Partidos políticos:  
 ¿qué hacer?

Segunda parte del especial de ideele sobre partidos políticos. Esta vez presentamos el segmento del conversatorio mirando el futuro, un muy buen artículo de Francisco Guerra y la segunda tanda de la encuesta sobre el tipo de partido que queremos en el Perú.

 

La crisis de los partidos y cómo salir de ella

Francisco Guerra García

Proponer salidas para la crisis de los partidos políticos en el Perú requiere tener una idea sobre su naturaleza y alcances. Como nos han solicitado un artículo de 100 líneas y queremos cumplir con el encargo, queda claro que lo que haremos será más bien un texto telegráfico en el que se señalan temas y se bosquejan posibilidades.

 

Aclaración necesaria

Aunque la crisis de los partidos es indisociable del proceso político, económico y social de los últimos 15 años, haremos el esfuerzo por aislar el tema y referirnos principalmente a las causas más bien internas, propias de los partidos, sin por ello dejar de pensar que la relación entre la sociedad peruana y sus partidos es un camino de doble vía: los partidos se conforman por ciudadanos que asumen su responsabilidad política. Lo que queremos decir es que cada sociedad tiene los partidos que se merece. Y decimos esto porque en nuestro país la crítica se ha centralizado excesivamente en las dirigencias partidarias, en las elites políticas. Pero, en realidad, la crítica debería extenderse a toda la clase dirigente del país, vale decir, a todas las elites: empresariales, intelectuales, militares, religiosas, periodísticas, profesionales, sindicales, etcétera. Hemos carecido y carecemos de sentido del largo plazo, de actitudes y aptitudes favorables a la organización y los proyectos colectivos y, sobre todo, generosidad y disciplina para subordinar los proyectos e intereses personales y grupales al bien común, al interés público y al desarrollo nacional.

La ausencia de democracia interna

Los partidos son instituciones complejas. Para el logro de una inserción eficiente en la sociedad que pueda traducirse en términos de la adhesión de votantes, simpatizantes, miembros y militantes, no se requiere únicamente de una afinada maquinaria electoral. Para que esa adhesión sea constante son necesarios: una lectura, permanentemente renovada, de la realidad nacional; un programa de corto y largo plazo, que responda a los problemas más sentidos por la población; una ideología y unos principios que rescaten los valores de la libertad, la igualdad, la solidaridad y la tolerancia; una organización democrática y eficiente, descentralizada y descentralizadora, y una práctica interna que encarne esos principios y valores en el cotejo constante con una realidad, en nuestro caso, siempre carencial, conflictiva y extraordinariamente heterogénea.

Dado el espacio de que disponemos, queremos desarrollar, muy brevemente, sólo este último tema, el de la democracia interna, porque consideramos que, si no ha sido el único, es quizá el más importante para explicar la actual situación de los partidos en el Perú.

El dinamismo interno de las organizaciones políticas en todos sus niveles –nacional, regional, local– gira alrededor de la pugna por el liderazgo y la representación. Para que esta pugna no concluya en divisionismo, enquistamiento de los dirigentes o caos organizativo, ella debe ser normada y las normas respetadas. Estas normas deben establecer claramente las reglas de la representación interna, el plazo para los mandatos y el necesario recambio de líderes y dirigentes. Estrechamente ligado al recambio de liderazgo y dirigencias está el problema de la renovación de la lectura de la realidad nacional y de los programas y estilos de la acción política.

En nuestro país hemos vivido y sufrido demasiados liderazgos vitalicios; demasiados caciques, grandes y pequeños; demasiados partidos con dueño y jefe indiscutido e indiscutible. La ausencia de las prácticas de la democracia interna ha estado y está en la base de la debilidad y la esclerosis partidaria. Debemos acabar con el mito del hombre fuerte. Lo que necesitamos son organizaciones fuertes y estables.

La incapacidad de adaptación a los cambios

El problema de la esclerosis ideológica, organizativa y programática en un mundo caracterizado por la aceleración del cambio, si no se reacciona de manera urgente y drástica, adquiere las características de una dolencia mortal. En esa situación estamos.

Hagamos solamente una reflexión adicional recordando siempre que desde mucho antes de la invasión española, el territorio que ahora llamamos Perú y que es nuestra patria fue siempre una sociedad extraordinariamente diversa y heterogénea.

Esa reflexión propone comparar y vincular el crecimiento de la población con el crecimiento del cuerpo electoral, es decir, el conjunto de los ciudadanos que tienen el derecho al voto. Para ello utilizaremos como punto de partida el año 1931. Un momento importante, porque a fines de los años 30 se producen un conjunto apreciable de cambios: caída de la dictadura de Leguía, surgimiento del indigenismo y los partidos modernos, establecimiento de un nuevo y mejor sistema electoral, cambios en el sistema político mundial y especialmente de nuestras relaciones con los Estados Unidos de América, etcétera.

Usaremos cifras gruesas, pero de un modo tal que no falsifiquen la realidad. En 1931 votaron aproximadamente 380 000 peruanos y la población llegaba a una cifra ligeramente menor a los 6 millones de habitantes. Treinta años después, a mediados de los años 60, la población se duplicó pero el cuerpo electoral se sextuplicó. Una vez más, treinta años después, a mediados de los años 90, la población se vuelve a duplicar y el cuerpo electoral vuelve a sextuplicarse. La población alcanza una cifra aproximadamente de 24 millones de habitantes y el cuerpo electoral bordea los 12 millones de votantes.

Lo que queremos evidenciar es que entre 1931 y la actualidad la población del Perú se multiplicó por cuatro, pero el cuerpo electoral se multiplicó por treinta. Pasó de 380 000 electores a 12 millones. Todo esto en el marco de un intenso proceso migratorio y de concentración urbana. Podemos, pues, imaginar cómo el "desborde popular" es en realidad una inconmensurable y heterogénea multiplicación de necesidades y demandas insatisfechas. Es a este desafío al que tiene que responder todo el país, todas las elites y particularmente los partidos.

¿Qué hacer?

En primer lugar, hay que abrir los ojos y el corazón. Hay que tomar conciencia de la situación y reaccionar de manera proporcional a la magnitud del desafío. La participación política sólo puede ser eficiente si es organizada. En consecuencia, los partidos son necesarios para el desarrollo del país. Frente a esta situación hay dos opciones básicas: fortalecer los partidos existentes o crear nuevas organizaciones políticas.

En las últimas semanas hemos podido apreciar las terribles consecuencias del carácter aluvional y fundamentalmente electoral de los viejos y nuevos partidos. Requerimos organizaciones políticas que ofrezcan visiones, estilos, ideologías y prácticas acordes con los tiempos. Pensamos que ya no hay lugar para las ideologías rígidas y los compromisos excluyentes. Pero necesitamos partidos fuertes con ideología, principios y programas permanentemente renovados y, sobre todo, organizaciones que practiquen sus principios, que sean respetuosas de la democracia interna. En primera instancia el problema es ético. La política es primordialmente una acción de servicio al desarrollo nacional. Una acción que debe ser transparente, solidaria y eficiente. Una tarea que contribuya a la creación de comunidades y a la construcción de sentido para nosotros y para los demás.

Francisco Guerra García es analista político.