Elecciones gringas desde nuestro código
El encargo fueron las elecciones norteamericanas, un
poco desde la Inca Kola o el jamón del país. Qué de ellas nos podían llamar la
atención por semejante, diferente, chistoso, admirable o criticable. Y
escogimos a dos colaboradores de ideele que se
mueven con soltura y humor entre el Norte y el Sur.
¡Cómo extrañaba todo esto!
(una crónica del caos electoral en los Estados
Unidos)
Michael Shifter
El 7 de noviembre voté muy cerca
de mi casa en Washington D.C. Lo hice muy temprano, a las 7 de la mañana,
cuando las mesas de votación apenas se abrían. Una aburrida campaña, con
candidatos nada entusiasmantes había, gracias a Dios, terminado. Sin embargo,
el tedio de la campaña sería superado de inmediato por lo electrizante de los
resultados y luego por un suspenso que pareció interminable.
El país nunca ha estado más
parejamente dividido en el apoyo a sus dos principales candidatos. Ello no nos
ha llevado a una situación de crisis pero sí, y todos aquí coincidimos en ello,
a un terrible caos. Los latinoamericanos, quienes tienen mucho mayor sentido de
la ironía y un más fino sentido de la justicia que nosotros los gringos, se
encuentran especialmente contentos. Están saboreando este momento delicioso. La
venganza.
Y tienen razón. Después de todo,
los funcionarios del condado de Palm Beach (una zona tan rica que hace lucir a
Miraflores como si fuera La Victoria) parecen haber sido capacitados en la
"Escuela de Administración Electoral José Portillo". Los errores y
complicaciones que se van conociendo día tras día levantan serias y
preocupantes preguntas sobre nuestras reglas electorales.
Ya se ha iniciado, y con razón,
una discusión entre los políticos norteamericanos para reformar el sistema
electoral. Espero que ésta tenga además el saludable efecto de superar la
arrogancia que usualmente caracteriza los esfuerzos de los Estados Unidos al
promover la democracia en cualquier lugar del mundo. Si nos atenemos a los
criterios formulados el mes pasado por el Centro Carter para poder participar
en la Cumbre de las Américas, los Estados Unidos podrían no clasificar. Entre
otros, éstos incluyen "un conteo honesto de los votos" y "un
sistema eficaz para apelar los resultados". Mi consejo para los demás países
de América es que si la delegación de los Estados Unidos no ha llegado al
momento de empezar la próxima Cumbre en Québec, pues no se sientan cortos y
empiecen nomás sin nosotros.
Mientras tanto, es claro que no
hay entre los norteamericanos ninguna persona con la autoridad moral de Nelson
Mandela. La ausencia de generosidad, de altos propósitos morales y principios,
así como la dificultad manifiesta para anteponer los altos intereses
nacionales, son sorprendentes. Un ex jefe de gabinete de Clinton, Leon Panetta,
fraseó muy bien esta preocupación dos días después de la elección: "El
primer test sobre si cualquiera
de estas personas puede ser líder del país está teniendo lugar justo ahora, y
ninguno de los dos lados está manejando la situación muy bien".
Por supuesto que "estas
personas" son Al Gore y George W. Bush, cuyo intercambio telefónico la
noche de la elección y su subsecuente comportamiento han hecho poco para que la
opinión pública confíe en ellos. Las luchas internas y las actitudes mezquinas
han estado a la orden del día. Para elevar el nivel de madurez y calmar a la
nación (¡y también para ganar la Casa Blanca!), Gore envió a Florida al ex
secretario de Estado de Clinton, Warren Christopher; Bush, por su parte, mandó
a James Baker, el ex secretario de Estado de su padre. Confieso que mejor
hubiera sido tener la buena fortuna de contar con Eduardo Stein, el ex
canciller de Guatemala en el gobierno de Álvaro Arzú. De haber sido así,
podríamos tener cierta confianza en que se llegará a saber si en Florida la
votación fue realmente libre y justa.
