¿Quién estuvo detrás de la violencia en la Marcha de los Cuatro Suyos?

 

Quizás falta todavía mucho por recorrer para conocer cabalmente todo lo que ocurrió el 28 de julio, pero a estas alturas hay indicios que muestran que, en el mejor de los casos, hubo negligencia del gobierno –o algo más que negligencia– para propiciar que la Marcha de los Cuatro Suyos tuviera el desenlace que tuvo. Aquí un conjunto de preguntas que deben ser respondidas.

 

Los días 26 y 27 de julio Lima se vistió de fiesta democrática. Centenas de miles de peruanos y peruanas de todos los rincones del Perú se habían congregado en la capital para protestar pacíficamente contra la asunción del tercer mandato del ingeniero Fujimori. Sus voces, lemas y banderas inundaron las calles del centro sin que se produjera ningún atisbo de violencia. ¿Cómo así una gran fiesta democrática pudo derivar en la violencia del 28 de julio que causó la muerte de seis peruanos inocentes?

Este informe sostiene que tal cosa ocurrió por la concurrencia de una serie de factores, algunos de los cuales aparecen asociados a decisiones u omisiones gubernamentales.

Primero, hubo ausencia de voluntad política para coordinar con los organizadores con el fin de que la Marcha de los Cuatro Suyos culminase pacíficamente. Segundo, desatados los enfrentamientos del 28 de julio, la Policía tuvo el control total de la situación durante todo el tiempo que duró la juramentación de Fujimori. Tercero, la Policía se replegó luego de finalizada la juramentación, dejando el terreno libre que vándalos infiltrados aprovecharon para incendiar los locales del JNE y el Banco de la Nación. Cuarto, la Policía no impuso su autoridad para que los bomberos pudieran actuar rápidamente y sofocar los incendios. Quinto, hubo presencia visible de vándalos infiltrados en la marcha, y fueron estos vándalos los que impulsaron los desmanes. Sexto, el edificio del Banco de la Nación colapsó de manera inusual.

No hubo voluntad política para asegurar que la marcha fuese pacífica

La mañana del 20 de julio los organizadores de la Marcha de los Cuatro Suyos enviaron una carta a la Prefectura de Lima dando a conocer la finalidad y el plan de actividades que iban a seguir los días 26, 27 y 28 de julio. En ella decían que querían expresar su "protesta y rechazo a la injusta elección y proclamación del Ingeniero Alberto Fujimori para su tercer período de gobierno". No sólo eso: reafirmaban el carácter pacífico de su manifestación, que estaba amparada por la Constitución, y pedían "plena seguridad, protección y garantías" para el ejercicio de sus derechos ciudadanos. El contenido de la comunicación se hizo público en los medios. Los organizadores habían cambiado el tono de su convocatoria: del original "impedir la juramentación de Fujimori" pasaron a "rechazar la juramentación de Fujimori".

Ante la convocatoria de la Marcha de los Cuatro Suyos, la Defensoría del Pueblo había empezado a actuar en estricto cumplimiento de sus atribuciones constitucionales de velar por el legítimo ejercicio de los derechos constitucionales en el marco del respeto al orden, la seguridad y tranquilidad públicas, así como la propiedad pública y privada. No era raro que ello ocurriera: desde junio de 1998 había venido realizando labores de acompañamiento y mediación entre manifestantes y funcionarios encargados del orden público. Hasta ese momento habían intervenido en 40 manifestaciones de diverso tipo y en muchas ocasiones a pedido de las propias autoridades de la VII Región de la Policía Nacional con sede en Lima.

Apenas conocida la comunicación dirigida por los organizadores, la Defensoría del Pueblo buscó, a través del prefecto de Lima, que se produzca un diálogo directo entre la Policía Nacional y los organizadores de la marcha con el fin de coordinar para que la actividad se desenvolviese en un clima de orden y tranquilidad. En forma absolutamente inusual, el prefecto no contestó las comunicaciones de la Defensoría, y cuando lo hizo finalmente, cuatro días después, señaló que no podía propiciar dicha reunión porque el procedimiento que le permitía hacer eso estaba señalado en las disposiciones reglamentarias que la Resolución Defensorial del 19 de julio del 2000 cuestionaba.

