La "tercera vía" en debate

¿Qué debemos entender hoy por tercera vía? ¿Cuáles son sus experiencias y paradigmas realmente existentes? ¿Cómo se plantea el debate de la tercera vía en el Perú?

 

Francisco Sagasti

Tercera vía y desarrollo

 

Detrás del término "tercera vía" hay una vieja historia. Hace 40 años era usado para significar un camino intermedio entre el capitalismo, la economía de mercado y la democracia liberal, por un lado, y, por otro, el comunismo, el sistema político de partido único y la economía planificada. En otras palabras, la tercera vía buscaba un camino diferente de la organización capitalista de la producción, con propiedad privada de los medios de producción, y de la organización comunista, con la propiedad de los medios de producción en manos del Estado. Entre los 60 y los 70 estas ideas eran defendidas fundamentalmente por autores checoslovacos, por ejemplo Ota Sik y Radovan Richta, que escribieron sobre las posibilidades de este camino intermedio.

En el Perú, este modelo intentó ser implementado de una manera ilusa y utópica por el gobierno militar del 68. Aunque su proyecto era básicamente estatista, su fórmula "ni comunismo ni capitalismo" y conceptos como los de propiedad social o modelo cooperativo, por mencionar algunos, trataron de ubicarse en lo que se llamaba entonces la tercera vía.

Esa manera de entender la idea se eclipsó a partir de mediados de los 70 para revivir en un sentido totalmente diferente luego de la caída del muro de Berlín, el colapso del sistema soviético y de las economías planificadas, y la desaparición de las "democracias de partido único". Uno de los caminos al desarrollo había sido eliminado –y con él cualquier tercera vía–, lo que dio lugar al predominio absoluto del sistema que antes había sido uno de los polos.

Lo que emergió a partir de entonces fue algo que había estado escondido antes: la existencia de una enorme variedad de formas de organizar el capitalismo. No había un solo capitalismo, sino varios. Simplificando considerablemente, podría decirse que los dos nuevos polos se daban entre los modos de organizar el sistema capitalista según el modelo de Reagan y Thatcher, en el que hay un absoluto predominio de las fuerzas de mercado, con un papel mínimo del Estado en la regulación, supervisión y conducción de la economía, y el modelo del Estado de bienestar, en el que el Estado preserva un amplio conjunto enorme de funciones y mantiene una injerencia sustantiva en el funcionamiento de las fuerzas de mercado; es decir, juega un papel regulador y orientador muy fuerte.

En términos concretos, esta oposición se manifestaba en que mientras que en uno de los polos se llega al extremo de querer privatizar todas las funciones del Estado, incluyendo, por ejemplo, los servicios de educación y salud, en el otro se mantiene un gran número de empresas estatales compitiendo con empresas privadas o reteniendo monopolios estatales en la provisión de ciertos servicios.

A principios de los 90, la nueva concepción de tercera vía es rescatada en términos políticos y económicos por una nueva generación de socialdemócratas y partidos socialistas europeos que rechazan el dogma de la propiedad estatal de los servicios públicos o de las industrias estratégicas vigentes, por ejemplo, en Inglaterra o Francia, por citar algunos países, y buscan introducir criterios de mercado en la operación de lo que eran las economías y los modelos socialdemócratas hasta entonces en boga. Sostienen que el Estado debe tener fundamentalmente un papel de regulación y conducción de la economía, sin intervenir en la producción de bienes. También argumentan que su papel en la provisión de servicios debe reducirse, abriendo espacio para que dichos servicios sean provistos por organizaciones del sector privado o, de una manera creciente, por organizaciones de la sociedad civil (asociaciones de padres de familia, asociaciones de vecinos, comités de salud, etcétera) que complementan la labor del Estado y del sector privado puro.

Pero para hacer este planteamiento parten de la idea de que existe efectivamente una responsabilidad pública en la generación de una mayor equidad e igualdad de oportunidades, lo que implica reducir las desigualdades extremas y hacer que las sociedades sean más equitativas. Para esto deben destinarse gastos públicos financiados por ingresos provenientes de la recaudación tributaria, pero el Estado no debe tener el monopolio en la conducción y ejecución de los programas creados para lograr estos objetivos de reducción de desigualdades y creación de igualdad de oportunidades.

Lo interesante de esta propuesta es que aparece como una respuesta al proceso de globalización y modernización. El sociólogo Anthony Guiddens, uno de los teóricos más importantes de la tercera vía, y el economista Ethan Kapstein, quien ha explorado las implicaciones sociales de la globalización, han demostrado que se necesita poner en práctica una serie de mecanismos de regulación del funcionamiento de los mercados y de coordinación entre las economías nacionales de tal manera que sea posible mantener un nivel aceptable de recaudación tributaria, que debe ser suficiente para que el Estado pueda cumplir con sus funciones. Si se abre la competencia al nivel mundial y los países se embarcan en una lucha tenaz para atraer a los inversionistas extranjeros, reduciendo más sus impuestos, verán cada vez más recortadas sus capacidades de tener ingresos, con lo cual no quedaría otra opción más que gravar el consumo y el trabajo en vez de gravar las ganancias del capital. Por lo tanto, la tercera vía viene acompañada de un planteamiento sobre una regulación internacional de los flujos de capital y de lo que podría llamarse un nuevo "gran acuerdo" entre capital y trabajo, similar al que se logró luego de la Segunda Guerra Mundial.

