Salud por los niños
Apreciamos y agradecemos que Hugo Dias, amigo
de la casa, encuentre en ideele el espacio adecuado para
plantear sus preocupaciones y esperanzas sobre la niñez en el Perú.
Pensar en la cara del lector
acostumbrado y fiel a ideele; pensar
en la terrible situación nacional y sus vagas perspectivas; pensar en que hay
tanto de qué hablar, nos ha hecho intentar que ese mismo lector encuentre algún
interés en darle una mirada a estas páginas. Sí, pues: los conflictos nos
golpean, las frustraciones nos resienten, la economía nos puede liquidar, pero
detrás de cada hecho que incluso puede escribirse en términos estadísticos,
somos cada uno un ser humano único e irrepetible, que sufre y se remueve de una
manera, y que puede llegar a ser un monstruo o una esperanza para los más
débiles de todos, los niños.
Podría haber sido conveniente
escribir con cifras, pensar en tasas, coeficientes y variables, y sorprendernos
del lugar que ocupamos en el ranking
mundial (muy semejante al de nuestra selección de fútbol), escandalizar
fugazmente y plantear soluciones "macro" o "micro". Sin
embargo, debería bastar recordar a un niño, en toda su dimensión y
vulnerabilidad, hablar de una sola historia.
Nos agrupamos, gracias a la
generosa invitación de ideele, en
torno a este mutuo interés, el niño, la infancia; y cada uno plantea su
perspectiva y su especial preocupación. Queremos una miscelánea de puntos de
vista personales (¿será posible?).
El profesor Pedro Ortiz, maestro
universitario, formador de médicos, neurólogos y psicólogos y, sobre todo,
poseedor de una inquietud intelectual vigorosa y renovadora que lo ha llevado a
publicar varios libros y a generar un espacio de reflexión sobre la práctica
médica y su relación con la persona humana, nos inicia en sus planteamientos y
la infancia.
Luego, el doctor Hugo Dias, médico
neurólogo dedicado a la práctica asistencial de niños y entusiasta de la
perspectiva de una neurología del desarrollo, ensaya ideas sobre la sociedad
moderna y la deprivación infantil.
La señora Lucía Claux de Tola,
vital y emprendedora activista de la atención a los discapacitados y fundadora
de una organización privada dedicada a la atención integral del niño (ARIE) que
ha logrado extenderse y crecer vertiginosamente en sus primeros 10 años de
existencia, nos escribe desde la discapacidad y el niño.
Finalmente, el doctor Enrique Jacoby, médico,
investigador y generador, desde hace varios años, de experiencias nacionales
extremadamente importantes en el campo de la nutrición, nos plantea provocadoras
e iconoclastas ideas.
La formación de la personalidad
Pedro Ortiz
Para el sentido común, los problemas del hombre
parecieran estar ya resueltos: cada uno de nosotros nace, crece, aprende de sus
mayores, especialmente de sus padres y maestros, llega a ser algo, trabaja,
tiene principios morales, es consciente de lo que hace, y mientras no perturbe
la rutina de los demás, pasará por una persona normal, y nadie podrá insultarlo
diciéndole que es un animal.
Por otro lado, para las ciencias naturales el hombre
es un animal del orden de los primates, cuyas características esenciales son
casi iguales a las de los mamíferos, con la sola diferencia de la mayor
complejidad de su conducta. Para ciertas ciencias sociales, el hombre es
modificado por su entorno social, y por eso adquiere una personalidad más o
menos definida. Cómo y por qué cada hombre se distingue de los demás
–principalmente por su inteligencia, su personalidad o sus transtornos
patológicos–, ya es una cuestión que se discute: para una mayoría son los genes
los principales responsables; para la minoría, el ambiente social en el que se
forma.
Pero sólo si preguntamos qué se entiende por moral,
conciencia, conducta, sentimientos, personalidad, inteligencia, entorno social,
nos daremos cuenta de que una cosa son el sentido común y las ciencias, y otra
lo que es realmente el hombre. Uno de los problemas que limita la explicación
de la naturaleza humana es que las ciencias naturales no pueden ni podrán
explicar qué es la sociedad, la conciencia y la personalidad, que vienen a ser
los conceptos centrales de esta explicación, y menos todavía los aspectos
morales de cada uno de estos niveles de la realidad humana.
