Partidos políticos:    ¿qué se necesita?

Parece que el péndulo está de vuelta: de una racha antipartidos (provocada en parte por méritos propios pero en parte también por una satanización interesada), hoy comienzan a valorarse nuevamente las ventajas de un sistema de partidos. De ahí la idea de un especial sobre partidos políticos, que presentaremos en esta edición y en la siguiente. Buscamos responder tres niveles de preguntas:

1. ¿Qué fue, finalmente, lo que provocó en el Perú la crisis de los partidos?

2. ¿Cuáles son las condiciones que favorecerían el surgimiento o la consolidación de partidos políticos?

3. ¿Cuál puede y debe ser el perfil de un partido político hoy en el Perú?

El especial se inicia con la primera parte de un conversatorio en el que personas que han participado o participan de experiencias partidarias analizan las verdaderas razones de la crisis de los partidos en el Perú.

Luego vienen las opiniones de quienes hemos invitado por ser expertos en el tema y/o por estar propiciando, en el terreno, el surgimiento de partidos políticos. Concluye el especial con una encuesta a jóvenes sobre el tipo de partidos que los atraería.

 

Política y partidos en el Perú:
Una versión diferente

Álvaro Rojas Samanez

 

En 1989 se hunden en el mundo las ideologías y se producen quiebras totales. Disciplinas enteras pierden significado. Luchas y propuestas, basadas en referentes que desaparecen, dejan de tener efecto y vigencia. Es lo que la realidad conoce ahora como la crisis total de los paradigmas, llevada a sus niveles más rotundos con la caída del muro de Berlín. Los salvajes desencuentros de las etnias y religiones en la antigua Yugoslavia, la sangrienta represión que encubría la vieja URSS (conflicto Chechenia-Rusia, competencia bélica Ucrania-Bielorrusia-Rusia), son muestras tangibles de cuán dura fue la crisis de finales de los 80.

En el Perú, la demolición del viejo sistema de representación venía desde antes, pero se fue acelerando a partir de 1987, cuando el Estado muestra su enorme incapacidad para sustituir a la ciudadanía. En sentido estricto, cuando el mandante empieza a desconocer al mandatario porque éste, sin otro impulso que el de su voluntarismo, viola el acuerdo expreso para el cual pidió las facultades que lo convirtieron en gobernante.

En nuestro país todo esto tiene un ejemplo (o un detonante): la proyectada estatización del sistema financiero, decidida por un hombre situado entonces en la cúpula del gobierno y proclamada como decisión de una fuerza política representativa y autorizada. Y no era así. Lo que se propuso desde el más alto escalón de la administración pública no representaba la voluntad ciudadana. Y esto fue desautorizado cuando la población, reaccionando al margen de los encasillamientos partidarios, produjo muestras tangibles de rechazo y protesta.

La fase siguió con las elecciones municipales, el primer cotejo –o la primera consulta electoral posterior a las decisiones de julio de 1987– de la vieja propuesta (la representación delegada con plenos poderes que había caracterizado el mecanismo de los partidos y sus dirigencias desde 1930 en adelante) con los indicios de la nueva realidad. Un outsider, calificado como independiente, produce la reacción ciudadana y pone el triunfo –en este caso la Alcaldía de Lima, equivalente al 33% del electorado nacional– lejos de las manos partidarias.

Empieza la desactivación del mecanismo de representación que había caracterizado la conducta de la clase política peruana en los últimos 60 años. La llamada sociedad civil comienza a establecer sus propios mecanismos de relación, buscando la vinculación horizontal, más democrática y directa, en lugar de la verticalidad tradicional e inoperante.

Es en ese momento cuando empieza a visualizarse, en toda su magnitud, la crisis de los partidos y su pérdida de vinculación con la realidad nacional. En verdad, esta crisis ya había empezado a producirse y solamente se esperaba el elemento catalizador, es decir, la aparición de algo (o alguien) que demostrara a los ciudadanos que era posible encontrar el camino adecuado fuera de la tutela partidaria.

