Conversación con Xabier Etxeberría Mauleón
Perdón, memoria y justicia
Vasco, filósofo, profesor de la Universidad de Deusto
en Bilbao, Etxeberría, autor de diversos textos sobre ética y derechos humanos,
llegó en el momento adecuado al Perú. Sus reflexiones sobre el perdón en la
vida pública nos caen como anillo al dedo en el momento en que se discute la
impunidad de Montesinos y el proceso de transición a la democracia. Aquí
extractos de esta conversación con ideele, gran
parte de la cual, lamentablemente, se ha quedado en el tintero...
Tienes
un libro sobre el perdón en la vida pública...
Hace unos 10 años, leyendo un
libro de Hannah Arendt, quedé realmente impactado por una página sobre el perdón.
Siendo de origen judío, Arendt dice que el ser humano tiene como dos grandes
fuentes de inseguridad. Una, el pasado, sobre el que nada puede hacer; la otra,
el futuro, que no puede prever y sobre el que siente inseguridad. Y sin
embargo, dice Arendt, frente a esos dos grandes sectores de inseguridad el ser
humano ha ideado dos mecanismos, dos estrategias sugerentes de superación.
Respecto al pasado, el perdón; el perdón que vuelve sobre el pasado, hace nuevo
al pasado, permite revivir el pasado haciéndolo diferente. Respecto del futuro,
el otro mecanismo es el de la promesa. Y después añade que el descubridor de la
relevancia del perdón es Jesús de Nazaret. El hecho de que él lo haya vivido en
la perspectiva religiosa no significa que no pueda vivirse en la perspectiva
pública.
El perdón puede iluminar la
perspectiva pública. Luego de la II Guerra Mundial, como ha habido muchísimos
fenómenos de transición a la democracia, se han aducido en muchas ocasiones dos
palabras claves: perdón y reconciliación.
En cualquier caso, en nuestra
cultura –no en todas– la justicia penal implica inexorablemente castigo por un
lado y reparación para la víctima por el otro. El tema es que vivimos con tanta
intensidad el tema del castigo que de algún modo entendemos que el castigo
forma parte de la reparación debida a la víctima. Y puede no ser así. Eso es
una cosa que el perdón intenta disociar un poco.
¿Cómo
evitar que el perdón conduzca a la impunidad?
Lo que no debe ser es acudir al
perdón para encubrir la realidad y generar impunidad. Cuando se ha acudido a
políticas oficiales de perdón en muchos regímenes de transición, en realidad no
ha sido perdón, ha sido impunidad pura y simple, aunque adornada por la palabra
perdón. Existe, sin embargo, una experiencia realmente sugerente que ha
intentado que el perdón impregne la transición: la experiencia sudafricana,
liderada por Mandela y Desmond Tutu.
¿Qué
aporta la experiencia sudafricana?
La Comisión de la Verdad y la
Reconciliación sudafricana tiene tres comités. Uno es el Comité de las
Víctimas, en el cual pueden exponer lo que les ha pasado y entonces el Comité
analiza para ver si hay suficientes pruebas, para certificar que lo que dicen
las víctimas es cierto. Se les da, digamos, el reconocimiento público de
víctimas.
Por otro lado está el Comité de
Amnistía, al que tendrían que haber llamado Comité del Perdón. Quizá la palabra
sea un poco fuerte, pero funciona de hecho como comité de perdón. Los
victimarios acuden allí y tienen que confesar públicamente lo que han hecho. Salvo
casos muy graves, en principio se les concede la amnistía que, estrictamente
hablando, es una especie de indulto.
El tercer comité es el de la
Reparación a aquellos que han sido reconocidos como víctimas.
La dimensión de la verdad tiene
que estar muy salvaguardada. En nuestro esquema, la dimensión de la verdad
normalmente tiene que estar salvaguardada a través del sistema jurídico. Es
decir, no se puede aplicar el perdón en la vida pública si no ha habido juicio
o el equivalente al juicio. Que puede ser una declaración pública ante el juez
de reconocimiento de las faltas cometidas; ante el juez o ante una comisión que
haya sido nombrada por el propio Estado. Si tú tienes que ser amnistiado,
tienes que confesar públicamente lo que has hecho.
En esa confesión pública pueden
estar presentes las víctimas. La idea es crear un clima de tal manera que la
catarsis sea de perdón.
