¿Qué estamos pensando los limeños sobre las agresiones sexuales?

Carmen Ollé

La autora extrae y analiza alarmantes conclusiones de dos encuestas realizadas para DEMUS sobre agresión sexual.

 

"¿Quién mata a las jóvenes de Juárez?", reza un titular de la revista Newsweek dedicado a las obreras en los pueblos maquiladores de la frontera mexicana a propósito de una serie de asesinatos de mujeres pobres y bonitas. Es tal el peligro en las desiertas y polvorientas calles sin luz, que un ex agente del FBI experto en crímenes sexuales exclama: "ni siquiera armado caminaría por ellas". Otras bajas: prostitutas, bailarinas nudistas y drogadictas llevan a los grupos de mujeres organizados a pensar que podría ser una respuesta al nuevo papel y a la liberación de la mujer. Para Esther Chávez, por ejemplo, que preside el feminista Grupo 8 de Marzo, la violencia contra las mujeres se ha intensificado1.

¿Ha aumentado la violencia en la era posmoderna? Cuando se habla de la evolución de la violencia, el filósofo francés Gilles Lipovetsky distingue entre las violencias salvajes o la edad de oro de la venganza propia del universo primitivo donde nadie tiene el monopolio de la fuerza física, en la que incluso la deuda con los muertos y el código de sangre es el principio supremo para el todo social, y otra que se da en nuestros días en las sociedades democráticas avanzadas, de naturaleza hard, una violencia sin proyecto, que ejercen sobre todo los marginados culturales en sociedades profundamente controladas.

Del régimen de la barbarie en las sociedades estatales premodernas, en las que se sustituye la venganza privada por una justicia pública, al Estado moderno y la monopolización de la fuerza física legítima, hemos pasado por un proceso de civilización y suavización de las costumbres que debería traducirse en menos violencia y menos crueldad.

Sin embargo, la percepción es otra si se trata de violencia sexual. El mismo Lipovetsky parece aturdirse cuando se refiere a ella:

"En la mayoría de los países desarrollados se registra un número creciente de violaciones sin que se pueda determinar si ese aumento resulta de un incremento efectivo de agresiones sexuales o de una desculpabilización de las mujeres violadas que les permite declarar más fácilmente las violaciones sufridas: en Suecia, el número de violaciones ha aumentado en más de 100% en un cuarto de siglo; en los EUA su frecuencia se ha cuadruplicado entre 1957 y 1978. En contrapartida, desde hace un siglo, todo parece indicar una caída espectacular de la violencia sexual: la frecuencia de violaciones en Francia sería cinco veces inferior que durante los años 1870".

El crecimiento del número de violaciones corre paralelo –añade– con su relegación a una población finalmente muy circunscrita: los acusados proceden de grupos minoritarios de color y de cultura2. El autor adjudica el aumento relativo de la agresión sexual a la frustración cultural de los inmigrantes, árabes, latinos o negros.

En el Perú, con una democracia vunerable y tentadora para los apetitos caudillistas, parecería que nuestro proceso de personalización y humanización de las conductas es más lento. En una encuesta realizada por DEMUS –¿Qué estamos pensando los limeños sobre las agresiones sexuales? En dos momentos, 1997-1999–, las respuestas de los entrevistados no sólo revelan miedos, fobias, prejuicios, sino que inciden en el descontrol sexual masculino y su contraparte, la provocación en la mujer como el motivo principal de las agresiones sexuales.

"Sólo existe agresión sexual si la víctima sufre maltrato físico." Este es el sentir de las clases populares. En 1999, las respuestas espontáneas ratificaron esta caracterización. Para el 11,4%, la agresión sexual supone el uso de violencia física (maltrato físico: 6,3%; agresión física y sexual: 2,7%; violencia: 2,4%). Frente a la afirmación concreta que exige huellas físicas de maltrato en la violación, 44,6% estuvo de acuerdo. Al igual que en 1997, fueron los informantes pertenecientes a los sectores socioeconómicos más bajos (el E con 57,6% y el D con 55,1%) los que estuvieron mayoritariamente de acuerdo con dicha frase, así como los que tenían únicamente instrucción secundaria (50,1%).