Vistas así las cosas, no debe llamar la atención que
para las sociedades ya desarrolladas preguntas de este tipo sólo tienen valor
científico y académico. Pero para quienes se debaten por salir del atraso y la
pobreza, a lo mejor un conocimiento científico más humanista de nuestras
propias condiciones podría ayudarnos en nuestra propia formación, y nos
permitiría evitar de este modo la simple imitación. La razón es que al imitar o
copiar formas de comportamiento la salida del subdesarrollo tendrá que tomar
tantos siglos como tomó el desarrollo de los países más adelantados. En otras
palabras, necesitamos una teoría del hombre que por lo menos intente superar
todas las que se han propuesto como descripción de las formas de ser de las
personas del mundo desarrollado. Además, si se trata de imitar, estaríamos
imitando también todas sus taras y debilidades.
Freud describió a los hombres de su época y de ahí
dedujo una explicación de todos los hombres. Lo mismo hizo Piaget, y lo mismo
han hecho los teóricos de la personalidad de Europa y los Estados Unidos. Sus
conclusiones son similares: el hombre es un animal que llega a tener una
personalidad, una inteligencia, una conciencia, unos sentimientos, una moral,
solamente más avanzadas y más elaboradas que el resto de los primates. Por eso
los sistemas educativos y de cuidado de la salud que se basan en estos
principios son también formas más avanzadas y más elaboradas del desarrollo
natural y del aprendizaje de dichos animales.
Pero qué esperaríamos que suceda si negamos la teoría
de Darwin tal como está planteada, y ampliamos el punto de vista del sentido
común de que los hombres no son, han dejado de ser o están dejando de ser
animales desde hace 30 o 7 mil años, y que por el solo hecho de haberse
constituido en una sociedad han logrado tener una conciencia, y al tenerla han
alcanzado esta transformación de individuo animal en individuo humano, a tal
punto que cada uno de ellos es una personalidad.
En primer lugar, esta salida nos permitiría
distinguir la naturaleza humana de la naturaleza animal; explicar por qué
dentro de la sociedad cada persona tiene rasgos, capacidades y atributos tan
diferenciados; afirmar que cada una de las personas es formada 100% por efecto
de sus genes y 100% por efecto de la sociedad. Por supuesto que al aplicar al
hombre estos términos ya tendremos la explicación de por qué la sociedad no ha
alcanzado todavía el nivel de desarrollo moral que sus individualidades más
preclaras previeron, desde que algunos hombres señalaron que, efectivamente,
por encima del individuo hay una realidad mucho más compleja que cada ser
individual. A esta realidad se la ha llamado tradición, cultura, mercado, o
simplemente la sociedad. Y no es casualidad que Platón haya diferenciado entre
el mundo de las ideas y el mundo de los fenómenos. Respecto del hombre,
diferenciaríamos entre el mundo de la sociedad y el mundo del individuo.
Esta diferenciación requiere, sin duda, de una
explicación de los procesos esenciales que determinan que existan los animales,
la sociedad y las personas. Hay sólo una teoría que sostiene que estos procesos
son de naturaleza informacional, y que es la información la que determina la
existencia del sistema vivo y de la sociedad dentro de él. La diferencia está
en que la información que organiza los sistemas vivos hasta los animales está
únicamente dentro de cada individuo, en sus genes y en su cerebro, si es que lo
tienen. Sólo la humanidad ha creado, crea y dispone de información por fuera de
cada hombre. Esta es la información social que cada uno de nosotros incorpora
durante toda su vida hasta convertirla en su conciencia. Es finalmente nuestra
actividad consciente la que nos convierte en personalidad.
Esta es la única manera de explicar la responsabilidad moral que tienen
la familia, las instituciones, el Estado y los medios de comunicación en la
formación de cada hombre como personalidad, para que disponga de todos los
atributos y capacidades que la misma humanidad ha aspirado siempre.
Niños y autismo social
Hugo Dias
En medio de la actual vida cotidiana, el tiempo que
podíamos dedicar a la familia o a nosotros mismos se ha ido acortando y
reduciéndose hasta un mínimo que a veces es nada; y si ese casi nada debiese
ser lo suficientemente importante para ser compartido con los hijos, entonces
lo que se puede esperar de atención y comunicación termina siendo un instante,
una situación fugaz.
Felizmente, es cierto que en esto uno tiene la
oportunidad de elegir y concentrar las energías a esos pocos minutos, pero
también es verdad que la frustración de lo insuficiente, de la necesidad del
otro trabajo, nos lleva a terminar como seres cansados, frustrados y con una
fácil tendencia a caer en la depresión.