Una regulación internacional de las finanzas permitiría resolver la contradicción entre globalización y apertura económica, por un lado, y el mantenimiento de una base tributaria que permita financiar las funciones del Estado que demandaría la puesta en práctica de una tercera vía.

Tercera vía y países en desarrollo

Ahora bien: ¿es la tercera vía un producto sólo consumible por el Norte, en tanto que los países del Sur están sometidos a esquemas ortodoxos de apertura de mercados impuestos por los organismos financieros internacionales? Definitivamente, no. Tenemos mucho más margen de maniobra del que generalmente nos damos cuenta, siempre y cuando tengamos una idea clara de dónde queremos ir, de cuáles son nuestras políticas y estrategias de desarrollo, y de que se cuente con un consenso de las fuerzas políticas, económicas y sociales más importantes del país y con el apoyo mayoritario de la población. Países muy chicos y con problemas han logrado remontar las presiones de los organismos internacionales. Por lo demás, en algunos casos son presiones ambiguas que dejan resquicios que se pueden aprovechar, entre otras razones porque de un lado piden la liberalización económica y de otro piden que luchemos contra la pobreza, sin darse cuenta de que a veces estos dos objetivos no son compatibles en el corto plazo.

Lo que es más, son los propios países industrializados los que, por el proceso de globalización, están también tratando de atraer capitales, en una carrera hacia abajo, ofreciendo más y más incentivos fiscales y otorgando subsidios a los inversionistas. En aquellos países que por mucho tiempo siguieron sin cambios de ningún tipo por la ruta del Estado benefactor convencional, el envejecimiento de la población –que requiere de aumentos en los pagos por pensiones, de mayores gastos en los servicios de salud, entre otros, al mismo tiempo que se reducen las contribuciones de los trabajadores activos– ha hecho que los cimientos del Estado benefactor hayan sido socavados. En parte, esto es lo que empujó a los países que tenían un esquema social demócrata convencional en los años 40 a tomar la dirección de la tercera vía para hacer frente a esos costos. A su vez, esto llevó, por un lado, a privatizar, transferir algunas funciones del Estado y hacerlas más eficientes, y, por otro, a intentos para mantener niveles adecuados de recaudación tributaria.

Los países en desarrollo, en cambio, nunca han llegado a tener una base de ingresos fiscales lo suficientemente grande como para financiar un Estado benefactor, y aquellos países que lo intentaron (como Uruguay a partir de los años 30) llegaron tarde o temprano a severas crisis fiscales y aun a la bancarrota. Ciertamente, no es posible pensar en tercera vía en los mismos términos que los europeos. Tenemos que pensar en una forma no convencional de la tercera vía.

Aceptando el predominio del sistema capitalista y que los mecanismos de mercado son más eficientes para asignar recursos que la planificación centralizada, es necesario también aceptar que el mecanismo de mercado no crea equidad ni igualdad de oportunidades. Por lo tanto, se requiere una capacidad de regulación, conducción y orientación del Estado como única entidad capaz de garantizar avances hacia el logro del bien común.

Pero para eso se necesita recursos, y para obtenerlos se tiene que ser creativos. En países como el nuestro, la economía de mercado, la participación ciudadana de las organizaciones de base y la sociedad civil organizada y el Estado van a tener que cumplir juntos el papel que en los países desarrollados juegan sólo el Estado y el sector privado. Por lo tanto, los programas orientados a reducir desigualdades, asegurar que el crecimiento económico beneficie a toda la población, vigilar que no se depreden nuestros recursos naturales ni se contamine el medio ambiente, entre otros objetivos, exigen –además de un Estado regulador y conductor, fuerte pero no demasiado grande– un sector privado eficiente, activo y competitivo, y la presencia de una sociedad civil vigorosa, participativa y capaz de dialogar de igual a igual con el Estado y con el sector privado. Ése es el significado de la tercera vía para los países en desarrollo como el Perú.

Obviamente, todo lo anterior sólo puede ser posible en un marco político de democracia plena y de respeto del Estado y el sector privado por los ciudadanos y las organizaciones de la sociedad civil. Es totalmente imposible en el marco de regímenes autoritarios y de autocracias electorales. La gobernabilidad democrática es un requisito esencial para el desarrollo al iniciarse el siglo XXI.

La tercera vía y el Perú

El Perú tiene ahora las condiciones para emprender un camino de ese tipo, llámese tercera vía o lo que fuere, pero para ello debe entrar de veras a un nueva etapa en su vida política, económica y social.

Las elecciones que acabamos de ver son las últimas del siglo XX, incluso diría del siglo XIX, porque representan el último estertor de una concepción y una práctica política que ya se agotó. La opción militar fracasó hace más de veinte años, así como fracasaron las de los partidos políticos tradicionales hace veinte y los movimientos políticos desorganizados en el último decenio. Ahora estamos en condiciones de pensar en una manera diferente de hacer política. La concertación entre el Estado, el sector privado y la sociedad civil es imperativa en el marco de un sistema plenamente democrático, que ponga en marcha reformas institucionales para garantizar la gobernabilidad democrática, y que rescate los valores éticos y morales en el ejercicio de la función pública y la participación política.

