¿Qué toca ahora?
Teniendo como objetivo la reconstrucción democrática
y la institucionalización del país, ¿qué hacer de acá en adelante? ¿Por dónde
ir y por dónde no ir? ¿Qué propiciar y qué evitar? ¿Cuáles deben ser las
posiciones y estrategias? ¿Qué plantear a la movilización ciudadana? ¿Cuáles
son o podrían ser los espacios principales? ¿Es posible algún tipo de
cronograma o de plan en términos de objetivos?
El poder de actuar ya
Hugo Guerra
Hoy, a principios de agosto del 2000, el Perú está en
el umbral de la dictadura... o de la democracia.
Tras la suma infinita de irregularidades del proceso
electoral de una sola vuelta (porque la segunda fue apenas una formalidad
írrita), el ingeniero Fujimori es un jefe de Estado, no un presidente
constitucional, por falta de legitimidad democrática. En términos principistas,
pero por desgracia sólo ideales en este momento, tendría que convocarse de
inmediato a nuevas elecciones generales con otra ONPE y otro JNE.
Pero la política real, interna y mundial, no lo
permiten. La oposición, como tal, es sobre todo una actitud virtual. Más de
medio país rechaza la autocracia. Tiene, sin embargo, sólo símbolos
coyunturales, y no plenamente representativos, en Toledo y los demás líderes y
movimientos que carecen de una ideología y programas alternativos concretos de
gobierno. Incluso su capacidad de movilización popular es en la práctica
circunstancial y hasta incoherente, otra vez, por desgracia.
¿Qué hacer? Como en Nanterre del 68, ser realistas y
pedir lo imposible. Aquí algunas vías de trabajo: apoyar con reservas el plan
presentado por la Misión de la OEA, para que auspicie el diálogo, pero sin
perder la perspectiva de que la solución tiene que salir de los peruanos.
Paralelamente, adelantar estrategias sociales y parlamentarias (si eso fuese
posible todavía) para intentar el referéndum. Al mismo tiempo, retomar la
conducción democrática de un movimiento popular hoy copado por las dádivas
electorales y políticas del gobierno. Replantear, simultáneamente, la
conducción del bloque opositor para: renovar liderazgos, articular movimientos,
buscar la construcción de un frente amplio sustentado en el pluralismo
ideológico y en la postulación de un verdadero programa de gobierno que no
excluya lo avanzado en la liberalización económica y que permita la
reinstitucionalización democrática. Vigilar, entre tanto, que las reformas
redemocratizadoras (¿cabe tal ilusión?) se cumplan por lo menos en lo
fundamental del respeto de los derechos humanos, las libertades civiles y la
libertad de prensa. Y asumir activamente, desde todos los escalones de la vida
social, la lucha contra el autoritarismo.
Esto implica la movilización estratégica no sólo de
masas, sino también de la intelectualidad, los gremios empresariales y
sindicales, manteniendo el derecho a la resistencia pacífica (condición sine qua non) si se burlara a futuro
el propio compromiso anunciado por el régimen con la OEA. Finalmente, entender
(y actuar en consecuencia), en todos los niveles cívicos, dos cosas: primero,
que sea cual fuere al final la salida del entrampamiento político actual, no
debemos permitir la impunidad por todo lo cometido en contra de los derechos
humanos; y, luego, que la libertad, personal y política, nunca será una "gracia"
que otorgue ni el Estado ni un gobierno de turno, sino aquella que los
ciudadanos le obliguen a respetar al poder establecido, al precio –no violento
ni terrorista– que sea necesario pagar.
Hugo Guerra es jefe de la página editorial del diario
El Comercio.
El leopardo no puede cambiar sus
manchas: La vida cotidiana a la política
César Rodríguez Rabanal
La crisis de dignidad, de degradación moral que nos
azota, demanda dedicar algún esfuerzo reflexivo, desde un enfoque que incluya
la interrelación entre la dimensión político-social y la subjetividad. La
imprescindible puesta en marcha de un sistema de partidos políticos, el
fortalecimiento institucional, requieren parar mientes en el elemental hecho de
que el protagonista es el individuo.
Éste es tan complicado y contradictorio, que el papel
central que juega en el proceso de construcción de la democracia no puede ser
despachado recurriendo a algo semejante a una psicología del sentido común. Hay
que poseer un conocimiento exhaustivo de la persona, conocer sus anhelos, sus
angustias, sus recónditas resistencias al cambio, que con frecuencia atentan
contra sus más genuinos intereses. Sin un sificiente nivel de conciencia al
respecto, no se logra el despliegue de la potencialidad creativa, no se
consigue un equilibrio consistente entre la previsión y la imaginación. Es
preciso despojarnos de toda ingenuidad sobre el alma humana, que alienta
nociones irreales de armonía, que apela a la bondad, que exige deponer el odio
y la envidia recurriendo tan sólo a la voluntad. La auténtica tolerancia
entraña el conocimiento de las contradicciones, requisito indispensable para su
elaboración.
