecimientos decisivos que moldearon el escenario político de los años que
siguieron.
4. Han
perdido el apoyo unánime de los empresarios. En el pasado éstos
estuvieron casi religiosamente detrás del proyecto autoritario, pero hay hoy
día síntomas cada vez más visibles de que muchos de ellos piensan que la
situación política creada por la re-reelección es muy mala para los negocios.
El más reciente conflicto del gobierno con los grandes empresarios mineros en
torno a la estabilidad tributaria, de continuar, y más allá de un probable
amiste, acentúa la desconfianza.
5. El
fujimorismo está profundamente desacreditado y aislado internacionalmente.
La timidez de la OEA de ninguna manera puede leerse como aval de la comunidad
internacional. En las Américas, sólo Haití y Cuba están en peor posición que el
Perú de Fujimori y Montesinos. No hay medio de comunicación importante del
mundo que los promueva o los defienda; peor aún: se les trata como un germen
dañino y hasta contagioso. Los Estados Unidos están profunda y
bipartidariamente irritados, como lo expresa la Resolución 43 y la posterior
enmienda advirtiendo de sanciones en plazos perentorios. Se sabe, además, que
la Unión Europea no piensa de un modo muy diferente. Un dato adicional:
pareciera que Vladimiro Montesinos empieza a caer en desgracia. La supresión de
la ayuda antidrogas de los Estados Unidos es un mensaje político en esa línea,
al que hay que añadirle la presión creciente para que su cabeza sea parte de
las pruebas de la "democratización" del gobierno.
¿Qué
va a pasar en adelante?
Fujimori y Montesinos están entonces contra las
cuerdas y se van mañana mismo. Tampoco se trata de eso. Se inicia más bien,
este 28 de julio, una dificilísima etapa de lucha política en la que ellos
usarán todas sus estratagemas y ventajas para mantenerse en el poder a
cualquier precio y, del otro lado, los sectores democráticos deberán mostrar su
capacidad para articular una estrategia exitosa para devolver al Perú un mínimo
de civilización y para liderar una transición hacia la democracia que, como
todas, será difícil y tendrá altibajos.
¿Cuánto tomará este proceso? ¿Cuán traumático u
ordenado será el desenlace? Ambos puntos son muy difíciles de pronosticar. De
lo que se puede dar cuenta, más bien, es de algunos de los escenarios en los
que el destino del Perú y los peruanos se jugará en los tiempos que vienen:
1. La
protesta ciudadana y la resistencia pacífica. Si en algo tiene razón la
OEA, es en que el destino final de la lucha contra el régimen autoritario está
en manos de los peruanos mismos. Hay una convicción muy grande de muchos
sectores de mantener en alto las demandas de democracia y nuevas elecciones. Ha
habido ya situaciones, como en los días posteriores al 9 de abril, en las que
la población movilizada con energía ha logrado hacer retroceder al gobierno.
Todo parece indicar que mucha gente participará en la Marcha de los Cuatro
Suyos y que ésta puede ser
–ojalá– un hito histórico en la lucha por recuperar la democracia.
¿Qué pasará después? ¿Habrá formas adecuadas e
ingenio político suficiente para mantener y acaso incrementar la movilización
ciudadana y la resistencia pacífica? ¿En torno a qué canalizar el legítimo
descontento de la población? ¿Es el referéndum sobre la legalidad de Fujimori
una alternativa viable? Y si no fuera ésa, ¿cuál otra?
2. La
situación de la economía. No ha habido recuperación de la economía desde
que en 1998 sufrimos las consecuencias de la crisis asiática y del efecto
caipirinha. Los nuevos cálculos del producto bruto –convenientemente ocultados
por los "técnicos" hasta después del 28 de mayo– indican que el año
pasado estuvimos en recesión. No hay indicios de que esta situación pueda
revertirse de manera significativa. Si una situación como ésa es terrible para
los empresarios y mantiene al filo de la quiebra a gran parte de las empresas,
sus efectos en las mayorías pobres son inmensamente mayores y más graves.
Ya no hay la expectativa de un nuevo gobierno que,
con nueva gente y nuevas ideas, pueda sacarnos del atolladero, factor
psicológico y anímico que siempre tiene efectos positivos en la economía. Al
contrario: va a ser natural que los afectados asocien los problemas económicos
y la imposibilidad de solucionarlos con la tozudez de Fujimori y Montesinos de
aferrarse al poder. Esa percepción aumentará si empiezan a haber sanciones
económicas y si se hace visible que la inversión extranjera y nacional se
retrae por razones políticas. (Como es natural, nos preocupa enormemente la
posibilidad de sanciones económicas al Perú y no las alentamos, pero
discrepamos de la percepción de que éstas beneficiarían políticamente a
Fujimori. No estamos ante el tipo de adhesión que suscitan Fidel Castro o Sadam
Hussein, que crece en la adversidad y con el discurso nacionalista. En este
caso, incluso quienes lo apoyan, lo hacen sobre la base de razones pragmáticas,
a saber, considerarlo útil para resolver los problemas del país; apoyo, por
tanto, que se evaporaría de confirmarse que no sólo no los puede solucionar
sino que encima los está agravando.)
