LA RESPONSABILIDAD DE LA OEA
No se cansan de repetirnos que recuperar la
democracia en el Perú va a ser, finalmente, obra de los propios peruanos o no
será. Tienen razón. Pero ello no obvia la importantísima responsabilidad que tiene
la OEA, cuya actuación hasta ahora es, por decir lo menos, insuficiente y
quizás hasta contraproducente.
Fujimori ha empezado su ilegítimo tercer período.
Nada más distante de una fiesta democrática y de un momento de unidad nacional
para construir el futuro colectivo. La victoria de la fuerza bruta, de la
lógica de los hechos consumados y de la corrupción de las conciencias, augura
tiempos muy difíciles. La obsesión por durar nunca construye nada valioso para
un país; incuba, sí, violencia, decadencia moral y, usualmente, finales
trágicos y traumáticos.
Todas las avenidas institucionales para un cambio
pacífico se le cierran en la cara a los peruanos descontentos (¡y vaya que
somos una legión!). Si nos asfixiábamos después de diez años de lo mismo, pues
nos prometen cinco más (¿sólo cinco?). Si sobrevivió una pequeña esperanza con
un Congreso sin mayoría gobiernista que pudiera empezar el retorno a la
civilización, pues a salir de compras: ya tienen cerca de 80 y Fujimori ha
anunciado sin pudor alguno que su meta son 100. Si el pueblo sale a las calles
multitudinariamente a expresar su voz, se fomentan todas las condiciones para
la violencia y luego se busca liquidar a los líderes de la resistencia
pacífica. ¿No se dan cuenta de que cuando a una olla de presión se le tapan
todas las válvulas de escape estalla?
Una de las tantas tragedias de nuestra condición
nacional es la de no ser capaces de asimilar las lecciones de las tragedias del
pasado. Día a día, y con la misma irresponsabilidad de antes, se alimenta un
futuro indeseable para todos. Cuando llegue, los responsables, por acción y por
omisión, se mirarán sorprendidos y pretenderán, una vez más, no entender nada.
Sí, nos corresponde a los peruanos encontrar rápido
una alternativa cívica, pacífica, convocante y exitosa para volver a la
democracia (¡¡¡y YA!!!). Pero este proceso será más largo y costoso si la OEA
continúa con su actual timidez, la que no tiene otro resultado que fortalecer a
los responsables del problema y alentarlos a cometer nuevos estropicios.
La OEA no es un observador externo y ajeno; tiene,
más bien, responsabilidad directa e influencia decisiva en los acontecimientos.
La tiene, en primer lugar, porque este régimen es, en
cierta medida, hijo de su total fracaso para enfrentar el golpe de 1992.
Quisieron "democratizar" a una dictadura y ya ven lo que ocurrió. Una
de las razones por las que quienes nos gobiernan siguen actuando con la
impunidad con la que lo hacen –incluso después de Windsor– está relacionada con
la amplia experiencia que han acumulado sobre la forma en que la OEA se ha
comportado en el pasado.
En segundo lugar, la OEA es directamente responsable
de lo que ocurre hoy como consecuencia de la forma en que actuó la Misión de
Observación que presidió Eduardo Stein.
Para entender nuestra afirmación hay que situarse a
comienzos de año (¡parece un siglo!). Estaban ya en Lima una serie de
observadores internacionales no gubernamentales, y sus opiniones frente a lo
que ocurría no podían ser más críticas. Se anunció entonces que venía una
Misión de la OEA y que la presidía Eduardo Stein, ex canciller de Guatemala.
Un escalofrío nos recorrió la columna vertebral. El
gobierno consiguió ya quién lo avale, pensamos muchos. Ya en el pasado la OEA
había sido –por decir lo menos– tolerante y de reacción lenta. Los temores
aumentaron cuando Bustamante anunció con una reveladora sonrisa que conocía a
Stein, que era su amigo y que el gobierno recibía a la Misión con los brazos
abiertos. Pero Eduardo Stein actuó como un hombre con principios sólidos (eso
desconcierta al fujimorismo: no están acostumbrados a tratar con ese tipo de
personas) y empezó a dar cuenta de lo que veía; como sabemos, terminó
deslegitimando todo el proceso con sus informes y luego con su retiro del Perú
antes del 28 de mayo.