Salgamos al paso a las versiones exclusivamente
tecnocráticas de la política, según las cuales el individuo sería perfectamente
programable, predecible. Nada más falso: la realidad externa se refracta en
cada quien de manera singular. De otro lado, hay que hacerse cargo de que el
individuo percibe la política envuelta en una pátina de fantasías, de mitos,
que han de ser dilucidados. La caída en picada de nuestro sistema
político-social continuará su marcha ineluctable hacia la abyección si no
revertimos la preeminencia de los valores técnico-instrumentales sobre los
simbólico-doctrinales.
La vigencia exclusiva del mundo de los datos, del
pensamiento referencial, deviene en cáscara sin pulpa si aquél no se enlaza con
el universo de las vivencias; es endeble el conocimiento de la realidad si no
posee un suficiente anclaje emocional. El reciente fenómeno de los tránsfugas
no es sólo expresión de la estirpe execrable del régimen, que no diferencia
entre mayoría y totalidad avasalladora, sino que además evidencia la absoluta
falta de la óptica que sustenta estas líneas. El necesario respeto de las
reglas de juego, la invalorable lealtad, la solidaridad, no brotan de la nada.
Para su afloramiento vigoroso, han de darse una retahíla de condiciones, entre
las que no son las menores las de la compleja armazón subterránea del mundo
interno.
Resulta de medular importancia revalorar la idea del
diálogo, apreciarlo en su verdadera entidad. Es, por ejemplo, absurdo deplorar
que el gobierno no proporcione muestras de apertura, de disposición al diálogo;
en ocasiones se lamenta cándida o falazmente que el régimen cometa el
"error" de no dialogar con los sectores democráticos. Dejémoslo
claramente establecido: aquél es estructuralmente incompatible con la entraña
dictatorial.
El diálogo está en las antípodas del autoritarismo,
puesto que éste no puede convivir con la autonomía del otro; por el contrario,
el totalitarismo requiere, para ser tal, la sumisión, la delegación de las
aspiraciones de desarrollo en el presunto salvador, a cambio de protección y de
una supuesta prosperidad, que generalmente nunca llega. La autocracia es la
negación del diálogo, en tanto comporta la clausura del pensamiento. No
dilapidemos energía solicitando gestos de conciliación a los verdugos de la
democracia. El leopardo no puede cambiar sus manchas. Más bien centremos
nuestra atención en fortalecer la confluencia de los demócratas que jamás se
sustenta en cerrar filas frente al enemigo común, sino en la unidad de quienes
asumen que la democracia no sólo es un ente abstracto, sino también una actitud
frente a la vida.
Al hilo de este planteamiento, se propone la
conveniencia de conferirle estatuto político a la vida cotidiana, de extraerla
del gueto de lo privado. Han de pasar al orden del día la relación de pareja,
el vínculo padres-hijos, los asuntos de género; en suma, las opciones de
realización personal, en un contexto que incluya de manera primordial los
afectos. Ha de contrastarse al individualismo utilitario una concepción de la
realidad con suficiente anclaje emocional. El despliegue pleno de la
creatividad dentro del colectivo, con y no contra el otro –sin negar los conflictos
de rivalidad inherentes a la condición humana– ha de sustituir la ideología de
la competitividad, con frecuencia socialmente descerebrada. De esta forma
desterraremos el desarrollismo insolidario, avanzaremos hacia la auténtica
modernidad, aquélla inscrita en el espíritu de la ilustración.
No dejemos de lado el hecho de que hacer política hoy
en el Perú exige el conocimiento de la realidad psicológica de los millones de
sobrevivientes, de los eufemísticamente llamados informales. Ha surgido un
masivo segmento poblacional que no cuenta con las condiciones necesarias para
consolidar espacios mentales, en los que se forja la capacidad de anticipación,
de reflexión, quedando atrapado en formas inmediatistas de actuación. Las
formaciones políticas han de hacer gala de una robusta inventiva para asumir el
formidable desafío de organizar a los (hasta la fecha) condenados a la
desorganización, externa e interna. Del éxito de esta ciclópea tarea dependerá,
en buena medida, el porvenir de la sociedad peruana.
César Rodríguez Rabanal es presidente del Foro
Democrático.
