Crónica de un Congreso de Psiquiatría

Eduardo Gastelumendi D.

Un importantísimo congreso de psiquiatría se realizó recientemente en el Perú. ¿Cómo estuvo? ¿Cuál fue el menú de ideas? ¿Qué se dijo y qué no? ¿Quiénes estuvieron? Agradecemos al autor esta crónica para ideele.

 

Entre el 20 y el 23 de setiembre pasado Lima fue escenario de la más importante convención de psiquiatría de la región latinoamericana en los últimos años y del Perú en las últimas décadas. Nos referimos al XXI Congreso Latinoamericano de Psiquiatría y al XVI Congreso Nacional de Psiquiatría, reuniones que tuvieron como epónimo al peruano Carlos Alberto Seguín y como lema "Hacia un lenguaje compartido". Se trató de un congreso notable, marcado por intercambios sumamente enriquecedores, aunque no exento de dificultades, como la lamentable ausencia de tres directivos de la Asociación Psiquiátrica de América Latina (APAL) –el presidente, el secretario general y la tesorera, los tres cubanos–, quienes tuvieron problemas en la obtención de sus visas (el vicepresidente y los tres secretarios regionales suplieron, salvando algunas dificultades, las ausencias).

Los participantes extranjeros que a pesar de la coyuntura política decidieron venir al Perú a compartir su experiencia médica profesional pudieron disfrutar de un encuentro científico y gremial del más alto nivel, y tuvieron la oportunidad de vivir, al lado de los nacionales, unos días de tensión política que recordarán por muchos años: el vídeo que muestra a Vladimiro Montesinos, asesor de la Presidencia y del Servicio de Inteligencia Nacional, sobornando a Alberto Kouri, postulante elegido para representar en el Congreso a uno de los partidos de la oposición, para que se pasara a la bancada oficialista, había sido la gota que rebalsó todo un mar de corrupción e intriga que desde hace más de dos elecciones presidenciales mantiene a este país en una interminable zozobra moral. El escándalo y la crisis desencadenada, de alguna manera necesaria, es algo que definitivamente nos costará superar, tanto a propios como a extraños. Estas circunstancias terminaron siendo un material de reflexión y análisis psicopatológico para muchos.

La APAL fue fundada en La Habana en 1960 por cuatro psiquiatras latinoamericanos, entre los que se encontraba Carlos Alberto Seguín. Está conformada por 21 asociaciones psiquiátricas, correspondientes a la más representativa de cada uno de los países de la región como miembros titulares y por algunas otras más como miembros asociados. En 1964 realizó su tercer congreso en Lima; aquélla fue la única vez que el Perú sirvió como sede. Revisando los anales publicados entonces, percibimos la importancia que tuvo el encuentro. Fue inaugurado por el Presidente de la República, Fernando Belaunde, y contó con la presencia del alcalde de Lima, Luis Bedoya Reyes.

Aunque las aspiraciones integradoras de la APAL son importantes, su principal actividad ha estado limitada desde entonces a realizar un congreso latinoamericano cada dos años. Su nueva directiva (que incluye, además del doctor Rafael Navarro en la presidencia, a los peruanos Hugo Chávez en la secretaría general y a Raquel Kahn en la tesorería) y los cambios realizados en su estructura durante la Asamblea General realizada ahora en Lima, reúnen las condiciones para llevarla a ser una organización mucho más activa y con una presencia constante en América Latina.

A diferencia del congreso de hace 36 años, el nuestro tuvo una ceremonia de inauguración esencialmente académica. El doctor Javier Arias-Stella, presidente de la Academia Peruana de la Medicina, tuvo a cargo el discurso de orden. El doctor Rafael Navarro, en su condición de vicepresidente y en representación del presidente ausente, doctor Eduardo Ordaz, de Cuba, inauguró el encuentro.

