Juan Manuel Guillén

Hay que escuchar la intensa protesta social

En la resistencia contra el régimen y la lucha a favor de la democracia, Juan Manuel Guillén, alcalde de la ciudad de Arequipa, se ha consolidado como un líder político de talla nacional al haber liderado una de las corrientes de opinión más críticas al fujimorismo.  ideele ha conversado con él para conocer su mirada sobre la transición democrática y el futuro del país.

 

¿Es posible ya hablar del fin del fujimorismo en el Perú?

No creo que pueda hablarse aún del fin del fujimorismo. Primero, porque la estructura de poder organizada durante todos estos años se mantiene intacta; y, segundo, porque es difícil hacer previsiones definitivas respecto del porvenir de un político, en este caso de Fujimori. El tema aquí es el reemplazo de esa estructura de poder autoritaria por una democrática, y eso va a necesitar de algún tiempo. No olvidemos que no se trata de cambiar personas sino de democratizar todo el ejercicio del poder político en el país.

¿Cuáles serían las reformas más inmediatas para la redemocratización?

En términos inmediatos, lo concerniente a la reestructuración del Poder Judicial, el Ministerio Público y el Tribunal Constitucional. Segundo, el tema de la prensa, que es un asunto delicado no sólo por las presiones del gobierno sino también por las opciones de los propios medios. Este último problema tiene que ser resuelto de tal manera que se garanticen las libertades fundamentales y, a la vez, se permita el trato igualitario de los medios. Tercero, el tema de las Fuerzas Armadas: se trata de que éstas se institucionalicen y profesionalicen como un factor de cohesión y dejen atrás el involucramiento político en el que se hallan actualmente. Por último, hay que reformar de manera urgente el sistema electoral para generar la credibilidad y estabilidad que se requiere de inmediato.

¿Cree que estamos avanzando hacia estas reformas indispensables?

En las formas y en los acuerdos, quizá; pero en lo sustancial, no. Insisto en que la estructura de poder autoritario no ha sido aún tocada, y nuestra mayor preocupación es que el liderazgo de la oposición está más atento a los aspectos formales que a las cuestiones de fondo que implicarían tomar medidas muy radicales.

¿Una oposición sentada en la mesa de diálogo, negociando reformas pero sin capacidad de producir los cambios radicales que se requieren?

Sí. El riesgo es caer en una especie de trampa de formalidades que no permita avanzar en los cambios sustanciales. Un ejemplo es el énfasis puesto en los cronogramas para el proceso electoral antes que en las condiciones para que éste pueda realizarse en forma transparente y justa. ¿Van a ser las mismas condiciones imperantes en el proceso anterior?

Es evidente que la dinámica de la protesta social que hay en el interior es muy importante e intensa. ¿En qué medida esa dinámica de protesta social puede influir en el curso del actual proceso político y tener impacto en el tipo de transición democrática?

Hay, en efecto, una dinámica de protesta social muy intensa en todo el país. Nuestra preocupación es que las demandas que plantea esta protesta social están yendo por un canal diferente del que está planteando la oposición política que participa en la mesa de diálogo. La razón fundamental es que hay mucha desconfianza generada por la permanencia del ingeniero Fujimori y por el hecho de que sea él quien presida el período de transición y el nuevo proceso electoral. Con los antecedentes que existen, con un aparato autoritario que no ha sido desmontado y que sigue a su disposición, puede de nuevo distorsionarse el proceso para favorecer a una candidatura oficialista. En el interior esa desconfianza es grande, y en Lima la oposición ya ha aceptado que Fujimori presida la transición.

¿Hay entonces un desencuentro entre una demanda social generalizada en el sentido de la salida de Fujimori y la oposición que en la mesa de diálogo acepta que Fujimori se quede?

Creo que sí hay ese desencuentro, y en ese sentido está extendiéndose incluso un cierto desaliento. Si se aceptan las reglas de juego que se están poniendo desde ahora, después van a tener que aceptarse los resultados y nadie va a tener de qué quejarse. Y la primera condición básica para un proceso electoral limpio era que Fujimori saliera, pero ahora se ha aceptado que se quede. Que nadie se queje después si aparecen situaciones críticas.

¿Si no se responde a una demanda generalizada de salida de Fujimori ni se atienden las demandas económicas de la población; si la oposición política no ha asumido ni canalizado las demandas sociales, no hay posibilidades de que en algún momento se produzca un desborde social?

Sí, porque la ingobernabilidad se extiende por todo el país. La población lo siente así. Eso es muy riesgoso para la estabilidad política y económica. Para frenar esa ingobernabilidad nosotros hemos propuesto que el ingeniero Fujimori renuncie y abra paso a un gobierno de transición. Pero eso no se ha producido aún, y la ingobernabilidad se intensifica. El desborde puede expresarse no a través de una violencia tipo Sendero, sino más bien con la extensión de la delincuencia por todo el país.

