¿Quién es la verdadera Lori?
José Luis Rénique, historiador peruano, actualmente
profesor de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, nos presenta
"otras" lecturas del caso Lori Berenson.
José Luis Rénique
Contada así, la historia no deja de
despertar simpatía. La alumna brillante del exclusivo Massachussets Institute
of Technology (MIT), altruista y comprometida, interesada por los desposeídos
latinoamericanos, fue encarcelada cinco años en el techo del mundo, muriendo en
vida casi, tras un juicio sin el menor viso de legalidad.
Están los amigos, además, prestos
siempre a atestiguar sobre sus buenas intenciones, y los atribulados padres
declarando una y otra vez a la prensa, apareciendo en los más difundidos talk-shows norteamericanos, incluido
el de la famosa Ophra Winfrey: ¿cómo es posible que si hasta un primer ministro
peruano (Javier Valle Riestra) reconoció la inocencia de nuestra hija, ella no
haya sido todavía liberada? Hasta Noam Chomski, su profesor en el MIT, y Jesse
Jackson, ambos connotadísimos representantes del mundo "progresista"
estadounidense, se han pronunciado en su favor. Para la izquierda manhattiana,
es una indudable heroína; para el nuevayorquino más o menos informado, lo de
Lori es, a todas luces, un caso de inexplicable injusticia.
Desde el otro lado, la imagen es
la perfecta contraparte: la gringa "ultra" vinculada a la subversión,
de cuya culpa pocos han querido dudar desde que apareció ante las cámaras de la
televisión nacional desafiante y rabiosa, vociferando la justeza de una causa
para entonces en el más oscuro descrédito. Es verdad que su juicio fue una
farsa y que recibió una pena desproporcionada –como lo ha afirmado Fernando
Rospigliosi–. Hay, sin embargo, "pocas dudas de su culpabilidad".
Ingenua y trágicamente desatinada, en el mejor de los casos; víctima, jamás.
Esa parece ser la visión de ella en el Perú.
¿Cuál de las dos es, entonces, la
verdadera Lori? Un artículo publicado en The
Nation (setiembre 4-11 del 2000), viejo vocero de la izquierda local,
intenta desmadejar el nudo. Cuenta para ello con una fuente sorprendente: el
atestado preparado por la DINCOTE para sustentar la acusación contra la
Berenson, que contiene, entre otras cosas, la transcripción de su
interrogatorio. A este documento, aseguran Jonathan Levi y Liz Mineo –autores
del artículo–, ni siquiera sus abogados han tenido acceso.
La DINCOTE vincula a Lori con el
aparato emerretista principalmente a partir del testimonio del panameño
Pacífico Castrellón, con quien llegó al Perú en noviembre de 1994. Al ser
preguntada si conocía al dirigente de esa organización armada Enrique Rincón,
Berenson habría respondido que, efectivamente, lo había visto en la casa de La
Molina que ella y Castrellón habrían alquilado a nombre del MRTA, que sabía que
éste estaba vinculado a dicha organización pero que no conocía su nombre, pues
lo llamaba simplemente "compañero". Y del MRTA dijo que sólo conocía
el significado de la sigla. Un mes después de esta declaración, no obstante, al
ser presentada a la prensa, Berenson aseveraría a gritos su convicción de que
el MRTA era un movimiento revolucionario y no una organización terrorista.
La información que estos
documentos proveen, observan Levi y Mineo, pone en aprietos a quienes demandan
la libertad inmediata de Lori. ¿No tendría acaso que responder por su
vinculación con una organización terrorista? Ya los padres de la prisionera se
han encargado de sustentar la falsedad de la información contenida en el
atestado, aunque, según Levi y Mineo, Grimaldo Achahui –hasta hace poco abogado
defensor de la Berenson y que estuvo presente en el interrogatorio a que ésta
fue sometido– avala la autenticidad de la transcripción. El problema, asevera The Nation, es que a partir de esa
información se la quiso presentar como dirigente del MRTA; peor aún: como
agente del "terrorismo internacional". Y es que, como el mencionado
artículo revela, aparte de las numerosas deficiencias de la investigación del
caso, menudearon una serie de presiones.
El propio jefe de la DINCOTE,
general Carlos Domínguez, enfrentaba por aquellos días severos cuestionamientos
a raíz de la revelación de que ocupaba un lujoso departamento confiscado a un
"narco". El deseo de limpiar su reputación habría acelerado la
operación en torno de la casa de La Molina, donde el 30 de noviembre de 1995
cayó Enrique Rincón luego de una intensa balacera. Ese día Rincón había sido
detectado en una operación de rutina. Fue seguido hasta la casa de La Molina,
donde llegó en un vehículo conducido por Castrellón. Unas horas después el
mismo conductor abandonó la residencia con la Berenson al lado. Fue su primera
aparición en el radar de la DINCOTE.
Berenson y Castrellón fueron
detenidos en el transcurso de la tarde, y con la caída de la noche comenzó el
ataque a la residencia. La metamorfosis de Lori, que la hizo ir de
"pantalla" a "dirigente", había comenzado a desenvolverse.
"Había –según manifiesta el general PNP Benedicto Jiménez– una tremenda
presión política en ese caso, presión que no existía cuando yo estaba
persiguiendo a Guzmán." Así, un año después, cuando Domínguez era rehén
del MRTA en la casa del embajador del Japón en Lima, Néstor Cerpa le habría
dicho: "General, si usted hubiese esperado dos días más, nos hubiera
arrestado a todos los que estamos aquí".
Muy lejos estaba la graduada del
MIT de saber sobre qué tipo de avispero revoloteaba su búsqueda
político-existencial. Que el fin de una época, más aún, estaba a punto de
caerle encima.
En 1994 andaba ella a la búsqueda
del sueño interrumpido en Nicaragua y El Salvador, donde había vivido a fines
de los 80. Entonces tenía 24 años. Eligió el Perú. Se encontró ahí con una
guerra en la que, hacía rato ya, la vesania había minado al ideal. Se encontró,
peor aún, con una compleja situación política que incluso muchos peruanos no
llegaban a comprender: guerrilleros erigidos en victimarios de dirigentes
populares, un creciente consenso –que recorría toda la pirámide social– en
contra de la guerra. Una situación en la que ella misma terminaría siendo
inusitada ficha de negociación: ayer línea en la arena dividiendo a
"verdaderos patriotas" de "pro subversivos", hoy símbolo de
la "democratización" en curso.
Jesse Jackson dice que intentará
convencer a Fujimori de las ventajas de dejarla libre. Forzosamente
familiarizados con el Perú, sus padres dudan de que un nuevo juicio sea
suficiente. Su libertad inmediata, sostienen, es lo que corresponde. Difícil
para ellos entender cómo fue que su hija cayó por una grieta de la historia en
un país de heladas punas y autoridades tropicales.