Era, sin duda, un pretexto de la autoridad política, porque la Defensoría del Pueblo carece de facultades constitucionales para derogar normas de cualquier tipo. Más aún: el procedimiento de convocar a los manifestantes y a la Policía Nacional para asegurar el ejercicio pacífico del derecho a reunión y otros derechos ciudadanos no era precisamente el que había sido cuestionado por la mencionada resolución.

El martes 25 de julio los organizadores de la marcha volvieron a dirigirse a la Prefectura solicitando una cita "con la finalidad de aunar esfuerzos a fin de que la seguridad, protección y garantía de los miles de peruanos que van a asistir... (a la marcha) esté garantizada... nuestra Marcha es pacífica y no quisiéramos que por una falta de coordinación vuelvan a ocurrir las escenas de violencia que la Policía provocó con motivo de la anterior visita de la delegación de la OEA...". Los organizadores no tuvieron respuesta a su carta. La Defensoría del Pueblo tampoco recibió respuesta a la comunicación escrita que había enviado al ministro del Interior y al director general de la Policía Nacional. El prefecto de Lima respondió a la Defensoría repitiendo el falaz argumento de que la resolución defensorial le impedía aplicar el procedimiento de coordinar con los organizadores y establecer un acta de compromiso.

Carlos Bruce, uno de los organizadores, ha narrado que tuvo que ir acompañado con funcionarios de la Defensoría a pararse, literalmente, en la puerta de la Prefectura hasta que el prefecto pudiera por fin recibirlo. La reunión tuvo lugar a las 2 de la tarde del 27 de julio, es decir, en plena realización de la Marcha de los Cuatro Suyos. El prefecto volvió a decir en esta ocasión que no podía convocar a una reunión entre la Policía y los organizadores y que "a título personal" les recomendaba que no hicieran la marcha del 28 de julio, a sabiendas de que ello no iba a ser aceptado.

La Defensoría del Pueblo insistió para que se hiciera un último esfuerzo. La reunión tuvo lugar finalmente esa noche, y en ella estuvieron presentes representantes de la Policía Nacional. Éstos dijeron que la marcha del 28 de julio era incompatible con el plan de seguridad que habían adoptado. Los organizadores propusieron entonces sucesivamente hasta tres alternativas que fueron rechazadas una tras otra. Finalmente, pidieron que cuando menos se les permitiera marchar, con un cordón policial de protección, desde el Paseo de la República por el jirón Lampa hasta la avenida Nicolás de Piérola y de ahí por la avenida Abancay hasta la avenida Grau. La propuesta sonó razonable y dijeron que la iban a consultar con sus superiores. Media hora después les dijeron que sus mandos tampoco aceptaban esta última propuesta, porque resultaba muy peligroso que la marcha pasara frente al Jurado Nacional de Elecciones, ya que en oportunidades recientes éste había sido objeto de ataques.

Lo que queda claro en todo esto es que hubo de parte de los organizadores la manifiesta voluntad y flexibilidad para coordinar con las autoridades las medidas para asegurar que su marcha sea pacífica y con respeto al orden y la tranquilidad públicas; en segundo lugar, que la Defensoría del Pueblo realizó intensas gestiones, al amparo de sus atribuciones constitucionales, para asegurar que los derechos fundamentales de reunión y manifestación pacífica de miles de peruanos pudieran ejercerse en un clima de orden y de respeto a la tranquilidad; en tercer lugar, que, a diferencia de otras ocasiones, esta vez no hubo de parte de las altas autoridades policiales ni del Ministerio del Interior voluntad alguna de diálogo con el fin de asegurar que la marcha del 28 de julio se desenvolviese en un marco pacífico y de orden.

