La Psicopolítica

Señal del tipo de situación que nos ha tocado vivir es que la consulta a psicólogos, psicoanalistas y psiquiatras se ha vuelto pan de todos los análisis políticos. Y las consultas pueden ser muchas: ¿en manos de qué personalidades hemos estado?, ¿qué personalidades están tras esas manos?, ¿por qué nos gustaron tanto esas personalidades y esas manos?, ¿qué traumas y miedos nos quedarán y por cuánto tiempo? Vienen las lúcidas opiniones de experta y experto, y una lograda entrevista que parece estar hecha a medida de lo que estamos viviendo.

 

A la perversión política: ¡Basta!

Matilde Ureta de Caplansky

 

¿Qué he hecho yo para merecer semejante castigo?

En estos días de pesadilla, con los acontecimientos políticos de nuestro país uno no termina de asombrarse, indignarse y sufrir –hay que reconocerlo– con todo eso que significa ser peruano, vivir en el Perú y tener que escuchar la cantidad de información de todo tipo y color.

Es cierto que a lo largo de nuestra vida mantenemos relaciones estimulantes que nos incitan a dar lo mejor de nosotros mismos, pero también mantenemos otras relaciones que nos desgastan y que pueden terminar por destruirnos. Siento que es este último modelo de relación el que mantenemos con nuestra circunstancia política hace ya varios meses.

Es impresionante asistir a la desestabilización colectiva día a día, a través de palabras aparen­-temente anodinas, de alusiones, insinuaciones, de cosas que no se dicen, de las mentiras sistematizadas, de los argumentos más insólitos. Estamos, creo yo, frente a una situación grave de perversidad en el sentido de perversión moral. Si bien es cierto que cada uno de nosotros puede utilizar, puntualmente, recursos perversos (quién tira la primera piedra...), éste se vuelve destructor por la frecuencia y la repetición a lo largo del tiempo.

Todo individuo "normalmente neurótico" puede presentar rasgos o conductas perversas, tal como lo acabamos de mencionar, pero también es capaz de pasar a otras conductas y su comportamiento perverso le produce serios cuestionamientos y "dolores de conciencia". La diferencia con un perverso o, en este caso, con un grupo de individuos perversos, es que éstos lo son permanentemente, ya que es su único modo de comportamiento, a la manera de un modelo o patrón, y no ponen en duda su conducta ni tienen ningún remordimiento de nada... y si bien puede suceder que su conducta pase desapercibida por un tiempo, la repetirán automáticamente cada vez que tengan que comprometerse y reconocer su responsabilidad en su acción, ya que este tipo de modalidad es rígida y tratarán a los demás siempre de la misma manera: perversa.

La perversión fascina, seduce y da miedo. A veces la envidiamos porque imaginamos que los perversos son "superiores", pues de alguna manera siempre "ganan". Efectivamente, saben manipular de un modo "natural", lo que parece ser el pasaporte para el mundo de los negocios y de la política.

Muchas veces les tememos en razón de la lógica de "la ley del más fuerte".

Porque si algo suscita nuestra actual coyuntura política es constatar cómo nos plegamos con una indulgencia inaudita a las manipulaciones, mentiras y atropellos que expresan nuestros "gobernantes", e incluyo aquí a congresistas, profesionales y políticos en general. Dicen y han hecho lo que les ha dado la real gana, o, como ha señalado Hugo Neira, "... creíamos conocer las utopías posibles, reales o imaginarias, la de un imperio socialista de los incas, la comunista, anarquista, aprista, conservadora, senderista, andina y la utopía arcaica... Pero la verdad, ni en sueños ni el delirio de la más desatada ciencia ficción... se propuso el progreso de una nación mediante el gobierno ejercido por una asociación secreta de delincuentes. Es decir, una utopía mafiosa" (Sabatinas. La República, 28 de octubre del 2000).

Creo que el actual contexto peruano ha permitido que la perversión se desarrolle porque la hemos tolerado en nombre de una falsa paz y un seudoprogreso. Si bien nuestra época rechaza el establecimiento de normas (o ésa ha devenido en norma), el hecho de nombrar la perversión supone establecer un límite, un decir firmemente "¡BASTA, ESO NO SE HACE!".

Sólo tratando de restituir nuestra indignación podremos, a duras penas, recuperar algo de nuestra perdida autoestima, valores y esperanza sin muchas ilusiones, por cierto, en nosotros mismos y nuestros congéneres.

 

Asociación de eunucos

Roberto Lerner

 

La resiliencia de los peruanos es proverbial. No importa qué presiones sufra nuestro cuerpo social, volvemos a nuestro estado original. ¿Será suficiente el lapso transcurrido entre el 5 de abril de 1992 y la fecha, inminente, en que Alberto Fujimori deje el poder, suficiente para haber hecho mella en nuestro elástico psiquismo colectivo?

El signo de este régimen es una combinación perversa de autoritarismo y permisividad; es la ambigüedad permanente de una mano que se acerca a la cabeza del que la tiene a duras penas fuera de un líquido
–¿nos hunde o nos salva?– hecho de pecados personales, angustias económicas, ambiciones de poder y transgresiones legales; y, finalmente, la presencia permanente de formalismo al servicio de la impunidad selectiva.

Nada radicalmente nuevo. Todos elementos propios de una sociedad que nunca fue ni chicha ni limonada, profundamente endogámica en el ejercicio de las influencias, alérgica a la meritocracia y con niveles de testosterona parecidos a los que se dan en la AEIOU (Asociación de Eunucos Internacionales Olímpicos y Universales).

Esta vez el harén, la mafia y la corporación se unieron para administrar la vida de 25 millones de personas que canjearon voluntariamente –sin ninguna lucha que no fuera retórica, por lo menos inicialmente– su libertad por la apariencia de orden y la ilusión de modernidad. Las primeras víctimas de lo que ha pasado son, pues, el orden y la modernidad, que corren el riesgo de ser percibidas durante algunos meses o años como responsables del engaño.

Pero también las apariencias y las ilusiones. Aunque son dos alimentos indispensables para la mente humana, han quedado absolutamente maltratadas al final de un período en el que todas las ilusiones resultaron traicionadas y resulta que todas las apariencias engañan. Todo chinito trabajador y apasionado de la microgerencia tiene su aguileño rasputincito igualmente trabajador pero obsesionado por la macromanipulación.

Nos enfrentamos, pues, a una década de inéditas turbulencias, desencantos y choques de civilizaciones en el nivel mundial, sin mucho gusto por el cambio ni el orden, desconfiando de todas las apariencias y vacunados contra la ilusión. Si a eso añadimos que probablemente no muchos se atreverán a preguntar por qué siempre nos pasa algo así, por qué estamos tan dispuestos a ceder autonomía, por qué los derechos conculcados de los demás no nos parecen importantes, por qué no decimos las cosas claramente y en su momento, el mayor riesgo que corremos es no sacar lecciones para el futuro. Una vez más.