A modo de marco de referencia amplio

La llamada "década del cerebro" (1990-2000) nos ha llevado a comprender más extensa y profundamente el polo material de la mente humana. De ello no podemos tener duda. Así, los estudiosos han obtenido moléculas que alivian síntomas graves de la esquizofrenia de un modo mucho mejor que lo que habían logrado en el pasado. También han conseguido producir antidepresivos que acarrean menos intensos –o más sutiles– efectos secundarios. El conocimiento de la química cerebral ha avanzado tanto o más. El diagnóstico por imágenes ha tenido un desarrollo impresionante, comparable, en el campo de la astronomía, con los hallazgos del telescopio Hubble. Más aún: la industria farmacéutica, motor de una porción importante de los descubrimientos mencionados –y que, dicho sea de paso, nos ayudó de modo decidido y solidario a concretar este Congreso–, ha alcanzado ganancias significativas, parte importante de las cuales se reinvierte en la investigación y producción de nuevas sustancias. Finalmente, las investigaciones en genética están abriendo panoramas tan insospechados que por momentos se nos hace difícil distinguir entre posibilidades científicas reales y ciencia-ficción.

Todos estos avances, que durante los últimos 10 años llevaron a la psiquiatría a adoptar una perspectiva inevitablemente sesgada hacia el aspecto material, son producto también de una reacción a las décadas anteriores de influencia psicoanalítica. Y estas circunstancias podrían mantenerse durante algún buen tiempo más si no fuera porque, de pronto, en los Estados Unidos se plantea la necesidad de considerar nuevamente el "nivel simbólico" de los síntomas, de volver a colocar la atención profesional y humana en la relación médico-paciente1. Esta actitud, consustancial al psicoanálisis, es propia también de aquellas terapias que van más allá de la preocupación por la supresión del síntoma.

Reflexiones similares a éstas fueron las que nos llevaron a proponer el tema central alrededor del cual giró el Congreso: "Hacia un lenguaje compartido". Y, a pocas semanas de concluido el encuentro, de agotadas por el momento las discusiones, comprendemos que la meta está aún lejana. Quizá siempre lo esté, y quizá esté bien que así sea. Un colega psicoanalista que participó en una mesa redonda sobre sexualidad nos comentaba: "Tenemos un lenguaje común pero, al mismo tiempo, no tenemos un lenguaje común".

El Congreso y el programa científico

El Perú fue elegido sede del congreso de la APAL del año 2000 en el encuentro de La Habana, a fines de 1998, gracias a las fructíferas gestiones de Rafael Navarro, en aquellos momentos presidente de la Asociación Psiquiátrica Peruana.

Los días previos al 20 de setiembre transcurrieron en una tensión máxima. Estábamos a punto de recibir un número aún indeterminado de colegas de alrededor de 30 países. Pocos días antes, algunos de nuestros invitados importantes, como el norteamericano –"estadounidense", me corregiría mi hija mayor– James Leckman, autoridad mundial en la enfermedad de Tourette que daría un curso sobre ella, o Pedro Ridruejo, un enterado y simpático catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, avisaron que no vendrían. Por supuesto, atribuimos estas deserciones, con o sin razón, a la crisis desencadenada por el vídeo Montesinos-Kouri.

En términos numéricos, contamos con más de 800 participantes: 350 extranjeros de 30 países y, entre los peruanos, 250 psiquiatras, 25 enfermeras especializadas, 85 estudiantes, 70 psicólogos, médicos de otras áreas y profesionales diversos, tales como antropólogos, historiadores y economistas. Definitivamente, se trató de una asistencia masiva y variada. Recuerdo a Guillermo Vidal, destacado psiquiatra argentino recientemente fallecido y editor de la revista Acta Psiquiátrica y Psicológica de América Latina durante más de cuatro décadas, preguntándose en un congreso en Lima hace cuatro años: "¿Dónde están las psicólogas?". En esta oportunidad habría quedado satisfecho.

