El Plan Colombia

Colombia preocupa y suscita debate. Claro, hay quienes, como nuestro presidente, se dan el lujo de echar leña al fuego, con un irresponsable planteamiento de que si los dejaran, él y su asesor podrían "solucionar el problema". No queda del todo claro, eso sí, a favor de quién, luego del ya famoso tráfico de armas para las FARC con responsables que podrían llegar hasta lo más alto de su entorno inmediato. Pero hay también discusiones serias. La más importante, sobre el Plan Colombia y los $1300 millones que los Estados Unidos han comprometido para apoyarlo. Se trata de un asunto complejo, que admite opiniones diversas y conclusiones no siempre coincidentes. Ofrecemos aquí las de los colombianos Fernando Cepeda de la Universidad de los Andes y Diego Pérez del CINEP; asimismo, las de los norteamericanos Michael Shifter del Diálogo Interamericano y Coletta Youngers de WOLA. (C.B.I.)

 

Los diamantes ensangrentados

Fernando Cepeda

 

Los diamantes ensangrentados. Fue una expresión que hizo carrera en los últimos meses en Europa y que llegó a formar parte de la agenda del Grupo de los Nueve en su reciente reunión de Okinawa, Japón.

¿De qué se trata? Pues existe una nueva lectura sobre el origen de los conflictos civiles. Se formula una pregunta dura: ¿Qué es lo que inspira estos conflictos? ¿Acaso el ansia desmedida de obtener dinero (greed)? ¿Acaso quejas bien justificadas sobre la desigualdad social, la injusticia, la explotación (grievance)? ¿Cuándo las quejas se convierten en una especie de manto encubridor de una actividad típicamente criminal? ¿En qué momento la fortaleza económica genera una agenda de quejas que debe ser tomada en cuenta?

Los diamantes ensangrentados representan el caso típico. Las guerrillas de Angola, Sierra Leona y el Congo controlan parte de la producción de diamantes y así financian su existencia. Una campaña internacional que no es del caso describir aquí llevó a que los compradores de diamantes y el Grupo de los Nueve decidieran no comprar aquellos que estaban ensangrentados.

Paul Collier, del Banco Mundial, es el principal expositor de esta nueva lectura. Sus trabajos han sido ya objeto de seminarios y debates especializados. El más reciente fue publicado por el Banco Mundial el 15 de junio, con el título Causas económicas del conflicto civil y sus implicaciones para formular las políticas. Una versión preliminar llevaba por título Greed and Grievance in Civil War (26 de abril del 2000).

¿Y a qué viene este larguísimo preámbulo? Bien claro. Es probable que estos trabajos, que ya tenían unas versiones anteriores, reforzaran una interpretación que afloraba y desaparecía sobre el origen de la fortaleza de las FARC, o sea, su financiación proveniente de su vinculación con el negocio de las drogas ilícitas; o el caso de los paramilitares o autodefensas, que también se alimentan de vínculos con la industria de las drogas.

El Plan Colombia se propone debilitar al máximo esta fuente de financiación, con la esperanza de que ello facilitará una negociación seria que llevará a la paz. Ese sería el garrote que planteó la señora Albright en su artículo sobre Colombia el 10 de agosto de 1999 en el New York Times. La otra opción consistiría en utilizar el Plan Colombia como una "poderosa carta de negociación", según la expresión del embajador Pickering para acordar en la Mesa de Negociación la participación eficaz de las FARC en la erradicación y sustitución de cultivos. Es lo que la señora Albright denomina la presión que debe ir acompañada de incentivos.

Las FARC han rechazado contundentemente las dos posibilidades. Con respecto a la primera, dicen que el Plan Colombia es una estrategia antiinsurgente disfrazada de plan antinarcóticos. Y con relación a la segunda, manifiestan que no aceptan ningún ultimátum.

En mi opinión, el asunto está en manos de la Mesa de Negociación. Los representantes del gobierno tienen, entonces, una altísima responsabilidad.

El primer capítulo del Plan Colombia tendrá que ver con la protección de los derechos humanos. A eso se refieren las condiciones que acompañan la ley del Congreso de Estados Unidos. Y para ello habrá 56 millones de dólares aparte del conocimiento que sobre la materia tienen los organismos especializados de derechos humanos, gubernamentales y no gubernamentales. La dimensión militar es por ahora una amenaza creíble, pero solamente eso. Las circunstancias dirán si este esquema deberá ser modificado. Ello depende de la respuesta de las FARC, del éxito de la estrategia en favor de los derechos humanos y de la capacidad de los negociadores del gobierno.

