Elecciones y convivencia social

¿Somos los mismos después de haber vivido el reciente proceso electoral? ¿Qué lecciones recogemos? ¿Con qué actitud encaramos el hoy y el mañana? Tales son algunas de las preguntas que buscaba responder la Jornada de Reflexión "Elecciones y convivencia social: Balance y exigencias éticas" que convocara el Instituto de Ética y Desarrollo de la Escuela Superior Antonio Ruiz de Montoya con el auspicio de la Fundación Hanns Seidel.

La primera mesa tocó el tema "Lecturas del proceso político", y contó con la presencia de Vicente Santuc S.J., Rolando Ames y Valentín Paniagua. La segunda mesa recogió los testimonios de algunos "Actores en el proceso electoral" y en ella estuvieron Alison Hospina, Carmen Lora, Ricardo Uceda, Cecilia Blondet y Susana Villarán. Por último, "Lecciones y proyección" fue el tema que abordaron Lourdes Flores Nano, Francisco Sagasti y Carlos Amat y León. Alberto Simons S.J. recogió las conclusiones de los tres días. Aquí, una apretada síntesis.

 

“Lecturas del proceso político”

 

Vicente Santuc S.J.:

Nos reúne esta noche el sentimiento de haber vivido, con las últimas elecciones, algo intolerable al nivel político. Sentimos que nuestra dignidad ha sido violentada; y nos vienen a la mente varias palabras para calificar la violencia sufrida: mentira, engaño, instrumentalización, desprecio, cinismo. Intuimos que la cosa es grave, porque todo lo que toca al Estado toca esa estructura en la cual una nación vive, se piensa y decide sobre ella misma.

Hemos presenciado el espectáculo de la "desgracia" de personas que han perdido el respeto por ellas mismas y que no dudan en querer arrastrarnos a esa misma desgracia. Por eso a nosotros, como a tantos jóvenes y adultos de diversas tendencias, nos anima el rechazo a una política que, si bien ha salvado cierto orden, no salva lo que hace que ese orden merezca ser vivido. Sentimos que nos está planteado un problema moral: queremos considerar las afirmaciones y las negaciones morales que hacen la unidad del nosotros nacional.

El sentimiento de rechazo a lo intolerable no hay que fundamentarlo, sino constatarlo. Basta con que nos fiemos del sentir moral que habla en nosotros, de ese "sentido común" que según Kant nos habilita para juzgar y discernir lo verdadero de lo falso. La violencia moral sufrida por la nación antes y durante las recientes elecciones nos lleva a constatar la vulnerabilidad y fragilidad de esos bienes relacionales que son lo justo y lo injusto, lo verdadero y lo falso, lo permitido y lo prohibido entre nosotros.

Estamos aprendiendo una cosa: la ética puede ser perdida. Descansa sobre una opción y podemos renunciar a ella. Estamos preocupados porque sentimos que allí se juega nuestra sobrevivencia como comunidad humana, es decir moral, puesto que, como decía E. Weil, "la política es la moral en marcha".

Como ciudadanos, nos sentimos autorizados y llamados a juzgar la política que en nombre nuestro se ha conducido. Tenemos que hacerlo, porque las máximas que inspiran las acciones de los responsables políticos son tan visibles y tienen tanto valor de ejemplo que posibilitan o destruyen la convivencia humana moral.

Debemos evaluar si las prácticas en torno a las elecciones fueron morales o no, porque en la participación ciudadana electoral está en juego el sentido de la política, ese espacio donde las acciones de uno son inmediatamente acciones sobre los demás y sobre la totalidad de la comunidad nacional.

Tratándose de política, el criterio del juicio es más histórico que moral. Al hombre político se le pide que tenga éxito. El fracaso lo condena, pero el éxito no lo justifica absolutamente. Por lo tanto, al hombre político debemos juzgarlo no sobre sus buenas intenciones, sino sobre sus resultados; pero, al mismo tiempo, tenemos que preocuparnos por la intención democrática que debe presidir todas sus acciones.

Juzgar desde la moral la acción de un hombre de Estado supone que estemos de acuerdo sobre sus deberes; sobre aquello a lo cual se compromete y por lo cual se responsabiliza. No se trata por lo tanto de juzgar una acción aislada, sino una política que siempre apunta a una meta. ¿Cuáles son pues los deberes esenciales del hombre político?