Las ironías, por supuesto,
abundan. Florida es el más latinoamericano de todos los estados y muchos de sus
habitantes han sido materia de observación electoral en sus países de origen.
Es de presumir que ellos pensaran que la última cosa sobre la que debían
preocuparse en su país adoptivo sería la de un conteo honesto de los votos.
Curiosamente, la última vez que una situación parecida tuvo lugar –una
divergencia entre el voto popular y el colegio electoral– fue en 1876, y en esa
ocasión Florida también fue el estado en disputa. (¡Y eso que en 1876 los
cubanos todavía no habían llegado a la Florida!)
Otro interesante giro de los
acontecimientos es que el gobernador de Florida es Jeb Bush, ¡el hermano del
candidato republicano! (¿Qué hubieran dicho los observadores electorales si
algo así ocurriera en un país latinoamericano?) Pero, para ser justos, Jeb Bush
ha sabido mantenerse por encima de la disputa y es ajeno a toda controversia.
De hecho, en los días siguientes a las elecciones muchos se preguntaron por qué
este gobernador tan articulado y maduro no fue el candidato en lugar de su
hermano mayor.
Por otro lado, es irónico que
pudiendo haber sido cualquier otro, fuera justamente William Daley el jefe de
campaña de Gore. El padre de Daley fue un legendario alcalde de Chicago quien
fue descrito en un clásico libro llamado Boss
como el modelo de los fraudes electorales y la corrupción. Han circulado
infinitas bromas acerca de cómo eran los votantes muertos quienes definían las
elecciones en la política de Chicago. (De hecho, y dejando de lado la elección
presidencial por un momento, este proceso electoral alcanzó mayores niveles de
surrealismo cuando un hombre que había muerto en un accidente de aviación
durante la campaña fue elegido al Senado de los Estados Unidos por Missouri,
nuestro Macondo.)
Por tanto, muchos de los actores
principales de esta telenovela tienen poca credibilidad. Como escribió Joe
Klein en The New Yorker: "En pocos días (luego de la
elección) el más serio ritual de la democracia americana se había transformado
en un triste y ya familiar espectáculo: la versión electoral del juicio de O.J.
Simpson, de la disputa por Elián Gonzales o del escándalo de Mónica Lewinsky;
es decir, una potencialmente interminable telenovela en la cual muchos de los
actores más importantes van a perder inevitablemente estatura y en la que las
posibilidades de gobernar eficazmente para el nuevo presidente van a estar
seriamente comprometidas". Los abogados que aparecieron cada noche en la
televisión en los espectáculos anteriormente mencionados volvieron a la escena
para esta nueva novela. Incluso Jesse Jackson, el luchador por los derechos
civiles que confrontó al presidente Fujimori en Nueva York al comienzo de
setiembre sobre el caso de Lori Berenson, no pudo ser ajeno a esta
controversia. Jackson no perdió tiempo y fue al sur de Florida para ayudar a
incendiar la pradera. Su interés en el caso Lori Berenson está por el momento
en la congeladora.
Un indicio claro de que algo había
ido realmente mal en la noche de la elección fue la sorprendentemente alta
votación de Pat Buchanan, candidato del Partido Reformista en el condado de
Palm Beach en Florida. Este condado tiene muchísimos votantes judíos, y
Buchanan, quien acaba de escribir un libro sosteniendo que Adolfo Hitler había
sido incomprendido, puede difícilmente describirse como un aliado de Israel.
"Judíos por Buchanan" es, fuera de dudas, un grupo muy pequeño en los
Estados Unidos; quizás comparable solamente a su par peruano, la
"Asociación por
los Derechos Humanos de Montesinos".
Aun cuando un buen número de
americanos no lo dirían públicamente, sospecho que muchos están pensando
precisamente lo que Maureen Dowd sostuvo en su columna del The New York Times el 9 de noviembre:
"Diablos, quizás sea mejor mantener a Clinton". Por lo pronto, a
Clinton le encanta el trabajo y no parece estar muy entusiasta por dejarlo.