Otro elemento que los encuestados creen consustancial a la agresión sexual es la penetración fálica. En 1997, 19,3% dijo que la primera existe sólo si se produce la segunda, principalmente los hombres (21%), los más jóvenes (30,3% de los de 14-17 años) y los de clase social baja inferior (28,2%). En la encuesta de 1999 este índice se incrementó a 31%, y quienes suscribieron esta opinión fueron sobre todo, nuevamente, los varones (38,5%), los más jóvenes (40%) y los del sector E.

La idea de que agresión sexual es lo mismo que violación sexual permanece en el imaginario de la población. El forzamiento y la transgresión de la voluntad de la otra persona está también presente en ambas encuestas, especialmente en la noción de violación sexual. Otras ideas vigentes y que además, transcurridos dos años, tienen un mayor número de adherentes, son la necesaria concurrencia de la violencia física y de la penetración fálica para que se constituya una agresión sexual.

La gran mayoría considera que la violación ocurre entre personas del mismo sexo. Para el 95,2%, la violación puede verificarse entre hombres, mientras que el 88,3% piensa que igualmente puede presentarse entre mujeres. La población adolescente mostró en la primera modalidad un nivel de aceptación ligeramente menor (89,5%). En el caso de la segunda modalidad, las mujeres son las más reacias a aceptar la posibilidad de violación entre personas de sexo femenino (84,3% de mujeres frente a 92,3% de varones). Los encuestados de la clase social media/alta consintieron un poco menos en esta afirmación (81,6%).

El pensar que pueden presentarse casos de violación sexual de una mujer por otra trae importantes consecuencias: significa la aceptación implícita de la posibilidad de sostener relaciones sexuales sin penetración del miembro viril, lo que favorecería una interpretación jurídica de la expresión "acto sexual u otro análogo" usado por el Código Penal para tipificar el delito de violación sexual, en el sentido de que no es tal únicamente la cópula vaginal o anal, heterosexual u homosexual, respectivamente.

Causas de las agresiones sexuales

En la encuesta de 1997 los informantes mencionaron alguna vez (sea como primera, segunda o tercera alusión) que las causas de las agresiones sexuales son la pobreza e ignorancia (46,7%), los traumas psicológicos (46,5%), los desnudos en los periódicos (43,2%), los programas eróticos en TV (40,9%), la falta de enseñanza u orientación (25,7%), los vestidos provocativos (25,6%), el mayor deseo sexual masculino (23,8%), entre otras. Sus respuestas revelan la trascendencia de los factores educativos, formativos y de valores, en particular para las mujeres (23% frente al 15,3% de los varones) y para los más adultos (22% frente al 15,8% de los adolescentes de 14 a 17 años).

En 1999 el primer lugar lo ocupan los transtornos psicológicos (51%), y la pobreza e ignorancia (41,5%) el segundo. En orden de importancia aparece en tercer lugar el papel de los medios de comunicación (las revistas y periódicos, según el 32,1%, y la televisión, según el 31,8%). El hecho de que las mujeres se vistan provocativamente (25,1%) y que los hombres tengan más deseo sexual, que no pueden controlar (21,7%), influyen en el momento de explicar la violencia sexual.

La ignorancia, al igual que la pobreza, fue señalada como motor desencadenante de las agresiones sexuales principalmente por los segmentos socioeconómicos A y B, consecuencia del extendido prejuicio que tiende a atribuir conductas delictivas a los grupos socialmente marginalizados. Sus respuestas coinciden con la ya mencionada tesis de Lipovetsky acerca de la frustración cultural de los inmigrantes, por ejemplo.

Esta causa fue señalada sobre todo por gente del sector social alto/medio alto (30,6%) y por aquellos que cuentan con instrucción universitaria (27,1%).

En cuanto al transtorno psicológico, la mayoría de la gente (72,7%) piensa que es irreversible en los agresores sexuales, que éstos no pueden ser rehabilitados, y que el tratamiento psicológico no es suficiente.