Podríamos resumirlos en cinco esenciales: 1) defender la supervivencia de la comunidad nacional, no sólo al nivel físico sino como unidad moral, garantizando que dicha supervivencia tenga un sentido para todos sus miembros; 2) defender la paz interior procurando reconciliar los intereses individuales y particulares con el interés del todo; 3) defender y promover las posibilidades de trabajo para todos, conduciendo con prudencia la ineludible tensión entre eficacia necesaria y justicia para todos; 4) educar defendiendo la moral concreta de la comunidad nacional y abriendo dicha comunidad a las exigencias de la moral universal, la de los derechos humanos, que debe estar plasmada en la legalidad vigente y debe animar las aplicaciones de dicha legalidad; y 5) garantizar el diálogo libre tanto en el Congreso como en los medios de comunicación.

Desde siempre, el diálogo ha sido por excelencia el ejercicio político de la democracia. Quizá en nuestra orfandad de partidos políticos haya llegado el momento de la emergencia de cuerpos intermediarios, grupos de la sociedad civil que, sin responsabilidades políticas, piensen la política y hagan propuestas que el poder político podría –o tendría que– escuchar. Allí se puede asentar una democracia participativa capaz de ayudar, mediante el intercambio de ideas y opiniones, al asentamiento de comportamientos democráticos. Tal podría ser, desde mi punto de vista, el sentido de este encuentro.

 

Rolando Ames:

Me corresponde iniciar la lectura política del momento. Hemos vivido ocho años en un régimen cívico-militar autoritario. Sabemos que él se hizo posible en el clima de la guerra con Sendero Luminoso. Y que tiene una tendencia a imponer su visión monolítica de un orden castrense, donde no hay lugar para la discrepancia y el trato democrático al conflicto. La oposición es buena si se opone a cosas menores; de lo contrario es enemiga y sospechosa de ser terrorista o aliada de los terroristas. Lo mejor que pueden hacer los ciudadanos es dejar gobernar al Jefe Supremo y a su grupo; la jefatura sabe, ella se encarga del país y de los asuntos públicos.

El régimen autoritario controlaba en efecto la escena política peruana de la década, articulaba Estado y sociedad a su manera, por sus obras y por la dádiva, el temor o la amenaza. Y su acción ha potenciado todas las pautas y los reflejos culturales autoritarios, tan presentes en nuestro país.

Y sin embargo este aparato tan poderoso, con tantos recursos y que sabe aprovechar a su favor la desigualdad, las costumbres y la precariedad extrema de nuestras mayorías pobres, está hoy jaqueado y políticamente a la defensiva. Teme profundamente la posibilidad de una gran movilización de ciudadanas y ciudadanos comunes en las calles, en las pistas, con ocasión de la Marcha de los Cuatro Suyos convocada con la enorme ambición de impedirle empezar su nuevo período. Y teme, aunque tampoco lo confiese, al juicio internacional y a la Misión de la OEA.

Toda la fuerza del Estado está jaqueada por un movimiento principalmente espontáneo de lucha por la democracia. Esta realidad que las elites políticas e intelectuales no pudimos prever nos plantea, por eso, el gran reto de elaborar con la gente los horizontes y las vías, los objetivos y los medios para que esta abarcante e intensa exigencia de democracia vaya siendo respondida, para que no se desperdigue, sino se organice y articule, cualquiera sea el resultado de la confrontación inmediata en que nos encontramos.

Contra lo que suponíamos hace poco, se abren pues condiciones duras pero reales para que surjan más bien, como respuesta a esta dictadura nueva, nuevas formas de agrupación democrática. Nuevos partidos y no sólo empresas electorales. Ojalá un agrupamiento muy amplio en el que nos reconozcamos todos los que hoy rechazamos el autoritarismo y queremos construir un régimen y una sociedad democrática. Agrupamientos además no sólo de partidos sino de actores sociales, ciudadanas y ciudadanos.

Y ojalá, especialmente, espacios públicos sociales amplios y autónomos, desde los distritos hacia arriba, donde la gente común pueda reconocerse forjando democracia y desarrollo humano. Las sociedades hoy pueden estar mejor informadas que nunca y podrían ser más conscientes de su situación y sus alternativas. Es significativo que podamos nombrar como posible esta utopía en el Perú.

 

Valentín Paniagua:

Hay algunas comprobaciones que son indispensables para ubicarnos en el problema que estamos viviendo. Porque esto que hoy acontece es sólo más de lo mismo. Esto no es novedad, esto es tradición.

