Escritores y derechos humanos
Uno de los últimos paneles realizados por Amnistía Internacional tocó el tema de los vínculos entre literatura y derechos humanos. En esta edición presentamos lo dicho por dos de los panelistas.
La estética de la ética
Carmen Ollé
Mi primer acercamiento a una literatura de denuncia se remonta a la época de mi adolescencia. Fue en el garaje de la casa de mis padres donde descubrí, en una edición rústica, un librito sobre la tortura del escritor francés Henri Barbusse, en el que se revisaban los horrores de la revolución argelina. Tuve un segundo impacto con las novelas de Jean Genet, especialmente la primera, El diario del ladrón. Genet nos revela el código del comportamiento marginal que invierte los valores positivos de lo establecido socialmente, y que a mí me llamó mucho la atención. A la par, la vida de Genet –un ex recluso que se hizo escritor en prisión– tenía su lado práctico militante como defensor de la causa de los rebeldes afronorteamericanos.
Este lado es el que interesa cada vez menos en nuestros tiempos, en los que se reivindican histéricamente la vieja torre de marfil y la práctica literaria de laboratorio. ¡Salgan al bosque!, dirían los pintores impresionistas si resucitaran. Y digo histéricamente, porque no veo la necesidad de tal disyuntiva: vida retirada o mundanal ruido; cada cosa tiene su propio espacio y su tiempo medido. No creo que haya que optar.
A un escritor sólo le bastan dos cosas, consustanciales al ciudadano común y corriente: ética y revelación. Saramago acaba de decirlo: un escritor es un ciudadano, y el deber de todo ciudadano es revelar, es denunciar, es luchar y participar en el debate entre las fuerzas del mal y el bien. No es tarea sólo del escritor, sino de todos.
Hay épocas en las que esa lucha se explicita con fuerza en la obra de arte. Pienso sobre todo en los poetas expresionistas, quienes no pudieron escapar del temible espíritu de su tiempo, marcado por la I Guerra Mundial. La vida de George Trakl fue trágica y tuvo un final trágico. Poesía de símbolos funestos, como los nombres de sus poemas: "Sueño del mal", "Ocaso". En Trakl, un cuervo es un mal augurio, mientras que en Matsuo Basho (Japón, siglos XVI-XVII), un cuervo negro sobre una rama seca es naturaleza, reflexión, contemplación.
La poesía que escribieron en la década de los 80 Mariela Dreyfus, Rocío Silva Santisteban y Patricia Alba está centrada, más que en una poética del cuerpo, en el mal. Es el mal el rayo refracto que se dispara de esa zona oscura de nuestra historia. Sólo falta darle un vistazo a los títulos de sus poemarios: Placer fantasma, Mariposa negra, O un cuchillo esperándome.
Los líricos griegos (siglos VII y VI a.C) no escribieron una poesía atormentada, desgarrada. El sufrimiento agonal se vivió más tarde, durante el período ático (V-VI a.C), con Esquilo y Sófocles. Estos cambios abruptos responden a muchos factores transversales, de orden social o cultural, pero también a un proceso constante de autoafirmación y negación en la tradición literaria. Sturm und Drang (tormenta e impulso), decían los románticos alemanes con mucha razón.
Revelar, denunciar, no es el producto de una mímesis simplista; no consiste en copiar la realidad tal cual. Es alterar el orden de las cosas, es llegar al shock necesario para descubrir dónde está la verdad o, mejor dicho, dónde hay que buscarla.
Así como en tiempos de los expresionistas, hay artistas para las que no existe otra salida que la denuncia efectiva y directa, como sucede entre los escritores y escritoras árabes. Para el marroquí Mohamed Chukri, autor de El Pan desnudo, una bella novela de iniciación que permanece inédita en su idioma original, la escritura pasa por sacar a la luz su niñez en Rif (miseria, abusos y violación), y por escribir en árabe en un país donde le está prohibido publicar en ese idioma por razones de censura. Por ese mismo dilema atraviesa la argelina Assia Djebar, seudónimo tras el que decidió ocultarse Fatima Zohra Imalayen, la primera argelina que consiguió ingresar a la Escuela Normal Superior de Sevres y que interrumpió sus estudios por solidaridad con la huelga de estudiantes argelinos en Francia en 1956. Según Djebar, la novela Lejos de Medina fue escrita con voluntad de compromiso. Su propósito era llegar a una solidaridad entre mujeres que les devuelva, especialmente a las islamistas, su autonomía.