Hacía tiempo que un congreso de la especialidad no congregaba a tantas personas de campos distintos del específicamente psiquiátrico. Y esto fue posible gracias a que en el programa científico consideramos la psicoterapia como uno de los temas principales. Así, tuvimos el honor de contar entre nuestros profesores de cursos y conferencistas con un profesional conocido y respetado mundialmente por sus aportes teóricos y técnicos: Otto Kernberg, presidente de la Asociación Psicoanalítica Internacional. Kernberg ofreció un curso sobre cómo realizar una entrevista clínica diagnóstica, de especial valor para aplicar en pacientes narcisistas, que fue un éxito categórico.

El programa científico fue gestándose en reuniones semanales durante el año y medio pasado. La primera medida que tomamos fue la de establecer el tema central del Congreso, cuyo lema mostraba nuestro interés en reflexionar sobre las diversas maneras de comprender la psiquiatría y la salud mental y en intercambiar hallazgos, ideas y perspectivas. De hecho, se trataba de un tema muy amplio. Con esto en mente, estructuramos el programa científico alrededor de cuatro ejes, temas de cada uno de los relatos oficiales:
1) Balance y perspectivas de la psiquiatría y la salud mental en América Latina; 2) Sociedad y salud mental: Los transtornos emergentes; 3) Mitos y realidades de la Psiquiatría Biológica; y, 4) Dimensiones de la personalidad y sus transtornos en el nuevo milenio.

Luego solicitamos a cada una de las secciones de la APAL
–alrededor de 20– y a cada uno de los capítulos de la Asociación Psiquiátrica Peruana –también alrededor de 20– que presentasen sus propuestas de simposio. Estas iniciativas formaron el cuerpo teórico más consistente del Congreso. Además, un grupo de profesionales destacados se ofreció a dictar conferencias y otro fue solicitado a hacerlo. Las conferencias sumaron 28 en total y sus temas fueron muy diversos; entre ellos: Abordaje neuropsiquiátrico del lóbulo prefrontal; Una aproximación a la filosofía terapéutica del yogatantra desde la perspectiva psicoanalítica freudiana; Marco conceptual y tipificación de la corrupción; La psicopatología en la era de la psiquiatría biológica; Los genitales femeninos en la iconografía andina prehispánica; La experiencia fecunda y los ajetreos estériles; Tratamiento de los transtornos severos de personalidad; y, En qué estamos y a dónde vamos en la tera­péu­tica farmacológica de la depresión y las psicosis.

Los cursos ofrecidos antes, durante y después del Congreso también fueron de una variedad pocas veces vista: abarcaron desde el tratamiento del juego patológico y las adicciones, hasta la etno­­medicina amazónica –un curso poscongreso de cinco días de duración en Tarapoto–, pasando por los últimos avances en diagnóstico por imágenes, el manejo de problemas psiquiátricos secundarios a desastres, la eutanasia y suicidio asistido, y el rol y la importancia del hipocampo.

Uno de los asuntos privilegiados por el Congreso fue el social, tan importante en nuestra región, dentro del que cabe destacar los derechos humanos y el tan actual y crucial tema de la corrupción. Un solícito delegado de República Dominicana, César Mella, trajo consigo un libro sobre el tema y redactó el borrador de lo que hubiera sido la "Declaración de Lima", en la que mencionaba, entre otras cosas, la preocupación por la situación política del país anfitrión. La declaración no fue discutida en Asamblea y, por lo tanto, no pudo ser aprobada, con lo que, lamentablemente, perdimos una ocasión única para que los psiquiatras de la región nos manifestáramos oficialmente sobre la corrupción social. Aunque es verdad que la toma de conciencia sobre el impacto de este tipo de corrupción –estrechamente vinculado a la ambición de poder y a los medios de comunicación masiva– en la salud mental social e individual se va haciendo cada vez mayor, ella todavía es insuficiente. Además, la toma de conciencia sin acciones concretas puede no servir de mucho. El hecho de no haber podido concluir el Congreso con una declaración en este sentido muestra lo intrincado del tema.