La gestión política empieza a tener otros componentes: pragmatismo, eficiencia, gobernabilidad, autoridad, en lugar de ideologías, planteamientos doctrinales, etcétera. Ya no se busca saber por qué somos pobres (o tercermundistas, subdesarrollados, proveedores de materias primas), sino de qué manera vamos a ser mejores como país y como ciudadanos. La historia empieza a mostrar la fragilidad de los estados aparentemente todopoderosos pero que actuaban como mendigos internacionales y eran ineficientes sostenedores de las demandas ciudadanas (educación, salud, empleo, entre otras). Empieza a hablarse de menos estado y más sociedad y de economías con sentido social, aunque en un primer momento tengan un enorme y durísimo componente de ajuste y dificultad para la población.

Los votantes pasan a tener instancias distintas, mucho más reales y verdaderas: son actores sociales, protagonistas de su propia historia y agentes de su destino ulterior. Se trata de los empresarios, los habitantes de los sectores populares –dirigentes barriales, madres de los comités del Vaso de Leche, productores informales– o de los pobladores de los sectores sociales identificados como "C" y "D" en las encuestas. Ellos cambian la "conceptualización", que es una postura teórica, por la autodeterminación, el libre ejercicio de sus posibilidades en el marco de un estado que les ayuda a conseguir lo que necesitan, proponiéndose –como régimen y como gobierno– crear las condiciones para que la población actúe sin tutelas ni maestros. Una especie de asistencialismo digitado.

El factor "F y T"

¿Qué elemento ha filtrado la política peruana al extremo de cancelar la representación organizada y entronizar las opciones basadas solamente en performances personales y en algunas singularidades, como el origen étnico o la procedencia social?

En todas las fórmulas, simples o complicadas, siempre existe una incógnita, un elemento por descubrir, un hecho que demostrar. En la política no sólo influyen conductas personales, reclamos colectivos o expectativas diversas. Hay intangibles, nociones que se perciben sin que existan razones materiales, pero que generan resultados como los que se viven hoy día.

En el Perú, en la política actual ese factor se ha identificado con dos protagonistas esenciales: en orden alfabético, Alberto Fujimori y Alejandro Toledo. Ambos forman parte del factor "F y T".

Ese factor ha logrado erradicar por completo a las agrupaciones partidarias que, como Acción Popular y el APRA, gobernaron el país. Ha cerrado el camino a los que entraban a la cancha electoral con atributos legítimos y de importancia: el exitoso alcalde de Lima reelegido; el administrador eficiente que convirtió la seguridad social en un hecho tangible y real; el inspirado alcalde que puso en los ojos de Lima la tragedia que se origina por el centralismo.

El factor "F y T" concentra más del 85% de la población, como alguna vez lo hicieron el APRA y la izquierda. Con la diferencia de que Fujimori y Toledo han pasado a ser portadores de una re­­cla­mación antigua y muy sostenida pero que no fue atendida por los grupos que tradicionalmente  ejercieron el poder.

Este factor se basa en ciudadanos y ciudadanas que han pasado de ser sólo votantes a participar como actores. Se sustenta en este país mestizo donde hay pioneros
–como los de Villa El Salvador, hace más de 25 años– y también colonos –como los miles de emprendedores industriales y comerciantes de Gamarra–, además de personas que ya no quieren ser representadas por nadie sino que actúan directamente. En el factor "F y T" está la gente que ha convertido los conos sur y norte en macizas y productivas entidades más que en un conglomerado urbano o una serie de conjuntos habitacionales. También figura lo que antes se conocía como clase media y que ha pasado a ser uno de los afectados por la reducción del tamaño del estado y se ha visto obligada a una tenaz, y esforzada, tarea de sobrevivencia en medio de un mercado que a veces estrangula esperanzas y entierra proyectos, pero que suele frustrar expectativas.

