El chivo más macho del mundo
Vargas Llosa y el dictador
Un original y logrado comentario del último libro de Vargas Llosa.
Rocío Silva Santisteban
El genio de un escritor muchas veces lucha con sus propias ideas políticas en el espacio de la narración y, cuando verdaderamente se trata de un talento portentoso, gana en esa batalla cuerpo a cuerpo. Esto sucedió con Dostoievski, quien a pesar de sus convicciones gnósticas logró que sus personajes planteen un "diálogo de ideas" sobre el Bien y el Mal permanentemente, en riquísimas y complejas discusiones que nos devastan moralmente mientras estéticamente nos deslumbran.
La comparación no es exagerada para hacer la misma referencia al caso de La fiesta del Chivo. En la novela, Vargas Llosa, una vez más, se despoja de su fuerte personalidad política y de sus convicciones ideológicas, es decir, de su repudio por las dictaduras de todo cuño, para zambullirse en la personalidad del dictador dominicano. Como sostiene Alfredo Bryce, "suspende todo juicio moral y entra con empatía a interesarse tanto por la víctima como por el verdugo". De este suspenso moral nace una de las figuras literarias más sólidas de los últimos tiempos: "el Jefe, el Generalísimo, el Benefactor, el Padre de la Patria, su Excelencia Rafael Leonidas Trujillo Molina", el Chivo, descrito por nuestro novelista no sólo desde su monstruosidad sino desde su humanidad, con apuntes y matices que lo enriquecen y nos confirman los enrevesados laberintos del Mal.
Así, descubrimos en la novela a un dictador puntual, eficiente, impecable. Limpísimo, obsesionado con sus atuendos, correcto en las formas sociales, con las botas bien lustradas, usando colonia Yardley, y sin sudar nunca una sola gota, excepto en la intimidad. "No sudaba si no quería... pero cuando hacía sus ejercicios daba permiso a su cuerpo para que lo hiciera." En esta cita observamos la obsesión por el control que ejerce el personaje (hiperbólico a tal grado que debe mantener a raya también sus excreciones) y el detallismo que desenvuelve el escritor para mostrarnos a un hombre absolutamente obcecado por el poder.
Pareciera percibirse una cierta avenencia entre el narrador de la historia y el personaje, no sólo por la descripción de su eficiencia, su cuidado personal, sino también por el reconocimiento de cualidades gerenciales en Trujillo. El Benefactor es un verdadero hombre organizado, que sabe –como si hubiera leído un manual de desarrollo de liderazgo– "el potencial que encierra la diversidad de su equipo", de tal manera que le saca el jugo a cada uno de sus colaboradores. Y así, por ejemplo, levanta a un mediocre periodista deportivo, Johnny Abbes, y lo encumbra como el perverso que arma el tinglado del mal en todo el territorio, el Servicio de Inteligencia Militar, con torturas sofisticadas desde el punto de vista físico y ético. O también aprovecha los ademanes y la retórica de Joaquín Balaguer para darle un plomizo barniz de democracia a su régimen (aunque posteriormente la ambigüedad del personaje sería utilizada por el "presidente fantoche" en provecho propio).
Rafael Leonidas Trujillo, además, es un hombre que madruga para ejercitar el cuerpo, deportista nato, militar orgulloso de su espíritu castrense, ex marine, arrogante; y, por sobre todas las cosas, con una autoestima a prueba de balas, cuya principal característica es confiar en sus propios atributos. Con todo esto tenemos al hombre convencido de ser un Mesías: el único capaz de mantener en paz a la patria.
Pero esa avenencia entre narrador y personaje en realidad está armada para luego mostrarnos, en la contundencia de los hechos, las relaciones de perversión moral que Trujillo logra construir con su inteligencia, sagacidad y astucia para los lazos personales. Así, como lectores, asistimos a esa compleja polifonía en la cual los insurgentes por un lado, y el dictador y sus lambiscones por el otro (Abbes, Balaguer, el Constitucionalista Beodo), nos plantean ese dilema entre autoritarismo y eficiencia versus rebeldía y ética.