Los niños, nuestros niños, resultan entonces librados
a una especie de suerte o azar que a veces es determinado por personajes algo
menos débiles alrededor de ellos (TV y Dragon Ball o Pokemon o Nintendo), o
enfrentados a una carencia que los aísla o separa de su propio entorno. Y así,
los niños que podemos ver a nuestro alrededor resultan inclinados a
satisfacerse de preferencia individualmente, a ser personas que huyen de lo
marginal, de quien es diferente, a ser menos comunicativos, más aislados,
compulsivamente restringidos a un modelo de juego, a una manera o modo de ser.
¿Qué tiene que ver esto con nuestra situación, o con
nuestra sociedad, o con ideele?
Para empezar, la determinación social que se ha ido
instalando entre nosotros y que consiste en la exigencia de trabajar más, por
necesidad y por ser una característica esencial del "libre mercado"
en nuestros tiempos y en nuestros países ("quien trabaja más y se queda
hasta más tarde es el mejor empleado"), sin que la sociedad se interese en
poner límites, sin que se piense en la persona humana, sus espacios personales
y sus familias.
Recuerdo la historia de una paciente joven a quien la
identificación con la empresa en la que trabajaba la había llevado a,
literalmente, vestir la camiseta de su empresa para dormir y cuyo jefe de
personal le decía que no tenía vida propia, sólo la que sobraba después de las
horas de trabajo.
Otras veces las exigencias nos las imponemos nosotros
mismos, y sacrificamos conscientemente (o, peor, inconscientemente) esos
momentos, porque queremos brillar o lucir o "llegar"; lo de las metas
autoimpuestas son relativos modelados socialmente también, una señal
característica de estos días; lo peor es que después pagaremos las cuentas y
que éstas pueden ser dolorosas, porque nos vendrán desde el lado más profundo
del corazón.
Pero, ¿cuáles son las consecuencias?
De hecho, hay muchas respuestas posibles, pero me gustaría
plantear un borrador de algunas y de cómo afectan a nuestros niños, que es una
forma de afectarnos a nosotros mismos.
Como consecuencia de la ausencia física y mental, que
el trabajo promueve en bien de la empresa y de la libertad del mercado, la
mayoría no puede elegir y contribuye a que cada vez se dé con mayor frecuencia
una suerte de deprivación intrafamiliar, de carencias aparentemente no
evidentes.
Entonces podemos decir: ¿qué se pierde?, ¿qué se
frustra?... Pues lo más significativo se da en el desarrollo del afecto y de
los sentimientos, aquella parte de nuestra personalidad, básica para
estructurar lo cognitivo y lo social. Y las consecuencias crean desórdenes.
Hasta hace unos pocos años, los "desórdenes
psiquiátricos" del niño eran un tema poco considerable, y, dentro de
ellos, el autismo era casi una rareza; desde hace algunos años, y sin tener
ningún resultado sistematizado o analizado estadísticamente, con un mínimo de
observación crítica se puede llegar a descubrir que aquello que parecía
excepcional se vuelve más común o tal vez más evidente. Y no es que se trate de
una epidemia o una fantasía de observación: es que todo cambia y ciertas
consecuencias comenzamos a sufrirlas en una sociedad y una cultura del
deterioro como la nuestra.
Una experta mundial en el tema, la doctora Isabelle
Rapin, plantea que el autismo es un problema de la conducta con diferentes
grados de severidad y causas de diferentes orígenes, y que no debe ser visto
como una enfermedad sino como un desorden; sus características son las
dificultades de socialización, del desarrollo del lenguaje y un rango
restringido de intereses. Entonces surge la idea de pensar en el niño con
"autismo social", en aquel que no puede recibir lo mínimo necesario,
que no dispone de afectos, que está incapacitado para crecer con fundamentos
afectivos y que no podrá después crecer intelectualmente y asumir una
responsabilidad social. Quizá se podría encontrar una pista entre este sistema
y los desórdenes mentales de los niños.
Es probable que a algún psiquiatra le resulte
superficial o grotesco el concepto manejado de autismo, pero las definiciones
cambian sobre todo cuando se relacionan con las circunstancias sociales y no
sólo con los textos o manuales. Un niño deprivado, el hijo de una pareja que lo
deja en manos de personas no vinculadas afectivamente a él, el niño que crece
sin que lo ayuden a definir límites y sin demostraciones de afecto, todos son
algo más que una simple definición; son más bien un concepto que debe ser
analizado, ya que las consecuencias de nuestro error no hacen sino perpetuar la
condición a lo largo del tiempo y a pesar de la experiencia vivida.