Para empezar, es necesario reformar el aparato del Estado, reestructurando todas sus ramas: Ejecutiva, Legislativa, Judicial y, ciertamente, Electoral. A principios de los 90 se inició una serie de importantes reformas, pero se truncaron y desvirtuaron al punto de ser hoy un Estado híbrido, ineficiente, centralista, poco representativo y corrupto. Con ese tipo de Estado no se va a ninguna parte. Cuando vemos lo que se hace en nombre del Estado a través de los servicios de inteligencia, o cómo los recursos de todos los peruanos se malgastan y entran en los bolsillos de otras personas bajo formas más o menos sofisticadas de corrupción, nos damos cuenta de que el Estado que nos legan los gobiernos de Alan García y Alberto Fujimori necesita una reforma urgente.

El sector privado también tiene que transformarse. La gran empresa debe asumir una mayor responsabilidad social; las empresas medianas, muchas de las cuales son de propiedad familiar, deben avanzar hacia una gestión más profesional y eficiente; y las pequeñas empresas y microempresas deben dejar de ser mecanismos de supervivencia y convertirse en generadoras de excedentes y en unidades productivas capaces de acumular capital. Esta transformación del sector privado debe realizarse con el apoyo del Estado y de las organizaciones de la sociedad civil.

Por otra parte, es necesario transformar las organizaciones de la sociedad civil, incluyendo a los colegios profesionales, los sindicatos, gremios empresariales, las organizaciones de base, las entidades de promoción y bienestar, entre otras, para que puedan articular las demandas de la sociedad y proyectarlas en el escenario político. Los partidos, que son el nexo entre la sociedad civil y el poder político, merecen mención especial entre las organizaciones de la sociedad civil.

Por último, es de fundamental importancia reestructurar las instituciones de seguridad. Hay que reinterpretar y poner al día el concepto de seguridad nacional en el marco de una nueva estrategia de desarrollo, actualizando nuestra doctrina de defensa nacional. Ya hemos cancelado hipotecas de los siglos XIX y XX con Ecuador y Chile, y el terrorismo está derrotado. Y también tenemos que cambiar las organizaciones de seguridad vinculadas a la Policía Nacional, las rondas campesinas, el Serenazgo y otras formas de proteger a la ciudadanía.

En síntesis, el Perú está en plenas posibilidades para iniciar un camino que puede ser forjado a partir del sentido comunitario que todavía permanece en nuestro país, de la efectividad que han mostrado una serie de organizaciones de la sociedad civil, de la eficiencia que han demostrado muchas de nuestras empresas privadas que han remontado condiciones adversas, y de la capacidad de convocatoria y de la gestión que han mostrado unas pocas islas de modernidad en ese mar de mediocridad que es el Estado.

Pero todas esas potencialidades no serán desarrolladas si no existe la necesaria voluntad política y capacidad para generar consensos respecto a lo que el Perú quiere para su futuro. Es decir, si no logramos avanzar a paso firme hacia la gobernabilidad democrática.

            Francisco Sagasti es director de Agenda: PERÚ.

 

Augusto Álvarez Rodrich

Entre la tercera vía, la segunda ola y el absalonómics

 

Desde que el primer ministro inglés Tony Blair propusiera la necesidad de identificar una "tercera vía" para enfrentar los desafíos económicos de las naciones y las personas, han surgido en muchos países en desarrollo las voces que reclaman la necesidad de evaluar alternativas diferentes del modelo vigente en la actualidad. En realidad, la sensación colectiva de que "las cosas están mal y tienen que ser cambiadas" constituye una antigua y permanente aspiración de mucha gente. Las cosas, en realidad, siempre deberían poder hacerse mejor.

En este sentido, cada cierto tiempo se presenta la oportunidad de cambiar de paradigma y cada región y país específico adopta una manera diferente de encarar dicha transformación. En América Latina, por ejemplo, a partir de los años 60 se experimentó un proceso de crecimiento del papel del Estado en la economía como un mecanismo que pretendía corregir el atraso de los países de la región. La propia evolución de los acontecimientos llevó a que, a partir de los 80, se constataran las debilidades de dicho esquema y se fueran introduciendo, con diferentes velocidades en cada país, modelos sustentados en una creciente confianza en la capacidad del mercado para asignar los recursos económicos a la sociedad.

En el Perú, dicho cambio de paradigma ocurrió a inicios de los 90; una década después, se constata que no obstante los importantes avances logrados en diversos rubros de la economía a lo largo de ese período, el país sigue enfrentando problemas de pobreza y desempleo, lo cual ha llevado a muchos a proponer un cambio de modelo. Al margen de algunas declaraciones vagas, lo cierto es que es realista advertir que ningún candidato ha propuesto, a lo largo de la reciente campaña electoral, profundizar las reformas económicas iniciadas a principios de los 90. Más aún: por ejemplo, el cabeza de lista al Congreso de Perú 2000, el ingeniero Absalón Vásquez, ha desarrollado a lo largo de la campaña una serie de ideas ("absalonómics") que, si se llegaran a aplicar, constituirían un cambio radical respecto de lo hecho en los últimos años en materia económica.