Al final de la novela, tras los procesos infaustos contra los siete insurgentes, comprendemos en su total cabalidad el fondo de ese acercamiento al Generalísimo: de esta manera, cuidando cada detalle, el escritor nos muestra a un personaje que nos perturba por la fuerza que despide y el asco moral que produce.
Quizá la correspondencia entre este mundo de ficción y el mundo de nuestra propia realidad (la peruana del Perú, perdonen la tristeza) se articule a través de esa sagacidad del dictador para deshonrar a todos sus colaboradores y subordinados, y hacerlo de tal manera, con prebendas o chantajes, que los mantiene como deudores eternos y cómplices potenciales. Trujillo sabe manejar esas relaciones de poder: sojuzga con sus regalos, imposibles de rechazar; Fujimori o Montesinos compran tránsfugas y mantienen en vilo a congresistas, periodistas y empresarios, con promesas de eficiencia, tecnología y ganancias.
La República Dominicana de la novela es una gigantesca tela de araña de abyección y cobardía monitoreada por Johnny Abbes y el Servicio de Inteligencia, pero también de gratitud a una forma de vida que parecía –para cierto sector de la burguesía– la única manera de sacar al país del subdesarrollo. La diferencia con nuestra historia republicana actual es que acá, sospechamos, no es Fujimori quien maneja con sus hilos al jefe del SIN, sino al revés. Algo oscuro entre ellos los mantiene juntos; por este mismo motivo, sólo algo oscuro también los separará.
El frenesí fornicatorio
Vargas Llosa privilegia el contraste entre la suciedad moral y la pulcritud personal del dictador. Trujillo hace uso de su sólida limpieza corporal precisamente para humillar la moral de sus subordinados con "alguna manchita en los zapatos". Pero asimismo, si bien la manía por la limpieza es un rasgo característico de los obsesivos (y, por cierto, la mayoría de los dictadores lo son), Vargas Llosa le otorga a su personaje otras particularidades, que lo retratan como el típico patriarca latinoamericano: su preocupación por la familia, sobre todo por sus hijos varones, Ramfis y Radhamés; la veneración que le tiene a la Excelsa Matrona, su madre (y que obliga a los demás a imitar); el desprecio que siente por la "Prestante Dama", su mujer; y su afán de parecer ubicuo, presente en todos los rincones del país, en todas las casas, en todos los hogares, en todas las mesas y en todos los lechos.
Sobre todo en los lechos. Porque uno de los aspectos más resaltantes de este macho cabrío latinoamericano es su fascinación por "tirarse hembras" y su desparpajo para mantener informada a la nación de sus aventuras sexuales: "el frenesí fornicatorio, la necesidad de tumbarse mujeres en la cama para convencerse de su virilidad". Pues precisamente Vargas Llosa señala a la virilidad y al poder como las dos caras de una misma moneda: dominación. Y es aquí donde gana el genio del escritor, otra vez.
Precisamente para destacar este aspecto fundamental en la mentalidad latinoamericana, el machismo, la novela incluye como uno de sus personajes principales a Urania Cabral, quien porta sobre sí misma y su cuerpo la herida simbólica que condensa el dolor de los dominicanos y el sentimiento que lastra corazones hasta volverlos negros del resentimiento. Porque Urania Cabral no sólo representa a las mujeres mancilladas, como se podría desprender de una lectura superficial. Ella, su silencio, su rencor acallado, sus innumerables intentos de olvido, pero sobre todo el sentimiento de odio que guarda hacia su padre, es la clara alegoría del desprecio e impotencia que "la nación dominicana" siente frente al dictador, ese Padre. Urania Cabral, dominada "por esos dedos que exploraban, escarbaban y entraban en ella a la fuerza", es la representación de esa otra dominación armada en el juego perverso de los compadrazgos, los sutiles chantajes, las "pruebas" exigidas a colaboradores, los desplantes, las artimañas, la "sobonería" de toda laya.