La Policía Nacional sí tenía capacidad de controlar la situación

La mañana del 28 de julio, la marcha hacia el Palacio de Gobierno y el Congreso parte del Paseo de la República alrededor de las 8:30 de la mañana y sube por la avenida Lampa. Los cálculos hablan de que había entre 3 mil y 5 mil manifestantes.

Al llegar a la esquina entre las avenidas Lampa y Emancipación se produce el primer choque con el grueso cordón policial que se encontraba a la altura de la avenida Emancipación. Curiosamente, la noche anterior la Policía había dicho que la manifestación no podía pasar por Nicolás de Piérola, pero en la mañana había puesto su cordón varias cuadras más atrás.

Las bombas lacrimógenas arrojadas a granel y los carros rompemanifestaciones detienen la marcha y los manifestantes se dividen en dos grupos: uno se queda entre la esquina de Lampa y Cusco y el otro regresa por Lampa hacia Nicolás de Piérola para tratar de avanzar por Abancay. A partir de entonces los choques se suceden varias veces y ocurren fundamentalmente en dos espacios: en la avenida Abancay, frente al edificio del ex Ministerio de Educación, y en la Plaza San Martín.

La policía antimotines, perfectamente equipada con bombas lacrimógenas, máscaras antigases, escudos y carros rompemanifestaciones reprime fuertemente a los participantes de la marcha y controla cualquier intento de éstos por avanzar hacia su objetivo. Además, un helicóptero de la Policía Nacional sobrevuela el área monitoreando el movimiento policial desde el aire. Testimonios diversos señalan cómo se llega a disparar direc­tamente al cuerpo de los manifestantes, causando varios heridos. Los cuadros de asfixia también van en aumento.

Durante alrededor de tres horas, que es todo el tiempo que dura la ceremonia de juramentación de Fujimori, el cordón policial es férreo e impide cualquier acceso a Lima cuadrada. En ese lapso de tiempo, la Policía Nacional demostró que era perfectamente capaz de controlar a los manifestantes sin ningún problema. Más aún: ante la fuerte represión policial se hacía visible una disminución en el número de manifestantes, muchos de los cuales se dispersaban o regresaban hacia el Paseo de la República, punto de partida de la marcha.

¿Cómo así, entonces, una policía que es capaz de mantener el control férreo de los manifestantes antes de la juramentación de Fujimori puede perderlo súbitamente una vez que ésta se ha producido? Sea cual fuere la razón, eso ya es una falla u omisión importante.

Hubo presencia de vándalos infiltrados

Los incidentes más serios ocurridos el 28 de julio se producen casi inmediatamente después de la juramentación de Fujimori, entre ellos el incendio del Jurado Nacional de Elecciones y del Banco de la Nación, o el ataque contra los bomberos. En todos estos hechos, según testimonios de periodistas, observadores de la Defensoría y la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, víctimas, bomberos, entre otros, se observa la presencia de "gente extraña a la marcha", con apariencia de delincuentes.

Alrededor de las 11 de la mañana, uno de estos grupos, infiltrado entre los manifestantes que se encontraban en la esquina de las avenidas Abancay y Nicolás de Piérola, ataca el local del ex Ministerio de Educación destruyendo los vidrios de la puerta lateral izquierda. Un comisionado de la Defensoría del Pueblo los describe como "Manifestantes sin camiseta, con trapos amarrados en la cabeza y armados de palos y piedras". Esta situación es aprovechada por otros sujetos que ingresan al local, le prenden fuego y empiezan a saquearlo. El Comercio narró este hecho así: "Mientras tanto, en el edificio el fuego era avivado con combustible que en botellas llevaba un grupo de jóvenes que, por su aspecto, parecían más bien delincuentes. Por su apariencia y proceder diferían completamente de quienes hasta entonces habían acompañado la marcha" (El Comercio, 29 de julio del 2000).