¿Cree que todavía es posible generar una alternativa para un gobierno de transición sin Fujimori?

Con los acuerdos tomados en el Congreso entre la oposición y el oficialismo, no hay forma ya de pensar en un gobierno de transición sin Fujimori. Obviamente, los movimientos sociales van a seguir demandando eso, pero creo que en términos reales la permanencia de Fujimori hasta el 28 de julio está consolidada.

¿Qué haría que esa permanencia en el poder de Fujimori sea lo menos dañina posible para la transición democrática? ¿Qué amarras ponerle?

Una primera cuestión, obviamente, es establecer condiciones políticas a través de la mesa de diálogo o del propio Congreso para que en el proceso electoral nada tengan que ver, ni directa ni indirectamente, el Presidente o cualquier otro funcionario que esté vinculado al manejo de los recursos del Estado. En segundo lugar, creo que es absolutamente urgente el fortalecimiento de los partidos políticos. Si ello no ocurre, vamos a tener una perspectiva de ambiciones desatadas en una suerte de lucha por el reparto de la nueva torta del poder.

¿Eso pasaría por una oposición unida alrededor de un solo candidato?

Sería ideal una candidatura única de la oposición, pero por los antecedentes y por lo que está ocurriendo, no creo que ello vaya a producirse. Lo que sí debe hacerse de todos modos es garantizar las condiciones mínimas de transparencia para la realización del proceso electoral. Ahora bien: en caso de que se lograra una candidatura única, ésta tendría que cumplir tres requisitos: primero, ser un factor de cohesión, no de división; segundo, que alrededor de dicha persona pueda consolidarse rápidamente un equipo de trabajo técnicamente muy solvente y eficiente; y, tercero, que este candidato logre la recuperación de la imagen internacional de la forma más rápida posible.

¿Y hay en el país una persona que reúna esas características?

Creo que sí. Obviamente, no es el momento de anunciar esto, pero sí estoy completamente seguro de que hay más de una persona con méritos suficientes. Quienes están ejerciendo hoy los liderazgos tienen también méritos que en mi opinión son suficientes, pero ojalá sea posible concertar una opinión cohesionada alrededor de una candidatura.

¿Qué otras cosas más se tendrían que hacer para producir los cambios reclamados?

Es fundamental que el liderazgo de oposición busque consensos programáticos. En lugar de ello han aparecido ya discrepancias en torno de opciones personales e individuales de carácter electoral.

¿Qué papel habría que asignar a los liderazgos regionales para la construcción de tales consensos programáticos?

Ojalá pudiera integrarse los esfuerzos de todas las regiones del país. Si nos vamos a seguir manejando con una propuesta que venga sólo del centro, sin la participación del resto del país y de los liderazgos regionales, como usted los ha llamado, la posibilidad de que tales consensos tengan vigencia colectiva es mínima. Uno de los aportes de estos liderazgos regionales ha sido la defensa de los valores y principios democráticos, cuestión fundamental para la educación de nuestra población en tanto le ha permitido revalorar la democracia como una necesidad. Si los liderazgos centralizados en Lima no toman en cuenta esta nueva preocupación por la democracia de la población del interior, se va a desperdiciar un aporte colectivo nacional fundamental.

¿Esa esperanza puesta en los liderazgos regionales no ha sido acaso mellada por la experiencia del ex alcalde Federico Salas, que apareció precisamente como líder regional manejando ese mismo discurso?

Sí, efectivamente. Ahí hay una especie de deserción que ha mellado el carácter colectivo de la imagen de los liderazgos regionales. Pero cada coyuntura genera los reemplazos que corresponden a ese momento, y creo que en el actual proceso de protesta ciudadana en todo el país se han generado ya nuevos liderazgos. Quizá aún no han adquirido la dimensión regional o nacional que les dé un peso y significación mayores, pero todo eso está en un proceso formativo impresionante. Eso se ve mejor desde el interior que desde Lima, por ejemplo.

En términos de descentralización y gobiernos locales, ¿cómo deja el país Fujimori?

La situación es negativa. Una de las críticas que se ha venido haciendo a los gobiernos locales es que han mostrado mucha ineficiencia, pero lo que no se dice es que ello se ha debido precisamente a la subordinación política a la que han estado sometidos. En consecuencia, no ha habido un proceso de aprendizaje social. En las condiciones actuales existe una gran debilidad que hay que enfrentar asignándole a los gobiernos locales mayores responsabilidades, no quitándoselas.

¿Qué reformas habría que hacer para asegurar una descentralización democrática?: ¿gobiernos locales o gobiernos regionales?