Si la situación límite constituye el pan de cada día para las mujeres árabes o las de Zimbabwe y no existen las condiciones mínimas para ser sujetos de derecho, la literatura tampoco será armónica sino que llevará el sello del combate. Si es buena o sólo funcional, depende del talento de cada uno.
Más que en un compromiso –que corresponde, como dice Saramago, al buen ciudadano–, pienso en la ética. "Sin ética la literatura no sería posible, o al menos una literatura que se respete", dice Antonio Tabucchi. En otras palabras, no hay estética sin ética.
El poder subversivo de la imaginación
Iván Thays
El tema de los derechos humanos es uno de los temas fundamentales de la literatura, un tema que escapa de la demagogia de los manifiestos y de los compromisos asumidos en voz alta y afecta, de manera directa, a la esencia misma del arte. Y es que si bien es cierto el asumir compromisos civiles no implica necesariamente escribir una obra espléndida, escribir una obra espléndida implica siempre incomodar a aquellos que no soportan que exista la libertad para ejercer un talento del que ellos carecen y al que ellos le temen: el talento de decir la verdad o, mejor dicho, el talento de no mentir.
La persecución contra Salman Rushdie, por ejemplo, no es, como muchos creen, un tema religioso en el que los demás no podemos interesarnos, porque no comprenderíamos. La esencia misma de ese problema entraña un tema fundamental que es el del intento de impedir que exista una verdad que no sea absoluta e impuesta, una verdad que no sea oficial. Salman Rushdie, y lo sabemos todos, no es un escritor que quiso valerse de un escándalo para conseguir celebridad. Es un escritor genial que supo encontrar en la irreverencia, como muchos otros, el camino de la libertad. Lo que se castiga en esa persecución, por tanto, no es el agravio contra una religión sino el talento de Rushdie capaz de poner en jaque al poder. Y ese talento está vinculado íntimamente a la libertad de ficcionar, de imaginar.
Recuerdo el impacto que me causó, hace ya bastantes años, leer un artículo de Mario Vargas Llosa donde me enteré de que durante la Colonia se había prohibido las novelas. Entendí entonces tempranamente que la literatura tenía un poder que no podía ser derrotado, que era el poder de imaginar y de hacer imaginar a los demás. El poder de la imaginación es, quizá, el poder más subversivo que existe. Enseñarle a imaginar a un individuo, y a través de él a todo un pueblo, es un principio que hace a las personas insobornables. El derecho a la imaginación es un sinónimo del derecho a la vida, sobre todo cuando uno quiere dignificar la vida, y aquel que atenta contra él es sin duda un violador de los derechos humanos tanto como un genocida.
La historia de los escritores perseguidos por sus ideas es amplísima y está llena de casos particulares, cada uno dentro de su contexto y sus particularidades. Quizá lo más inmediato es recordar los casos de regímenes totalitarios, dictadores que acosan a los escritores y los encarcelan o los asesinan para que no ejerzan su derecho a opinar. O, en otra arista, autores sometidos por esos regímenes pero que, en vez de estar muertos, terminan sedados, sometidos y escribiendo lo que el régimen quiere que se escriba.
Como he dicho, esos casos son decenas, y se me vienen a la mente varios de ellos en este instante. Pero debo decir que, para mí, esos casos no son los más interesantes. Porque el común de los dictadores no sabe nada de literatura, y los “pobrecitos” terminan, muchas veces, estafados por sus perseguidos, escritores mediocres que aprovechan la posibilidad de una persecución política para hacerse célebres. En esos casos, el dictador debería darle un castigo mayor que el silenciarlo: publicar sus obras completas. Así todos se darían cuenta de su mediocridad y se acabaría el peligro. Porque una obra mediocre no es peligrosa, porque sólo el auténtico talento es subversivo, hable de lo que hable.