A mal tiempo buena cara
Luis Miguel Glave
Lo positivo de la álgida coyuntura de los últimos
nueve meses, como tiempo suficiente para el término de un período de gravidez,
es la reiterada muestra de la sociedad peruana de una capacidad de esperanza,
de esa virtud que hace décadas el gran poeta Emilio Adolfo Westphalen
encontrara en el derrotero cultural de los hombres y mujeres andinos:
"... esa facultad recóndita de nuestro pueblo que
le hace apretar y concentrar todas sus energías para atravesar el amargo
trance, para... guardar el suficiente rescoldo de vida que le permita, al menor
vislumbrar de buen tiempo, aprovechar al máximo cualquier circunstancia
favorable".
¿Cómo fue posible que millones de peruanos optaran
por una candidatura nueva –creada por esos mismos votantes– cuyo único signo de
identificación fue la voluntad de enmienda y de cambio? Esa es la pregunta que
nos puede llevar a mirar los comportamientos políticos de este inicio de siglo
con alguna expectativa.
Nunca podremos saber los números exactos, pero
incluso los pervertidos resultados que se ofrezcan como oficiales serán
suficiente muestra de la tendencia. Tanto en marzo como en mayo, varios
millones de personas desafiaron un formidable, largamente acunado,
omnipresente, pérfido y vil sistema de comunicaciones masivas que manipulaba (y
manipula toscamente) la opinión pública para dirigirla a aprobar, de manera
populista, la gestión autoritaria que lleva diez años de experimentación y
empoderamiento en todos los niveles de la vida cotidiana de los peruanos.
Hace años surgió un espacio masivo de comunicaciones
que tenía como sus estandartes a varios tabloides o pasquines de estética chicha que, por sus colores preferentes,
bien merece el calificativo de prensa amarilla. Entonces, prensa pseudo popular
y poder político no parecían tocarse. El debate vino a cuento cuando saltaron a
la escena varios casos de depravación sexual y violaciones. Saltaron a escena
aunque no eran novedad ni casualidad: se trataba de una constante en la
compleja configuración de la sociabilidad urbana peruana.
Entonces, se adujo que eran esos medios de
comunicación los que incitaban los bajos instintos de los hombres urbanos del
país. No se fijó la relación de la prensa llamada chicha con las figuras del espectáculo revisteril de la
televisión, que tenía un programa con más de una década de récords en audición.
Lo cierto es que un nuevo espacio de comunicación se abrió, juntando televisión
y prensa diaria, para dar entretenimiento pseudo popular a la población,
apelando a lo bajo del instinto, a los traumas de la sociabilidad en un mundo
que cambiaba violentamente.
¿Fue la maquiavélica fábrica secreta de efectos
psicosociales que integra el régimen la que generó ese espacio? Eso no se puede
saber, ni se trata de determinar qué fue primero, si el huevo o la gallina. Lo
cierto es que cuando fue necesario, esa tribuna diaria y masiva pasó a formar
parte de la estrategia publicitaria e ideológica con la que el mayor poder
político del siglo XX pretendió conseguir mantener la aprobación popular.
Junto a las nalgas femeninas repetidas una y otra
vez, los muertos y seres ensangrentados retratados como carne fresca y las
historias perversas, un nuevo mensaje vino a ocupar el centro de esa prensa.
Mucha letra donde antes no la había; mucha opinión antes aparentemente ausente,
aunque en forma de insulto, de infamia y de calumnia.
Con eso se disminuyó y hasta se borró a varios
opositores o alternativas de cambio. El sistema parecía que funcionaba. Sin
embargo, en pocas semanas nuevamente se abrió camino una alternativa.
Toca a los comunicadores, las instituciones
culturales, las corrientes y los creadores de opinión, analizar cómo y por qué
se permitió que un espacio necesario para la vida urbana como es el de la
comunicación masiva y el entretenimiento, cayera en tan groseras manos. A los
politicólogos, escudriñar cómo se vinculó ese espacio tan a propósito con los
intereses de un poder autoritario. A todos, conducir ese rescoldo de vida que significó
enfrentar todo ese machacón mecanismo de manipulación, para, al menor vislumbrar de buen tiempo,
sacar una cultura de aprecio a la democracia, a la libertad y a la dignidad.
Porque la votación en contra fue una votación a favor de la democracia, por lo
menos como alternancia en el poder, pero también como forma civilizatoria en lo
cotidiano, que contradice justamente las formas y contenidos de esa prensa y
esa televisión, más efectiva que los programas de opinión, que desde luego
fueron ahogados y cerrados.
La participación activa de los ciudadanos en la lucha
por la democracia y el valor que esa cultura adquiere entre la población, que
puede comenzar a identificar la intolerancia y el autoritarismo con la cultura
de la imposición, la perversión y el abuso en todos los niveles: esa es la
victoria que hemos obtenido. Es además nuestra mejor oportunidad colectiva para
enfrentar el nuevo siglo con una nueva fe y una renovada cultura cívica.