Sin embargo, ese mismo acto de penetración "con los dedos" es el primer peldaño para la destrucción física y simbólica de Trujillo, pues empieza a actuar ya no por cálculos maquiavélicos sino por desesperación. Frente a la muchachita de 14 años, delgada y morena, con las piernas flacas y el vestido quinceañero, el Gran Fornicador no puede completar una erección. El ejercicio de la violencia en su estado más puro que ejerce sobre ella como venganza es sólo la concentración de su rabia ante el reconocimiento de su debilidad. La falta de erección se convierte en una antesala de la falta de poder, como el mismo Trujillo lo sospechaba. Con el desvirgamiento de Urania Cabral firma su sentencia de muerte.
Por este motivo, la virilidad de los dominicanos sólo podía reivindicarse con "las armas". Esa noche del 30 de mayo de 1961 los siete conjurados, unos ex militares, otros católicos practicantes, todos indignados, asesinan a Trujillo para recuperar la identidad (¿masculina?) de su nación. Y en ese acto se juegan "la hombría", aunque más tarde, con la muerte del "padre" (otro tema vargasllosiano), surjan el caos y el desorden de la libertad.
Rocío Silva Santisteban es escritora.
Sobre la segunda vuelta
Aníbal Quiroga
En la edición pasada publicamos a "boca de urna sobre la segunda vuelta", encuesta acerca de los acontecimientos en torno al 28 de mayo, fecha de la segunda vuelta. Aníbal Quiroga tuvo la gentileza de enviarnos su respuesta, pero nos llegó después del cierre de edición.
Lo sucedido el 28 de mayo pasado condensa la realidad nacional de los últimos 10 años, y la gran conflictividad y confrontación observadas revela una gran compresión de la vida política nacional. Por un lado, un régimen de gobierno cerrado, con poca ventilación y vocación democrática; y, por el otro, una oposición cerrada y sin posibilidades de concertación, que muchas veces termina haciéndole el juego y favoreciendo el endurecimiento del régimen de gobierno.
Eso se ha visto claramente reflejado en la expresión del candidato Toledo y su aproximación a los resultados de la primera vuelta y al modo de enfrentar la segunda vuelta, sobre todo al modo de encarar los últimos cinco días previos al 28 de mayo. Su electorado terminó confundido entre una supuesta renuncia a la candidatura, la renuncia a la participación electoral, el voto ausente, el voto viciado y el voto por él mismo, lo que fraccionó el resultado en directo beneficio del candidato-presidente, por ausencia de un mensaje claro y firme.
Mi sensación frente a la situación actual del país es la del fracaso absoluto de la clase política nacional. El presidente Fujimori ha logrado "clonar" la política peruana, y todos quieren imitarlo: el no partido, la no transparencia, el mesianismo, la no concertación, la individualidad, el voto aluvional. Por razones que no logro comprender aún, la mayoría de ese voto aluvional "conectó" con la candidatura de Toledo (la explicación de que eso fue así por la demolición previa de las candidaturas de Andrade, Castañeda u otros no me satisface, y, siendo cierta en parte, me parece una explicación lineal, insuficiente), y hubo una fuerza telúrica que llevó a que midiera sus fuerzas de igual a igual con el candidato-presidente. Hay que recordar que entre ambos suman poco más del 90% de los votos válidos después del 9 de abril.
Los principales castigados, casi desaparecidos, son los partidos políticos; la candidatura de Andrade y la de Castañeda naufragan irremediablemente sin un necesario mea culpa ante su electorado. Andrade ha desperdiciado increíblemente el casi 38% de la aceptación popular que logró despertar en su momento. Esto ha generado, al final de cuentas, una peligrosa polarización del país, en una división de casi el 50% de Fujimori y un 50% de rechazo absoluto. Esta situación puede llevar a una gran crisis interna, de resultados insospechados (cualquier cosa puede pasar, sobre todo con Toledo manteniendo su campaña de rechazo, el llamado a los cuarteles de sectores radicales de la oposición, y con algunos que llegan a considerar que hay "golpes constitucionalistas", lo que es una grave contradicción, pero que revela el estado moral de la cuestión); o con el gobierno flexibilizándose y diluyendo el rechazo de Toledo merced a una política efectiva de apertura. El pronóstico sigue siendo, a pesar del resultado electoral, reservado.