Pensemos entonces que, más allá de la justísima lucha por un país en
democracia, la lucha contra el autoritarismo y la actitud de bárbara
prepotencia, la lucha por los derechos humanos, existe también la necesidad de
luchar desde dentro, desde nosotros mismos, de considerar el valor del tiempo y
la compañía, y perseguir la idea de que el trabajo está sobre todo y antes que
todo, especialmente si se utiliza exclusivamente como herramienta de
dependencia y dominación personal. Para no seguir modelando niños sacrificados
por el sistema, aislados en su mundo y que han perdido rasgos y razones
esenciales del ser humano, pensemos en satisfacer necesidades que sólo tienen
un tiempo y un lugar.
Infancia y discapacidad
Lucía Claux de Tola
Me pidieron escribir sobre mi experiencia de más de
20 años de trabajo con personas con discapacidad, especialmente con niños.
Antes que nada debo confesar que no soy profesional de la salud; esto me hizo
dudar acerca de la autoridad que podía yo tener para escribir sobre el tema.
Sin embargo, como el pedido fue el de hablar de mi experiencia desde una
perspectiva humana y vivencial, me lanzo sin más a compartirla.
Dice el diccionario que experiencia es el
conocimiento que se adquiere gracias a la práctica y a la observación. ¿Qué he
conocido, pues, en estos años de trabajo con esta población, especialmente con
los niños con discapacidad? ¿Qué he observado? ¿Qué he vivido?
He observado que hay un desconocimiento (con escasas
excepciones) muy grande acerca de la discapacidad, de cómo abordarla, de cómo
interactuar con las personas discapacitadas.
He comprobado que hay poco interés del Estado y de la
comunidad por el tema. No se conoce cuántos niños con discapacidad hay, cuáles
son las patologías, qué cobertura de atención se da. No se trabaja en la
prevención suficientemente; no se tiene conciencia de cuán expuestos están los
niños, sobre todo aquellos de bajo nivel socioeconómico, a desarrollar una
discapacidad. Las precarias condiciones de vida, la falta de atención a la
madre gestante, la desnutrición, la falta de estimulación, etcétera, etcétera,
contribuyen a que haya un porcentaje importante de niños con alto riesgo.
He visto que hay pocas oportunidades de
rehabilitación para los niños con una discapacidad en el Perú; que los
servicios en salud y en educación son insuficientes y deficientes; que la
accesibilidad es casi nula y que la comunidad es indiferente.
He comprobado que muchas veces los niños deben vivir
en condiciones deplorables que en nada se condicen con lo enunciado, por
ejemplo, en la Convención sobre los Derechos del Niño de la ONU, suscrita por
191 países, entre ellos el Perú, y que dice, en su artículo 23:
"Los Estados Partes reconocen que el niño mental
o físicamente impedido deberá disfrutar de una vida plena y decente en
condiciones que aseguren su dignidad, le permitan llegar a bastarse a sí mismos
y faciliten la participación activa del niño en la comunidad. Los Estados
Partes reconocen el derecho del niño impedido a recibir cuidados
especiales...".
La asistencia –continúa la declaración– "...
estará destinada a asegurar que el niño impedido tenga un acceso efectivo a la
educación, la capacitación, los servicios sanitarios, los servicios de
rehabilitación, la preparación para el empleo y las oportunidades de
esparcimiento, y reciba tales servicios con el objeto de que el niño logre la
integración social y el desarrollo individual, incluido su desarrollo cultural
y espiritual, en la máxima medida posible...".
¿Quién es responsable, me pregunto, de que la
suscripción de esta Declaración resulte una actitud lírica? ¿Por qué no se
cumplen las leyes? ¿Por qué no se respetan los derechos? Se trata de niños
indefensos, dependientes de los adultos; ¿qué será de ellos?, ¿cuál será su
destino? Las personas que tienen poder e influencia, ¿por qué no hacen algo
para cambiar esta realidad? Me falta todavía conocer, para comprender, por qué
nuestros gobiernos no muestran interés por esta porción de peruanos que,
necesitando mayor apoyo que el resto, reciben menos. Parecería que no es una
cuestión política, tampoco económica. ¿Será quizá una cuestión social? Si así
fuera, no sería una cuestión social sino un error social. Me pregunto, ¿qué
entendemos algunos hombres por responsabilidad social? ¿Y por justicia social?