El factor "F y T", además de lo dicho, refleja lo que el Perú ha llegado a ser. Guste o desagrade, representa la identidad y personalidad de la mayoría de la población. Es algo que permanecerá muy presente en nuestra realidad.

Eso nos demuestra, además, y tal como se encargaron de hacerlo los jóvenes en las calles, los marchantes del 27 de julio, una sociedad altamente politizada pero escasamente partidarizada.

El rol futuro

Entonces, ¿cómo es que encajan los partidos en el panorama actual?

Por supuesto, pueden tener un rol y una tarea. Pero antes deben cumplir un deber elemental: ver la realidad y cambiar. Convertirse en protagonistas de la consolidación.

Y para ello, además de alejarse del pasado (que aparentemente es lo único que tienen), deben buscar su futuro. Modernización, democratización, pueden ser las palabras claves. Y convertir la adhesión al sistema institucional en respaldo efectivo si hacen lo siguiente:

– Presentar una propuesta clara y simple de eficiencia en el manejo de la gestión pública que buscan.

– Propuestas de instituciones modernas entre la sociedad civil y el poder central (incluyendo el regional y el local). La modernización de las instituciones significa: decisiones democráticas, organismos desburocratizados, erradicación de los monopolios, simplicidad en los trámites, acción promotora y no controlista del Estado, desregulación de las actividades productivas y perfeccionamiento de la democracia representativa.

– Propuesta de interacción de los poderes para que cada uno realice lo que le corresponda: limitar el poder político sin restarle fuerza, especializar el trabajo parlamentario, complementar el proceso de regionalización, asumir la representación segmentada de la sociedad; ya no la omnipresente y totalizante del pasado.

Álvaro Rojas Samanez  es politólogo.

 

El mito del pronto retorno

Antonio Zapata

 

Hace años dejé de militar, después de dos décadas de hacerlo en las izquierdas. Me desanimó la creciente distancia entre lo que se predicaba y lo que se hacía. También me asustó Sendero y la escalada de asesinatos en el barrio donde militaba. Entre el desaliento y el temor, se produjo una desbandada que explica buena parte de la historia política de los 90. Algunos se mantuvieron. No sé si son más fuertes o más obtusos, pero sí sé que son pocos y han mostrado su capacidad para resistir el tránsito por el desierto.

Durante la segunda parte de los 90 las condiciones que provocaron la diáspora empezaron a revertirse. Se acabó la luna de miel entre Fujimori y los sectores populares, porque se detuvo el lento crecimiento sin redistribución que había caracterizado los años anteriores. Aparecieron los rasgos más desagradables del régimen: la prepotencia y la angurria por dinero y poder. La gente empezó a mirar otras opciones. Ahí se abrió un nuevo espacio para los viejos ideales de justicia y libertad.

Porque se trata, en esencia, de esos antiguos ideales, que provienen del fondo de los tiempos y han animado diversos movimientos sociales de pobres e iluminados. La mayor parte de sus rebeliones fueron derrotadas; sus líderes, apresados y condenados por los poderosos. Sin embargo, son ideas que mueven a ciertos seres humanos, les brindan pasión, intensidad vital y un sentido de trascendencia que constituye el motivo de sus vidas.

Porque no sólo son los pobres, sino –y sobre todo– su causa la que despierta la pasión igualitaria de algunos. Vencer el sufrimiento y ayudar a sobreponerse del dolor, sentimientos que fundan a seres humanos particulares. En el fondo, la gente se divide en dos: quienes privilegian su egoísmo y el goce individual, y quienes deciden hacer de los ideales el sentido último de su existencia. Para estos segundos, la justicia y la libertad son la base de su pensamiento político.