Dobleces en el mensaje existen en todo el mundo, pero
la globalización trae, junto con los viejos poderes asolapados, esa posibilidad
de tolerancia y libertad, a la que va asociada la dignidad y la calidad de
vida. También en el Perú, con todas sus limitaciones, tenemos suficientes reservas
morales, esa facultad recóndita de
nuestro pueblo, para descubrirnos nosotros mismos en esa nueva doctrina
universal de la tolerancia y la libertad.
Luis Miguel Glave es historiador, investigador del
Instituto de Estudios Peruanos.
¿Qué puede pasar?
Santiago Pedraglio
El gobierno está obligado a iniciar un proceso de
conversaciones para "democratizar el país". Sin embargo, carece de
interés y voluntad política para avanzar en esa dirección. ¿Puede cambiar de
actitud? O quizá sea más adecuado preguntar: ¿será posible que los sectores que
se le oponen de manera moderada o radical, o que simplemente discrepan de
ciertos aspectos de su manejo político –el uso del servicio de inteligencia,
por ejemplo–, lo obliguen a negociar en serio y aplicar cambios importantes que
oxigenen la vida del país?
La respuesta es sí: muy a su pesar, el gobierno puede
verse obligado a hacer cambios sustantivos en su manejo político. El tiempo en
que esto suceda y la dimensión de los cambios dependen de la calidad de las fuerzas
que, con todos sus matices o diferencias, lo presionen.
La primera condición para avanzar en este sentido es
que haya algo más de tolerancia y voluntad de acuerdo entre quienes le ponen
peros al régimen. Es difícil pedirlo después de haber visto –y sufrido– el
lamentable espectáculo de los tránsfugas. La conducta de estos parlamentarios
provoca, naturalmente, que la llamada oposición radical quiera que todos se
comporten a su estilo frente al fujimorismo, como una muestra de garantía y
consecuencia. Cualquier actitud más contemplativa ahora causa desconfianza.
Pero sucede que incluso entre los "radicales" hay desconfianza: unos
dicen que el Parlamento es el principal escenario del "combate";
otros, que las calles.
Creo que el desafío –bastante viejo, por cierto–
consiste en saber unir. Frente a un régimen como el actual, la pregunta clave
es "qué nos une", no
"qué nos separa". Entenderlo así –y sobre todo actuar de acuerdo con
esa orientación– no es tan fácil como parece; pero es imprescindible. No se
trata tampoco, en el Perú de hoy, por lo menos por el momento, de poner a todos
los que no están con Fujimori en un mismo saco, participando en un solo frente
político o algo parecido. Éste, si se construye, será producto de la
experiencia y de las relaciones que se están y se irán tejiendo.
Una de las razones para cultivar esta tolerancia
entre los no fujimoristas (muchos inclusive no tienen por qué decirse
opositores), es que el debilitamiento de un régimen –y el consecuente
fortalecimiento de los que no están con él– conlleva el hecho de que la
coalición social y política que lo apoya entra en crisis. Y algo de esto ha
estado sucediendo en el país, aunque los tránsfugas hayan dado la sensación
contraria. Lo más firme que tiene hoy el fujimorismo es la fuerza que le otorga
el manejo del poder, el SIN, su alianza con la cúpula militar y el apoyo (sobre
todo debido al manejo del poder) de sectores pobres de la sociedad.
¿Qué sucede cuando una coalición entra en crisis?
Sencillo: muchos se pasan al otro lado, critican tibieza o firmeza en
determinados aspectos o simplemente se ponen al centro. Si se examina la
evolución de la coalición gubernamental durante el último año, puede observarse
que ésta se ha debilitado. Muchos de quienes lo apoyaban han asumido posiciones
como las mencionadas: empresarios, comunidad internacional, Iglesia (en todos
sus sectores, incluso aquellos como el monseñor Cipriani) y franjas de los
llamados sectores C y D de la población.
Si el debilitamiento del fujimorismo no ha avanzado
más rápido es porque los opositores no están sabiendo tejer esa nueva coalición
alternativa que cada día se perfila de manera más clara.
Respecto de qué puede suceder en un futuro tienen
también su gran cuota de responsabilidad la llamada sociedad civil y sus
organizaciones más representativas: desde las empresariales hasta las de
derechos humanos o de trabajadores. Están en la obligación, más aun con el
diálogo convocado, de tener iniciativas y propuestas, de ponerse de acuerdo y,
sobre todo, de convertirse en un
vehículo para la ampliación del debate sobre la democratización al ámbito
nacional. Las organizaciones de la llamada sociedad civil no tienen por qué ser
parte de la "correlación" de la oposición o del oficialismo. Deben
tener voz propia.
Santiago Pedraglio es periodista del diario Gestión y de CPN Radio.