Los bomberos llegan diez minutos después, pero no pueden actuar porque uno de esos grupos se lo impide. La presencia de este tipo de personas se aprecia también en otros lugares. Alrededor de las 10 de la mañana, un comisionado de la Defensoría del Pueblo señala que en la Plaza San Martín hay mucha gente "lumpen", que incluso llega a destrozar la caseta de la Municipalidad de Lima alrededor de las 10:15 de la mañana. En el ataque al Palacio de Justicia también se aprecia la presencia de este tipo de gente. Un observador de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos corroboró que quienes atacaban dicho local "Son jóvenes, parecen pandilleros, gente de las barras bravas".

Se está rastreando varias fuentes que hablan sobre una supuesta contratación de pandilleros en algunos distritos populares, con el presunto fin de infiltrar la Marcha de los Cuatro Suyos. Éstos habrían estado presentes sobre todo el 28 de julio. En el país ya existen antecedentes del uso de delincuentes para atacar a opositores políticos. Durante la campaña electoral, los candidatos Andrade y Castañeda fueron agredidos varias veces en sus mítines por gente de ese tipo. ¿Qué razón habría para no pensar que esta vez también se ha usado "lumpen" con el fin de provocar violencia y desprestigiar un acto que afectaba políticamente al gobierno? Por lo demás, ¿no es cierto acaso que los manifestantes detectaron casos de presuntos agentes del SIN infiltrados entre ellos y participando activamente de la marcha?

La Policía se replegó y dejó libre el terreno a los vándalos

Como dijimos anteriormente, la mayor parte de los desmanes tienen lugar luego de que culminara la juramentación del ingeniero Fujimori, alrededor de las 11:45 de la mañana. Antes de ello, un grupo de congresistas de la oposición se había retirado del hemiciclo como protesta y había salido hacia la avenida Abancay para sumarse a los manifestantes. Por su parte, Alejandro Toledo se había hecho presente hacia las 11:00 de la mañana por el Paseo de la República y a la cabeza de un grupo de manifestantes pretendía avanzar por la avenida Lampa. La presencia de Toledo y los congresistas opositores activó una nueva oleada represiva contra los manifestantes que se encontraban a la altura del ex Ministerio de Educación, Lampa y calles aledañas.

El cordón policial avanzó y tomó el control absoluto de la avenida Nicolás de Piérola entre el Parque Universitario y la Plaza San Martín, en el área donde se encuentran el Banco de la Nación y el JNE. Un testigo de excepción, el vigilante Sabino Bautista Soto, que junto con sus compañeros observaba los hechos desde la terraza del Banco de la Nación, narra así lo ocurrido:

"Ya estaba controlado todo. La Policía avanzaba y botaba a todos. Inclusive, la Policía que prestaba servicio en Emancipación, llegó a ocupar La Colmena. La turba se encontraba en la Plaza San Martín, en el Parque Universitario, como a tres cuadras más allá" (entrevista de ImediaPerú).

La mayoría de los manifestantes se replegó hacia la Plaza San Martín. El resto regresó al Paseo de la República. Hacia las 11:15 de la mañana, alrededor de 2 mil manifestantes están en la Plaza San Martín: poco más de la mitad con Toledo, tratando de hacer un mitin detrás del monumento, alrededor de 700 dispersos en las inmediaciones y unos 200 enfrentados con la Policía en la esquina de Nicolás de Piérola y Carabaya. Desde la avenida y el techo del JNE llueven bombas contra la gente que estaba agrupada con Toledo. Hacia las 11:40 la represión policial se intensifica.

Mientras tanto, a las 12:05, un grupo de vándalos ataca el local del Poder Judicial en el Paseo de la República. Rompen los vidrios de las ventanas y arrojan en el interior trapos y periódicos encendidos. Los atacantes actúan a su libre albedrío por alrededor de 20 minutos, pese a que a espaldas del Palacio de Justicia hay dos comisarías. Los únicos que tratan infructuosamente de detenerlos son los manifestantes que se encuentran en el Paseo de la República y que mediante megáfonos conminan a los vándalos a dejar de producir violencia.

