La pesadilla terminó
Luego del vídeo de septiembre decíamos en esta
revista que la pesadilla casi había terminado. Sesenta días después, y aún
cuando algunas batallas finales están por librarse, se puede sostener con
seguridad que la larga noche fujimorista ha llegado a su fin. Empieza, luego de
la vergonzosa fuga de Fujimori a Japón, una nueva etapa de reconstrucción
nacional; una etapa que sin duda será también muy difícil, pero por lo menos
más estimulante y esperanzadora.
Parecía un sueño imposible. Ver a
los otrora todopoderosos Montesinos y Fujimori sin poder, repudiados y en fuga.
La abrumadora mayoría de los peruanos (incluyendo a los nuevos conversos,
emblemáticamente representados por Nicolás Lúcar y su Tiempo Nuevo), señalándolos a ellos, directamente, como los
grandes culpables del desastre nacional. La pesadilla terminó. El fujimorismo
ha dejado de existir. Quienes hasta hace poco creían poder usufructuar el
legado de estos años, temen hoy ser incluidos en el expediente.
Si algo puede resumir lo ocurrido
en estos dos meses de vértigo, es la comprobación cotidiana de que Montesinos y
Fujimori no sobrevivirían a la separación. Eso que hoy es obvio, no lo era
tanto hace dos meses. Recordemos que luego del anuncio de adelanto de
elecciones, las fuerzas democráticas del país se dividieron en torno al papel
que le correspondía a Alberto Fujimori. Por un lado, quienes pensaban que éste
podría o debía garantizar la transición y dar estabilidad al país, quedándose
hasta el 28 de julio del 2001. Del otro, aquellos que considerábamos que
Fujimori no debía quedarse un minuto más en el poder, por ser co-responsable y
beneficiario directo de la corrupción de Montesinos; quienes pensábamos,
además, que Fujimori no iba a ser garantía de un mínimo de estabilidad política
y, menos aún, de elecciones limpias.
Como ha sucedido en todas las
coyunturas difíciles que nos ha tocado vivir en el último año, acertaron esta
vez también los que planteaban soluciones radicales. No porque quienes las propusieran
sean necesariamente radicales en política, sino quizá porque tuvieron un mejor
análisis de la naturaleza del problema; entendieron mejor que frente a un
régimen como el que padecíamos no había posibilidad de salidas de transacción
(¡tan necesarias y válidas para las situaciones de normalidad democrática!);
que había, más bien, que ir al fondo del problema y cortarlo de raíz.
Los
últimos días
Hay que reconocer, sin embargo,
que en cuanto a la gravedad de lo que ocurría nos equivocamos unos y otros. Los
niveles de corrupción, deterioro moral, abuso de la ley, aprovechamiento del
Estado, etcétera, etcétera, fueron mucho peores, más extendidos y, al parecer,
más tempranos de lo que todos habíamos imaginado.
El capítulo final de este drama
empezó, sin duda, con el retorno de Montesinos al Perú. Alberto Fujimori perdió
el poco equilibrio emocional que le quedaba luego del vídeo e hizo el ridículo
ante el Perú y el mundo, "buscándolo" en compañía de las cámaras de
TV hasta debajo de las piedras; pero eso sí, aclarando que sólo para
"ubicarlo" y no para detenerlo. No logró nada entonces, y no lograría
nada más tarde, cuando empezaron a aparecer las cuentas suizas, y luego otras,
que colocan hasta ahora el monto del robo en no menos de 60 millones de dólares
(... y la factura por la ingenuidad, pasividad y tolerancia de los peruanos
puede llegar a muchísimo, pero muchísimo más).
¿Qué hizo Alberto Fujimori en esas
semanas finales? Al parecer, antes que cualquier otra cosa, buscar
desesperadamente aquellas evidencias que pudieran comprometerlo. Salidas
sorpresivas y misteriosas de madrugada, allanamientos ilegales con fiscales
falsos, exhibición de los bienes de Montesinos en Palacio como si fuera una
comisaría de barrio. Organizaba la retirada. Ya no gobernaba. Entre paréntesis:
empieza surgir la pregunta sobre si gobernó alguna vez. Es que en las últimas
semanas, ya sin su asesor, anduvo de tumbo en tumbo, sin atinar qué hacer. Hay
quienes piensan ya que quien realmente estuvo a cargo de lo importante en el Perú
de los 90 fue Montesinos, y que Alberto Fujimori era poco más que un retrato en
las oficinas públicas. ¿Se sabrá toda la verdad sobre quién nos gobernó en esta
década?
Lo más probable es que sí. Porque
la verdad, apareciendo hora tras hora, incontenible, fue el telón de fondo de
los últimos días de Alberto Fujimori; y ahora que no está, habrá menos diques
que la contengan. Más y más cuentas secretas; más evidencias de que en el
tráfico de armas estaban embarcados hasta el cuello; denuncias de su ex esposa
de haber sido torturada con su conocimiento. Pero quizá la más grave: la del
"osito Escobar" sosteniendo que su hermano Pablo financió a través de
Montesinos la primera campaña de Fujimori en el 90; y que Fujimori no sólo lo
sabía, sino que le ofreció "corresponderle". De ser cierto, no
habríamos estado ante un deterioro paulatino, sino ante un gobernante fuera de
la ley desde el primer momento; peor todavía: un aliado del narcotráfico
internacional. De confirmarse esta versión, y de haber nuevas evidencias en
este sentido, estaríamos ya ante un problema que trasciende al Perú y que
exigiría explicaciones también de los Estados Unidos y de la América Latina
toda, por la inocencia, tolerancia y la pasividad frente a un régimen de esta
naturaleza.