El perdón es una cuestión compleja
que pide un tiempo de duelo. No se puede perdonar de la noche a la mañana. Para
perdonar, primero uno tiene que estar convencido de las potencialidades del
perdón, de que el perdón libera no sólo al victimario sino también a la
víctima. ¿Y cómo libera a la víctima? Pues la libera en el siguiente sentido:
cuando nosotros odiamos profundamente a alguien, nuestra vida está
absolutamente centrada en ese alguien, nuestra subjetividad está absolutamente
polarizada y, por consiguiente, absolutamente reducida. Es decir, el otro
todavía nos sigue haciendo mal. Entonces, si entramos en la dinámica del
perdón, eso también se deshace. Claro, decirlo es fácil, pero hacerlo es
complejo. No se le puede imponer a nadie. A ninguna víctima se le puede decir
que perdone: tiene que ser la víctima la que decida perdonar.
Pero
el perdón no puede ser materia de negociación política...
La vida política es, por un lado,
el arte de vivir juntos –que debería ser lo dominante–, y, por otro, el uso
legítimo de la fuerza. Y entonces en esa tensión, en un momento determinado,
cuando metemos el perdón en la vida política, lo metemos inevitablemente a esa
dimensión estratégica. Cuando es pura dimensión estratégica es pura
manipulación y se le utiliza como tapadera de la impunidad.
Una de las condiciones es que las
víctimas estén representadas y actúen en todos esos procesos negociadores. Si,
por ejemplo, hay asociaciones de víctimas, debe hacerse a través de ellas, o si
las víctimas organizadas delegan en otras asociaciones de la vida civil, pues
éstas tienen que estar presentes.
¿Es
sólo un problema entre víctimas y victimarios?
Lo que pasa es que a su vez existe
otra paradoja. En el perdón interpersonal todo se juega entre la víctima y el
victimario. En el perdón público aparece un tercer elemento que es el Estado y
el sistema judicial. Es decir, lo que más destaca del perdón es que al final
liberas al otro del castigo; eso es lo que más destaca del perdón. Y lo que
pasa es que liberar al otro del castigo desde la perspectiva pública ya no
depende de la víctima sino que de algún modo tiene que mediar el poder político.
El perdón al final se plasma, sobre todo, en que se quita el castigo, pero
quien quita el castigo no es directamente la víctima sino el Estado.
Hay que mantener esa distinción,
porque si se la dejamos a las víctimas, entonces entramos en la arbitrariedad
que se quiso evitar cuando se planteó que la justicia penal pasara de la
víctima al Estado.
El
tiempo del duelo y del perdón...
La vida política quiere plazos
concretos, y, en cambio, los tiempos de duelo de los individuos y de las
colectividades requieren un proceso diferente.
¿En
qué consiste la reparación a la víctima si se separa de ella el castigo?
En nuestras sociedades está claro
que nosotros hemos unido fuertemente castigo a los victimarios y reparación
debida a las víctimas. La Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas
plantea cinco puntos en lo que se refiere a la reparación: cuestiones
económicas, de memoria, de reconocimiento público, de garantía de que no se
repetirán los hechos, y de asistencia psicológica y jurídica. Esto debe estar
garantizado.
En otras sociedades el tema no era
tanto castigar al victimario cuanto otorgarle garantías a la víctima.
¿Cómo
enfocar la relación entre memoria y perdón? Aquí en el Perú se ha promulgado en
1995 una Ley de Amnistía unilateral que ha "obligado" a olvidar...
Para empezar, el perdón pide
memoria por una razón muy sencilla: lo que se olvida no se perdona, sólo se
olvida. En segundo lugar, el perdón pide memoria porque –y esto es muy
importante– es una de las condiciones fundamentales de justicia para las
víctimas; ése el elemento más relevante. La memoria reconoce a la víctima como
víctima, y eso sí que es un aspecto fundamental de la reparación debida. No
sólo porque después permite otro tipo de reparaciones económicas y demás, sino
porque el propio hecho de que públicamente se le reconozca a alguien la
condición de víctima, es realmente reparador. En tercer lugar, la memoria es
importante para que, sabiendo lo que sucedió, la sociedad pueda armarse para
que esos sucesos no se repitan.
Debe quedar muy claro que el
perdón es memoria, que el perdón no es olvido. Lo que pasa es que tiene un
pequeño toque de... no sé si llamarlo olvido. El perdón es memoria que recuerda
lo sucedido como perdonable y como dispuesto a perdonar.