Propuestas como las de Blair en el mundo desarrollado o la propugnada desde Washington bajo la etiqueta de la "segunda ola de reformas" para los países en desarrollo, constituyen algunas expresiones de la situación actual en la que se busca un nuevo paradigma.

El problema es que cada quien pretende utilizar expresiones como la "segunda ola" como una justificación para lo que le parece que se debe hacer. He escuchado a algunos congresistas del gobierno y de la oposición, por ejemplo, sostener que la segunda ola de reformas significa desmontar las reformas realizadas en el Perú en la década de los 90 con el fin de retornar a un esquema sustentado en el intervencionismo estatal en la economía. El problema es que nunca llegaron a entender cabalmente lo hecho en la última década.

Esto sucede, además, en un contexto en el que durante los últimos dos años se produjo una creciente confusión en el manejo económico del gobierno respecto del papel del Estado en la economía, cuya expresión fue la aplicación de una serie de medidas en diferentes mercados que son claramente inconsistentes con un modelo de mercado. Esto ocurrió a medida que avanzaba la crisis financiera internacional, mientras que en el plano local se sentían los efectos del fenómeno El Niño y las consecuencias de la proximidad del proceso electoral.

Ejemplos de lo anterior son la construcción de hidroeléctricas estatales de San Gabán y Yuncán y la restricción al desarrollo de proyectos hidráulicos de generación eléctrica; la paralización de la privatización utilizando excusas antes que argumentos sólidos; la participación de COFIDE en el Banco Latino o del Banco de la Nación, mediante fideicomiso, en el Banco Wiese-Sudameris; la expansión de las operaciones de TANS a rutas aéreas comerciales y la posibilidad de fijar tarifas mínimas o máximas para el servicio aéreo nacional e internacional; la intención de sacar adelante Camisea "como sea"; así como la intención de distintos sectores del gobierno de mellar la autonomía que requieren los organismos reguladores de servicios públicos, en complicidad con la actitud de algunos reguladores –como en el sector eléctrico– de ponerse al servicio del interés político dejando de lado la necesidad que existía de una actuación sustentada en criterios técnicos.

Dicho proceso de confusión se agravó durante el último tramo de la campaña electoral. Si bien al inicio la mayoría de candidatos declaró su intención de mantener los fundamentos de un modelo económico de mercado, el tramo final de la campaña electoral trajo un ola de ofertas, desde todas las tiendas, de carácter populista. Alguien me comentaba hace poco que, si se cumplieran todas las promesas hechas por Alberto Fujimori y Alejandro Toledo, cada peruano acabaría en poco tiempo con tres chambas.

Lo cierto es que la "sabiduría convencional" en el momento actual es que se requiere cambiar el modelo económico sustentado en el mercado por una mayor participación del Estado. Y en dicho contexto, etiquetas como la "tercera vía", "la segunda ola de reformas" o el "absalonómics" caen de perillas.

En realidad, y al margen del manejo económico de los últimos dos años, que en el plano económico han significado un período de escaso avance e incluso de retroceso en algunos aspectos, en la década de los 90 se alcanzaron importantes logros en términos de la calidad de vida de la población. Políticas como la privatización, por ejemplo, hoy profundamente cuestionadas por la población al punto que constituye una mala palabra para cualquier candidato, han significado importantes progresos para los peruanos en aspectos como calidad y tarifas de los servicios públicos o la generación de empleo. Sin embargo, es poco probable que este proceso sea continuado en los próximos años, principalmente por razones políticas: los políticos creen que "ya pasó de moda".

El problema es que los responsables políticos del manejo gubernamental nunca llegaron a entender cabalmente lo hecho en la última década en materia de reforma económica. Esto no es su responsabilidad, sino que obedece a que los encargados de aplicar la reforma cometieron el grave "descuido", en medio de no poca arrogancia, de no explicarles por qué hacían lo que hacían. Por si fuera poco, las expresiones críticas al modelo económico que se intentó establecer en los 90 fueron en general demasiado débiles y poco fundamentadas. Como consecuencia, el modelo económico de libre mercado ganó y se impuso prácticamente por W.O. Por todo ello, creo que existen razones justificadas para la preocupación respecto del manejo económico en los próximos años.

Ciertamente, el manejo económico aplicado en los 90 demanda, en el contexto actual, de un ajuste, pero no creo que éste vaya por la dirección en la que parece encaminarse la búsqueda del nuevo paradigma, es decir, generando una mayor intervención gubernamental en varios mercados, lo que acabaría ocasionando distorsiones negativas.

Lo que creo que se requiere es avanzar, de un modo más decidido y con convicción, en la definición precisa de los papeles del Estado y del mercado en el proceso de asignación de los recursos económicos en el país. En los próximos años sería necesario avanzar en esta dirección dejando de lado extremos que son ciertamente equivocados: el Estado no lo resuelve todo, pero la pobreza o la administración eficiente e independiente de la justicia, por ejemplo, sí son rubros en los que debería focalizar sus acciones; a su vez, el mercado y la empresa privada no solucionarán todo, pero sí constituyen potentes herramientas para encaminar el país hacia el progreso.