También es cierto que junto a los transtornos psicológicos (25,1%) y, en segundo término, la ignorancia (20,7%), una libido masculina a flor de piel es, según los entrevistados, un factor a tener en cuenta: las menciones a un deseo sexual masculino incontrolable y al uso de vestimentas provocativas por las mujeres suman 17,1%. Esta última se corresponde con la idea de que son las mujeres las que deben contener la impulsividad masculina y evitar "exponerse" a ella; por ejemplo, renunciando a vestirse provocativamente. La difusión de desnudos femeninos en la prensa escrita y en los programas eróticos proyectados por la televisión suma 16,4%, siendo más importantes para los adolescentes (19%) y menos para los que cuentan con instrucción universitaria (12,9%).

Los "traumas" que originan el transtorno psicológico en el agresor se atribuyen a diversos maltratos sufridos en carne propia, incluyendo violencia sexual. Para muestra, algunos testimonios:

–También es por la poca estima que se siente por uno mismo; si yo pienso que no voy a poder convencer por las buenas a una mujer, entonces la fuerzo.

(Varones, 26 a 40 años, medio típico.)

–Los medios de comunicación tienen mucho que ver, porque hay un bombardeo de cosas sobre sexo, y eso afecta más a la gente de menores recursos que son ignorantes y, como están con esos estímulos, están más propensos a ser agresores.

(Varones, 19 a 25 años, medio típico.)

Identificando situaciones de agresión sexual y violación

El acoso sexual en el centro de labores y de estudios se identifica como agresión sexual en un elevado porcentaje en ambas encuestas. Otra situación percibida como agresión por un grupo importante de encuestados es el exhibicionismo: aun cuando no haya tocamiento ni acercamiento físico alguno, se trata de una conducta altamente rechazada por la población.

Tocar a una mujer en el micro sería considerada una acción más agresiva por un porcentaje mayor de entrevistados (90,5% en 1997 y 93% en 1999) que manosear a la chica "fácil" del barrio (84,7% en la primera encuesta y 82,4% en la segunda). Al respecto, sin embargo, se registran niveles de ambigüedad en los participantes según su estrato socioeconómico:

–Si estás en el ómnibus y pasas y tocas de casualidad, normal nomás.

–Sí es agresión, porque le está tocando su poto.

–No es agresión, sino una pendejada.

–Si fuera "hombre-niña" sí es agresión; si es "hombre-mujer" no es nada.

–No me parece agresión, porque a veces es bueno dejarse llevar, ¿no?

–Claro, a ver qué pasa si la chica atraca.

(Varones, 19 a 25 años, medio típico.)

–No es agresión, porque si es "fácil" ya nomás.

–Sí es agresión, porque por más que sea "fácil", si es sin su consentimiento, la están agrediendo.

(Varones, 26 a 40 años, medio ascendente.)

Las expectativas sentimentales de las adolescentes y sus metas e ideales románticos tienen que ver con que la falsa promesa matrimonial sea considerada por las mujeres, entre 14 a menos de 18 años, como agresión sexual (58,3% frente a 48,3% de los varones en la encuesta de 1997 y 72,7% frente a 63,1% en la de 1999). El tipo legal denominado "delito de seducción" es legitimado como conducta delictiva por un número importante de personas, opinión que al parecer se incrementó con el transcurso del tiempo.

Otra conducta que parece fuertemente arraigada en el imaginario colectivo como figura sexualmente agresiva, a pesar de no estar prevista por la ley penal, es la de las agresiones verbales.

La pareja no puede imponer relaciones sexuales, pero...

Cerca de 90% –es decir, la gran mayoría de personas– cree que la cópula conyugal forzada constituye una agresión sexual. La idea de que la pareja tiene derecho a exigir o imponer relaciones sexuales no es al parecer admitida, de modo que de producirse dicha imposición se configuraría una conducta sexual ilícita.

En 1997, el "débito sexual" como una obligación marital "normal" fue rechazado por 84,2% entre los sectores socioeconómicos altos y medio/altos (98%), así como por los de instrucción universitaria (92,4%).