¿Cómo es posible que el nivel de dependencia de estos
niños no rete más nuestro compromiso, su mundo no nos interpele, su fragilidad
y vulnerabilidad no nos asuste? ¿Cómo es que su quietud nos conmueve tan poco,
su aceptación no nos enternece, su inocencia no despierta mayor amor? ¿Por qué
su confianza y esperanza en nosotros no fortalece más intensamente nuestra
voluntad para acompañarlos en su camino?
Pero junto a esto, he observado que hay en el niño, e
inclusive en el adulto con discapacidad, una enorme capacidad de amor y
comprensión; una enorme capacidad de sobrellevar sus dificultades y perdonar
las indiferencias.
He vivido la maravillosa experiencia de trabajar
uniendo fuerzas y sentimientos; de contar con el respaldo solidario de miles de
personas y de empresas que han entendido que trabajar por el desarrollo del
país es trabajar por el bien común, prestando mayor atención al más débil y al
que más la necesita.
He sido testigo de la acción de espíritus solidarios,
cuyos compromisos fueron ocasión para replantear nuestro propio compromiso y
cuyo impulso ha desencadenado grandes cruzadas de solidaridad que han dado
frutos maravillosos.
He comprobado que existe Dios, que es amigo y
Verdadero Compañero, que no cambia situaciones a costa de violar la libertad
humana, sino que fortalece, acompaña, compensa.
En otro orden de cosas, he comprobado que la mejor
rehabilitación y el mayor desarrollo del niño se dan cuando se realiza un
trabajo de equipo en el que cada persona involucrada aporta desde su posición o
especialidad, en una perspectiva integral e integradora. En este sentido, la
participación de la familia es indispensable en todo el proceso.
He comprobado que la familia del niño con
discapacidad requiere de apoyo, orientación y compañía, desde el primer
momento; la aceptación de la familia es crucial para la propia aceptación del
niño, y ambas son indispensables pra lograr avances en su proceso de
rehabilitación.
He aprendido que es importante estar más atento a lo
que el niño pueda hacer y no a lo que no pueda hacer. He visto a familias
enteras "bloquearse" y quedar atrapadas en el lamento de lo que su
niño no puede hacer y perder de vista sus potencialidades, frustrando las
expectativas del propio niño y frenando su desarrollo.
He aprendido que no es necesario hablar tanto del niño cuanto con el niño, para conocer mejor sus
necesidades y posibilidades; que aun siendo diferente, tiene la misma necesidad
de ser amado, respetado y apreciado y que debe recibir la misma oportunidad que
se le da a todos los niños para aprender y desarrollarse, independientemente de
su habilidad funcional, aunque considerando sus adaptaciones especiales.
He observado que muchas veces los adultos somos más
prejuiciosos y obstaculizadores que los mismos niños, y que la autoestima de
éstos es valiosísima para una mejor evolución del proceso de rehabilitación. He
visto muchas veces a jóvenes con discapacidad terminar contribuyendo más al
sostenimiento de su hogar que otros miembros de su familia.
He aprendido que los miembros de la comunidad podemos
contribuir de manera simple aunque importante en aciones que para el niño son
de gran impacto: una mirada, una sonrisa, la acogida amorosa.
He observado que no se deben hacer pronósticos. Un
diagnóstico es necesario y útil; pero desde el punto de vista de la
preocupación por el desarrollo funcional no se pueden hacer proyecciones, porque
generalmente son especulaciones. En este sentido, he visto caer más en el
fracaso de un pronóstico negativo que de uno positivo. Parecería que no se
cuenta con el poder del espíritu humano, con el poder de la voluntad y del
amor; he visto obtener con ellos resultados impredecibles para la ciencia.
He observado que estos niños, a modo de balance
compensatorio, desarrollan muchas habilidades como la música y el teatro, y
muchas veces destacan en el deporte. Lo importante es que sean felices.
Finalmente, la felicidad no está en proporción directa a cuántas cosas se ganan
o se deben hacer; tampoco está en relación con la apariencia o constitución
física. ¿Quién ha dicho que para ser feliz se requiere necesariamente y sólo de
lo físico o lo material? Si hacemos un esfuerzo por recordar los momentos
felices de nuestra vida, seguramente un porcentaje no pequeño habrá tenido como
causa situaciones que no tienen nada que ver con lo material.
