Hay penas y penas

Gabriela Joo

Seis meses desde que el Consejo Nacional de Derechos Humanos asumió las funciones de la defenestrada Comisión Ad Hoc de Indultos, y recién sale el reglamento para dichos efectos. ¡Qué rapidez! Cómo se ve que los que están en prisión esperando son parte de "los otros". El reglamento no es, además, para entusiasmarnos: más burocracia dentro de la burocracia, ya que crea todo un complicado organigrama que termina en el ministro de Justicia, quien decidirá qué casos recomendará al "presi", para que éste también se tome su tiempo y vuelva a jugar al "juez justo". Mientras tanto, los familiares aguardan con desesperación la libertad de los "suyos".

 

El segundo domingo de mayo, un programa informativo nocturno anunciaba por la televisión que por el Día de la Madre el gobierno había decidido indultar a un grupo de mujeres que se encontraban en prisión, algunas de ellas en el penal de Santa Mónica. En ese momento pensé que allí, al lado de éste, en un penal para internas de "alta peligrosidad", otras mujeres esperaban hace años el indulto, no porque hubieran hecho méritos para que se les perdonase por el delito cometido, sino porque no habían cometido ningún delito: simplemente eran inocentes.

María tiene 38 años. Está condenada a 15 años de prisión y todavía le faltan ocho para salir en libertad. Ella es una de las tantas mujeres inocentes cuya única esperanza de salir en libertad es el indulto. Se encuentra recluida en el Establecimiento Penal de Régimen Cerrado Especial de Mujeres de Chorrillos para acusadas por delitos de terrorismo y traición a la patria, y sometida a condiciones extremadamente rígidas que hacen más doloroso el encierro injusto que está sufriendo.

Sin embargo, no sólo María tiene que cumplir su condena: también Pepito, su hijo que ya cumplió 10 años, está condenado a la pena de vivir sin hogar. María está ubicada en la etapa de "mínima seguridad". Ya han transcurrido siete años y se ha ganado ese derecho. A ella le corresponden cuatro horas semanales como máximo de visita de sus hijos. Lamentablemente, esas cuatro horas suelen convertirse en una si Pepito demoró en ingresar o se quedó dormido en el micro que lo lleva desde el asentamiento humano donde vive con unos vecinos hasta Chorrillos.

A veces la visita no llega a realizarse, pues Pepito olvidó que cada tres meses debe renovar el carné que le permite ingresar llevando partida de nacimiento y foto, porque es probable que cada cierto tiempo se pueda cambiar de identidad. En otras ocasiones no cuenta con los dos soles que necesita para movilizarse, pues es su madre quien lo mantiene con los trabajitos que realiza desde el penal.

María vivía en una choza de una invasión en Los Olivos, adonde había llegado huyendo de las palizas de su marido. Para mantener a sus hijos vendía cebiche, ayudaba a un sastre, lavaba platos en el mercado. Una noche de diciembre de 1993 María fue sacada violentamente de su casa por los policías.

Pepito aún no había cumplido los cuatro años cuando de pronto se encontró en la más absoluta soledad. Fue llevado donde su padre para que éste se hiciera cargo de él, pero sólo recibía maltratos. Tan pronto como pudo regresó a su barrio y buscó refugio donde unos vecinos. Así han transcurrido los años, y Pepito espera cada día que su madre regrese.

Así como Pepito, cientos de niños se han visto privados de su madre, abandonados a su suerte. Muchos de ellos viven con tíos, padrinos, abuelos o, a falta de ellos, con los vecinos o en algún albergue.

Todas las semanas, los que logran ingresar luego de hacer la larga cola en la vereda bajo el sol o el frío –no hay, por supuesto, una sombra que los proteja– deben pasar por la revisión corporal. Allí no reciben ni una caricia ni un abrazo, sino la fría mano de una guardia que busca por todo su cuerpecito algo escondido que pretendiesen introducir en el penal.

Enocc sólo pudo gozar de su madre hasta los ocho meses de edad. Rosa tenía cuatro hijos; cuando la detuvieron, la mayor contaba apenas 12 años. Al igual que muchas mujeres de nuestro país, era un ejemplo de fortaleza. Trabajaba en un mercado, donde vendía tubérculos, criaba a sus hijos y además cuidaba a su madre enferma. Quería ahorrar dinero con la esperanza de que algún día su choza se convirtiera en un chalet, pero su sueño no se pudo realizar.