Además, la causa principal del impasse
electoral es que ninguno –ni Bush ni Gore– fue capaz de cautivar la imaginación
del público americano, como sí hizo Clinton en su momento. Si la estrategia de
Fujimori para conseguir un tercer mandato fue la de la ley de interpretación
auténtica, la de Clinton podría ser simplemente dejar que toda la disputa se
quede en las cortes judiciales por los próximos cuatro años.
Confieso que habiéndome mudado de
regreso de América Latina a Washington hace ya casi ocho años, este espectáculo
me ha ayudado a adaptarme a mi país. Me hacían falta la tensión, la falta de
certezas y el alto nivel de drama en la escena política. Por fin me siento bien
nuevamente. Hay por supuesto muchas diferencias en la manera en que estas
situaciones operan aquí y la forma en que lo hacen en América Latina. Para
empezar, la ingenuidad reaparece en los Estados Unidos de nuevo y de nuevo, y
al parecer sin final, incluso después de Vietnam, Watergate, Irán-Contras,
Mónica, etcétera.
Hubiera deseado que la caótica situación que hemos
estado experimentando en los Estados Unidos viniera acompañada
–como cuando vivía en el Perú– de algunas compensaciones. Quizás deberíamos
tener aquí lo que parcialmente alivia las tensiones y las inseguridades en el
Perú: exquisitos cebiches y pisco
sours. Sin embargo, hasta ahora no tenemos esa suerte. Pero en una
democracia como la nuestra, donde todo puede ocurrir, uno nunca debe perder la
esperanza.
Diálogo Interamericano.
Los ricos también lloran
José Luis Rénique
“It is
lovely to live in a limbo.”
Un comentarista radial en Nueva York
"No hay ambiente
electoral", observó un amigo peruano de visita en Nueva York el día de las
elecciones presidenciales norteamericanas. Es día laborable; el voto es
voluntario y la participación es, como de costumbre, más bien baja. La jornada,
en efecto, suele transcurrir sin mayores sobresaltos. Un ritual de 200 años
que, andando el tiempo, ha ido perdiendo en mística y emoción.
Y de repente, lo inesperado: una
incursión abrupta de la controversia y la pasión. "Mi voto también
cuenta" es una leyenda común en las pancartas de los manifestantes.
Vivimos –afirman graves los periodistas– un momento en verdad histórico. Es
posible que cuando usted lea estas líneas el impasse electoral sea cosa del pasado. Importa, no obstante,
registrar la intensidad del episodio.
Votar, como se sabe, es para los
norteamericanos la esencia misma de su sistema político. Sin embargo, el
ciudadano promedio carece de un pleno conocimiento del procedimiento electoral.
Le cuesta explicar, por ejemplo, cómo es que, en el marco del "sistema más
democrático del mundo", el candidato con el mayor número de votos pueda no
ser al final el verdadero ganador.
Quienes lo idearon, es preciso
recordarlo, requerían balancear a estados de diverso tamaño y población dentro
de un inédito modelo federal. Repudiaban el absolutismo monárquico, pero temían
los excesos de una democracia directa; los "riesgos", por ejemplo, de
dejar en manos de la plebe la tarea de elegir al Presidente de los Estados
Unidos. Debía hacerlo más bien una minoría selecta. No los más ricos, necesariamente,
sino los más sabios y respetables.
Introdujeron, para tal efecto, la
figura del "colegio electoral". Uno por cada estado: 538 "votos
electorales" en total. El número de sus miembros es proporcional al de
representantes y senadores de cada estado. Elegidos, por supuesto, a través del
"voto popular". Cada estado decidiría la correspondencia entre
"voto popular" y "voto electoral". Salvo Nebraska y Maine,
todos los otros acordaron que quien obtuviera mayoría en el primero –así fuese
por un voto– se alzaría con todos los votos electorales del estado. Y aunque
ninguna disposición constitucional obliga a los "electores" a hacerle
caso a los "votantes populares", así ha ocurrido casi invariablemente
por aproximadamente un par de siglos.