¿Acaso estoy creyendo en cuentos de hadas?

 

Contra los derechos humanos

Diego Pérez

 

La intensa agenda diplomática desarrollada por las administraciones de Clinton y Pastrana con el fin de conseguir la aprobación de los recursos para el Plan Colombia se inició el pasado 12 de enero, cuando el presidente de los Estados Unidos presentó a la opinión pública norteamericana la propuesta de ayuda a Colombia, radicándola ante el Congreso el 8 de febrero. Después de las necesarias conciliaciones entre demócratas y republicanos, esta agenda concluyó con la aprobación del paquete de ayuda y con el anuncio y refrenda de éste a través de la visita oficial del presidente Clinton a Colombia el pasado 30 de agosto.

En lo que respecta a la agenda con la Unión Europea, el presidente de España, José María Aznar, asumió el 30 de enero el compromiso de convocar a los miembros de la UE en torno de una "Mesa de Donantes" para completar los recursos del denominado Plan Colombia. Con dos reuniones consultivas (en Ginebra y Londres) y una visita a Colombia del representante de la UE para la Política Exterior, Javier Solana, esta Mesa se reunió en Madrid el 7 y 8 de julio y concluyó en la disposición de la UE de apoyar el proceso de paz en Colombia y la creación de un Comité de Seguimiento que estudie detenidamente el proceso de concertación entre el gobierno de Colombia y los sectores de la sociedad civil alrededor de un plan que dé mayor importancia a las reformas políticas, económicas y sociales y a la vigencia de los derechos humanos como fundamentos del proceso de paz.

La sociedad civil colombiana, acompañada de importantes sectores de la sociedad civil internacional, también levantó su propia agenda. Con una firme posición de rechazo al Plan Colombia por considerar que se trata de una estrategia de guerra maquillada con proyectos de desarrollo económico y social y por no haber sido concertado con la sociedad colombiana, amplios sectores sociales han venido realizando grupos de trabajo, seminarios y talleres con las comunidades locales y regionales, acciones de interlocución y cabildeo con la comunidad internacional y la preparación de una reunión internacional, en la que participarían el gobierno de Colombia, la insurgencia, la comunidad internacional y la sociedad civil. Esta reunión, que se realizará en Costa Rica entre el 17 y el 19 de octubre, tiene como objetivo concertar una serie de propuestas encaminadas a oxigenar el proceso de negociación en marcha y definir un plan para la paz.

La crisis humanitaria actual y la certificación en materia de derechos humanos

En materia de lucha contra el narcotráfico, el Plan Colombia es, como lo señala Ricardo Vargas de Acción Andina, la "reedición de un enfoque de acciones antidrogas que lleva 25 años de fracasos", y "expresa significativamente las redefiniciones estratégicas que en materia de seguridad hemisférica quieren implementar los Estados Unidos y en las cuales Colombia y su Plan constituyen la fase piloto". Además, el Plan es aprobado en un momento de profunda crisis humanitaria y de derechos humanos.

Durante los dos años de la administración Pastrana (agosto 1998-agosto 2000), 17 811 personas fueron víctimas de violaciones de los derechos humanos, de infracciones graves al derecho internacional humanitario. Cuatrocientas tres masacres se cometieron durante 1999, y 135 en el primer semestre del 2000; 288 127 personas fueron desplazadas forzosamente durante 1999. Los niños, y la población civil en general, se convierten cada vez más en el objetivo de la guerra. Más de 460 menores de edad murieron en este período como consecuencia de la confrontación armada.

Los grupos paramilitares emplean el terror contra sus víctimas como práctica de "limpieza" de territorios de influencia guerrillera. Estos grupos se expanden por el territorio nacional con el apoyo incondicional de las Fuerzas Armadas y el financiamiento de grandes grupos económicos del país y del narcotráfico.

Los líderes sociales y defensores de derechos humanos sienten que los espacios para su labor legítima se cierran cada vez más y trabajan bajo la presión de los grupos armados de derecha e izquierda que disputan el control de los espacios sociales y territoriales.