Por último, he observado que hay un desconocimiento
generalizado, que bien podría ser desinterés (con escasas excepciones), acerca
de la realidad del ser humano. Se pone toda la atención en la recuperación del
niño desde una perspectiva físico-material. ¿En qué situación quedan aquellos
niños con problemas severos y de pocas posibilidades de recuperación? Si sólo
se plantean objetivos desde un enfoque físico-funcional, ¿qué se puede esperar
para estos niños? Y ellos mismos, ¿qué pueden esperar de bueno del mundo y de
sus semejantes?
A modo de disculpa, se dice que "ellos no se dan
cuenta; luego, qué importa". ¡Craso error! Con más frecuencia de lo que se
cree, muchos de estos niños tienen un nivel de conciencia e incluso un nivel
intelectual desconocido para los que los rodean, simplemente por su incapacidad
para comunicarse. Por otro lado, esta actitud no hace sino evidenciar el
absoluto desconocimiento de la realidad del hombre, la que abarca no sólo un
nivel físico sino también uno psicosocial y uno espiritual. Pueden haberse
dañado sus funciones físicas, pero eso no implica necesariamente que también
los otros niveles estén comprometidos.
Pienso que la raíz de la discriminación de la persona
con discapacidad está en la forma actual de ver el mundo. Vivimos en una
sociedad dominada por el materialismo, en la que el hacer y el tener priman
sobre el ser; importa no lo que somos, sino cuánto rendimos, cuánto producimos
o cuánto tenemos. Vivimos en una sociedad que se mueve con criterios de
eficiencia, productividad, rendimiento, en la que, como es natural, la persona
con discapacidad es mirada con cierto desprecio por cuanto no está a la altura
de las expectativas productivas que se tiene del resto de personas.
Aunque no sea por una correcta concepción del hombre
y su mundo, sino por simple razón de justicia, los miembros de la sociedad
tenemos la responsabilidad y el deber de evitar vivir al margen de otros seres
humanos que reclaman para sí los mismos derechos que nosotros.
No es una dosis mayor de bondad o filantropía con
respecto a los demás lo que debe llevarnos a luchar por vencer la
discriminación o prejuicios en torno a las personas con discapacidad; es una
cuestión de responsabilidad; una obligación; en última instancia, un DEBER que
tenemos todos por el simple hecho de vivir en comunidad, por simple razón de
justicia.
Ciertamente, es un camino solitario el que tienen todavía que recorrer
muchas veces los niños con discapacidad y sus familias. Nuestro consuelo es
comprobar que esta situación los lleva a elevarse a realidades que pocas veces
el espíritu humano alcanza. No me cabe duda de que allí ellos encuentran un
nivel de felicidad que tampoco es frecuente que el ser humano alcance.
Viejos
problemas y nuevas epidemias
El reto de la transición de Salud en el Perú
Enrique Jacoby
No hemos terminado de saldar cuentas con la mortalidad
infantil causada por diarrea y neumonía, cuando enfermedades crónicas que hace
20 años hubiéramos calificado de "cosas del futuro" y hasta
"símbolo de status"
ya están hoy masivamente entre nosotros, sin respetar nivel social ni color de
piel. En este artículo examinamos esta situación y los retos que plantea a
nuestra salud pública.
La rápida urbanización y el crecimiento económico del
Perú de los últimos 30 años han traído consigo enormes cambios demográficos y
de salud. Entre los primeros, una rápida caída de la fertilidad y la
mortalidad, especialmente de los niños. La conocida pirámide poblacional de
ancha base está pasando a acortarse en la base (menos niños) y a ensancharse en
la punta (más adultos y viejos). Por ejemplo, la tasa de fecundidad de mujeres
entre 15 y 49 años ha pasado de 6 hijos en 1970 a 2,8 o menos en el 2000. Pero
subsisten diferencias importantes: un promedio de dos hijos entre mujeres con
educación superior y de siete entre las analfabetas. Al mismo tiempo, entre
1980 y 1996 la sobrevivencia de los niños se ha incrementado en una magnitud de
53% y 37% para zonas urbanas y rurales respectivamente (ENDES 1996). No menos
dramático es el hecho de que el promedio de vida al nacer de estos nuevos
compatriotas ha pasado de 56 a 69 años entre 1970 y el 2000.
Hoy, 70% de peruanos reside en áreas urbanas, y esto
ha introducido enormes cambios en su perfil de salud. Cambios para bien y para
mal. Por ejemplo, vivimos más aunque no necesariamente mejor. Muchos más
alcanzan a comer para mitigar la urgencia del hambre, pero esa alimentación con
exceso de carbohidratos y grasa también promueve obesidad y numerosas
enfermedades crónicas. La ciudad también nos libra del cotidiano y extenuante
esfuerzo físico de la vida en el campo. Y nos ofrece la televisión, hoy
convertida en el medio informativo y de entretenimiento más consumido.