Paralelamente a todos estos
escándalos, Fujimori perdía en sus días finales el control de las instituciones
del Estado que había copado para su beneficio. Cayó Blanca Nélida Colán y la
nueva fiscal de la nación le espetó de inmediato que la ley hay que respetarla.
Cayó Martha Hildebrandt y Valentín Paniagua le devolvió independencia y
decencia al "primer poder del Estado". Los magistrados del Tribunal
Constitucional que él mandó destituir para asegurar la ilegal re-reelección
fueron repuestos. Ivcher estaba al filo de recuperar su canal.
Agreguémosle además el inicio de
la contraofensiva montesinista. El vocal superior Rodríguez Medrano –si bien un
personaje corrupto y desprestigiado- lo acusó (y de paso a su ministro
Bustamante) de otorgar el derecho de gracia a acusados por graves hechos de
narcotráfico; gravísima denuncia que pese a venir de quien viene es totalmente
cierta.
A lo anterior se sumaba la
movilización ciudadana por su renuncia. Desde la ingeniosa y cotidiana protesta
del Colectivo Sociedad Civil, hasta la huelga general indefinida convocada en
Iquitos, pasando por marchas, paros, protestas, silbidos, etcétera, etcétera.
El país lo repudiaba.
Vergonzosa
fuga
Y el Presidente de la República se
fugó al Japón. Lo terrible de este hecho es que no es la primera vez que nos
ocurre. Hace más de cien años Manuel Prado hizo algo parecido (con algunos
atenuantes que Fujimori hoy no puede exhibir) y es un hecho que, generación
tras generación, se ha mantenido como motivo de humillación nacional.
¡Qué poco aprecio tenía Fujimori
por el Perú! ("¿A qué personaje de nuestra historia admira usted?",
le preguntaron en una ocasión. Respondió sin dudarlo: "A nadie").
Había ya también antecedentes de su falta de coraje para enfrentar situaciones
difíciles en las que su pellejo, y no el de otros, estuviera en riesgo.
Recordemos aquella noche de noviembre de 1992 cuando el general Salinas Sedó
intentó un contragolpe democrático y alguien (¿el propio Vladimiro?) filtró una
conversación por radio con Montesinos en la que, asustado como niño por la
oscuridad, anunció que, por seguridad, dormiría en la Embajada de Japón.
Premonitorio.
Aun así, huir en medio de la noche
con destino final a Japón superó de nuevo los pronósticos más sombríos sobre su
consistencia personal y su altura moral. Dejó a sus partidarios (¡y a su hija!)
abandonados en medio de la frustración y el desconcierto. Confirmó que algo muy
pero muy grave nos está ocultando todavía. (El Comercio ha dado cuenta de que Fujimori habría transferido
US$ 18 millones de sus cuentas al Japón. ¿Cuánto más habrá?)
La
agenda inmediata
El Congreso de la República hizo
pues lo que correspondía al declarar la vacancia de Fujimori por incapacidad
moral. Ha dado, además, un paso extraordinario para la recuperación de la
dignidad nacional al elegir a una persona de la calidad política y moral de
Valentín Paniagua como nuevo Presidente de la República.
A nuestro juicio, el gobierno de
Paniagua tiene algunos retos y responsabilidades centrales que pasamos a
mencionar:
1. Nombrar un gabinete plural y
con personalidades capaces y escrupulosamente honestas. Al país le urge saber
que existen entre nosotros gentes así.
2. Asegurar unas elecciones
impecables, distrito múltiple incluido, con absoluta imparcialidad del Estado
frente a todos los candidatos.
3. Terminar el proceso de
depuración de los mandos militares del entorno de Montesinos, iniciando la
recuperación de la institucionalidad de las Fuerzas Armadas y recuperando su
subordinación al poder político.
4. Acelerar y profundizar las
investigaciones sobre los crímenes del fujimorismo, incluyendo ahora al propio
ex presidente, dados los indicios cada vez mayores de que no fue ajeno a ellos.
5. Acrecentar los esfuerzos por
capturar a Vladimiro Montesinos y, de ser el caso, a Alberto Fujimori. Asegurar
que quienes hayan delinquido en estos años sean sometidos a un juicio justo y
con todas las garantías del debido proceso.
6. Empezar a pagar la deuda
democrática pendiente. La libertad y reparación para todos los inocentes sin
excepción alguna y la convocatoria a una Comisión de la Verdad son, si duda,
dos medidas impostergables.
7. Garantizar la estabilidad
económica básica, iniciando la recuperación de la confianza de los diferentes
agentes productivos en la viabilidad de nuestro país.
Por
primera vez en muchos años podemos terminar un artículo político de esta
revista diciendo que es posible tener fundadas expectativas en que quien está a
cargo de los asuntos de la nación estará a la altura de las circunstancias y
que los puntos anteriores pueden convertirse en realidad. Ese, de por sí, es ya
un cambio histórico y un anuncio de tiempos mejores.
(Carlos Basombrío
Iglesias)