Del sueño americano que se esfumó en un barco chino
Hildegard Willer
Una nueva crónica de Hildegard Willer, cooperante alemana en Fórum
Solidaridad Perú, sobre lo "real-maravilloso" (aunque más real que
maravilloso) de nuestro país.
Uno de los pueblos más elocuentes sobre la historia
peruana reciente fue construido al estilo norteamericano y es habitado por
gente cuya razón de vivir es la nostalgia. Porque en Marcona, ese pueblo minero
perdido en el desierto de la costa sur peruana, reina la nostalgia por luchas
heroicas, por logros alcanzados y otra vez perdidos, por tiempos mejores y
lejanos. O, en el caso de los que se han ido, la nostalgia por las vastas
playas solitarias, por el viento que envuelve todo.
Marcona cuenta del sueño americano que se hizo
peruano y cuando estaba a punto de ser realizado se esfumó en un barco chino o
en algo que más profanamente y para disimular nuestro desconcierto llamamos
globalización.
¿¡Happy
Times!?
No es difícil imaginarse Marcona en los años 60 y 70:
el diseño de la ciudad parece copiado de una de esas películas estadounidenses
en las que Doris Day luce sus hábitos de buena ama de casa de clase media y
espera en su bungalow y con un
whisky en la mano a que Rock Hudson llegue de su trabajo.
Por supuesto, nunca fue así. Así como Rock Hudson
nunca fue en la vida real un esposo modelo, Marcona tampoco fue nunca la ciudad
de los sueños. Cuando, en 1953, la poderosa empresa estadounidense Marcona
Mining Company llegó a la caleta de pescadores San Juan de Marcona para
explotar los vastos yacimientos de hierro, quería que todos sean happy, pero algunos un poco más que
otros y cada uno en su lugar: los funcionarios en casotas con vista a la bahía
y garaje para el Dodge; los empleados en casitas aseadas algo retiradas, y los
obreros en edificios de dos pisos al fondo de la localidad.
A esta ciudad modelo norteamericano acudieron de
todos los rincones del país campesinos quechuahablantes del Cusco, obreros
limeños, pescadores norteños y comerciantes arequipeños para convertirse en
mineros de la Marcona Mining Company y participar del sueño americano.
Hugo Carrasco vivió su niñez y adolescencia en
Marcona, y a pesar de trabajar desde hace muchos años en Lima, todavía le sale
el entusiasmo mezclado con gotas de nostalgia cuando habla de Marcona.
"Marcona fue todo un laboratorio social-profético, y si Arguedas no
hubiera escrito sobre Chimbote, lo habría hecho sobre Marcona."
Como tantos otros, Carrasco se inició en Marcona en
las luchas políticas, en las reivindicaciones sindicales y en su opción por el
pueblo. Porque la Marcona Mining no era ninguna santa. Llevaba doble
contabilidad para evadir los impuestos e hizo buenas tajadas que transfería
directamente a Estados Unidos. Sin embargo, la nostalgia marconiana tiende a
glorificar la época de la Marcona Mining por una simple e importante razón:
trataban bien a sus obreros o fueron obligados a hacerlo porque Marcona se
convirtió en un hervidero del sindicalismo de clases que consiguió beneficios
que hoy día parecen de otro planeta: sueldos de mineros que alcanzaban para
pagar los estudios de los hijos, vivienda gratis y todos los servicios
sociales.
En 1975, durante el gobierno de Velasco, la mina fue
nacionalizada. Recordando la época de Hierro Perú, que iba a durar hasta 1992,
los antiguos sindicalistas sienten cierta incomodidad, como si todavía no
entendieran por qué la nacionalización anhelada iba a terminar en la
bancarrota.
La administración aprista marcó el inicio del fin:
sus maniobras clientelistas contribuyeron a hundir a la empresa, que se vio
inflada por 500 nuevos obreros, todos con carné del partido, hasta que la
Hierro Perú llegó a tener el récord de 3500 empleados y obreros. Por añadidura,
el gobierno sacó dinero de la empresa para subvencionar a otras minas. La
inflación y el alza de precios se comieron cualquier beneficio. En 1989, un año
antes del final del gobierno de Alan García, Hierro Perú estaba prácticamente
en la bancarrota.
Del
privilegio de ser explotado
Marcona 2000: la ciudad en el desierto se ha vuelto
una ciudad desierta. El viento corre por los antiguos edificios de los obreros,
carcomidos por el salitre y el abandono, con lunas rotas cubiertas con unas
tablas mal clavadas. Para los niños que quedan debe ser un paraíso: sólo la
arena y los perros les pelean las canchas deportivas y los aparatos de juego
totalmente oxidados. A las 7 de la mañana y las 6 de la tarde el pueblo recobra
vida cuando los mineros salen con sus cascos y sus loncheras de todos lados
para esperar los buses de color naranja que los llevan a sus puestos de trabajo
en la mina, ubicada a media hora del puerto San Juan. En medio del paisaje
lunar de Marcona, dan la impresión de ser los sobrevivientes de una catástrofe.
Y en cierto sentido lo son: 1700 trabajadores quedaron después de la primera
privatización propiciada por las consignas del mercado libre para sobrevivir
peor que antes.