En este contexto, el Plan Colombia, como se lo ha concebido, profundiza la crisis humanitaria actual, eleva el conflicto armado a niveles mayores y se convierte en un "palo en la rueda" de los débiles y lentos procesos de negociación con las FARC y el ELN.

Por estas razones, el Congreso de los Estados Unidos, a pesar de aprobar el paquete de ayuda, condicionó el desembolso de los recursos a la certificación de Colombia en materia de derechos humanos bajo los siguientes parámetros: "Que el presidente colombiano confirme por escrito que el personal de las fuerzas armadas culpable de violaciones a los derechos humanos está siendo juzgado en los tribunales civiles; que el comandante general de las fuerzas armadas colombianas suspenda de sus funciones a cualquier miembro del cual existan denuncias fidedignas de que haya cometido violaciones graves a los derechos humanos o que haya colaborado con grupos paramilitares; que las fuerzas armadas deben cooperar con las autoridades civiles para investigar, castigar y sancionar en los tribunales civiles a sus miembros".

Sin embargo, estas condiciones eran "opcionales", ya que podían ser ignoradas por el presidente de los Estados Unidos e invocar el waiver alegando que "los intereses de seguridad nacional" ameritan la entrega de la ayuda saltándose los requisitos en derechos humanos, como en efecto sucedió.

Por su lado, la Unión Europea hizo en la Mesa de Donantes de Madrid un llamado al gobierno de Colombia para que cumpla las recomendaciones de organismos internacionales en materia de derechos humanos como fundamento de un proceso de paz serio.

Un Plan contra todos los derechos

Aunque el gobierno de Colombia ha señalado insistentemente que se trata de un plan para la paz y el fortalecimiento de la democracia y de los derechos humanos, tenemos que objetar que sus efectos van totalmente en el sentido contrario.

Contra la autodeterminación de los pueblos: Se han vulnerado y seguirán vulnerándose los derechos a la soberanía y libre autodeterminación del pueblo colombiano en general y de las comunidades y grupos étnicos en particular, de aquellas regiones de implementación del Plan. Este Plan, como lo han señalado numerosos analistas internacionales y nacionales, tiene mucho de imposición de los Estados Unidos a Colombia, de acuerdo con sus intereses de "Seguridad Hemisférica". Colombia pasa a ser una "avanzada estratégica" de Estados Unidos en la región para la lucha antidrogas y para combatir el terrorismo. Por eso, como ha sucedido con otros modelos y otros países (Turquía, Timor Oriental), Colombia pasa a recibir sustancial ayuda militar, acompañada de algunos "proyectos positivos" para el fortalecimiento institucional y el mantenimiento del diálogo político. En la práctica de los estados terroristas y de las potencias imperiales, la combinación de espacios de "democracia controlada" con intervenciones militares de choque acompañadas de fuerzas paramilitares que ejecuten atrocidades, cuenta con una larga historia.

Contra el derecho a la participación: Como se colige del punto anterior, el Plan Colombia no fue consultado ni concertado con los colombianos. Ni las comunidades directamente afectadas, ni las autoridades locales y regionales, ni los sectores sociales han participado en la elaboración de un Plan que, como éste, incide en aspectos sustantivos de la vida nacional y de la convivencia ciudadana.

Contra el derecho a la justicia: En el campo de la administración de justicia, lucha contra la impunidad y derechos humanos, el Plan parte de un diagnóstico equivocado al señalar que el Estado es una víctima, como tantas otras, de los violentos. Las estrategias propuestas en este campo no se orientan a fortalecer la acción protectora de los derechos humanos de todos los ciudadanos, a garantizar el derecho a la justicia que asiste a las víctimas de las violaciones y a eliminar los mecanismos institucionales y societales que aseguran la impunidad de los crímenes. El desmantelamiento del paramilitarismo y el castigo a los funcionarios estatales (militares y policías) involucrados en los crímenes de lesa humanidad no aparecen como estrategias prioritarias. La difusión de los derechos humanos y del derecho humanitario, así como las medidas administrativas y de protección de los funcionarios judiciales, absorben la preocupación y los recursos en este campo.