Ventajas, las anteriores, que empequeñecen frente al sedentarismo que acarrean
y sus secuelas de enfermedad.
Como reza el dicho, "La carne sale con
hueso". La longevidad
ganada se encuentra plagada de enfermedades crónicas de larga evolución e
incapacitantes, que menoscaban la calidad de vida y la función social y
productiva de las personas.
Información proveniente del Banco Mundial nos ayuda a
ver en perspectiva la magnitud de los cambios poblacionales a los que hoy
asistimos. En América Latina la población de menores de 4 años experimentará,
entre 1985 y el 2020, un crecimiento de 4% (en África será del 70%), mientras
el crecimiento de la población de jóvenes adultos y personas en la tercera edad
será del 80 y 120% respectivamente. De manera paralela, la mortalidad de los
menores de 5 años experimentará un descenso
de 70%, pero las muertes entre los adultos ascenderán en 100%. En el Perú, el INEI ha estimado cambios muy
similares a los descritos para toda la región.
De acuerdo con estimaciones del mismo Banco Mundial,
los varones en países en desarrollo que llegan a los 15 años tienen una
posibilidad de entre 25 y 50% de morir antes de cumplir los 60 años, mientras en
los países industrializados esa probabilidad es de aproximadamente 12% (Feachem
1997). No es difícil imaginar que la demanda que esta realidad impone sobre los
servicios de salud es formidable. Pero además constituye un problema económico
previsible para sus familias y la sociedad: en América Latina cada adulto
tiene, en promedio, 0,78 dependientes, y al enfermar o morir traslada
automáticamente esa responsabilidad a una persona cercana.
La desnutrición aguda, reflejada en emaciación y pérdida
de peso, tiene muy baja prevalencia en el país: llega a ser inferior al 2%,
tanto para adultos como entre los niños, además de estar confinada a zonas
rurales de sierra y selva bastante precisas. En las ciudades, la desnutrición
aguda es casi inexistente. Más bien aquí, debido a una relativa mayor
suficiencia y variedad en la dieta, así como al predominio de grasas saturadas,
azúcares y productos refinados en nuestras comidas, el sobrepeso y la obesidad
se están abriendo paso. El fenómeno es bastante generalizado y típico en muchos
países de América Latina, y mucho más notable entre los sectores de menores
ingresos (OPS 1996).
En el Perú, la encuesta de demografía y salud, ENDES
1992, muestra que el sobrepeso y la obesidad1 alcanzaba
a 30% de las mujeres adultas. Cuatro años después, una encuesta similar
identificó un incremento de 14 puntos porcentuales respecto a 1992. En una
encuesta reciente realizada en cinco ciudades del Perú nos hemos topado con que
entre adultos, hombres y mujeres, el sobrepeso y la obesidad alcanzan entre 30
y 50% de los sectores más pobres (OGE, información no pubicada), y esto es
probablemente un fenómeno generalizado en el país.
También entre los niños el panorama nutricional está
cambiando. El retraso de crecimiento de nuestros niños, un problema nutricional
que ha sido y es aún motivo de atención de salud de primer orden, ha
experimentado cambios importantes. En 1985, 40% de los menores de 5 años en el
Perú eran clasificados como desnutridos crónicos por no alcanzar la talla que
se espera para su edad2, mientras en
1996 su prevalencia descendió a 26%. Para los mismos años, la prevalencia de
obesidad3,
pasó de 3,7% a 6,4%. En
comparación, Chile tenía, en 1995, 2,4% de niños con retraso de crecimiento y
7,2% de niños obesos (OMS 1998). Esto parece indicar que nuestro vecino ha
dejado atrás uno de los dos problemas –desnutrición crónica–, mientras nosotros
aún cargamos con ambos.
El desarrollo de obesidad temprana no parece ser cosa
del azar. En el distrito de Comas comparamos a los hijos (menores de 12 años)
de padres obesos con niños sin padres obesos y encontramos que los primeros
tienen seis veces más riesgo de obesidad (Odds Ratio: 6,6; 95%CL = 2,6-16,4).