En sus 179 años de vida independiente, el Perú apenas ha gozado de 50 años de regímenes que podrían llamarse democráticos. Todo el resto de su historia, 129 años, el Perú ha sido gobernado por dictaduras francamente militares o por dictaduras sujetas a vigilancia militar, que es lo que precisamente ocurre con el régimen que ahora tenemos.

Es que si hablamos de política y ética no podemos dejar de mirar la política a través de la verdad. Y la verdad es que el 5 de abril de 1992, en el Perú, se instauró un régimen que pretende perpetuarse en el poder y que ha venido cumpliendo sus metas de un modo muy eficaz.

En segundo lugar, este régimen, a diferencia de otras dictaduras, simula formas democráticas; vacía de todo contenido sustantivo a la democracia y utiliza cualquier método para poder garantizar su éxito. Y así podemos comprobar cómo a partir de 1992 todos los procesos electorales vividos en el Perú han estado impregnados en mayor o menor proporción de un aire fraudulento. El último ya no ha sido un proceso electoral: ha sido simplemente un proceso de fraude electoral.

¿Es posible que haya verdad electoral cuando hay más votos que votantes? ¿Puede haber verdad donde se ha producido una adulteración de votos preferenciales que ha puesto en cuestión las consideraciones mínimas de respeto a la dignidad de la función parlamentaria? ¿Puede haber finalmente elecciones libres sin el respeto por las normas elementales, por imperfectas que ellas sean, de la ley electoral?

Desde luego que no. El panorama que hoy tenemos resulta oscuro, tenebroso, y pareciera no haber salida. El espíritu nacional parece envilecerse cada vez con mayor intensidad, puesto que no somos capaces de reaccionar frente al fenómeno que entraña la asfixia permanente de la libertad en manos de la arbitrariedad.

Hay quienes cifran su esperanza en la comunidad internacional. Ojalá que la experiencia que hoy estamos viviendo en el Perú enseñe a la OEA que tiene que comenzar a haber menos divorcio entre los textos de sus declaraciones y las realidades concretas que logra a través de sus misiones y de sus esfuerzos.

Finalmente, hay una emoción que recorre y sacude de un extremo a otro el país, expresada en un entusiasmo inusitado de los jóvenes. Frente a la oquedad de este panorama, hay la esperanza de que esta reacción juvenil sea capaz también de sacudir las conciencias de la gente madura como nosotros, para que entendamos que sin verdad y que sin libertad no puede construirse una democracia.

 

"Actores sociales en el proceso electoral"

 

Alison Hospina:

Los hechos ocurridos en nuestro país durante estos 10 años nos han gritado muchas cosas. Pero no podremos saber qué gritaron y qué siguen gritando si no sensibilizamos el oído. Después del letargo al cual nos obligó el terrorismo, hemos despertado. Y estamos saliendo movidos por un sentimiento de incomodidad común que toca nuestro yo más profundo, nuestra condición de seres humanos.

El ser crítico y tener una postura sólida frente a todo lo que ocurre es para mí la mejor respuesta. Ser hombres y mujeres críticos de diversos modos, críticos que protestan y marchan, críticos que escriben, críticos que se educan, críticos que opinan, críticos que cuchichean, críticos artistas...

Para ser crítico no es necesario ser filósofo o muy leído, sino ser sensible. Creo que para decir NO, para decir "basta ya", sólo hace falta educarnos en la sensibilidad y en el cuchicheo de nuestras ideas y opiniones. Cuchicheo que tal vez sea nuestra única arma de resistencia frente a la imposibilidad de expresarnos libremente.

Cuchichear con los amigos de la clase, con los papás, en las reuniones familiares, en las jornadas de reflexión ética. Cuchichear con quien quiera cuchichear, opinar, decir, negar, afirmar... Las marchas están bien, son visibles y escandalosas y, sobre todo, muestran el sentir de un pueblo cansado. Pero sin su cuchicheo previo pierden su sentido y su soporte mayor, tal vez porque no crean verdadera resistencia crítica.

Las reacciones primeras son importantísimas, son las que hacen posible realizar esa obligación de hacer algo ya; las que nos hacen asquearnos o convenir con las propuestas; las que nos llevan a llorar si gana el Chino; a indignarnos y gritar. Pero son también muy pasajeras si no las sostiene algo más. Se esfuman. Y la resistencia, tan importante, se acaba. ¿Cómo mantener encendida la llama de la resistencia, de la pasión por los ideales? Bueno, el cuchicheo puede ser una repuesta: tal vez debamos seguir cuchicheando hasta que el zumbido sea ensordecedor y ya no puedan callarlo, pero estoy segura de que hay miles de maneras combinables e imaginativas que no salen de una sola cabeza, sino de muchas y en conjunto.