Esos sentimientos fueron recuperando primacía durante la segunda parte de los 90 y han producido nuevos movimientos políticos y multitud de círculos y colectivos. Los nuevos movimientos mostraron en las pasadas elecciones que arrastraban bastante más de lo mismo. Por ejemplo Castañeda, que perdió hasta a su último partidario después de su pobre candidatura; o, sin ir más lejos, Andrade, que fracasó por una campaña inmisericorde en su contra, pero que él mismo permitió por nepotismo. Aunque, para ser justos, debemos reconocer que Andrade tiene mayor aliento, ha formado un equipo solvente y ejerce el gobierno municipal con reconocida eficiencia.

Toledo ha resultado una agradable sorpresa, pues ha mostrado ser trejo y estar dotado de una gran perspicacia política. Sinceramente, creo que todos los demás ya se habrían rendido, mientras que el "Cholo" sigue adelante. Además, quizá se equivoca más de lo habitual, porque es un tanto hablador, pero sabe situarse y lo mostró cuando la Marcha de los Cuatro Suyos. Si no hubiera habido marcha, nuestro ánimo estaría por los suelos después de la ola de traiciones que dominó la escena oficial en el Congreso. La calle le dio un nuevo aliento a la oposición, y eso se lo debemos a Toledo.

Lo más importante de Toledo es su llamado al Frente Democrático. Ojalá encuentre los instrumentos para construirlo, puesto que para sacar a Fujimori hará falta la más amplia unidad de los demócratas de distinto pelaje. Pero, hoy por hoy, lo nuevo se halla en los círculos y colectivos alternativos. Han aparecido en todo el país, y sobre todo las provincias están llenas de estas nuevas formas de organización política. Como en provincias tiene peso propio la lucha descentralista, ese tema ha motivado la conformación de muchos círculos que canalizan un arraigado sentimiento regional.

¿En qué se diferencian estos colectivos de las antiguas organizaciones políticas de izquierda? En primer lugar, ocurre que hay amplio espacio para las más diversas funciones y protagonismos, lo que permite un amenguamiento del personalismo. En segundo lugar, ha disminuido radicalmente el peso de la ideología y de las interminables discusiones, y se han formado grupos más prácticos y creativos.

En todo este sentido se ha ganado. Pero también se ha perdido, porque el tejido social involucrado es menos articulado y, en consecuencia, la capacidad de influencia ha disminuido en forma muy pronunciada. Avances y retrocesos que constituyen una característica nacional, tanto de las instituciones como de las personas.

¿Cómo hacer para superar nuestras debilidades manteniendo las nuevas virtudes? En primer lugar, necesitamos un plan de refundación ética de la política radical. En estos tiempos de tanto tránsfuga, establezcamos que somos quienes hemos resistido las tentaciones y hemos pasado por las pruebas, que no nos quebraremos ni ante los ofrecimientos ni ante las amenazas. Esta actitud vital se resume en un ideario que constituye la piedra de toque de una nueva mirada a la política.

Posteriormente, entendámonos en un cuerpo sencillo de ideas que resuman lo esencial. Somos demócratas que aspiramos a gobernar para terminar con el clientelismo y abrir las compuertas de la igualdad de oportunidades y la superación de los abismos sociales.

Luego, definido un cuerpo sencillo de objetivos fundamentales, armemos un conglomerado donde cada cual permanezca en lo suyo y participe de campañas comunes. Los gremialistas son un sector; las mujeres, otro; y los jóvenes, un tercero. Así como ellos, hay muchos más: los activistas de derechos humanos y también grupos de interés bastante especializados, incluyendo un colectivo recientemente formado y muy dinámico contra los accidentes de tránsito. Que cada cual siga en lo suyo, y tejamos una red que nos conecte a través de una campaña común, que nos confiera identidad política y ética.

Un plan práctico de refundación no se sustenta sólo en instrumentos sino –y sobre todo– en un nuevo élan vital. No volveremos a soñar con el fin de los tiempos y el reino del bienestar, pero necesitamos un nuevo mito, aunque sea uno teñido del crudo realismo que confieren los 50 años de edad. Que los filósofos sustenten una humilde posibilidad para mejorar el terrible sufrimiento de nuestro pueblo.