Contra el derecho a la paz y al desarrollo: La estrategia antidrogas del Plan está dirigida contra la población campesina vinculada a los cultivos de uso ilícito. No es una estrategia contra los narcotraficantes. En el marco de dicha estrategia, las acciones militares, policiacas, de fumigación, erradicación, sustitución, etcétera, vulneran los derechos de estas comunidades a vivir en paz, a definir el tipo de desarrollo social y económico que consideran apropiado de acuerdo con sus costumbres, idiosincrasia, modos de producción y relaciones con el ecosistema.

Contra el derecho a no ser desplazados forzosamente y a una asistencia humanitaria integral: El Plan prevé el desplazamiento forzado de poblaciones en los lugares de implementación. No sólo se vulnera el derecho a la vivienda, a la pertenencia a un territorio y a un grupo social, sino que los intereses estratégicos pasan por encima de las acciones de prevención necesarias para no afectar derechos económicos, sociales y culturales fundamentales de estas poblaciones. Por otro lado, se niega el derecho a una asistencia humanitaria integral, pues sólo se contempla en el Plan una ayuda económica de emergencia, insuficiente para la satisfacción de las necesidades básicas de los desplazados. Así, se aplaza el derecho a la justicia y a la reparación integral por los daños causados.

Contra el derecho a la información objetiva y oportuna y la libre expresión: Todos los ciudadanos tenemos derecho a una información veraz y oportuna. El Plan Colombia no sólo ha estado cargado de mentiras, sino que además no se ha brindado a la opinión publica una información amplia y transparente sobre las verdaderas intenciones del Plan y sobre los distintos rubros económicos aprobados, dentro de los cuales hay algunos que permiten abrigar la sospecha de la realización de "acciones encubiertas" de inteligencia, de asesorías militares, de acciones paramilitares, etcétera. Por otro lado, quien expresa una opinión contraria al Plan Colombia es señalado por importantes funcionarios estatales (civiles y militares) como un "enemigo de la paz de Colombia y de las Fuerzas Armadas".

Contra los derechos colectivos y del ambiente: Las operaciones militares, de fumigación, erradicación y utilización de agentes biológicos constituyen un grave atentado contra los derechos colectivos de las comunidades y grupos étnicos y raciales y contra la conservación de la biodiversidad, el ecosistema y el ambiente.

Estamos a las puertas de una guerra biológica que ha transitado desde el uso de herbicidas como el glifosato para la fumigación de las plantas de coca, con graves daños ambientales y contra las poblaciones campesinas, hasta la puesta a prueba de una solución fungicida, con el hongo Fusarium Oxysporum, con graves consecuencias para un ecosistema de por sí vulnerable como es la Amazonia.

 

La confusión de Washington

Michael Shifter

 

"¿Tienen los Estados Unidos vocación de superpotencia?". Como siempre, las preguntas más pertinentes son formuladas en América Latina. ¿Saben los Estados Unidos cómo usar su poder eficazmente para avanzar mejor sus intereses y valores en el mundo?

Hoy en día ninguna decisión política plantea de mejor manera la centralidad de esta pregunta que Colombia. Uno podría suponer que los Estados Unidos buscarían usar su poder para ayudar al Estado colombiano a hacer lo que obviamente hoy en día no puede hacer, es decir, proteger a sus ciudadanos. Formular en esos términos el principal objetivo de la política norteamericana frente a Colombia no sería un gesto altruista, sino simplemente la forma que uno podría suponer más inteligente de defender los diferentes e importantes intereses de Estados Unidos en cuestión, a consecuencia de las diferentes crisis colombianas. Éstas incluyen la promoción de la democracia y los derechos humanos, el mejorar las condiciones para la estabilidad, el combate al tráfico ilegal de drogas, la construcción de cimientos para la prosperidad y el control de la inmigración.

Lo que está en juego es mucho. El continuo deterioro tiene enormes costos para Colombia, para sus países vecinos y para los Estados Unidos. Es difícil imaginar cómo cualesquiera de estas metas norteamericanas pueden ser conseguidas o siquiera avanzadas en las actuales condiciones colombianas de abierta anarquía e inseguridad. Uno podría suponer que un país tan poderoso como los Estados Unidos tendría la capacidad de ser lo suficientemente sofisticado para desarrollar un concepto estratégico coherente y una política amplia que responda a esas realidades.