Luego de que Rosa fue detenida, su hija mayor tuvo que cumplir el papel de madre, razón por la cual dejó de estudiar. Por ser el más pequeño, Enocc llevó la peor parte: el retraso en su desarrollo emocional, originado probablemente por su detención, es la peor condena para Rosa.

Las historias de María, Rosa, Pepito y Enocc son sólo algunos botones de muestra de los miles de dramas y tragedias de los que están pobladas las celdas del penal. La razón: una legislación penitenciaria que dio prioridad a la seguridad y el castigo sobre los derechos humanos de los reclusos.

Al ser aplicada, dicha legislación cayó en la lógica del absurdo, pues se han dictado normas y restricciones que sólo terminan por hacer más ilimitado e injusto el sufrimiento de estas mujeres y el de sus familias.

Un estudio preliminar sobre 16 casos de mujeres recluidas en el penal arroja resultados preocupantes:

•56% vivía con sus parejas al momento de ser detenidas; sin embargo, 75% las perdieron como consecuencia de la detención, y sus hijos quedaron en total abandono.

•La mayoría realizaba alguna actividad económica (sólo 12% se dedicaba exclusivamente a su hogar), por lo que al ser detenidas sus hijos quedaron en la precariedad absoluta.

•Las condenas que tendrán que cumplir estas mujeres, jóvenes aún, las obligarán a pasar por lo menos la tercera parte de su vida en prisión. Si logran sobrevivir a la cárcel, saldrán cuando sus hijos sean adultos y ellas estén al borde de la ancianidad, es decir, en condiciones muy difíciles como para empezar una nueva vida.

•34% tenía por lo menos cuatro hijos cuyas edades fluctúan entre los 6 y los 10 años. Esto es, se trata de familias compuestas en su mayoría por niños pequeños que han quedado desamparados.

Muchos especialistas del comportamiento humano afirman que la privación o pérdida prolongada del cuidado materno puede tener para un niño pequeño efectos graves y de gran alcance en su carácter y en todas las facetas de su vida futura, más aún cuando esta separación se realiza en forma violenta y se prolonga durante varios años, como sucede en estos casos.

Entre las principales consecuencias que están sufriendo los hijos por la ausencia de sus madres se encuentra el distanciamiento afectivo entre madre e hijo. Esta situación se agrava cuando la detenida proviene de ciudades del interior del país, ya que a sus familiares les resulta oneroso trasladarse a la capital para realizar las visitas.

A esto se suman las dificultades impuestas para las visitas, las que están limitadas a familiares directos (padres, esposos e hijos). A partir de los seis años los niños entran sólo los domingos y las niñas los sábados, al igual que los adultos. Esa distinción ha impedido, por ejemplo, que hermanos y hermanas puedan visitar en un mismo día a su madre, o ha hecho que alguno de ellos no pueda ingresar porque es muy pequeño y no hay un adulto de su mismo sexo que lo acompañe.

Una segunda consecuencia es el empobrecimiento de sus condiciones de vida causado por el desamparo en el que se encuentran, lo que los lleva a abandonar sus viviendas y adaptarse a nuevos hogares. Muchos han tenido que interrumpir sus estudios por falta de recursos, se encuentran mal alimentados y viven en condiciones de hacinamiento.

En tercer lugar, estos niños están expuestos al maltrato de las personas que los tienen a su cargo, quizá como una expresión del abuso contra niños indefensos que no cuentan con la figura materna que los proteja.

En cuarto lugar, y en relación con lo anterior, el abandono moral en que se encuentran, con el riesgo consecuente para su integridad física y mental.

Por eso muchos niños experimentan sentimientos de angustia y ansiedad por la pérdida de su madre; otros manifiestan su enojo y resentimiento hasta llegar a la desesperación, la depresión y el abandono.

Para estas mujeres, la situación que viven sus hijos como producto de esta legislación es muy dolorosa. Por ahora, la pena, la impotencia y la frustración las acompañarán en la injusta condena que están cumpliendo.

Ese segundo domingo de mayo María se levantó muy temprano para preparar una comida: quería recibir a Pepito con algo rico y caliente. Sin embargo, él no llegó; a pesar del cariño que sentía por su madre, ese día no tenía motivos para celebrar. Prefirió ahorrarse la congoja que llevará consigo hasta que su madre cumpla su propia pena.

            Gabriela Joo es Trabajadora Social del IDL.