Nosotros hablamos de una democracia descentralizada que supone la reestructuración completa del Estado. La descentralización, en mi opinión, debe darse a través del fortalecimiento de los gobiernos locales más que en las asambleas regionales, porque los primeros tienen mayor capacidad para articular propuestas de carácter regional en materia de infraestructura, economía, etcétera, con los sectores empresariales, gremiales o profesionales. No creo que sea necesario multiplicar instancias y aumentar burocracias en gobiernos o asambleas regionales que pueden llegar a ser simplemente más instrumentos burocráticos que un ejercicio real de programas definidos de desarrollo.

Justamente el gobierno local que usted preside ha lanzado iniciativas para concertar esfuerzos de desarrollo en una gran región macrosur, con la participación de otros gobiernos locales y sectores significativos del ámbito privado. ¿En qué consiste la propuesta?

Primero buscamos identificar los problemas comunes, y encontramos que uno de ellos era el de la recesión y la desocupación. Arequipa, por ejemplo, tiene uno de los índices más altos de desocupación (15%). En segundo lugar, elaboramos una propuesta común para hacer frente a ese problema, teniendo en cuenta las identidades económicas de cada uno de los departamentos. Tercero, buscamos factores comunes que hiciesen posible el desarrollo, pensando, por ejemplo, en temas como la integración vial que llega a la zona norte de Chile o a las zonas occidentales de Brasil y Bolivia. Por último, elaboramos un conjunto de propuestas que contemplan aspectos como el tributario, con el fin de promover la producción.

Hay allí un conjunto de experiencias muy concretas que nos ponen de manifiesto que, viendo las cosas de manera integral a partir de nuestros problemas específicos, podemos encontrar objetivos, propuestas y proyectos comunes.

¿El que sea usted claramente opositor no le ha granjeado problemas con alcaldes más bien oficialistas para avanzar en su propuesta de región macrosur?

Los recelos políticos han sido más del gobierno central que de los ámbitos locales o regionales. Hemos avanzado en la búsqueda de objetivos comunes manteniendo cada quien su propia identidad política.

¿Cómo así su propuesta de democracia descentralizada viabiliza la participación ciudadana en los asuntos públicos y la fiscalización del poder político?

En primer lugar a través de los medios, cuyo papel es central para la democracia. Su énfasis está puesto ahora en los temas coyunturales y la noticia del día, pero hacen poco por educar políticamente a la población. Deberían pensar en formas de educar a la población y mirar el país desde una perspectiva estratégica más que coyuntural.

En segundo lugar, necesitamos diferenciar claramente los objetivos de Estado de los de Gobierno. Los gobiernos deben cumplir metas específicas en la consecución de los objetivos de Estado. Eso también ha sido descuidado.

En tercer lugar está todo lo referido a la independencia de los poderes. Yo creo que no vamos a poder lograr una democracia efectiva, y mucho menos una democracia descentralizada, si no se separan con precisión las fronteras y los límites de cada poder del Estado. La independencia y el fortalecimiento de la autonomía de cada poder del Estado son cruciales no sólo para el ejercicio de la democracia sino también para la reforma del Estado, propendiendo a la descentralización.

¿Y el tema de la participación ciudadana?

Se construye a partir del involucramiento de cada grupo poblacional en temas de su directo interés. En Arequipa, por ejemplo, hemos impulsado la participación para hacer frente al problema de la contaminación. Nuestra población entendió que eso afectaba su calidad de vida y se comprometió con tareas de reforestación. El asunto es que desde esos problemas cotidianos los ciudadanos puedan ir involucrándose en grandes temas de orden social y político que comprometan a la sociedad en su conjunto.

¿Cómo se siente personalmente frente a lo que pasa en el país? ¿Es optimista o pesimista?

Por temperamento, me siento siempre optimista. Estoy seguro de que hay capacidades y potencialidades que nos van a permitir superar los riesgos y los peligros que tenemos por delante. Soy consciente de que el riesgo mayor es en la actualidad el de la desmoralización, debido a la distancia que hay entre lo que la mayoría de la población peruana demanda en relación con la transición democrática y el comportamiento que está mostrando la dirección política nacional. Hay que frenar eso inmediatamente y devolverle a la gente la fe y confianza en nuestras capacidades y en el futuro del país.

¿Qué tendría que hacer en este momento esa dirección política nacional para superar el desencuentro?

Aproximarse más al interior del país. Están mirando las cosas muy alrededor de la mesa, muy entre ellos, y se han distanciado mucho de la relación con la gente. Sería bueno que se tomaran unas horas para descubrir por sí mismos cuál es el pulso de nuestra población.

¿Y probablemente recuperar también un poco de optimismo?

Por supuesto que sí. Absolutamente.