Hacia las 12:20 se inicia la más intensa oleada de represión policial. Desde la avenida Grau, un contingente policial arremete contra los incendiarios del Palacio de Justicia y contra los manifestantes que se encontraban en Paseo de la República. Éstos huyen por Bolivia hacia Wilson. En la Plaza San Martín ocurre otro tanto. La arremetida policial hace que los manifestantes salgan despavoridos por Belén, Quilca y Nicolás de Piérola en dirección también a Wilson. La Policía llega incluso hasta esa avenida persiguiéndolos y arrojando grandes cantidades de gases lacrimógenos. En ese momento se producen vuelos rasantes de aviones a reacción. Hacia las 12:30, la Policía había empujado al grueso de manifestantes hacia Wilson y Tacna.

La pregunta es: ¿cómo, mientras se está produciendo una represión de tal magnitud, que empuja al grueso de manifestantes hacia Wilson, un grupo de vándalos puede romper el cerco policial y quedarse en Nicolás de Piérola para incendiar los locales del Banco de la Nación y del JNE? Algunas versiones han sostenido que lo que se habría buscado era alejar lo más que se pudiera a los manifestantes del lugar y dejar el terreno libre a los vándalos.

El hecho concreto es que luego de la represión grande del mediodía se produce un repliegue policial. Algunas versiones han señalado que poco después del mediodía la Policía recibió órdenes de replegarse. La revista Caretas dice: "Diez minutos después de terminado el discurso presidencial, hacia el mediodía, los escáners de las redacciones limeñas escuchan en la frecuencia policial la orden de replegar efectivos policiales hacia la 22 comandancia en la primera cuadra de Abancay" (Caretas 1630). Sabino Bautista Soto, el sobreviviente del Banco de la Nación, confirma el repliegue: "Después de las 12, la policía que estaba en Lampa y La Colmena se repliega y se va hasta Contumazá y luego sube al quinto piso del Jurado Nacional de Elecciones. Los que habían llegado de Emancipación, 40 más o menos, regresaron a ese lugar".

Cómo será de real el repliegue que un grupo de vándalos llegó a la Plaza Mayor hacia la 1 de la tarde e incendió una caseta de turismo frente a la misma puerta de Palacio de Gobierno, es decir, en las mismas narices de Fujimori. Este grupo se quedó allí haciendo sus desmanes por el lapso de casi una hora. Alrededor de las 2 de la tarde, la Plaza Mayor es retomada por centenares de policías que la despejan en menos de dos minutos.

¿Por qué se da la orden de replegar a la Policía luego de la juramentación? ¿Por qué se deja llegar a los vándalos incluso hasta las puertas de Palacio? ¿No era la zona que más protegida debía estar si, como dijo Fujimori, había planes incluso para quemar el Congreso? ¿No podía ocurrir eso también ahí?

Dejaron que se quemara el Banco de la Nación

Los sobrevivientes han señalado que el ataque contra el Banco de la Nación se produce apenas se da el repliegue de la Policía. Según manifiestan, poco después del mediodía (y mientras se desata la represión en Wilson) los atacantes llegan desde el Parque Universitario y la Plaza San Martín, rodeando los locales del Banco y del JNE. Comisionados de la Defensoría señalan que los atacantes no pasaban de los 200.

Primero quisieron incendiar el JNE. Rompieron los vidrios y arrojaron bombas incendiarias. "Estaban cubiertos, sin polos, ni camisa, pelucones; para mí, delincuentes", dijo Sabino Bautista Soto. Posteriormente atacan el Banco. Rompen los vidrios con piedras grandes, fierros y patas de cabra. Los sobrevivientes piden ayuda, pero son dejados solos contra la turba atacante. "Los policías estaban en el edificio del Jurado Nacional de Elecciones, que está frente a nuestro local. Había una veintena de policías. Nosotros les gritábamos ‘¡Jefe, por favor, dispare, dispare!’... Ellos tenían bombas (lacrimógenas), tenían todo, pero no hacían nada. En nuestra desesperación empezamos a lanzar macetas a los revoltosos" (Sabino Bautista, El Comercio, 6 de agosto del 2000).