Y lo anterior pasa, necesariamente, por el reforzamiento tanto del Estado como del mercado, en sus respectivos ámbitos de actuación. Esto no es contradictorio, sino más bien complementario. Al mismo tiempo, ello requeriría, de un modo indispensable, del fortalecimiento de las instituciones, lo que incluye ciertamente aspectos como la independencia del Poder Judicial, el restablecimiento del Tribunal Constitucional o el respeto de la auto­no­mía de los organismos administrativos encargados de resolver problemas económicos en diferentes mercados.

Llámenle a esto como quieran: segunda ola de reformas, tercera vía o incluso "absalonómics". Pero creo que eso es lo que se requiere. Tenía la esperanza de que el resultado del proceso electoral del 2000 contribuyera a crear las condiciones para avanzar en dicha dirección, pero considero que el resultado final constituye un serio obstáculo para ello.

            Augusto Álvarez Rodrich es director gerente de Apoyo Comunicaciones S.A.

 

Carlos Fernández Fontenoy
La tercera vía y la socialdemocracia

 

Fue sobre todo a raíz de la publicación del libro La tercera vía: La renovación de la socialdemocracia, de Anthony Guiddens, que se inició el debate sobre los alcances de esta propuesta política, difundida principalmente por Tony Blair en el mundo occidental desarrollado.

Si bien la Internacional Socialista habla ya de la tercera vía desde hace medio siglo, fue desde mediados de los 90 que Bill Clinton retoma y vuelve a usar este término en la escena política. En efecto, desde 1994 el Partido Demócrata en los Estados Unidos tuvo que gobernar con un Congreso controlado por una mayoría republicana, hecho que le impidió implementar una serie de propuestas electorales dirigidas a expandir el Estado de bienestar. Frente a esta circunstancia, los demócratas tuvieron que pactar con los republicanos para poder gobernar y encontrar una tercera vía (ni tan expansionista del gasto social, ni neoliberal) que les permitiera poner en práctica parte de sus proyectos políticos y sociales.

Según Viçen Navarro, así como Margaret Thatcher se habría inspirado en el modelo neoliberal de Ronald Reagan, Tony Blair habría hecho lo propio con la tercera vía proclamada por Bill Clinton en 1995. Lo dicho por Navarro coincide con lo declarado en varias oportunidades por el primer ministro británico en el sentido de que "los valores del nuevo laborismo y del Partido Demócrata son idénticos".

El escenario de la aparición de la tercera vía

La proximidad entre las propuestas de Clinton y Blair se debe, en parte, a que nacieron en contextos políticos que compartieron una serie de características comunes: tanto el Partido Demócrata como el Laborista eran vistos en sus respectivos países como grupos ideológicamente "agotados y que parecían condenados a continuas derrotas electorales".

Hacía 24 años (salvo los cuatro de Carter) que el Partido Demócrata no gobernaba en los Estados Unidos (1968-1992), y el Laborista de Blair llevaba 18 años fuera de la conducción política del Reino Unido (1979-1997). De acuerdo con el profesor británico de Políticas Públicas Robert Walker, la tercera vía de Clinton y Blair sería un intento moderado de remediar los altos costos sociales producidos en dichos países por la aplicación de las políticas neoliberales iniciadas por Reagan y Thatcher.

En efecto, los Estados Unidos y el Reino Unido no solamente fueron los países que tuvieron los gobiernos neoliberales más duraderos, sino también, y a causa de ello, eran los países con los índices más altos de pobreza de la OCDE.

¿Qué es la tercera vía?

En el libro ya mencionado de Guiddens se concibe la tercera vía como "un marco de pensamiento y política práctica" que buscaría una adaptación de la socialdemocracia a un mundo diferente, emergido en las dos o tres últimas décadas3.

La tercera vía, dice Guiddens, vendría a ser "un intento por trascender tanto a la socialdemocracia a la antigua como al neoliberalismo".

En Europa, es en el Reino Unido, y específicamente los del Partido Laborista de Tony Blair, quienes con mayor entusiasmo han asumido las ideas de la tercera vía.

Por lo que se ha podido apreciar, la tercera vía es un esfuerzo teórico y político por renovar y relanzar la socialdemocracia (laborista) en la Gran Bretaña. Viene a ser un conjunto de planteamientos dirigidos a intentar reformar el Estado de bienestar de las sociedades post-industriales desde una perspectiva aparentemente
novedosa.

Decimos aparentemente novedosa, porque existen no pocos intelectuales y políticos de Europa y de los Estados Unidos que consideran a la tercera vía como una propuesta que no hace sino repetir ideas y planteamientos no sólo ya existentes, sino insuficientes para la actual etapa de desarrollo del Estado de bienestar en los países post-industriales. En todo caso, podrían tener cierta novedad en el Reino Unido, mas no en estados de larga trayectoria socialdemócrata como las sociedades escandinavas, o la misma Alemania.