A nuestra época ha llegado tal
mecanismo de elección con una cierta aureola de indestructibilidad. Con no
pocos cuestionamientos, sin embargo. Más de 700 propuestas han sido formuladas
a lo largo del último siglo para reformar o eliminar el sistema del
"colegio electoral". Insuficientes, no obstante, para conmover a un establishment bipartidista satisfecho
con un esquema que desalienta, por ejemplo, la aparición de un tercer partido.
Así ocurrió con el pintoresco Ross Perot en 1992: a pesar de que obtuvo cerca
del 20% del "voto popular", no pudo ganar un solo "voto
electoral". La propia American Bar Association –una suerte de Colegio
Nacional de Abogados– ha observado ya el carácter "arcaico" de este
sistema. Poco ha interesado todo esto a los ciudadanos comunes y corrientes,
entre quienes se advierte una sensación de impotencia e irrelevancia frente a
las grandes máquinas partidarias demócrata y republicana. Las elecciones se han
convertido así en una suerte de torneo ritual entre dos grandes redes de
influencia que el primer martes de noviembre de cada cinco años celebran su round final.
La actual crisis electoral aparece
para muchos, en este contexto, como una bendición inesperada: como la
oportunidad para afirmar el valor del voto individual; hecho dramatizado de
manera por demás gráfica por las imágenes del recuento, voto por voto, en
varios condados de La Florida. Otros, por el contrario, ven en todo esto una
amenaza. Según una encuesta del New
York Times, 45% de los norteamericanos cree hoy que el voto popular es
el más importante como fuente de legitimidad presidencial. Un 39% se inclina en
cambio por el voto electoral. La división sigue líneas partidarias. Un 63% de
los "goristas" cree en la superioridad legitimadora del voto popular,
mientras que un 67% de los "bushistas" asignan esa capacidad al voto
electoral. Tras las cifras, podría conjeturarse, emerge el perfil de la
creciente brecha entre la Norteamérica suburbana, rural y conservadora, y
aquella otra de las grandes metrópolis como Nueva York, Chicago o Los Ángeles.
En el contexto de las crisis
diversas del fin de la guerra fría, es cierto, la democracia norteamericana ha
afirmado su durabilidad. Los propios norteamericanos ni siquiera dudan de que
sea un bien perfectamente exportable. ¿Logrará el impasse presente alterar finalmente tan acendrada certidumbre?
Tras el torneo simbólico –independientemente de la retórica y los dólares
gastados– a estas alturas del año, las grandes redes partidarias hubieran
retornado ya a su modus vivendi
secular. La quiebra del proceso ha provocado debate: se habla más que nunca de
las limitaciones y defectos del sistema electoral actual.
En medio del tráfago, la flamante senadora por Nueva
York Hillary Clinton ha llamado a reformar de una vez por todas el sistema
indirecto de votación. Quizá en cinco o diez años, tanto o más que por el impasse presente, las elecciones del
2000 resulten recordables por haber sido el inicio de su carrera hacia la Casa
Blanca. En su capacidad de atraer el voto de las mujeres y las minorías ven
muchos aquí la esperanza de un remozamiento de la democracia de Hamilton y
Jefferson. Aunque ello tal vez depende de que el viejo invento de los founding fathers se reajuste al
dictado de esta era singular en que, parafraseando al viejo Marx, todo lo que
parecía sólido termina desvaneciéndose en el aire.
José Luis Rénique es profesor de la Universidad de la
Ciudad de Nueva York.