Si uno supusiera todo eso, estaría equivocado. Podemos buscar hasta el cansancio por señales de ese concepto estratégico, y no lo encontraremos. El paquete de ayuda a Colombia de 1,3 mil millones de dólares refleja en cambio sólo el deseo de "ser más firmes" en temas de drogas proveyendo más ayuda militar. Ésta no es una política que responda a las realidades colombianas, sino más bien un espasmo producto de las realidades políticas domésticas de los Estados Unidos. Los paquetes de ayuda de los Estados Unidos son invariablemente una mezcla de las preocupaciones domésticas y de otras consideraciones más sustantivas, pero en este caso lo que se pone en práctica está abrumadoramente marcado por lo primero.

No se puede negar que algunos de los discursos del presidente Clinton y algunos de los artículos de la secretaria de Estado Madeleine Albright han sido alentadores al apuntar precisamente a los temas correctos. En ellos se centraron en la necesidad de trabajar con los colombianos para defender su democracia y "desnarcotizar" las relaciones entre los Estados Unidos y Colombia. Sin embargo, y probablemente sin intención, ellos han dado una impresión equivocada. Una revisión aún superficial del paquete de ayuda muestra que el énfasis está en "empujar en el sur de Colombia" a través de dos elementos claves de la fórmula clásica de la lucha antidrogas: la erradicación y la interdicción. ¿Alguien cree que ésta es la mejor manera de ayudar a Colombia para proteger a sus ciudadanos y lidiar con sus problemas fundamentales? (¡Y eso sin mencionar su inutilidad para luchar contra el tráfico de drogas mismo!) En el mundo real maravilloso de la política de Washington hay una preocupante desconexión entre, de un lado, las usualmente refinadas palabras pronunciadas por los funcionarios que definen las grandes políticas y, del otro, las equivocadas orientaciones de los paquetes de ayuda que realmente se aprueban.

Parte del problema deriva del hecho de que cuando se habla de Colombia, paquete, política y plan se usan frecuentemente como palabras intercambiables. Toda la atención se focaliza en lo que el paquete de ayuda debe contener, en lugar de hacer frente a los elementos más amplios de lo que la política norteamericana debería ser, ahora y en el largo plazo. Hay una confusión desafortunada entre política, de un lado, e instrumentos para la política, del otro. ¿Qué hay, por ejemplo, de la presión, la influencia y los rec-ursos diplomáticos y políticos del tipo de los que los Estados Unidos han empleado en Irlanda del Norte o en el Medio Oriente? En este caso un paquete de ayuda mal concebido es el que domina todas las discusiones públicas sobre la política para Colombia.

Lo que más llama la atención es que el paquete de ayuda norteamericano no se distinga del Plan Colombia mismo. Éste es bastante más amplio que la ayuda específica que los Estados Unidos dan a este Plan. Si bien esta confusión es comprensible –después de todo, casi lo único que se ha conseguido hasta ahora para financiar este plan de 7,5 mil millones de dólares es la parte que han apoyado los Estados Unidos–, es importante tener en cuenta que éste es más amplio y más interesante.

Es cierto que el Plan Colombia está también mal concebido, podría tener una mayor especificidad y ser más agudo en su foco estratégico, pero por lo menos ofrece un marco conceptual bastante más amplio orientado a poner a Colombia en un curso de reconciliación y reconstrucción. Si bien dista mucho de ser un plan detallado, es en cambio un punto de partida valioso para trabajar sobre los profundos e interconectados problemas colombianos.

A los funcionarios de los gobiernos de los Estados Unidos y de Colombia que reclaman que este es un plan "colombiano", les salen al frente quienes señalan que este plan ha sido concebido, diseñado e impuesto desde Washington. En esto los críticos del Plan Colombia tienen un buen punto. ¿Es el Plan Colombia genuinamente colombiano, o un plan enteramente norteamericano? Como suele suceder, la verdad está en algún lugar en el medio de estos dos puntos de vista contrarios. La tarea, no siempre fácil, es tratar de determinar el nivel de coincidencia o convergencia entre lo que propone (¿de­manda?) Estados Unidos y lo que los colombianos realmente creen que es necesario hacer.