Algunos han llegado a calificar a la tercera vía como una repetición de propuestas muy similares a las de la democracia cristiana europea, con algunos retoques liberales. De ahí que The Economist comentara que la democracia cristiana alemana consideraba que la tercera vía estaba a su derecha.

Las novedades de la tercera vía

En dos excelentes ensayos, usados y citados en este artículo, tanto el profesor de la Universidad de Georgetown, Norman Birnbaum, como el de la Johns Hopkins y Pompeu Fabra, Viçen Navarro, demuestran cómo la mayoría de las propuestas de la tercera vía –desarrollada por Guiddens– no son otra cosa que una copia de políticas sociales socialdemócratas o democratacristianas ya existentes en la Europa continental.

Si bien gran parte del éxito de Clinton y de Blair (y la fama de la tercera vía) se ha debido a sus personalidades carismáticas, a sus renovados estilos de liderazgo, así como al agotamiento y fracaso del neoliberalismo en sus países, cabe igualmente destacar algunos aportes de la tercera vía en el plano político y de las ideas.

Habría que recordar que la Tercera Vía aparece en un momento en que en la Europa de los Quince, la socialdemocracia se encontraba en pleno auge y cosechando triunfos electorales. En 1998 los socialistas estaban presentes en 13 gobiernos y contaban con 11 primeros ministros. Sin embargo, a las acertadas medidas políticas "prácticas" que tomaban los socialdemócratas no les siguió un proceso de desarrollo y sistematización teórica de los avances logrados.

El aporte novedoso de Guiddens se ubica en esta dirección. Su obra persigue bosquejar una nueva visión de la socialdemocracia a la luz de los avances prácticos acaecidos en las últimas décadas.

Asimismo, lo escrito por Guiddens es un interesante y valioso esfuerzo por renovar viejos enfoques y códigos de expresión del socialismo europeo. Constituye también un intento crítico de diagnosticar el actual estado de desarrollo del Estado de bienestar: sus deficiencias, las posibles reformas y la nueva dimensión de sus ideales en sociedades con marcados rasgos posmaterialistas.

Nuestro autor llega a plantear el tema del individualismo desde una sugestiva perspectiva, entendiéndolo no como una postura egoísta sino como una búsqueda y necesidad de autorrealización personal, existencial. Si bien esta idea es uno de los ejes de la corriente del Personalismo al interior del pensamiento socialcristiano, no deja de ser relevante su asimilación al ideario socialdemócrata realizada por Guiddens.

Es digna de mencionar la reflexión sobre el tipo de protección a los desocupados que se da en algunos estados de bienestar, a través de cantidades mensuales por desempleo, que podría provocar una nefasta "dependencia" del Estado. Ello estaría causando una actitud psíquica de inmovilismo o de falta de iniciativa para la búsqueda de un puesto de trabajo u ocupación en el mercado laboral. El descenso de la autoestima es otro dato a tener en cuenta.

Como respuesta a este problema, Guiddens propone la asunción de una mayor "responsabilidad" individual, una formación dirigida a reforzar las capacidades para enfrentar riesgos y etapas de desocupación, así como una política de apoyo estatal a iniciativas individuales o comunitarias (locales) en el terreno del desarrollo de tecnologías o de proyectos de creación de pequeñas empresas. Todo ello en el entendido de que la dinámica de la economía actual genera cierres y aperturas constantes de empresas. Su propuesta de la implementación de una "educación durante toda la vida" también se enmarca dentro de esta perspectiva.

La tercera vía y los países "en vías de desarrollo"

Lo primero que debemos tener claro es que la tercera vía es un conjunto de propuestas teóricas y prácticas cuyo objetivo consiste en responder a una serie de problemas surgidos en estados de bienestar avanzados, prósperos económicamente, y donde la mayoría de las personas tienen resueltas sus necesidades "materiales" básicas, como son alimentación, vivienda, salud y educación.

De ahí que sus problemas sean de otra índole: la preocupación por los asuntos económicos (valores de la escasez) se ha ido trasladando a los de una mejor calidad de vida (valores posmaterialistas).

Esta tendencia hacia el cambio de temas de preocupación general se percibe al comprobar el aumento de la atención hacia problemas como la ecología, los derechos humanos, un trabajo con sentido o la libertad sexual.

Si bien es cierto que los países en vías de desarrollo tienen como principal reto el de resolver los problemas materiales, de subsistencia de su población, a estas alturas de la historia de la humanidad resulta imposible evadir los problemas de la conservación del medio ambiente, los derechos humanos o la libertad sexual. Tanto los problemas materiales como los posmateriales están el día de hoy bastante ligados entre sí.

Por ejemplo, cuando en nuestros países pobres nos planteamos el tema de la industrialización como un camino al desarrollo, ya no es posible dejar de considerar los efectos del tipo de tecnología en los ecosistemas. Si los países en vías de desarrollo entraran en un boom industrial y utilizaran la misma tecnología que los países ricos, desaparecería la vida humana sobre la tierra. El planeta no resistiría el grado de contaminación.

Éstas y otras preocupaciones que desliza Guiddens en su obra nos recuerdan que estamos en un mundo mucho más interconectado o globalizado que antes, y lo que sucede en un punto del planeta repercute con mayor intensidad que antes en el resto del mundo.