Esta vez la salvación se esperaba del Oriente. La
privatización de Hierro Perú fue la primera que emprendió el recién elegido
gobierno del "Chino" Alberto Fujimori. Los mineros de Marcona
tuvieron grandes expectativas cuando supieron que los nuevos dueños iban a ser
chinos, chinos de verdad y además de la República Popular: la Shougang Hierro
Perú S.A., filial peruana de la Corporación Shougang con sede en Beijing, había
adquirido los valores de Hierro Perú. Algunos antiguos sindicalistas ya se
imaginaban unidos a los compañeros comunistas chinos defensores de los derechos
del trabajador.
No podían estar más equivocados. El primer golpe fue
que el gobierno despidió a 1200 trabajadores, con el postre amargo de que
algunos de ellos volvieron a ser empleados por la Shougang, pero en términos
distintos: como contratados sin beneficios sociales y con un sueldo de 14 soles
diarios.
"Desde 1996 no hay aumento de sueldos y desde
hace tres años la Shougang no reparte utilidades." Ricardo ha trabajado
más de la mitad de sus 39 años en la minería, pero lo que más le duele es saber
del auge minero en el país, de las grandes inversiones en Antamina, Yanacocha,
y que en su mina no se percibe nada de esto. A Antonia, su esposa, no le gusta
que Ricardo hable tan franco de la empresa, de la que depende el sustento de la
familia. No quiere que su esposo participe en el sindicato: dos líderes
sindicalistas ya fueron despedidos sin justificación y en plena concordancia
con las nuevas leyes.
En el sindicato de los empleados confirman lo dicho.
La gente no participa en las votaciones sindicales por miedo de ser despedidos,
y los contratados están prohibidos de formar sindicatos. Los sindicalistas se
quedan administrando sus privilegios en descenso, librando una batalla que ya
han perdido hace mucho. La batalla contra una política económica que todavía
considera el factor humano como una cifra que puede ser descuidada para
complacer a los inversionistas extranjeros.
Cuentas chinas
Por supuesto, es un error –aunque un error
perdonable– suponer que una empresa de un país llamado comunista ha de tener un
trato menos capitalista. Tampoco sabemos si una empresa chilena, canadiense o
alemana hubieran sido más favorables para la región. Y el hierro no es un
mineral tan codiciado como el oro.
Todos estos argumentos no pueden disimular ni, menos,
disculpar, el hecho de que la primera privatización entre el "Chino"
Fujimori y los chinos de la Shougang fue hecha en términos pésimos y poco
transparentes. A cambio de obtener por 120 millones de dólares todas las
instalaciones, el muelle, los inmuebles y una concesión de plazo indefinido
para explotar las minas de Marcona, la Shougang se comprometió a invertir 150
millones de dólares en los cinco años siguientes a la privatización. El
contrato de privatización no habla de los trabajadores, ni del desarrollo de la
zona o del medio ambiente. Ni siquiera se pidió una carta de garantía a la Shougang.
En 1998, cinco años después, la Shougang sólo había invertido 60 millones de
los 150 millones acordados. En la renegociación se estableció una nueva suma de
inversión de 135 millones.
En su memoria anual de 1999, la empresa declara
pérdidas, como lo había hecho ya en los años anteriores. Así no tiene que pagar
ni el canon minero para la zona, ni utilidades ni prestaciones sociales a los
trabajadores; tampoco tiene que invertir en la modernización de la empresa. Los
sueldos se pagan con préstamos a corto plazo, porque el mayor cliente del
hierro de Marcona, la Shougang Corporation en Beijing, no está en condiciones
de pagar, debido a la crisis asiática. Eso dicen, pero nadie tiene conocimiento
de las cuentas ramificadas de la Shougang Corporation, una multinacional china,
un imperio de fábricas de todo tipo (siderúrgica, acero, electrónica, turismo).
Los paralelos con las maniobras de la Marcona Mining
son asombrosos. En sus propios barcazos la Shougang se lleva a la China el
hierro, la materia prima, para refinarla en sus fábricas y declarar pérdidas
para no tener que pagar a la filial peruana. En cambio, los barcos de la China
traen carbón y artículos chinos para Marcona y el mercado peruano. Si ése es el
tan aludido desarrollo de la cuenca pacífica, entonces el Perú sale perdiendo.
"Esa privatización no ha traído ningún beneficio
para el Estado peruano", confirma un alto funcionario del Ministerio de
Energía y Minas. "Nada para el desarrollo del país, nada para la
zona."
Nostalgias
y esperanzas
Los que no se rinden ante la idea de que la Shougang
sea el fin de la historia de su pueblo, apuestan por el desarrollo del puerto y
de la región. Porque la riqueza de Marcona no está en la tierra, sino en el
mar. Hay cantidades de minas de hierro en todas partes del mundo, pero una sola
bahía en el Pacífico sudamericano con la profundidad del puerto de San Nicolás
de Marcona, capaz de recibir barcos de hasta 200 000 toneladas.
Entonces surge la gran pregunta: ¿de quién es el
puerto de Marcona? Según el Ministerio de Energía y Minas, la concesión del
puerto está dentro del paquete que adquirió la Shougang. No será posible
arrancarles esa joya sin futuras negociaciones. Porque las esperanzas se tornan
hacia el oeste: al gas de Camisea, la nueva carretera trasandina que conecta el
Brasil con el Pacífico, una zona libre en la que se podría convertir Marcona.
Todavía suena utópico, vago e irreal pensar en un
desarrollo distinto de Marcona teniendo ante los ojos el pueblo desierto y
escuchando las voces nostálgicas. Tal vez la nostalgia y la utopía no estén tan
lejos la una de la otra.