Cualquiera sea la verdad, la percepción más extendida fuera de los círculos gubernamentales es que este Plan Colombia es esencialmente un plan norteamericano. Esto plantea un problema muy serio para el presidente Pastrana, quien necesita el apoyo de otros gobiernos latinoamericanos y europeos para hacer eficaz su esfuerzo de paz. Estos gobiernos tienden a ver el Plan Colombia como un esfuerzo de guerra contra las guerrillas disimulado, para el consumo político doméstico norteamericano, con el argumento de la "lucha contra las drogas". En este sentido fue revelador que, en una breve declaración emitida en Brasilia al final de la Cumbre de Jefes de Estado de Sudamérica el 1 de setiembre, se expresara el apoyo para el "proceso de paz en Colombia", para el "presidente de Colombia" y para el "gobierno de Colombia". ¿Qué hubo del "Plan Colombia"? No lo mencionaron para nada.

Esto da cuenta de un problema fundamental entre las naciones hemisféricas, la asimetría del poder y la continua sospecha y desconfianza sobre los motivos de los Estados Unidos en América Latina. Para muchos latinoamericanos el problema no es tanto con Colombia, sino con la forma en que los Estados Unidos está interviniendo en la región. El peso de la historia, la intervención norteamericana en Kósovo y la reciente designación de un general de los Estados Unidos para dirigir las operaciones en Colombia, no ayudan a aliviar estas preocupaciones. Pero los críticos, que con razón señalan y dan cuenta de una política de drogas mal concebida y del riesgo de terminar empantanados en una "vietnamización", tienen a su vez la responsabilidad de plantear opciones para hacer frente a la severa crisis de seguridad colombiana.

Hay una alternativa sensata tanto para la manera en que los Estados Unidos se relacionan con América Latina, como, específicamente, para su aproximación al problema colombiano. Los Estados Unidos deben consultar ampliamente y movilizar apoyo internacional para ayudar al gobierno de Colombia a superar la situación de anarquía y para mejorar su capacidad de proteger a sus ciudadanos. Esto significaría proveer asistencia en seguridad, poniendo énfasis en la profesionalización de las Fuerzas Armadas y la Policía, con una estricta insistencia en estándares de derechos humanos. También es fundamental una más amplia ayuda económica, política, social y humanitaria. Lo que no queda claro es si los Estados Unidos son en realidad capaces de desarrollar un liderazgo político que lleve a cabo de manera inteligente y constructiva políticas en el marco planteado.

"¿Tienen los Estados Unidos vocación de superpotencia?". Por el bien de todos, espero que sí; pero, sinceramente, tengo mis dudas.

 

¿Más perjuicios que beneficios?

Coletta Youngers

 

En febrero pasado, más de 300 hombres armados tomaron el pequeño poblado de El Salado y comenzaron una "calculada campaña de tortura, violaciones y asesinatos". Cuando ésta terminó, 36 pobladores, incluyendo a una niña de 6 años, habían sido asesinados acusados de haber colaborado con las FARC. Mientras esta tragedia ocurría, unidades policiales y militares se encontraban a sólo unos pocos kilómetros de distancia, pero no hicieron ningún esfuerzo por intervenir; al contrario: bloquearon la ruta hacia El Salado para asegurarse de que ningún grupo de derechos humanos o de ayuda humanitaria pudiera intentar detener la carnicería. El coronel a cargo de la región durante los hechos sería luego promovido a general1.

Este no es un incidente aislado, sino más bien uno representativo de la trágica historia de colusión entre los miembros de las Fuerzas Armadas de Colombia y los grupos paramilitares de derecha; una historia que no ha cambiado en los años recientes, no obstante los reclamos del gobierno colombiano en sentido contrario.

A pesar de esta historia, el gobierno de los Estados Unidos está a punto de apoyar a los militares colombianos con casi mil millones de dólares –casi dos millones de dólares diarios directamente para las fuerzas de seguridad en los próximos dos años2. El grueso de esos 1300 millones de dólares está dirigido a aumentar la capacidad de las Fuerzas Armadas de Colombia en su guerra contra las FARC. La piedra angular del paquete es la de "Empujar en el Sur de Colombia" con el objeto de recuperar el control de la zona cocalera en la región, hoy en manos de las FARC, y, de esa manera, darle un golpe fatal tanto a las guerrillas como al comercio de drogas. Para ese fin, los Estados Unidos van a entrenar y equipar tres batallones antinarcóticos de las Fuerzas Armadas y proveerlas de 60 helicópteros sofisticados. La legislación "limita" la presencia física en el terreno de los Estados Unidos a 500 oficiales dedicados al entrenamiento de los colombianos y a 300 civiles más contratados.