Se necesita garra para volver, pero la vida nos está dando esta nueva oportunidad y yo participo alegre del jolgorio. ¿Quién no daría lo más preciado por resucitar?

Antonio Zapata es historiador.

 

No hay democracia sin partidos políticos

Fernando Tuesta

 

Los dos lados de la misma moneda

Diez años de fujimorismo han significado una campaña constante contra los partidos políticos y el apogeo de los llamados independientes. El resultado ha sido que nuestro sistema político ocupa la frontera entre la democracia y el autoritarismo. Pero esto es, obviamente, el efecto y no la causa del fenómeno. Fujimori existe, entre otras razones, por el desmoronamiento del sistema de representación de los partidos políticos a fines de los 80, en el que ellos fueron plenamente los responsables. Es decir, Fujimori es hijo de la crisis de los partidos políticos.

Pero para crecer debía convertirse en un parricida. Matar a los partidos. Eso es lo que intentó hacer a lo largo de la década. Si los partidos requerían movilizar a los electores como ciudadanos, Fujimori requería desmovilizarlos. Si los partidos necesitaban a los electores en tanto masas, Fujimori los necesitaba en tanto individuos. Si los partidos funcionaban con las masas en las calles, Fujimori funcionaba con ellas en sus casas. De esta manera, Fujimori y los partidos políticos fueron caras de la misma moneda. Entre ellos se desarrollaron vasos comunicantes que explicaban que la fortaleza de uno fuera la debilidad del otro. Fujimori fue la  parte dominante de la relación que contribuyó a generalizar la idea de que la política, como actividad encaminada al poder, era reprobable; que aquellos que la practicaban, los políticos, eran de dudosa reputación; que los aparatos que los organizaban, los partidos, eran corruptos; y que las ideologías eran inservibles. Ante eso se levantó la idea, exitosamente divulgada por Fujimori, según la cual el individualismo y el pragmatismo eran los vectores de la conducta pública, y para ello era mejor ser independientes, organizándose lo menos posible, a la altura de sus débiles compromisos.

Esto fue facilitado por los partidos, cuya actuación pública parecía darle la razón.

La dependencia de los independientes

Por ello no es difícil entender a una opinión pública con una seria desconfianza en estas organizaciones que perdieron miles de militantes que se refugiaron en sus casas, quizá esperando tiempos mejores. Este lugar fue ocupado por independientes que han hecho de la política el medio para conseguir un puesto de trabajo, del pragmatismo un estandarte, de la falta de compromiso con ideas una ley, y de la devaluación del pensamiento y el discurso político una práctica frecuente. Esta nueva forma de hacer política no se tradujo por cierto en una mejor calidad de la democracia.

Por el contrario, el remedio resultó peor que la enfermedad.

Sin embargo, la realidad matiza hasta los fenómenos más contundentes. En los tres últimos años, miles de jóvenes se han expresado en las calles y han roto el temor a la política después de casi una década. Hay una nueva generación que se está gestando y que necesita aprender a organizarse.

Sienten desconfianza por los partidos de ayer, pero tampoco están dispuestos a abrazar al fujimorismo como conducta de vida política. En los partidos políticos, por su lado, hay corrientes de opinión que pugnan por cambiar. Saben que con los estilos y preparación anteriores, no hay las fuerzas que los ayuden. Pero el fujimorismo los ha obligado a funcionar de manera distinta, permitiendo que los puentes de diálogo sean mayores que antes. Y es que los linderos ideológicos, al desaparecer, han dado paso a la idea de que cada uno, solo, no salvará al Perú, y quizá no se salven ellos. Es decir, la reconstrucción partidaria es condición necesaria para una reconstrucción institucional del país. No es posible entender una sin la otra. Por lo tanto, estamos ante un proceso político de naturaleza  vital para restablecer la democracia, pero a niveles mayores que aquellos previos al 92.  De manera que una de las mayores enseñanzas del fujimorismo a lo largo de esta década es aquella tesis que quiso negar: no hay democracia sin partidos políticos.