Poco después se inicia el fuego en el primer piso. Los sobrevivientes han señalado que llamaron inmediatamente a la central de emergencias solicitando ayuda, pero que les dijeron que los bomberos no podían llegar debido a que los manifestantes se lo impedían. Trataron de apagar el fuego por sus propios medios, utilizando los extinguidores del Banco que eran de gran capacidad. "Todos los agentes fuimos llamados al primer piso para combatir el fuego. Era desesperante. Logramos controlar las llamas por un instante, pero nuevamente la lluvia de bombas Molotov arremetía con mayor intensidad. Lo que sentí es que el ataque parecía que fuera algo sincronizado, porque la agresión era por los tres flancos" (ibíd.).

Al mando de ellos se encontraba Víctor López, un experto en seguridad y un personaje muy conocido de los bomberos. El incendio en el Banco se propagó rápidamente. "Nos organizamos por grupos... corríamos de aquí para allá. Éramos sólo quince, y para esa cantidad de fuego ya no podíamos soportar... incluso echaron gasolina en bidones grandes... acabamos un incendio de dos metros cuadrados y nos metían más bombas incendiarias, o sea que apagábamos por las puras" (Sabino Bautista, Imedia Perú). Sus esfuerzos fueron inútiles. Lucharon contra el fuego alrededor de 45 minutos y no tuvieron más remedio que escapar. Seis personas no lograron hacerlo y murieron.

Los bomberos no tuvieron garantías para actuar

En el centro de Lima existen tres compañías de bomberos que podían haber actuado rápidamente para contener los incendios: la Compañía Salvadora Nº 10, cerca de la Plaza San Martín; la Compañía Francia Nº 3, ubicada en jirón Moquegua; y la Compañía Roma Nº 2, en el jirón Junín, a la altura del Congreso. Las compañías de bomberos operan con una central de alarma conectada con la red de comunicaciones de la Policía Nacional. Es decir, todo lo que los bomberos hablan en situaciones de emergencia es inmediatamente conocido por la Policía Nacional.

Al iniciarse los incendios, los bomberos acudieron. Sin embargo, fueron atacados e impedidos de actuar tanto en el incendio del ex Ministerio de Educación como en el del Palacio de Justicia. Además, el local de la Compañía Salvadora N° 10 fue atacado por un grupo de manifestantes en las inmediaciones de la Plaza San Martín. El comandante general de los Bomberos, Bruno Potestá, señaló que los vándalos no los dejaron actuar: "Por todos los medios impidieron que cumpliéramos nuestra labor... Todo esto suscitó que llegáramos con un retraso de una hora y 30 minutos a las sedes del Banco de la Nación y el JNE para controlar ambos incendios" (Expreso, 1 de agosto del 2000).

Ante esta serie de ataques, alrededor del mediodía el Comando Nacional del Cuerpo General de Bomberos Voluntarios del Perú emitió un comunicado público en el que daba cuenta de los ataques sufridos y solicitaba la debida protección y garantías necesarias para actuar en el centro de Lima. Bruno Potestá declaró: "Decidimos no ir al siniestro mientras que la Policía no controlara a las turbas, porque teníamos vehículos apedreados, saqueados y tenemos que cuidar la integridad física de los bomberos y los bienes del Estado" (La República, 1 de agosto del 2000).

La solicitud fue sin duda dirigida a la Prefectura, que debía haberla tramitado a la Policía Nacional. Ésta, por lo demás, sabía de las dificultades que tenían los bomberos para actuar. ¿Cómo así no les proporcionaron las garantías debidas para que pudieran actuar en una situación de emergencia como era el incendio del Banco de la Nación? ¿No era acaso lo suficientemente grave ese hecho como para darle una prioridad máxima? ¿No podía la Policía retomar el control y dar seguridad a los bomberos?