 

Carmen Lora:

Me parece acertado hablar de IGLESIA VIVA, pues nos permite mirar con más profundidad la realidad de una institución que aparece en la sociedad civil muchas veces petrificada en su expresión jerárquica, y no como lo que realmente es en la sociedad: una comunidad de fieles y no sólo de autoridades. Como comunidad inserta en una sociedad, la Iglesia vive una pluralidad muy amplia. No sólo de posiciones –que también las hay–, sino de formas de ubicarse en la política en general y en el proceso electoral último en particular.

En este proceso hemos vivido momentos en los que esa tensión entre tutelaje e intermediación se ha dado, y creo que en algunos casos ha sido muy sana la forma como se ha procesado. Hemos sentido, por ejemplo, que ante el riesgo de que una declaración del arzobispo pudiera querer orientar las opciones partidarias, ha habido voces –y en concreto la de un laico, Rafael Rey– que recordaron la diferencia de terrenos en los que la autoridad de la Iglesia puede imponer su opinión y en los que no puede ni debe hacerlo. Me ha parecido un avance interesante.

Otro caso ha sido el reclamo de intermediación institucional de la Iglesia en el proceso electoral, al pedírsele recibir una copia de las actas; o más adelante, para que intermedie entre los dos candidatos a la segunda vuelta. Éste ha sido un caso más polémico en el que había razones de diversa naturaleza para una y otra posición.

Lo que quiero subrayar es que a veces reclamamos de la Iglesia una acción que reemplaza la que debe asumir la sociedad civil. Y renunciar a esa responsabilidad es caer en una suerte de comportamiento tutelado que no permite avanzar en relaciones democráticas. A veces somos los mismos cristianos, y en el caso del Perú los católicos, los que reclamamos de nuestra institución este tipo de comportamiento, pero también es cierto que muchas veces son otras instancias, no necesariamente desde una postura de fe, las que reclaman tutelajes que es necesario superar.

Podemos decir que hoy en el Perú existe una IGLESIA VIVA, presente en todo el territorio nacional, sobre todo a partir de sus agentes de pastoral y sus laicos. La inspiración evangélica de estar en medio de los pobres alimenta su testimonio y su reserva ética. Desde las comunidades, pero también desde trayectorias personales, muchos cristianos siguen apostando por un Perú en el que todos podamos vivir en justicia y fraternidad.

En los tiempos actuales la pluralidad de posiciones se ha hecho más evidente en relación con el proceso político. Lo que podemos reclamarnos entre cristianos no es pensar igual, sino actuar con consecuencia, honestidad y verdad. Y que podamos ejercer nuestra libertad y responsabilidad de ciudadanos sin tutelajes ni exclusiones, sino inspirados en esa libertad del Evangelio, de saber que no somos dueños de la verdad sino personas llamadas a amar profunda y gratuitamente.

 

Ricardo Uceda:

Sin duda, el problema de desinformación de la ciudadanía peruana es gravísimo. Estamos ante una situación muy delicada. ¿A qué se debe? ¿Por qué hemos llegado a esto?

La respuesta está en la naturaleza del régimen. Ésa es la razón fundamental. Básicamente estamos hablando de un sistema de presión y de chantaje poderosísimo, por un lado; y por otro, de un sistema de dádivas. Tenemos un Servicio de Inteligencia que se ha convertido en un monstruo, que ha entrado en el campo judicial; es un sistema que hace leyes, que las fabrica. Tiene especialistas, abogados, asesores; funciona como un superministerio y tiene, por supuesto, un departamento de prensa. El Servicio de Inteligencia –para controlar medios– ha incorporado valores periodísticos. Saben, dicen: esto le puede interesar al 4, esto al 13, esto le puede gustar a tal periódico, hacen titulares...

Muchas cosas que tienen que hacerse en el terreno periodístico ahora no tendrían que hacerse en situaciones normales. Por ejemplo, ustedes saben que en el caso de la falsificación de firmas hay varios testigos. El día previo a la publicación buscamos a las aproximadamente 18 personas que teníamos identificadas como que habían intervenido en la falsificación de firmas. Algunas de ellas confesaron que no estaban en disposición de hablar, otras se negaron, otras quedaron en responder, y a todas las tenemos identificadas.