Un marco legal adecuado

Un sistema político puede vivir sin partidos políticos, pero una democracia se asfixia sin ellos. Hoy el mismo fujimorismo requiere de organización de apoyo. Por eso el interés de Absalón Vásquez de dotar al régimen de un aparato que antes le fue innecesario. Lo que quiere decir que el discurso antipartido ha llegado a su límite y a su fin.

Los partidos más convencionales y las nuevas organizaciones tienen, por lo tanto, un margen más amplio para establecerse, razón por la cual existen las condiciones para que se impongan normas y reglas de juego para la competencia política.

En el Perú no ha existido nunca una ley de partidos políticos. Los proyectos presentados desde 1982 han fracasado por la desconfianza de los propios partidos en un marco legal que temen invada sus fueros privados. Nunca, por lo tanto, se discutió con serenidad y visión sobre una norma que, al ser consensual, no tenía por qué afectar a alguno y dar ventaja a otro. Pero, ¿qué aspectos deben estar presentes en una ley de partidos políticos? Por lo menos tres: fundación/extinción  de los partidos políticos, democracia interna y financiamiento.

Así, los requisitos deben permitir el ingreso al sistema de aquellas organizaciones que tienen existencia real y no ficticia, como ocurre tan extendidamente hoy. Sólo deben intervenir en la competencia electoral aquellos partidos que están aptos para asumir la importante responsabilidad de la representación política. El partido debe permitir una mayor intervención de sus militantes en la selección de sus autoridades y candidatos; y como organizaciones que adquieren una alta responsabilidad pública, deben estar sujetas a control, pero también ser aptas para recibir financiamiento público y privado. Algunas ideas pueden ser las siguientes:

–Reemplazar el requisito actual de la adhesión del 4% de los inscritos en el padrón electoral por cinco mil inscritos como militantes, con carta de adhesión, firma y huella digital, de los cuales por lo menos el 60% debe vivir fuera de Lima. Además, presentar 26 comités departamentales. Finalmente, cada partido debe haber realizado su congreso de fundación, debidamente comprobado.

–Realizar elección de dirigentes con la participación de militantes, cada dos años, con una cuota de 30% de mujeres.

–Realizar primarias para la elección de candidatos que representen al partido en competencias municipales, regionales, parlamentarias y presidenciales, con la participación de los militantes y/o de los ciudadanos con derecho a voto, según el reglamento de cada partido.

–El partido pierde su inscripción si no obtiene al menos el 5% de votos válidos.

–Los partidos legalmente inscritos reciben financiamiento público que se distribuye 50% en partes iguales y el otro 50% en relación con el porcentaje de votos obtenidos por cada partido político.

No hay garantía de nada

Lo anterior no garantiza que se funden muchos partidos políticos, ni que sean más democráticos que los actuales. Sin embargo, aquellos que quieran participar en política tendrán que hacerlo en organizaciones que no podrán ser fácilmente improvisadas. Por el contrario, deberán ser más nacionales y democráticas que antes. Para ello se requiere voluntad política de las elites y un temperamento sensible de los ciudadanos. De alguna manera, esto se observa en los diferentes grupos políticos, que han mostrado una señal de preocupación, aunque en forma limitada, ante la  Misión de la OEA. Y así de limitado, ha sido recogido en los 29 puntos del diálogo gobierno-oposición.

El tema partidos políticos es, pues, un tema de agenda política-institucional y nunca, como ahora,  ha pasado a convertirse en un índice para medir el grado de avance de cualquier reforma política y de la calidad de la democracia en nuestro país.

Fernando Tuesta es analista político.