El paquete de ayuda es la respuesta de Washington al Plan Colombia, un programa de 7500 millones de dólares previsto para combatir a las guerrillas, enfrentar el tráfico ilícito de drogas y restaurar la debilitada economía del país. Más que un plan, es una lista de buenos deseos elaborada por el gobierno de Pastrana a solicitud de los funcionarios de los Estados Unidos, quienes estaban ansiosos de conseguir la aprobación del Congreso para un paquete de ayuda a Colombia. Para apaciguar a los republicanos conservadores en el Capitolio, la administración Clinton se comprometió con los componentes militares del Plan. A su vez, para calmar a los demócratas liberales, se incluyen aproximadamente 230 millones de ayuda para alternativas económicas de desarrollo, para ayudar a los desplazados, para derechos humanos, para iniciativas de paz y para propuestas en el sector justicia.

El Plan Colombia no había sido debatido en este país y se conoció primero en Washington que en Bogotá, donde ha sido recibido con gran escepticismo por las ONG, los grupos religiosos y la comunidad académica. Más de 75 importantes ONG han firmado una declaración señalando su oposición al Plan Colombia, por tener un enfoque predominantemente militar; a su vez, decenas de grupos no gubernamentales han dicho ya que no aceptarán la ayuda de los Estados Unidos, la que ven como un caramelo destinado a endulzar el apoyo a la contrainsurgencia. Un líder religioso, el obispo Nel Beltrán, ha sostenido, al dar cuenta de las objeciones de la Iglesia católica al Plan Colombia, que "necesitan justicia, no venganza"3.

Quienes se oponen al Plan Colombia cuestionan también que se continúe con la erradicación aérea y el posible uso de microherbicidas contra los cultivos de coca, dado el daño potencial devastador a la salud y al medio ambiente que causan estas estrategias. A la fecha, los esfuerzos contra narcóticos apoyados por los Estados Unidos han fallado miserablemente en Colombia y en todas partes. El Plan Colombia simplemente va a desarrollar mucho más una aproximación al problema que ya ha probado ser equivocada.

Aquellos que apoyan el Plan reclaman, en cambio, que la crisis colombiana ha llegado a tales proporciones que los Estados Unidos y otros gobiernos deben y tienen que ir a rescatar al gobierno de Pastrana. De hecho, por varios años organizaciones como la Oficina en Washington de Asuntos Latinoamericanos (WOLA) han buscado atraer la atención de quienes sostienen que las políticas norteamericanas hacia la violencia política y la crisis de derechos humanos están fuera de control en Colombia. No se trata, por tanto, de si la crisis colombiana debe recibir atención especial o de si Colombia merece un alto nivel de ayuda norteamericana. Lo que está en cuestión es el tipo de ayuda que se necesita. Y el presente paquete puede terminar causando más perjuicios que beneficios.

La actual aproximación al tema desde el punto de vista militar es esencialmente errada. Además, ignora cuál es hoy el actor más importante en la violencia política, a saber, los grupos paramilitares de derecha, que están profundamente involucrados en el tráfico de drogas y plantean una amenaza frontal a la democracia colombiana. Los funcionarios de los Estados Unidos sostienen que fortalecer a las Fuerzas Armadas de Colombia va a permitirles atacar a los grupos paramilitares. Esto es como creer que a Al Capone se le debió encargar la vigilancia del cumplimiento de las leyes contra la prohibición, o como si, en el Perú, se le pidiera a Montesinos la reforma del SIN.