¿Por qué no hemos publicado sus nombres? Ésa es una buena pregunta, y ése es el ejemplo que quiero dar. Porque estábamos convencidos de que si publicábamos nombres de personas que no estaban dispuestas por razones diversas a declarar, iban a ser compradas, chantajeadas, presionadas, por la naturaleza del régimen que estoy mencionando. Si no, ¿por qué se tuvo que recurrir a la Defensoría y a otros organismos como Transparencia?

Porque se sabía –y ésta es la reflexión– que cuando uno publica un caso que puede tener repercusión y que interesa a la ciudadanía, tiene que prever la reacción contraria de todo este aparato, porque estos testigos han quedado desprotegidos.

Y un medio de comunicación debe tener independencia incluso respecto de sus propios testigos, porque el diario no puede ni debe darles ningún tipo de dádiva. Entonces, para que la situación cambie no solamente tiene que cambiar el régimen, la naturaleza dictatorial del régimen; se requiere, además, un tránsito largo en el que todos los medios, la ciudadanía, las instituciones, interioricemos el hecho de que los medios nos son ajenos a los propios periodistas.

Nosotros requerimos una política de total transparencia. De políticas de gobierno que consideren que todas las principales decisiones públicas puedan ser conocidas inmediatamente por la población. De un gobierno democrático que no presione ni persiga a los medios, pero que tampoco les dé dádivas, porque eso es corromperlos.

 

Cecilia Blondet:

Transparencia asume la responsabilidad de evitar un fraude y de pelear por elecciones limpias, y se dedica a trabajar en cuatro frentes básicamente: voluntarios, información, conteo rápido y relaciones públicas.

El objetivo es la búsqueda de la verdad, el respeto de los derechos ciudadanos, la actitud imparcial, el no partidarismo ni favoritismo; y por eso poco a poco va ganando legitimidad y confianza. Transparencia convoca a no militantes; no pide cuotas; es un movimiento que integra, que incluye a ciudadanos que quieren democracia para el país, y congrega a individuos en una misión de buena fe que tiene que ser colectiva. Abre la posibilidad de actuar colectivamente a partir de un principio muy individual que es el principio ciudadano.

Hicimos lo que creímos profundamente que debíamos hacer y probablemente no lo que hubiésemos querido. Así, Transparencia ganó su legitimidad porque dijo la verdad y la defendió con pruebas. Transparencia canalizó el deber ciudadano de participar en el desarrollo del país, porque detrás de cada número había un chaleco azul responsable que soportó todo tipo de hostigamientos y porque lo que todos queríamos era una información cierta y correcta para creer en el Perú.

Transparencia fue una organización en un medio muy desorganizado, muy plural, lo más neutral posible, que ni salvó almas ni compró votos, pero sí contribuyó a hacer un país de ciudadanos.

 

Susana Villarán:

No puedo decir que soy neutral, ni encontrarán a los neutrales entre quienes en la comunidad de derechos humanos hemos participado activamente como parte de la sociedad civil en este largo, vergonzoso y fraudulento proceso electoral.

No podíamos serlo. Sabíamos desde el inicio que existía una voluntad de reelección a toda costa, una voluntad, no del ingeniero Fujimori exclusivamente, sino de un régimen polí­­tico autoritario, cívico-militar.

Nunca vimos nada tan inmoral. Nunca como en este proceso electoral y en la larga saga que lo precedió expectamos un nivel tan impúdico de apropiación privada de lo público. Un reducido grupo de peruanos en el poder se apropió de lo que es nuestro, de todos, de lo que es público: de nuestras instituciones y recursos; de nuestros funcionarios y nuestros impuestos; de las ondas, las frecuencias y los transmisores; de nuestros cerros, de los lotes; hasta de nuestras Fuerzas Armadas y de la propaganda del Estado.

Nunca como en este proceso vimos tal desprecio por la opinión diferente, aunque ésta sea la de la mitad del pueblo. Nunca como ahora se manejó tan sutilmente el miedo y nuestros fantasmas. Nunca como ahora supimos el precio que tiene un congresista, un miembro del JNE, de la ONPE, del Poder Judicial. Eso es inmoral y nos ofende a todos los peruanos y peruanas.