Empleo:
Problema y posibilidad
¿Qué peruano y peruana que sigue con atención –e
indignación– los últimos escándalos político-judiciales no se ha preguntado
cuándo acabará todo esto para enfrentar con seriedad y serenidad la recesión,
la pobreza y el desempleo que padecemos desde hace buen tiempo? ¿Acaso no se ha
preguntado usted, estimado lector, cómo hacer para salir del atolladero y
entrar a una suerte de círculo virtuoso que comience a generar empleo y
oportunidades para todos? A continuación, una síntesis de un interesante –y
alentador– documento preparado por un equipo de especialistas encabezados por
Fernando Villarán y que forman la institución SASE. El documento tiene la
virtud de señalar en qué sectores y de qué manera enfrentar el problema desde
una perspectiva de desarrollo regional. Incluimos, asimismo, una colaboración
de la economista Marta Vieira sobre las actuales y preocupantes tendencias del
mercado de trabajo en el Perú (D.L.).
Estrategias para crear empleo y mejorar ingresos
SASE,
Servicios para el desarrollo
Desde hace algunos años las
encuestas señalan que el empleo es la principal preocupación de los peruanos y
peruanas. Esencialmente, el problema consiste en la inadecuación entre la
oferta y la demanda de fuerza laboral; mientras que la primera está dada por
causas naturales (crecimiento demográfico) y culturales (mayor participación de
la mujer y de jóvenes estudiantes), la segunda está determinada por causas
económicas (inversión, recursos, mercados) y tecnológicas (maquinaria,
organización). Son dos mundos con comportamientos diferentes que se enfrentan
en el mercado laboral y que muchas veces responden a lógicas e intereses
contradictorios, lo que genera grandes brechas y problemas sociales.
Ello se agrava con la baja
calificación de nuestra fuerza laboral, con niveles de formación que no
corresponden a las exigencias de la competencia impuesta por la globalización.
Para el año 1999, el 75% de la PEA (población económicamente activa) estaba
ubicada en empleos de baja calidad. Si nos trasladamos al área rural, la
proporción de este tipo de empleo supera el 90% de la ocupación total. Por eso,
el problema no es sólo la falta de empleo sino también las dificultades para
generar ingresos suficientes en la actividad que realizan actualmente.
Las estrategias parar generar empleo e ingresos
1. Educación y capacitación para
el trabajo
Potenciar y multiplicar la
inversión que se realice depende en gran medida de la capacidad de los recursos
humanos que participan en la producción. Del grado de calificación en todos sus
niveles –obreros, técnicos, empleados, profesionales, gerentes y empresarios–
dependen en forma directa la productividad y la competitividad. El sistema
educativo debe ser funcional al progreso productivo y poner énfasis en la
calificación para el trabajo en sus áreas regulares y especializadas y, a la
vez, el sistema productivo debería hacer un énfasis especial en la continua
adecuación y superación de sus recursos humanos para no rezagarse en el
escenario de la competencia. Resolver
este problema es preeminente.
2. Inversión inteligente
La variable más importante en la generación
de empleo es la inversión; ella es el punto de partida de toda nueva empresa o
la ampliación de las existentes. Para mejorar la calidad de la inversión que
nos permita crear empresas sólidas que incrementen y consoliden el empleo y al
mismo tiempo impidan los fenómenos de saturación que hemos visto en nuestro
país se requiere: (i) adecuada información que llegue hacia los inversionistas
actuales y futuros; (ii) mayor nivel de educación y capacitación; y, (iii)
acceso a nuevos mercados, principalmente en el exterior. Pero para generar
empleo no es suficiente incrementar el volumen de la inversión, sino que
también es importante dónde se realiza y con qué tecnología. La última década
nos ha aleccionado sobre este punto: la inversión de volúmenes importantes,
sobre todo extranjera, se recuperó y creció entre 1992 y 1998, pero los
resultados inmediatos en empleo han sido magros. Centenares de millones de
dólares fueron invertidos en unos cuantos giros empresariales que se saturaron
rápidamente; en particular, los medianos y pequeños inversionistas generaron
olas de crecimiento en la industria textil (principalmente en confecciones), en
el sector del transporte público (micros, combis, taxis, mototaxis), en la construcción de inmuebles
comerciales y de vivienda, grifos, etcétera, pero la apuesta emprendedora de
estos peruanos chocó con una realidad superior a sus esfuerzos empresariales:
el reducido tamaño del mercado interno.