En síntesis, si la política fue el talón de Aquiles
del fujimorismo en el pasado, la economía puede convertirse en uno segundo y la
verdad que, con dos talones de Aquiles, la posibilidad de irse de bruces al
primer tropezón es bastante grande.
3. La
consistencia de la oposición democrática. No se puede negar que la
oposición democrática es bastante más creíble y consistente de lo que era hace
un año. Ha demostrado además una mayor capacidad para encontrar coincidencias y
de desarrollar estrategias convergentes. Pero también es cierto que su
organicidad es débil y que sus líderes y mensajes distan mucho de encandilar a
propios y extraños. Es previsible, incluso, que luego del 28 de julio se
acentúen las disputas por liderar este bloque. No queda claro si habrá la
madurez y desprendimiento de todos los sectores que la componen para subordinar
los intereses de grupo para constituirse en el espacio político unitario y
renovador que el país y la comunidad internacional reclaman. Hay un reto
inmenso por delante, pero no por tal imposible de ser conquistado.
4. La
actuación de la OEA. Hasta ahora no es como para levantar un entusiasmo
desbordante. Sin embargo, la agenda que han planteado a la discusión
–pese a algunas notables inconsistencias– alude a temas medulares del problema
de la democracia en el Perú. Y, justamente por ello, es imposible que sea
cumplida por este gobierno. Así, si la OEA establece una mesa de diálogo y si
sus representantes permanentes son personas mínimamente objetivas, se darán
cuenta de manera rápida de que es totalmente imposible que este gobierno cumpla
con las partes sustantivas de las recomendaciones, puesto que son, para ellos,
contra natura.
¿Pueden devolverle su canal de TV a Baruch Ivcher si
éste se mantiene en sus recientes convicciones democráticas y no transa por lo
bajo? ¿Pueden reponer a los miembros del Tribunal Constitucional que ellos
mismos despidieron? ¿Pueden desprenderse de Vladimiro Montesinos, quien para
muchos es más poderoso que el mismísimo Fujimori? ¿Pueden acabar con su
rebeldía frente a la Corte y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos?
¿Puede la noche ser día y el día noche?
Quizá a los nuevos representantes de la OEA les tome
un tiempo el darse cuenta del imposible; pero cuando ya sea inocultable, ¿qué
van a hacer? ¿Actuarán en consecuencia o le darán la razón a Vargas Llosa? El
tiempo lo dirá.
5. El nivel
de presión de los Estados Unidos. Si bien mucho de la actuación de los
Estados Unidos estará influido por lo que haga la OEA, hay factores internos
que lo pueden llevar a una posición más firme. Ya hemos recordado la Resolución
43 y la posterior enmienda que demanda sanciones en plazos no mayores de tres
meses (de los cuales ya transcurrió uno). Si en el Departamento de Estado puede
haber una tensión entre los "pragmáticos" y los
"ideológicos" en cuanto al modo y al plazo para presionar por la
salida de Fujimori, en el Congreso la situación es diferente. Como se sabe,
allí hay una posición muy dura liderada por el senador Jesse Helms, un
ultraconservador con fama de intransigente, pero que en este punto coincide con
sus archienemigos, los demócratas del ala más liberal. Siendo los temas Ivcher
y Montesinos especialmente sensibles para ellos, y habiendo ya el gobierno
sostenido que no los va a solucionar, es razonable prever un endurecimiento de
la posición norteamericana, con sus consiguientes efectos en la Misión de la
OEA.
6. El azar
en la historia. Los hechos nunca suceden como están planeados, y siempre
ocurre algo no previsto que le da a la vida de las personas y de los pueblos la
riqueza y el dramatismo de lo inesperado. Eso que es verdad en todas partes, en
el Perú se ha convertido casi en un axioma. Predecir que situaciones que hoy no
imaginamos potenciarán, en un sentido u otro, los factores mencionados, es como
sumar dos más dos. Puede ser que lo hagan, tornando aún más precaria la
estabilidad de Fujimori y su proyecto. Pueden, por ejemplo, ocurrir nuevos
hechos del tipo millón de firmas falsificadas, cuentas multimillonarias de
Montesinos, nuevos muertos torturados o descuartizados, etcétera. Pueden en
cambio ocurrir otros acontecimientos que tengan el efecto opuesto, a saber, el
de consolidar temporalmente al régimen; por ejemplo del tipo de la toma de la
Embajada de Japón, del Fenómeno El Niño u otra circunstancia que demande la
"unidad nacional" y la tregua política.
Pase lo que pase, y sea cual fuere
la velocidad de los acontecimientos, los meses o años que se vienen serán muy
difíciles. Peor todavía, serán años perdidos que nos impedirán abocarnos a lo
que realmente importa: construir en paz un país más vivible, más justo y más
próspero. (¡Los Guzmán, los García y los Fujimori no nos dan tregua!) Ése es
quizá el mayor crimen que se está cometiendo contra el pueblo del Perú; crimen
del que sólo son responsables los que, contra la aritmética, la ley, la lógica,
la ética y el sentido común, buscan perpetuarse en el poder a toda costa. (Carlos Basombrío Iglesias)