No: no fuimos ni somos neutrales, y no nos arrepentimos de haber tomado partido; porque nunca, como ahora, hemos sentido este aliento de indignación que ha roto con el temor, con la cultura del silencio y la pasividad. Nunca como ahora nos reconocemos y miramos cara a cara, con confianza entre nosotros. Nunca como ahora hemos sido tantos y tan activos, del lado de la democracia y de la decencia.

Hay mucho por hacer. Organizar es la consigna. Comités por la democracia, la Marcha de los Cuatro Suyos y también elaborar estrategias adecuadas para que, una vez arrinconado este régimen corrupto y corruptor, encontremos salidas amparadas en la legitimidad, devolviendo al pueblo, devolviéndonos a todos, un Estado de todos, para todos... ¿y una Constituyente? Se está estudiando. ¿Será desde el Congreso? Lo veremos. Pero nada reemplazará a las autoridades legítimas que nos merecemos. ¿Será el referéndum... un nuevo pacto... o nuestra voluntad de acción? Estamos en la hora, en el momento y con las fuerzas y la convicción para hacerlo. Porque por cada tránsfuga hay cientos de justos (y justas). Y no somos neutrales.

 

Lourdes Flores Nano:

Cuando nos preguntamos por la ética y la administración del Estado, partimos de la visión de un Estado democrático. Sólo en un Estado democrático logramos forjar ciudadanía que está en la base, en el punto de partida –y desgraciadamente en nuestro país, también en el punto de llegada– de la construcción de un sistema democrático. Para ello, hay pasos inmediatos que deben ser las exigencias concretas y que tienen mucho que ver con estos aspectos éticos de los que hoy estamos conversando.

Se ha hablado, por ejemplo, de los medios de comunicación y de un espacio de una prensa genuinamente libre. Desde los casos dramáticos y abusivos de la pérdida de nacionalidad del señor Ivcher y la sustracción del Canal 2, pasando por el tema del Canal 13, los problemas judiciales y presiones en una serie de canales y radios del país. Es decir, no puede haber un espacio redemocratizador si no hay esa transparencia central que da la prensa.

Y se ha hablado también del centro del poder. El drama del modelo autocrático que vivimos es que las instituciones formales no son las genuinas poseedoras del poder; el poder está por otro lado. El poder está en instituciones como la cúpula de las Fuerzas Armadas o, más dramáticamente aún, en los servicios de inteligencia del país. En consecuencia, ese núcleo de poder debe ser atacado, y hemos sostenido que no es posible iniciar un proceso redemocratizador pensando que se puede cambiar a quienes operan sin tocar el corazón mismo del poder.

Por lo tanto, se trata de encontrar un espacio nuevo, un camino nuevo. Se ha hablado de la posibilidad del Defensor del Pueblo; se ha hablado de la propia Iglesia católica. Tenemos que encontrar con creatividad ese nuevo escenario que permita el diálogo, que no es ciertamente el sentarse a la mesa de quienes han planteado en sus términos la visión de la democracia en el Perú, sino en términos mucho más amplios, que permitan el encuentro entre el gobierno, la oposición y la sociedad civil, para ver si los peruanos somos capaces de construir nuestra propia transición.

Como quiera que está en juego el tema de la legitimidad, no creo que deba caer en saco roto, ni que debamos abandonar la exigencia de que los peruanos volvamos a pronunciarnos a través de un proceso electoral, de que el pueblo vuelva a ser consultado; mejor dicho, que el pueblo sea genuinamente consultado.

 

Francisco Sagasti:

Quizá lo más importante en estos próximos dos años sea aprender las lecciones de todo este proceso con una perspectiva un poco más amplia. Si miramos los últimos 50 años, podemos darnos cuenta de que han fracasado las opciones que escogimos los peruanos; o, si no las escogimos, nos las impusieron. Fracasó la opción militar, fracasó la opción de los partidos establecidos desde hace mucho tiempo y ha fracasado clamorosamente la opción de los movimientos independientes, de quita y pon, descartables, que se forjan y articulan alrededor de una figura con el propósito de ganar las elecciones. Todo eso ha fallado.

Tenemos que aprender a partir de esos errores, de los problemas que hemos enfrentado; a dejar de buscar salvadores, caudillos. Basta de buscar incas. O, para ponerlo en términos del lenguaje del fútbol, basta de seguir jugando al pelotazo, esperando a que haya algún delantero desmarcado, quizá en off-side, y, si el árbitro no se da cuenta, de repente recibe la pelota y de milagro mete un gol. Eso es lo que políticamente hemos venido haciendo.