3. Articulación productiva y
exportaciones
Una de las estrategias más claras
de transferencia de tecnología, conocimiento y acceso a mercados (sobre todo
externos) es la articulación entre empresas de mayor escala y los pequeños
productores. Esta es la mejor forma de aprovechar el principal recurso del
país: la energía empresarial de cientos de miles de empresarios y empresarias
populares. Siendo la subcontratación y el desarrollo de proveedores
innovaciones en las formas de organización empresarial, representan además
exigencias bajas en materia de montos de inversión, por lo que resultan muy
rentables económica y socialmente. El Japón, por ejemplo, basa su potencia
económica y su competitividad en la subcontratación. Por su parte, uno de los
motores de la generación de empleo en el Perú es y tendrá que ser la
exportación; sin embargo, el país en general está poco preparado para hacer
frente a las exigencias de la competencia globalizada; por lo tanto, se va a
requerir mucha cooperación vertical (gran empresa con pequeña) y horizontal
(pequeña con pequeña), así como mucha asesoría, información y asistencia
técnica.
4. Política poblacional
Todavía tendremos presión
demográfica –aunque felizmente decreciente– por unas dos décadas más, y la
única manera de no agravarla es una adecuada política de población dirigida a
contrarrestar esta situación. Las mayores tasas de natalidad se dieron en los
60, desatándose una especie de ola que se inició una generación antes y
descenderá sólo una generación después; esta es la razón fundamental del
elevado crecimiento de la PEA en la actualidad (400 000 personas al año), a
pesar de que la tasa de crecimiento de la población ha descendido del 3% al
1,7% anual.
Las
esperanzadoras PYME
En relación con las
características y potencialidades de los sectores económicos en el Perú,
existen ciertos consensos iniciales: la misión exportadora de la minería y su
dependencia de las fluctuaciones de precios internacionales; el insuficiente
aprovechamiento de la pesca para consumo humano; el atraso agrícola y sus
promesas en la recuperación de productos para la exportación. En cambio, es más
complejo el problema industrial –por estar atado a las importaciones, por su
diversidad y la velocidad de los cambios tecnológicos y ampliación de la
competencia internacional–. Por eso, tomando en cuenta diversos criterios
técnicos, los sectores con mayor potencial en los próximos años son: (i)
productos alimenticios; (ii) servicios de restaurantes y hoteles;
(iii) construcción; (iv) confecciones; (v) minería; y, (vi) pesca.
En materia de empleo, las
perspectivas serían las siguientes: en la agricultura se espera que continúe la
tendencia laboral decreciente, excepto para algunos nichos ligados a la
agricultura de exportación. En el sector público, la recuperación del empleo
depende de la solución de los problemas fiscales. En la gran empresa, en el
corto plazo no habrá recuperación del empleo puesto que para competir en el
mercado mundial ha tenido que modernizarse, incorporar tecnologías ahorradoras
de empleo y maximizar sus economías de escala. En el largo plazo se espera que
la agricultura, sector público y gran empresa produzcan, en conjunto, no más
del 20% del empleo. El 80% de los nuevos empleos se tendrán que generar, por
tanto, en las PYME (pequeñas y medianas empresas) y en la microempresa, pero el
empleo actual del 60% en la microempresa es demasiado alto; se trata de un
sector que está sobresaturado, cuyo ingreso medio seguiría decreciendo si sigue
absorbiendo más empleo, por lo que no sería el camino adecuado para incrementar
el empleo y los ingresos. Eso sólo será posible con la PYME, que ofrece un
salario mucho mayor que la microempresa y tiene mayor capacidad para crecer y
realizar innovaciones tecnológicas. (Hay experiencias exitosas de países como
Taiwán y Colombia, que lograron altas tasas de crecimiento económico y menor
desigualdad de ingresos teniendo a las PYME como motor.)