Creemos que las propuestas que hace la tercera vía respecto a las formas de paliar el desempleo, a través de inversiones sociales del Estado en proyectos locales de tipo tecnológico y empresarial, son ideas que habría que rescatar y redimensionar en los países atrasados económicamente.

Por último, la reafirmación de Guiddens de ciertos valores queridos de la socialdemocracia –y otros sugeridos por la tercera vía– sigue siendo fuente de inspiración para los grupos políticos que persisten en el ideal de crear sociedades humanas viables y justas. Estos valores son: igualdad (como inclusión), protección de los débiles, libertad como autonomía, ningún derecho sin responsabilidad, ninguna autoridad sin democracia, pluralismo cosmopolita y conservadurismo filosófico.

            Carlos Fernández Fontenoy es politicólogo.

1  Viçen Navarro: "La tercera vía: Un análisis crítico", en Claves de Razón Práctica Nº 46. España, 1999.

2  Norman Birnbaum: "¿Es auténtica la tercera vía?", en Claves de Razón Práctica Nº 87. España, 1998.

3          Anthony Guiddens: La tercera vía: La renovación de la socialdemocracia. Madrid: Editorial Taurus, 1999.

 

Manuel Piqueras

Las vías a la democracia

  A Fabián Salazar

 

La democracia, el autoritarismo y el totalitarismo constituyen el pasado, el presente y el futuro de la humanidad. Desde hace 2500 años, los grandes pensadores de la antigüedad y los de la modernidad se han preguntado sobre las formas de régimen y de gobierno político de sus sociedades, indagando acerca del valor intrínseco de las formas políticas.

Los grandes filósofos políticos del siglo XX han desarrollado una crítica consistente al autoritarismo y al totalitarismo como formas de régimen o de gobierno político de las sociedades. El cuestionamiento también ha alcanzado a la diversidad de estados, regímenes y gobiernos democráticos.

En la crisis de la modernidad y en la edad global, han surgido diversos paradigmas políticos democráticos: (1) el de la democracia como novedad en la política, cuyo espíritu es el valor de la vida y la libertad y la creación de un orden mundial compasivo; (2) el de la democracia como fin de la historia que establece el espíritu de la economía de mercado regida por la utilidad, así como la dominación mundial de la democracia occidental; y, (3) el de la democracia como tercera vía, que se instituye en el espíritu de la renovación de la social democracia europea y de los nuevos demócratas americanos. Luego de terminada la guerra fría, la tercera vía se ha tornado una expresión confusa, carente aún de una propuesta filosófica y política consistente.

¿Qué tienen que ver estos paradigmas políticos en la encrucijada entre el autoritarismo y la democracia en el Perú? ¿Qué nos aporta reflexionar sobre ello para resolver la crisis múltiple de nuestro país desigual y pobre, ubicado en los extramuros del orden mundial? ¿Es la tan mentada "tercera vía" una alternativa?

Autoritarismo

Escuchando a varios analistas y a personajes de la política, ellos se refieren indistintamente al totalitarismo y al autoritarismo. No son lo mismo. El principio de acción del totalitarismo es el "terror"; su manifestación concreta son los campos de concentración y exterminio de víctimas inocentes. El principio de acción del autoritarismo es el "temor"; su expresión está en la ruptura de la legalidad, en la supresión de las libertades políticas y civiles, en la represión violenta de la protesta ciudadana y en el asesinato de los opositores, en la corrupción y en la impunidad del poder total. Asimismo, el desarrollo económico autoritario se ha hecho a costa de una gran pirámide de sacrificios humanos. Existe una diversidad de autoritarismos, unos más duros y otros más blandos, unos abiertamente autoritarios y otros ocultos tras formas democráticas.

El debate contemporáneo más importante sobre el autoritarismo se centra en Asia; sin embargo, nos alcanza: el caso peruano es unos de los pocos regímenes autoritarios existentes hoy en América Latina. Los autoritarismos asiáticos han instituido formas de régimen político sin valor en sí mismos pero han mostrado una capacidad instrumental en los diversos procesos de desarrollo económico, un impacto positivo en el empleo, un éxito en políticas públicas de educación y de salud. Sus sociedades civiles viven dentro de un contrato social sobre la base de valores y normas compartidas.

El autoritarismo peruano posee los defectos intrínsecos de los autoritarismos asiáticos, pero carece de sus virtudes instrumentales. El autoritarismo criollo es una forma de régimen político no sólo sin valor intrínseco sino sin contribución instrumental; está asociado a la estabilidad sin crecimiento, a la impotencia para generar empleo, al colapso de las políticas públicas de educación y salud. Es el autoritarismo de la desigualdad y de la pobreza para las mayorías, y de la desaparición de la clase media. Es el autoritarismo de la descomposición social, en el que significativas masas de población conviven con la ruptura de normas y reglas sociales.

La democracia como novedad de la política

El principio de acción de la democracia es la "unidad esencial entre la vida y la libertad humana". El significado de la democracia reúne tres virtudes: su importancia intrínseca, su contribución instrumental y su papel constructivo en la creación de valores y normas. La democracia tiene un valor en sí misma; es la forma de régimen o de gobierno político cuyo valor intrínseco es la vida y la libertad de todos los seres humanos como ciudadanos agentes de sus libertades.