El Congreso de los Estados Unidos incluyó en el paquete de ayuda condicionalidades con relación al tema de los derechos humanos, las que exigen al presidente certificar que las Fuerzas Armadas de Colombia estén sancionando las violaciones de derechos humanos en sus filas, a la vez que cortando sus lazos con las fuerzas paramilitares. En la medida en que el presidente Clinton no podía acreditar que esas condiciones se habían cumplido, apeló al derecho que la ley le otorga de hacer excepciones y así poder abrir el caño a fines de agosto antes de su viaje a Cartagena. Al hacerlo, Clinton ha enviado un peligroso mensaje a las Fuerzas Armadas de Colombia, en el sentido de que Washington estaría dispuesto a tolerar la colusión entre las Fuerzas Armadas y los paramilitares. En una carta a Clinton enviada por 65 organizaciones norteamericanas –de derechos humanos, religiosas y de políticas públicas– se señala que "muchos de los firmantes tienen graves dudas sobre lo adecuado de esta masiva infusión de asistencia militar a Colombia... (pero que) sería un desastre si las condiciones sobre derechos humanos resultaran letra muerta desde el comienzo".

Una aproximación militar a un conflicto que ya lleva décadas muy probablemente llevará sólo al incremento de la violencia y a los abusos de derechos humanos. Las fuerzas que combaten en Colombia han estado militarmente en un punto muerto por años, y no se puede imaginar un cambio en esa correlación de fuerzas, con o sin el paquete de ayuda norteamericana. Ya las FARC han señalado que comprarán misiles tierra-aire para protegerse de los 60 helicópteros que serán entregados a las Fuerzas Armadas.

Más todavía: el "empujar en el sur de Colombia" va a aumentar muchos nuevos a los ya más de un millón de desplazados internos en Colombia. La legislación aprobada por el Congreso de los Estados Unidos ya incluye asistencia para los 10 000 colombianos que los funcionarios de la administración Clinton calculan van a ser forzados a huir de sus lugares de origen; pero las organizaciones humanitarias temen que puedan ser más de 100 000 los afectados. Muchos de éstos podrían huir hacia el vecino país del Ecuador.

Lo más preocupante es quizá que la iniciativa militar debilita la ya frágil iniciativa de paz del gobierno de Pastrana. Ni la guerrilla ni las Fuerzas Armadas se embarcarán seriamente en conversaciones de paz en medio de una situación de militarización sin precedentes. Los militares colombianos ya han probado ser bastante reacios a estas negociaciones. El apoyo incondicional que han obtenido del Tío Sam solamente servirá para reafirmarlos en su resistencia a una solución no militar del conflicto. A pesar de los lentos progresos de la iniciativa de paz de Pastrana hasta la fecha, ésta sigue siendo la mejor opción para acabar con el conflicto armado.

Finalmente, tanto el Plan Colombia como el paquete de ayuda militar norteamericana plantean el riesgo de una rápida expansión de la presencia de los Estados Unidos en otro conflicto contrainsurgente que es visto como vital para sus intereses de seguridad. Ya el general Charles E. Wilhelm, que dirige el Comando Sur, ha dicho, al describir el papel de los Estados Unidos en Colombia, que "esta no es una aventura de una noche. Este es un matrimonio para toda la vida"4.

Si bien el repensar el Plan Colombia es una decisión que corresponde a los colombianos, una coalición de organizaciones no gubernamentales con sede en Washington está proponiendo una alternativa al paquete de ayuda norteamericano. En primer lugar, la administración Clinton debe poner su mayor fuerza diplomática en apoyar el proceso de paz, y la asistencia norteamericana ser asignada de acuerdo con esa decisión política. El grueso de la ayuda debe promover el desarrollo económico, apoyar el desarrollo rural en zonas conflictivas y otros programas destinados a implementar un eventual acuerdo de paz. Washington debe financiar iniciativas de paz de la sociedad civil, programas de derechos humanos y esfuerzos para fortalecer el sistema judicial. Al final la solución del conflicto colombiano estará en manos de las instituciones civiles y de los grupos que desde la sociedad civil puedan, de manera más eficaz, promover y construir la paz.

 

1. Rother, Larry: "Colombians Tell of Massacre, As Army Stood By". The New York Times, 14 de julio del 2000.

2. Isacson, Adam: "Plan Colombia: Military Response Fails to Address Social Problems". Colombia Update, verano/otoño del 2000, p. 5.

3. Citado en DeYoung, Karen: "Conflict Drives Thousands from their Homes in Colombia". The Washington Post, 6 de setiembre del 2000.

4. Citado en Schemo, Diana Jean y Tim Golden: "Bogotá Aid: to Fight Drugs or Rebels?". The New York Times, 2 de junio de 1998.