Cuando sólo la madre es obesa, ese riesgo es de 1,5, aunque el resultado no es
estadísticamente significativo. En la encuesta ENDES 1992, sin embargo,
identificamos que la prevalencia de obesidad es significativamente mayor entre
los menores de 5 años con madres obesas (10%) que entre hijos de mujeres con
peso normal (4,1%) (Jacoby y Sánchez-Griñán, datos sin publicar). Esta
información sugiere que ciertos hábitos de vida familiares, sin descartar
factores hereditarios, podrían estar actuando desde muy temprano, y en
consecuencia los riesgos del sobrepeso y enfermedades asociadas pueden ser
identificados en los estadios iniciales de la vida (Epstein 1996).
Acompañando estos hechos está el poderoso efecto del
sedentarismo. En Estados Unidos, William Dietz, director del Departamento de
Nutrición Infantil del Center for Disease Control de Atlanta, ha demostrado que
el tiempo que pasan los niños frente al televisor incrementa su riesgo de
desarrollar obesidad. De manera similar, en nuestra encuesta en Comas hemos
encontrado que el número de horas de TV al día está directa y significativamente
asociado a la obesidad de las mujeres (OGE, datos no publicados).
Conclusiones
El Perú cursa un rápido proceso de transición de
salud, precedido de importantes cambios demográficos como la caída de la
mortalidad infantil, la menor fertilidad y la mayor expectativa de vida de la
población adulta. Pero los años de vida ganados se ven amenazados por muerte
prematura y mala salud, causadas crecientemente por enfermedades no
transmisibles (ENT) que han dejado de ser exclusividad de la población de altos
ingresos para alcanzar a los estratos de menores ingresos. El sobrepeso y
obesidad, factores de riesgo para el desarrollo de al menos seis importantes
ENT, alcanzan una prevalencia entre 40 y 60% en diversas poblaciones pobres
urbanas. A estos nuevos problemas de salud se suman otros, como la elevada
mortalidad en las pistas del país, la drogadicción y malas condiciones
ambientales en ciudades como Lima y Arequipa. Se estima que los costos en vidas
humanas, incapacidad física y productividad originados por todos estos
problemas emergentes exceden hoy los atribuidos a la mortalidad infantil y
materna.
Sin duda, tareas inconclusas como una maternidad
segura, la sobrevivencia y desarrollo infantiles y el control de infecciones
como el sida, la tuberculosis y la malaria seguirán recibiendo atención aún en
el siguiente siglo, pero los nuevos problemas transicionales reclaman espacio
en la agenda de la salud pública del Perú.
Muchos de los nuevos problemas de salud no son
primariamente un asunto del "consultorio", y dado que sus raíces son
sociales, económicas, educacionales y conductuales, imponen la necesidad de
actuar en terrenos diferentes de los convencionales. En el pasado reciente, la
política de salud, concentrada casi en exclusividad en algunos recursos
tecnológicos sencillos (v.g.,
las sales de rehidratación oral, lactancia materna y vacunas, entre otros),
pudo contribuir a marcar la diferencia en términos de la mortalidad infantil,
pero esto ya no es suficiente hoy.
Una visión moderna de la salud pública precisa que ésta se arme de
todos los recursos para librar batallas en campos tan diversos como la
información, la educación en salud, el uso de la legislación, el desarrollo de
programas nutricionales efectivos, un uso inteligente del subsidio, el aliento
a la competencia y la concertación intersectorial. Por la complejidad de los
problemas de la salud y sus consecuencias para el desarrollo nacional, ella ha
devenido en un asunto de interés del Estado y reclama políticas públicas
coherentes y no sólo sectoriales.
Este texto será publicado en el libro de R. Cortez, editor: Salud, equidad y pobreza en el Perú: Teoría
y nuevas evidencias. Lima: Editorial de la Universidad del Pacífico,
2000.
1 Para definir el sobrepeso y la obesidad, la
OMS propone la utilización del índice de masa corporal (IMC) que se obtiene
dividiendo el peso (en kilos) entre la talla (en metros) elevada al cuadrado.
Una persona de 1,70 m de estatura y 80 kilos de peso tendrá un IMC de 27,7.
Valores entre 18,5 y 24 son considerados normales; entre 25 y 29 se trata de
sobrepeso, y valores encima de 30 hacen que la persona sea calificada como
obesa.
2 El retraso de crecimiento se define por
aquellos niños cuya estatura se sitúa debajo de –2 desviaciones estándar
comparados con la población de referencia de la OMS.
3 Obesidad en niños definida como aquellos
situados por arriba de +2 DE para el indicador peso para la talla, en
comparación con la población de referencia de la OMS.