La democracia posee una contribución instrumental al respeto de las libertades políticas y a los derechos humanos; a las facilidades económicas para obtener recursos destinados al consumo, al comercio y a la producción; a las oportunidades sociales para alcanzar una salud y educación de calidad; a la transparencia de las garantías que permitan la fiscalización y control del poder, así como el debate público en los medios; y a la protección de la seguridad humana en la lucha contra la desigualdad, la pobreza, el desempleo y la hambruna.

La democracia aporta a la creación de nuevos valores y normas de conducta para regir el mercado de cambio, las formas de régimen o de gobierno político, la vida cotidiana y el protagonismo ciudadano en la comunidad, y los intelectuales y la formación de la cultura. La democracia es un estilo y un proyecto de vida del sujeto personal y colectivo.

La democracia como fin de la historia

Samuel Huntington coloca a la democracia en el escenario del choque de civilizaciones y de la reconfiguración del orden mundial bajo el liderazgo de la civilización occidental. La democracia occidental es una contribución instrumental al proyecto histórico de una civilización global bajo la dominación de Occidente.

Huntington, pesimista, distingue seis civilizaciones que poseen lo que llama un "Estado núcleo": la occidental protestante y católica (Estados Unidos de América y la Unión Europea), la ortodoxa (Rusia), la hindú (India), la china (China) y la japonesa (Japón). América Latina y África no poseen un estado núcleo y por lo tanto no llegan a constituirse en civilizaciones. En el choque de las civilizaciones, en el teatro de la civilización global y de las antiguas tradiciones, la civilización occidental tiene la mayor opción de establecer una dominación del planeta.

Francis Fukuyama, optimista, pone a la democracia occidental ante el fin de la historia y el último hombre. Su proyecto histórico es la combinación entre una economía de mercado y la democracia liberal. La democracia occidental no sólo ha triunfado sobre todas las ideologías, sino que ha puesto fin a la historia, mirada como un proceso de confrontación de ideologías. Sin embargo, no parece poseer un entusiasmo ilimitado sobre el fin de la historia: emplea la expresión de Federico Nietzsche "el último hombre". Al final, Fukuyama señala que en la democracia occidental se encuentra el futuro de la humanidad.

La democracia como tercera vía

La idea de una tercera vía surgió en la trama de la guerra fría y de la existencia de dos visiones totales: el capitalismo y el comunismo. El fin de la guerra fría ha hecho que la tercera vía se torne una expresión ambigua. La tercera vía tiene poder político en partidos y gobiernos socialdemócratas europeos.

Anthony Guiddens ha precisado la tercera vía como la renovación de la socialdemocracia occidental. La democracia como tercera vía se constituye políticamente como el centro radical frente a las derechas y las izquierdas, viejas y nuevas. Este pensador progresista propone la democratización de la democracia como el centro de cambios profundos en el Estado y la sociedad, de transformaciones en la inversión social del Estado en la orientación de una economía mixta, alternativas al fundamentalismo del mercado; se inspira en el economista inglés Keynes.

¿Cuál es la vía democrática para el Perú?

La democracia como fin de la historia constituye un presente griego, ya que ni América Latina, menos la región andina y el Perú en ella, están considerados como "civilización". Significa subordinarnos a largo plazo a la hegemonía y al dominio de un proyecto político elaborado para los países industrializados. Ello entraña el peligro de mantener a grandes masas de población despojadas de todas sus libertades, dejando intactos los profundos desgarramientos y exclusiones de nuestra sociedad.

Alternativamente, se emplea en discursos políticos la "tercera vía" como una propuesta renovada de la izquierda o como el nuevo rostro del populismo. Se usa, a veces, para evitar el sambenito de marxistas. El asunto que tenemos entre manos es mucho más hondo. Lo importante es preguntarnos si la "tercera vía" resulta realmente una alternativa para nuestro país en sus actuales circunstancias y si es una "fórmula" capaz de resolver los hondas fracturas de nuestra sociedad y Estado. El caso peruano reúne un régimen político autoritario, un desarrollo económico bloqueado, una comunidad nacional carente de viabilidad, procesos hondos de descomposición social y de violencia cotidiana. La socialdemocracia es un proyecto político formulado para las condiciones singulares de sociedades industrializadas, con un alto desarrollo de recursos e instituciones.

El Perú transita de la pesadilla autoritaria al sueño de la democracia. La democracia como novedad es, a mi juicio, la única salida, la forma de régimen o de gobierno político capaz de conducir un proceso de desarrollo con libertad, de paz con seguridad y de crear valores y normas, recuperando los estándares de decencia colapsados por el autoritarismo criollo y la ley del hampa. Significa un esfuerzo político creativo que no es ad hoc para las comunidades de la periferia del orden mundial. A diferencia de las anteriores, es también un proyecto universal de democracia en la que no anida la marginación social y donde es posible vivir juntos iguales y diferentes.

            Manuel Piqueras es sociólogo y profesor universitario.