En las condiciones actuales del
mercado peruano, las inversiones para crear un puesto de trabajo que cumplen
con las condiciones de productividad y competitividad se ubican en el rango de
los 5000 a 15 000 dólares. Estas son precisamente las inversiones que se
requieren en la agricultura moderna y en las PYME; incluso algunas inversiones
de 3000 a 5000 dólares en microempresas pueden llegar a cumplir con estas dos
condiciones aprovechando infraestructura sin uso y creando nuevos trabajos en
empresas constituidas. Para impulsar este sector y crear 400 000 puestos de
trabajo cada año reduciendo el desempleo y el subempleo a la mitad en 10 años,
tendríamos que invertir unos 4000 millones de dólares adicionales por año (8%
del PBI), esto es, pasar a una inversión anual del 25% de nuestro PBI (los
países asiáticos tienen niveles de inversión del 30-35% del PBI).
El
futuro está en las regiones
1. La macrorregión norte
El norte es la región con mayor
variedad de posibilidades productivas en todos los sectores, pues tiene además
la ventaja de contar con todas las regiones naturales. El sector agrario tiene
múltiples oportunidades, desde su histórica participación en la exportación de
azúcar y algodón, hasta nuevos productos como café, cacao, marigold, soya y
sorgo. Igualmente, se encuentran en vías de desarrollo exportador los frutales
(limón, coco, mango, chirimoya, melón), espárragos y plantas medicinales. La
presencia de ganado vacuno sostiene la industria de lácteos en Cajamarca y
calzado en Trujillo. Otra posibilidad importante es la del desarrollo maderero
por la alta calidad de las especies del lugar (algarrobo, ébano). La pesca
tiene también sede principal en la región norte; el eje de la pesca peruana es
la extracción de anchoveta para la producción de harina y aceite de pescado,
que configuran el 80% de la extracción total; sin embargo, la potencialidad de
pesca de consumo es inmensa. No es exagerado afirmar que estamos, en el caso de
la pesca, ante el sector de mayores potencialidades.
2. La macrorregión centro
Gran productor minero y de
energía, de enorme importancia en la producción de divisas y en el sostén del
desenvolvimiento industrial limeño. Una buena proporción de la producción
agropecuaria está dirigida al mercado limeño. Sus principales oportunidades
están en los productos andinos –tubérculos y cereales como la maca, kiwicha,
tarwi, quinua– de alto contenido proteico. También han tenido éxito sostenido
las especies y hierbas aromáticas, las hortalizas en el valle del Mantaro
(recientemente, la alcachofa, incluso para exportación), así como el cultivo de
flores.
3. La macrorregión sur
La producción agrícola es muy
prometedora en rendimientos, como se aprecia en el caso de la producción de ajo,
cebolla roja y blanca, arroz, olivo, vid, frutales (duraznos, manzanas, peras,
chirimoya, paltas, tuna, higos, lúcuma), leguminosas y hortalizas. El valle de
Urubamba tiene producción de alta calidad, especialmente en maíz y cereales, y
en Madre de Dios se ha incrementado en los últimos años la producción de
castañas con fines de exportación. Esta región tiene una vocación industrial
que debe persistir y desarrollarse a partir de sus ejes tradicionales –lácteos,
tejidos, confecciones y acero–. El sur muestra también una enorme actividad
turística con el Cusco como eje; junto con Arequipa, hay otras zonas con gran
potencial. Se ha elevado recientemente la producción de la carne de auquénidos
(alpaca) y de avestruz. Contiene además el yacimiento de gas natural de
Camisea, cuyas reservas ascienden a siete billones de pies cúbicos que
equivalen a 20 veces la actual disponibilidad energética del país.