En dicha encuesta 91,5% opinó que constituye violación el caso de un "hombre que obliga a su esposa a tener relaciones sexuales bajo amenaza de abandonar el hogar". El supuesto del "esposo borracho que exige a su mujer tener relaciones sexuales" fue contestado por 87,3% de la población en el sentido de que configura un acto sexualmente agresivo, opinión suscrita sobre todo por el sector femenino (90% frente a 84,7% masculino), pero en algunos casos varias participantes de nivel socioeconómico bajo se mostraron mucho más tolerantes ante esta circunstancia, con ánimo de "proteger" a la pareja, negando la agresión cuando no concurre violencia física. Y el argumento más importante es que los hombres tienen un mayor impulso sexual:

–Uno tiene que disculparlos, porque hay hombres bien ardientes.

–Sí, a veces se ponen como salvajes.

–Sí, pero uno debe olvidarse de todo el cansancio y atenderlo cuando viene con su necesidad.

–Sí, claro, porque si no se va a buscar por otro lado.

De hecho, esta conducta sigue siendo tolerada por 42,3% de los encuestados, quienes no denunciarían la violación sexual cometida por la pareja, siendo los de sectores altos y medio/altos (69,4%) y los de instrucción universitaria (54,7%) quienes más se negarían a hacerlo.

Sexualidad: masculina/femenina

Existe un conjunto de ideas e imágenes diseñadas por los encuestados en torno a sexualidad masculina y femenina, como por ejemplo la del presunto/supuesto mayor impulso sexual masculino, el cual se estimularía fácilmente por factores externos como el uso de vestimenta femenina provocativa. Se asume que las mujeres tienen menos deseo sexual y un deber de contención de la libido masculina. La misión de las mujeres sería la de evitar el desborde varonil y cuidarse de incurrir en actos de "provocación". De las respuestas obtenidas, el caso de la "mujer con ropa provocativa" recibió 88,2% de menciones como situación que favorece los ataques sexuales. Una alta votación alcanzó también la situación de una "mujer caminando sola por una calle oscura" (86,5%); "acudir a fiestas" (10,5%); "frecuentar lugares peligrosos" (8,3%); "las mujeres liberales" (5,4%); "las mujeres que beben licor" (4,2%); "estar en la calle" (3,2%), son otras circunstancias agravantes. En la segunda encuesta, un porcentaje importante de entrevistados consideró que la mayoría de las víctimas propició dichas agresiones por trabajar fuera de su casa (74,5%), vestirse provocativamente (63,1%), dar muchas alas a los hombres (61,%) o ser liberadas (52,6%), ideas que cunden especialmente entre los sectores bajos y de escasa instrucción. No es difícil darse cuenta de que estas respuestas adjudican a las mujeres que incurren en estos actos parte de la responsabilidad, además de hacer evidente la división explícita o implícita de la población en mujeres "decentes" o recatadas y mujeres liberales o "indecentes".

Las mujeres también hicieron público su punto de vista desde su posición sexualmente recatada al afirmar, por ejemplo:

–Tiene que ser sexo normal; nada de sexo anal ni oral ni esas cosas.

–Sí, yo creo que esas otras cosas son más para maricones.

(Mujeres, 19 a 25 años, bajo inferior.)

Poner atención en las valoraciones de la población puede contribuir a dotar de contenido ciertos conceptos o fórmulas legales susceptibles de interpretación.

Afirmar que la violencia sexual contra la mujer es una respuesta a su nuevo papel en la sociedad explica sólo parcialmente el problema. Los prejuicios y la represión sexual hacen su parte, debido a la desinformación que existe sobre el tema entre la población menos pudiente, sobre todo porque en nuestro país hay pocos espacios para hablar de sexo con libertad y solvencia científica sin que aparezca la burla o la chacota.

Carmen Ollé es escritora.

1  Brant, Martha: "La frontera más lejana", en Newsweek, 21 de octubre de 1998, p. 39.

2          Lipovetsky, Gilles: La era del vacío. Barcelona: Anagrama, 1998, p. 202.