El colapso del edificio no es normal

En pleno incendio, las estructuras del local del Banco de la Nación ceden y se produce el desplome del techo. Testimonios diversos señalan que antes de que ello ocurriese se escucharon varias explosiones. Algunas hipótesis señalaron que ellas habían sido producidas por los balones de gas o de oxígeno, pero expertos han dicho que tal posibilidad no existe porque el calor hace que las válvulas de los balones se abran y el gas salga sin que los balones explosionen. Otras hipótesis han señalado que tales detonaciones corresponderían más bien a explosivos que se utilizaron para provocar desde dentro el colapso. Para ello se habría usado explosivos C4 que no dejan huellas, salvo las del percutor. Alimenta las suspicacias de esta hipótesis el que apenas se haya apagado el incendio se removió el lugar de los hechos impidiendo el acopio de indicios y pruebas. Un experto argentino que investigó el conocido caso de la voladura de una sinagoga en Argentina aseguró también que no había otra posibilidad que el uso de explosivos para causar tal daño. Las autoridades no le permitieron el acceso al local con el fin de profundizar su hipótesis. En todo caso, ésta tiene que ser investigada hasta el final, aun cuando sea para descartarla definitivamente.

Expertos del Colegio de Ingenieros han sostenido otra hipótesis señalando que debido a las altas temperaturas que se produjeron, cercanas a los 800 grados centígrados, se habría producido una falla estructural en el concreto de las losas que no contaban con vigas de soporte. La caída de una de ellas habría arrastrado en cadena la de las otras. Pero para que ello se produzca ha tenido que haber grandes cantidades de fuego. Preguntado sobre el punto, el Decano de Colegio de Ingenieros sostuvo: "Yo también me he preguntado si acá ha habido más fuego del que normalmente hay o si ha sido suficiente el sistema estructural tan débil. Aparentemente, el hall no tenía un piso de alfombra, sino de loseta y probablemente la alfombra y otros elementos estén metidos en el segundo y tercer pisos que también han sido afectados. Entonces ya es más difícil precisar dónde empezó todo, se supone que ha sido el primer piso, y si primero atacó la zona de oficinas o la zona del hall. Se aprecia que el hall es un piso de loseta" (La Hora N, Canal 8).

La pregunta es: ¿cuánto combustible ha sido necesario para producir un incendio de tal magnitud? Si, como han dicho muchos testigos, no han pasado de 200 los vándalos, ¿era razonable que éstos hayan portado tal cantidad de combustible en sus mochilas en un escenario de permanente confrontación con la Policía, como para producir un incendio de tal magnitud que llegó a provocar el colapso del edificio? ¿Cuánto combustible han portado consigo como para incendiar tantos locales públicos? Se habla hasta de bidones de combustible: ¿puede un manifestante que tiene que correr de un lado para otro para evitar la represión policial ir cargado de bidones de combustible?

Conclusión

Los hechos registrados el 28 de julio han seguido una secuencia que conduce a plantearse una serie de interrogantes respecto a la actuación de las autoridades y su voluntad de evitar que ellos se produjeran. Muchas de las cosas que ocurrieron, como el repliegue policial, o la poca protección para la actuación de los bomberos, podrían por lo menos ser atribuidas a una negligencia. Otras, sin embargo, junto con las señaladas –como la presencia de los pandilleros, el inusual y extraño colapso del edificio del Banco de la Nación, o la dejadez en permitir que se produzca un incendio a vista y paciencia de todos– seguirán alimentando la duda de si, más allá de la negligencia, en realidad el 28 de julio hubo algo más que eso para que la Marcha de los Cuatro Suyos se volviera una suerte de bumerán contra sus organizadores. Alimenta esta sospecha la campaña de desprestigio que a partir de ese día se dirigió contra la oposición democrática, presentándola como instigadora de la violencia y la muerte, y todo el montaje de juicios y demandas que se ha preparado para sacarla de juego y sepultarla definitivamente. ¿Lograrán su objetivo? (Isaías Rojas Pérez)