¿No es acaso cierto que Toledo se retiró de la
contienda cuando supo que la OEA no avalaba el resultado? ¿No es verdad acaso
que lo que correspondía luego del 28 de mayo, como inequívocamente ha planteado
la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, eran nuevas elecciones? Si la
OEA quería pasar por agua tibia al régimen, ¿por qué mandaron a Eduardo Stein y
no a Gross Spiell o Luigi Eunaudi?
Podrán repetirnos hasta el cansancio que la
correlación de fuerzas internas en Windsor no daba; que había que ser realistas
en cuanto a lo que se podía conseguir; que Brasil y México no querían actuar
con firmeza, etcétera, etcétera. Puede ser cierto, pero lo concreto es que en
Windsor se le dio oxígeno y tiempo de vida a un régimen que hizo de las
elecciones una burla cruel y descarada. Nos dicen que el régimen es ahora muy
fuerte para plantearle nuevas elecciones. Pues en junio no lo era. Aislado
internacionalmente, con las multitudes en las calles reclamando nuevas
elecciones, la aplicación de la Resolución 1080 hubiera muy probablemente
resuelto el problema y el Perú estaría hoy en una etapa –siempre difícil, ¿qué
no lo es en política?– destinada a crear las condiciones para elecciones de a
verdad en unos meses más.
Fujimori y Montesinos leyeron bien la Resolución de
la OEA en la que se aprobó la Misión de Alto Nivel (¿o es que ya habían
negociado bajo la mesa la interpretación oficial?). Entre tanto nosotros,
ingenuos, seguíamos pensando que la OEA todavía seguía en la "línea
Stein". No lo estaba.
Los acontecimientos de junio y julio tienen una sola
constante: nuevas y mayores evidencias de que este régimen jamás va a cambiar,
corriendo en paralelo con un empalidecimiento reiterado de lo que la OEA dice
que debe hacer y puede conseguir en el Perú. Una pequeña lista de repente nos
refresca la memoria: reconocimiento de Fujimori por las Fuerzas Armadas antes
que por el Jurado Nacional de Elecciones; nombramiento unilateral de una
Contralora de la República "amiga" por siete años; compra de una
mayoría en el Congreso burlando la voluntad popular; uso sistemático de la TV
para estrategias psicosociales destinadas a desprestigiar a la oposición;
nuevas amenazas a la libertad de prensa y al derecho de reunión; duras campañas
de desprestigio contra la Defensoría del Pueblo, única institución no sometida
que todavía queda en el Estado (Martha Chávez se frota las manos cuando ve en
el calendario abril del 2001). ¿Serían esas las "pruebas de amor" de
las que tanto se ha hablado?
Pero habría que agregar una tercera razón para
confirmar la responsabilidad que tiene la OEA en el caso peruano. Ésta escapa a
nuestras fronteras y tiene una dimensión regional. Para ponerlo en dos
palabras, la democracia hace agua en la región andina. Además del Perú, donde
ya se hundió, Ecuador está desde hace más de tres años en una crisis política
inmanejable, Chávez no es precisamente un paladín de las libertades, y sobre lo
que pasa en Colombia sobra redundar. Si bien en comparación América Central
está aún a flote, las repercusiones de la crisis andina, sumadas al peso de su
historia y a la pobreza crítica y desesperanzada que la asola, pueden ser el
preludio de malos tiempos también por allá; habría que preocuparse un poquitín
también de Paraguay, y hasta de Bolivia. Es necesario actuar ahora, sin tantos
remilgos y con un poco de visión de largo aliento, porque después será –como
casi siempre en esta parte del mundo– demasiado tarde. Para entonces ya no
habrá OEA que valga.
Todo lo anterior fundamenta nuestra exigencia a la
OEA y nuestro escepticismo frente a su esquema de democratización, el que en
sus 29 puntos se ocupa de todo, como en botica, con la sola exclusión del
problema principal y el origen de su presencia en el Perú; a saber, las
elecciones. Peor aún cuando la formulación de algunos de ellos debiera sonrojar
a sus autores. Por ejemplo, aquel punto que plantea "estudiar la
posibilidad del retorno a la Corte". Que la OEA desconozca (en cualquier
acepción de la palabra) la decisión de la Corte señalando que no reconoce el
retiro del Perú de su jurisdicción y que, por tanto, no cabe retornar a algo de
lo que no se ha salido (menos todavía "estudiar la posibilidad de
hacerlo"), es francamente desalentador. Asimismo, el que propongan una
"comisión independiente" para el respeto de los derechos humanos es,
la verdad, una cachetada inmerecida e innecesaria en el rostro de los
organismos independientes de defensa de los derechos humanos en el país y, por
si eso no fuera suficiente o no los conmoviera demasiado, un abierto
desconocimiento del papel y el trabajo del Defensor del Pueblo.