Creo, por eso, que los casos realmente terribles son los de escritores geniales cuyas obras son un alarde a la vida y a la imaginación, y frente a los cuales el poder (en todas sus caras, desde un comisario hasta un crítico oficial que actúa como fiscal literario) encuentra un arma más contundente: el menosprecio y el ridículo. Una vez escuché, leí o me pareció oír que una sociedad de escritores, cuyos directivos eran escritores mediocres, se vieron obligados a darle un trabajo a un escritor auténtico. Y le ofrecieron el de portero. Dejarlo sin empleo y perseguirlo era reconocer su valor, ponerlo en evidencia, pero hacerlo portero era intentar minimizar el poder rotundo de sus obras. Lo mismo sucede cuando a un escritor se le considera loquito, marginado o lunático. Se intenta con eso limar sus asperezas, eliminar sus verdades, ridiculizar su poder de imaginación.
Tan grave como una dictadura que silencia escritores es un despotismo ilustrado, que pretende decirnos qué es literatura, qué se debe leer y qué se debe escribir. Cuando un estado o un poder acosa a un escritor por sus ideas, está afectando los derechos humanos de ese individuo. Pero cuando ese poder busca ridiculizar las obras de ese escritor, impedirle su derecho a hacer metáforas y a imaginar, está agrediendo los derechos humanos de todos nosotros que, como lectores, tenemos derecho a leer esas obras y descubrir esas verdades que nos hacen mejores personas, personas realmente libres.
Ante esto, yo me pregunto: ¿debe comprometerse un escritor con su sociedad?; ¿debe firmar manifiestos, salir a las calles, urdir protestas? No necesariamente. En todo caso, ese es un asunto civil que nada tiene que ver con el arte y el poder de la literatura. El escritor, como intelectual, ocupa un lugar en la sociedad y puede aliarse con quien quiera y apoyarla lo que guste, porque está en su derecho. Pero, independientemente de sus compromisos y sus alianzas, si el escritor no se ha comprometido con las palabras y con el poder de la imaginación, entonces ningún favor le hará a la humanidad.
Un escritor que respeta y cuida los derechos humanos es un escritor que ama a la humanidad, a los hombres, y por tanto les entrega las palabras y la imaginación. La imaginación, para que se libere de sus cárceles interiores, y el deber ser, para que no se deje apabullar por obras “entretenidas” o llenas de moralejas que lo único que hacen es convertirlo en un cordero. Y las palabras, porque un escritor de talento siempre es un hombre capaz de cargar de sentido a las palabras, ampliar su campo de acción, devolverles la vida que han perdido atrapadas entre los diccionarios y los discursos. Vaciar las palabras de sentido es atentar contra la libertad de los hombres, porque no hay nada que nos haga más libres que las palabras, que nuestro idioma, depósito de nuestra cultura y nuestro pensamiento. Por eso, el escritor auténtico rescata las palabras y se las entrega a los hombres cargadas de sentido. Y cuando las personas usan esas palabras, ejercen su libertad plenamente, sin la censura de la ignorancia.
Por tanto, creo que todo escritor verdadero, aunque jamás firme un manifiesto, es un defensor de los derechos humanos. Pienso también que perseguir o asesinar a un escritor no es la peor de las formas que un estado tiene de atentar contra los derechos humanos de un escritor. El peor de los atentados es ridiculizarlos y ningunearlos, porque al hacerlo atenta contra los derechos humanos de todas las personas que, a través de sus obras, podrían encontrarse consigo mismas y ser personas auténticamente libres.
Y, por último, estoy convencido de que cargar de sentido a las palabras y darle rienda suelta a la imaginación no es un compromiso sino, mucho más que eso, una verdadera misión de los escritores que, si realmente son talentosos y honestos, siempre escribirán sus obras para privilegio de los hombres y en alabanza a Dios. Y no hay forma de que así no sea.