Entre los talleres, conferencias y simposios hubo presentadores que incluyeron el campo espiritual en la comprensión de la salud y la enfermedad mental. Esta perspectiva, así como la de la visión holística, transpersonal, de la realidad, se torna fundamental si pensamos en lo indispensable del desarrollo de una conciencia colectiva más amplia, integrada y con una ética superior para la supervivencia de la humanidad.

En términos numéricos, pudimos considerar en el programa científico 4 relatos oficiales, 28 conferencias, 72 simposios, 33 mesas redondas, 8 talleres, 11 cursos, 92 temas libres y 37 pósters programados, además de 8 de los llamados simposios satélite (auspiciados por la industria farmacológica). De todo esto, se cumplió con alrededor del 95% en las nueve salas que funcionaron simultáneamente.

El éxito del Congreso fue conseguido con muchísimo esfuerzo. Algunos miembros del Comité Organizador, cuya mayor parte está conformada por la Junta Directiva de la Asociación Psiquiátrica Peruana y por otros colegas nacionales, realizamos numerosos viajes a distintos congresos en Alemania, Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, España, Estados Unidos, Francia, Panamá, Uruguay y Venezuela para promover el nuestro. Se trató de esfuerzos económicos personales, ya que ni la Asociación Psiquiátrica Peruana ni la Latinoamericana cuentan con una reserva económica que facilite estos viajes.

Debemos mencionar también la incansable labor del grupo de destacados psiquiatras peruanos que viven en el extranjero y que ocupan las más altas posiciones en los ámbitos académico y gremial. Tenemos, por ejemplo, a Juan Enrique Mezzich, secretario general de la Asociación Psiquiátrica Mundial y postulante a su presidencia, quien apoyó el Congreso desde el momento en que el Perú fue elegido como sede; a Renato Alarcón y Moisés Gaviria, desde Atlanta y Chicago respectivamente, ambos ex presidentes de la prestigiosa American Society of Hispanic Psychiatry y tremendos animadores del desarrollo de la psiquiatría, quienes sirvieron de gran ayuda en la promoción del Congreso y fueron presencias notables en él; y al académico peruano-británico Germán Berríos, ilustre tacneño residente en Inglaterra, gestor y principal animador de lo que se conoce como la Escuela de Cambridge, quien llegó a Lima, dio una conferencia magistral y recibió el doctorado honoris causa en su casa de origen, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Debemos mencionar también que el nombramiento del doctor Javier Mariátegui como Presidente Honorario del Congreso fue un justo reconocimiento a uno de los psiquiatras e intelectuales peruanos más importantes y que ha puesto en alto lugar el nombre de nuestro país.

Por otro lado, no podemos ni queremos dejar de mencionar las tres memorables noches en las que hemos bailado, brindado y celebrado la alegría tan especial que se da en los reencuentros con amigos queridos y la de los nuevos encuentros.

Esperamos ver los frutos que el Congreso produzca en las diversas instituciones psiquiátricas del país. Los organizadores todavía estamos intercambiando experiencias, anécdotas, perspectivas y conclusiones. Mientras tanto, debemos pensar en cómo apoyar durante los próximos dos años a la flamante directiva de la APAL, y en conocer Guatemala, sede del próximo congreso en julio del 2002. En esa ocasión será el guatemalteco Ismael Salazar, flamante vicepresidente, psiquiatra y de formación en la escuela de psicoanálisis existencialistas de Erich Fromm, quien dé continuidad a la organización asumiendo la presidencia. No hay duda de que la formación humanista y psicoterapéutica del psiquiatra es y seguirá siendo piedra fundamental para el desarrollo saludable y equilibrado de nuestra disciplina.

Finalmente, tuvimos oportunidad de rendir homenajes a Guillermo Vidal, por Renato Alarcón, y a Carlos Alberto Seguín, por sus discípulos más cercanos. (Isaías Rojas Pérez)

Eduardo Gastelumendi Dargent es presidente de la Asociación Psiquiátrica Peruana y copresidente del Comité Organizador del Congreso.

1          En los discursos del presidente saliente y del presidente entrante. Asociación Psiquiátrica Americana. Chicago, mayo del 2000.