¿Se acabó la OEA en el Perú? No; todavía puede
reandar lo desandado. Es más: muchos de los 29 puntos de la OEA son importantes
en sí mismos, son relevantes y su solución sería una gran cosa. Justamente por
ello, cualquier persona medianamente informada sabe que este gobierno no los va
a poner en práctica de a verdad de ninguna manera. Y si bien es verdad que hay
tensión interna en el régimen sobre cómo actuar en este terreno, hay que
entender la verdadera naturaleza de lo que discuten. Por un lado están los
blandos: "hagamos como que vamos a discutir y hasta que parezca que vamos
a cumplir; ganemos tiempo, aprobemos algunas cosas; total, el Congreso y los
jueces son nuestros y así nos sacamos de encima este tema". El calendario
del gobierno es una pieza maestra de esa estrategia (ver ideele-mail n°
63: "La araña tiene ya su
telaraña"). En cambio, los duros dicen: "están locos, colegas
blandos; si empezamos a hacer como que concedemos querrán más y más, y nos
arruinamos. Y, además, a ese Ivcher le devolvemos su canal de TV sobre nuestro
cadáver".
Ante este panorama, ¿qué puede y debe hacer la Misión
de Alto Nivel de la OEA? Pues nada del otro mundo: simplemente observar la
realidad, decir la verdad y actuar en consecuencia. Por ejemplo:
– Dar cuenta de que el gobierno se ha negado
sistemáticamente a realizar los gestos de democratización que ellos le han
demandado y que, por el contrario, el clima político en el Perú se deteriora día
a día, al punto que se pueden esperar situaciones cualitativamente peores.
– No dejarse engañar por los plazos y los mecanismos
planteados. Dos ejemplos extraordinarios: uno, ¡23 meses de una comisión
discutiendo "estudiar la posibilidad de retornar a la Corte"!, como
si eso no se pudiera hacer en cinco minutos; el otro: patear lo de los
magistrados para dentro de un año, cuando ya los actuales no estén en
funciones.
– Ir al fondo de los problemas. No aceptar, por
ejemplo, presentar como un gran avance hacia la independencia del Poder
Judicial el que las comisiones ejecutivas, que de todas maneras iban a terminar
en diciembre, terminen en diciembre; tendrían que dejar en claro que se
mantiene un esquema de control y manipulación total, con o sin la comisiones
(ver más sobre el punto en esta misma edición).
– Por último, y aun a riesgo de que nos acusen de
radicales y fantasiosos, por qué no puede la Misión de Alto Nivel de la OEA,
dentro de unos meses, cuando lo obvio sea todavía más obvio de lo que ya es
hoy, informar a los cancilleres que este gobierno los ha mecido
sistemáticamente; que aquí no hay otra forma de avanzar hacia la democracia que
no sea la de devolverle a los peruanos su derecho a votar; que Stein tenía
razón en su informe y que en el Perú no hubo elecciones legítimas; que la
Comisión Interamericana no pudo estar más en lo cierto cuando señaló que, dado
que la democracia había sido interrumpida, lo que cabía era aplicar la
Resolución 1080.
Déjennos seguir soñando, y
asumamos por un minuto que así informarán Gaviria y Axworthy. Los realistas,
informados y prácticos de siempre nos dirán que sería perder el tiempo; que un
informe así jamás sería aprobado por los cancilleres. Quizás sí, quizás no.
Pero aún en ese segundo supuesto, Gaviria y Axworthy –como en su momento Stein–
estarían sentando precedentes históricos para una nueva OEA, una de verdad. Si
hoy actitudes como las de Eduardo Stein son descalificadas como poco prácticas,
algún día, más pronto que tarde, serán un hito a estudiar. En cambio, sobran
los informes burocráticos realistas y complacientes; y esos no los releen ni
sus autores. (Carlos Basombrío
Iglesias)