El Sartre y cómo lograrlo gratis

Javier Diez Canseco

Los dientes del lobo no sueltan

/jamás al lobo.

Es la carne del cordero lo que

/suele aflojar.

Pocos conocen el lado literario de Javier Diez Canseco. Este cuento, según Mirko Lauer me dijo riéndose el otro día al teléfono, "es el inicio de la larga carrera antiintelectualista de Javier". Allá por 1967, este grupo de amigos inquietos se reunía en la cazuela del Teatro Municipal. Corrían las épocas en que la Sinfónica era dirigida por el mexicano Luis Herrera de La Fuente. Fue ahí, un día en que Lucho Hernández dijera angustiado e irónico "nadie nos hace caso", que surgió "El Gallito Ciego", bautizado así por Lucho y que tuvo una vida corta pero intensa. En esos tres números, hechos a mimeógrafo, inolvidables para algunos de nosotros, Mirko Lauer, Manuel Piqueras, Abelardo Sánchez León, Lucho Hernández, Rodolfo Hinostroza, entre otros jóvenes y no tan jóvenes de la generación del 68, se hicieron oír. (S.V.)

 

Mi pierna, la izquierda, cortó el rayo de luz amarilla del ojo mágico, y las puertas de vidrio –color humo– del inmenso supermercado se abrieron lentamente, casi con desgano. Entré a comprar, a conseguir libertad a cualquier precio. (En la columna periodística especializada en Mercado de Valores no había referencias sobre un precio oficial; más aún, ni siquiera mencionaban el producto. Supuse que se trataba de una omisión debido al descuido.) Llevaba todos mis ahorros en un bolsillo del viejo saco que, verde o imitando a la gamuza, caía despreocupadamente, como chorreándose, de mis hombros. El bolsillo derecho estaba notoriamente abultado.

El local se encontraba seccionado por enormes letreros luminosos que anunciaban, en todos los idiomas, las mercaderías. Cada departamento era atendido por robots perfectamente aceitados, en los que no podía distinguir el menor rastro de óxido. Este detalle carece de importancia, pues había olvidado mis lentes en casa y, por qué negarlo, soy algo miope.

Cerca de la entrada, letras color del hambre señalaban la zona "Comestibles". Encontré pastillas de todo tipo: "... huevos revueltos, pasados, fritos, tortillas (estuve tentado de comprar una tortilla a la española, pero mi úlcera latió: ¡ding dong!); carne de res, caballo, camello o perro –molida, salada, sancochada, asada–; caracoles en mantequilla, en margarina o salsa de hongos (como más me gustan); pollo, ganso, hortalizas, pastas, quesos...".

Estaban provistos de caramelos de alcohol con sabor a: "... vino, whisky, champagne, vodka, tequila, saki, pisco, etc.".

Seguí mi camino por el pasillo de losetas grises (todos los supermercados tienen pasillos y losetas grises), y eché un vistazo a la sección "Procesos Síquicos"; debidamente enlatados, por supuesto: "... cariño maternal (de todos los tipos, estando personificados los extremos por Edipo y Nerón); amor matrimonial, respeto por la familia, dolor de despedida (útil en caso de viaje inminente de algún miembro –de la familia–); depresión (como la que sintió Gironella al escribir "Los Fantasmas de mi Cerebro"); odio, angustia (de diversas marcas, pero la más cara tenía una etiqueta que decía: ‘Producto Kierkegaard’); sentimiento de culpa (supuse que se trataba de algo parecido a lo que se siente al oír a mamá regañarnos); alegría de vivir, amistad (ésta podía ser: estrecha, interesada, sacrificada, silenciosa, sublime –como la de ‘Jules et Jim’–, tímida, asfixiada, imposible, superficial, condicionada, etc.). Fe (para todos los cultos); duda (para los que creían en algo); vicios mayores (alcoholismo, juego o drogas); vicios menores (cigarrillo, chicle, televisión); pasiones (semejantes a la de los ingleses por el té); sueños (con libretos interpretativos de Sigmund Freud); ilusiones, apariciones, indiferencia, milagros, recuerdos...".

En fin, tenían todo el índice de un diccionario de términos psicológicos. El robot encargado de este departamento recomendaba, con euforia casi metálica, un nuevo producto: "miedo a la muerte". Quizás Meursault, el Extranjero, lo hubiese comprado de haber escuchado al muñeco que ofrecíalo:

–Es algo único. Una mezcla de terror y curiosidad por un posible más allá; es un aferrarse al acá, al ahora. Cómprelo y aproveche nuestro precio de presentación al público. Es algo único. Una mezcla...

Me llamó la atención una enorme afluencia de gente al lado izquierdo del pasillo; me auné al grupo. Leí: ‘Sección Natalidad’. Anunciaban hijos de probeta: rubios, morenos, pelirrojos, zambos, pecosos, calvos, pelucones, lacios, etc. También los había en conserva y congelados. Estos últimos eran productos experimentales y los elaboraban: "responsables, rebeldes (con y sin causa); bellos varones (con moldes –a escala– de Adonis, Aquiles y Narciso Bello); conversadores, introvertidos, ingratos, melosos, líderes (como José, que era presidente de mi clase en la escuela), brutos, inteligentes, carneros, idealistas (como el que fundó el Ejército de Salvación); neuróticos, luchadores, fanáticos, revolucionarios (verbigracia: el inventor del unikini)...".

En cuanto a la profesión, se podía escoger entre: "administradores de negocios, abogados, sociólogos..."; ya no se producía la serie "médicos", ni "agricultores", porque no había demanda (la producción masiva de alimentos e hijos sintéticos, minó su aceptación en el mercado). Un destino similar tendrían los "poetas, novelistas, músicos" (serían muy pronto descontinuados: fueron un fracaso, y el stock estaba prácticamente completo). Lamenté que nadie quisiera tener por hijo a un García Lorca o a un Bach. Los "psiquiatras" eran muy caros en razón de su utilidad: ellos recomendaban las latas de Procesos Psíquicos convenientes para pasar un fin de semana o asistir a un entierro.

A pocos pasos estaba el mostrador dedicado a la venta de "Instintos", según indicaba un aviso de luz intermitente. Me acerqué y vi que se expedían, en cómodas bolsas plásticas, transparentes y debidamente selladas: "instinto de conservación, de poder (efusivamente recomendado por ‘La Svástica S.A.’); instinto criminal (cuya venta estaba a cargo de un robot muy parecido a César Lombroso; éste repartía fotos del cráneo de Al Capone); instinto social (siguiendo fórmulas dejadas por Sócrates y Rousseau)...".

Recorrí unos minutos más el local, hasta que detectives robots, juzgándome sospechoso
–porque nada compraba–, me pidieron que abandonara el edificio.

Una vez fuera, sentí un sabor agrio, acre, en la boca. Me pareció bilis. Caminé por calles pintadas de noche hasta verme vestido de día. Encontré un mendigo borracho en una esquina cualquiera. Vacié mi bolsillo derecho en su inmundo sombrero; total... ¡me dio la gana!