Hay una memoria que es una memoria
judicial que imputa responsabilidades. Por consiguiente, en la vida pública el
perdón imputa las responsabilidades debidas, discierne si ha habido
responsabilidades o no. La primera parte de la memoria es la memoria que se
construye con el proceso judicial, y la segunda es la que se construye con el
análisis social, que pasa a ser la historia del país, que pasa a ser uno de los
elementos de la socialización de las identidades del país.
Tenemos
que trabajar por elaborar una memoria auténtica de lo que en realidad sucedió,
de lo que nos pasó. Eso está aún muy bloqueado en el Perú. En nuestras
comunidades andinas o selváticas hay claroscuros, complicidades, sentimientos
de culpa... percibimos a veces una necesidad de olvido por lo traumático de la experiencia...
de un olvido sin verdad y reparación, sin perdón...
La memoria es una memoria compleja
que debe elaborarse en la interacción de múltiples agentes sociales. Es una
memoria que se elabora de una manera un poco diferente a nivel judicial y a nivel
de la sociedad, del colectivo. En lo que respecta a lo judicial, lo que tendría
que quedar claro es que todas las víctimas tienen derecho a un proceso judicial
justo de acuerdo con los derechos humanos.
Después, en la memoria social o
colectiva es realmente importante que intervengan un conjunto de agentes
sociales que van interactuando entre sí y que de algún modo van purificando la
memoria a partir de las propias interacciones. Las víctimas de todo tipo, las víctimas
de todo bando, digamos, tienen que intervenir para expresar qué proceso de
victimización han sufrido. Las personas que han acompañado a esas víctimas, las
personas que han luchado a favor de esas víctimas, también, por supuesto,
tienen derecho a emitir su opinión por los otros, y en todo ese debate ver que
se vaya haciendo verdad.
¿Cuál es la ventaja que tiene si
en un momento determinado se introducen sensibilidades de perdón? Pues si se
introducen sensibilidades de perdón empieza a haber una apertura al otro, una
apertura para entender sus razones y una apertura para perdonarle cuando
realmente no entiende lo que ha hecho...
Respecto a si no es mejor olvidar,
es más gratificante –está clarísimo– tener una dinámica de memoria que se
inscribe en un clima de reconciliación. Ahora, cuando es una memoria que está
crispada, cuando es una memoria muy vengativa, ¿es mejor el perdón que ese modo
de memoria?
Si analizamos los fenómenos
históricos en este campo vemos, por ejemplo, que la transición española, que ha
sido tan encomiada, es una transición amnésica, totalmente amnésica,
fundamentalmente para el franquismo. No es una transición amnésica para los
delitos que había cometido ETA en los últimos años del franquismo y, por
consiguiente, se hace amnistía; no se hace verdad jurídica, judicial, sobre el
franquismo y gente muy relevante del franquismo...
Las
paradojas éticas...
Analizando un poco estas
cuestiones, hay cosas paradójicas para la ética. En determinado tipo de
circunstancias, la amnesia funciona socialmente, aunque sea injusta. Pero
tienen que ser circunstancias muy específicas que, sospecho, no son las
peruanas. Tiene que haber una serie de factores, como por ejemplo que la
población sienta el grueso de los crímenes muy lejanos, que los hayan vivido
quizás sus abuelos, que es el caso de España. El recuerdo que se tiene del
franquismo y de la durísima opresión que supuso el franquismo es vivido por una
masa de la población como entre tinieblas. Por otro lado, en la última etapa el
franquismo supone un espectacular despegue económico para España. En esas
circunstancias, la gente que está cada día económicamente mejor crea un clima
social en el que se plantea con cierta facilidad el dejar el pasado de lado y
se acoge la amnistía bastante bien.
En cambio, en Chile existía una
memoria sui géneris, demasiado
suave, diría, y, por supuesto, propiamente hablando, no hubo memoria judicial.
En Chile los últimos años de la dictadura coincidieron también con un despegue
económico. Parecía que estaba cerrada la herida, y se ha visto que no era así.
En los países del Este había otro elemento que jugaba a favor de una especie de
perdón como olvido. Y es que el 60 o 70% de la población estaba comprometida
con el Partido Comunista.
Solamente en la Alemania Oriental,
que es absorbida por la Alemania Occidental, hay purgas más bien
administrativas, con algunos juicios puntuales. También en la antigua
Checoslovaquia.
En definitiva, si nos preguntamos si el olvido es
mejor que la memoria, lo ideal es decir: una memoria adecuada es siempre mejor
que el olvido. Entonces, hay que tratar de impulsar esa memoria; ésa sería la
opción ética.