Y en este jugar al pelotazo nos hemos engañado a nosotros mismos y hemos dejado de hacer lo que tenemos que hacer –y todos los que juegan fulbito lo saben muy bien–: siempre hay que armar juego desde abajo, poco a poco, con pases, controlar bien el medio campo y así llegar y meter el gol. Y no seguir con el juego al pelotazo, sobre todo cuando tenemos al frente un arquero muy alto y una serie de gente que desde la cancha nos va tirando la pelota de vuelta cuando estamos llegando al arco contrario.

Además de programa y propuesta, hay que tener organización; y la organización no se improvisa. Hemos querido tener movimientos y fuerza política sin pagar el precio de organizarlos desde abajo. Desde el nivel local, municipal, regional; y poco a poco, ir construyendo una alternativa que rescate los valores éticos y especifique normas claras de comportamiento para la pertenencia al nuevo tipo de movimiento político que tenemos que construir.

Y por último, tenemos que dejar ese prurito absurdo y tonto de que la política es una cosa muy sucia y no hay que meterse en ella. Pues ya es hora de que todos ustedes, de que todos nosotros, nos metamos en política. Los jóvenes están ahora en un espacio y una posibilidad abierta y son los que van a llevar la bandera –la pelota, por así decirlo– en este nuevo partido. Pero además, estamos los de las generaciones anteriores que todavía no hemos participado en política, o los que habiendo participado en ella han logrado mantener sus principios éticos y morales. La tarea que tenemos por delante entonces es empezar a construir una verdadera opción, una alternativa política capaz de hacer un Perú en el que valga la pena vivir.

 

Carlos Amat y León:

Lo que estamos viviendo es puro gamonalismo político. La corriente histórica del país viene y emana de una estructura de hacienda. Y eso tiene Fujimori y también la oposición; Andrade, quién es el andamiaje después de Andrade; de Castañeda Lossio, quién está detrás; y del mismo Alejandro Toledo después de una gesta importante, valiosa. Pero son protagonismos personales. Son tiendas o chacras personales.

Y cómo se construyeron las listas parlamentarias de la gloriosa oposición democrática. Pago de cupo para ser presidente o vicepresidente, como fue el caso de la UPP. Cuál es la diferencia con los tránsfugas, si hubo tránsfugas anteriores para armar las listas y cupo para financiar la campaña y pertenecer a la lista. Es la sociedad peruana como totalidad la que está en cuestión.

Cuando vemos estas dos culturas, vemos que al apetito individual hay que contraponerle el compromiso responsable y eficiente para la construcción de la comunidad. Ciudadano versus el otro modelo. Servicio para el bienestar colectivo frente al provecho del pequeño grupo que utiliza la fuerza, la violencia y la intimidación para controlar el poder.

Comprensión y respeto por lo diverso y por el otro; tolerancia frente a la diferencia vista como amenaza, peligro y confrontación. Ciudadanía en torno a integrar voluntades para construir en nosotros versus la exclusión, la intimidación o la eliminación del contrario. Autoridad basada en la sabiduría y justicia frente a la autoridad impuesta con el amedrentamiento.

Dos modelos de ejercicio político. Pero detrás hay modelos de comportamiento social, y detrás de estos culturas que están en confrontación. Y hay una hegemónica a la cual hay que oponerle conductas colectivas. Lo moral es eficiente para el desarrollo y para el crecimiento económico, y ésa es la gesta que está por delante.

Desarrollo es construir ciudadanía. Estos foros pueden multiplicarse, de las plazas y multitudes a los foros reflexivos para recoger y ofrecer compromisos. Aula, empresa, televisión, prensa, son parte de este espacio, de este nuevo tejido donde hay que ejercitar ciudadanía. Y la ciudadanía se construye ejercitándola. En el centro de trabajo, en la escuela, en el periodismo, en la vida pública, en el día a día.

Creo que ésa es la gesta que queda por delante, y ojalá que nuestras instituciones puedan construir su Defensoría del Pueblo, su comité de Transparencia, su juez de paz, sus empresarios con responsabilidad social y ecológica, sus líderes; y en ese gobierno local, esa nueva plaza pública, segurísimo que vamos a ejercitar ciudadanía todos los días, y esos ciudadanos no van a aceptar un dictador y mucho menos van a poner el trasero para que los chotee el dictador.