4. La macrorregión oriente
Actualmente su producción está centrada en la
extracción petrolera y la explotación de la madera; en menor grado, en el
turismo, en su incipiente agricultura tradicional (arroz, frijol, yuca,
plátano, palmito), en la pesca, en recursos nativos con fines medicinales (uña
de gato, sangre de grado) y en frutales exóticos (aguaje, camucamu, cocona,
maracuyá). La explotación forestal tiene también un gran potencial, debido a la
alta productividad amazónica y a las posibilidades que dejaría un tratamiento
más racional y tecnificado, así como el fortalecimiento de una industria local
de mueblería y materiales de construcción prefabricados. La región, de otra
parte, tiene una gran potencialidad en materia de ecoturismo, ámbito en el cual
sus ventajas comparativas son elevadas y a la que podría derivarse parte
importante del turismo internacional.
¿Nos habíamos sindicalizado tanto?
Un largo proceso de crisis ha debilitado enormemente
el poder sindical. En la actualidad están registradas 2500 organizaciones
sindicales del sector privado, pero solamente unas 500 tienen actividad y su
cobertura no llega a los 50 mil trabajadores, concentrados en el sector
moderno. Hay además 11 centrales sindicales, pero solamente tres o cuatro
tienen bases reales y activas. En el sector público no hay agremiación real,
excepto en educación y salud.
El desafío del empleo: ¿podremos lograrlo?
Una forma de darse cuenta del tamaño del desafío que
tenemos en materia de empleo e ingresos en el Perú es proponerse algunas metas.
Supongamos que queremos bajar el desempleo nacional a 3% (actualmente es 5%) y
el subempleo por ingresos a 20% (ahora es 39,2%). Tendríamos que tomar en
cuenta que la PEA crece al ritmo de 400 000 personas cada año, que la inversión
por nuevo puesto de trabajo es de 12 000 dólares (promedio para el sector
privado), que invertimos 4000 dólares para mejorar el subempleo por horas, 6000
dólares para el subempleo por ingresos y que para los adecuadamente empleados
calculamos una inversión de 3000 dólares anuales para mejorar sus ingresos.
Pues bien, si quisiéramos lograr todo esto partiendo del 2001, tendríamos que
triplicar el producto bruto interno (PBI) en los próximos 10 años; ello
significa crecer al ritmo de 11,6% al año, lo que parece bastante ambicioso
pero no imposible (China crece a este ritmo desde hace varios lustros). Si
ampliamos la meta a 20 años, el crecimiento tendría que ser del 5,6% por año,
que es más razonable.
Preocupantes tendencias del mercado de trabajo en el
Perú
Marta Vieira
La
precarización de la seguridad social
Sin duda, conservar el empleo se
ha vuelto prácticamente la prioridad para el trabajador peruano, olvidándose
que el futuro de la nación y de cada individuo depende de los actuales aportes
sociales (salud y pensiones), estos "monstruos mal administrados" que
según algunos analistas económicos provocan solamente sobrecostos laborales. Si
se puede ganar un poco más, a pesar de prescindir de la garantía de tener un
seguro de salud o una afiliación a un sistema de pensiones, las urgencias
cotidianas se vuelven más importantes que asegurar la salud o el futuro del
trabajador. La pregunta que nos queda es si el sacrificio cotidiano y
progresivo de estos bienes sociales nos lleva a un modelo de sociedad y de
economía sostenible en el tiempo.
La
precarización de las condiciones de trabajo
¿En qué parte de las cifras
oficiales se esconde el empeoramiento de las condiciones de trabajo que se
siente en el día a día de los hogares peruanos? Una respuesta podría obtenerse
a partir del análisis de la PEA según categorías ocupacionales, lo que nos
permite separar a los trabajadores dependientes que están bajo la protección
del derecho laboral y aquellos que no lo están como, por ejemplo, los
trabajadores independientes. Una vez identificados los asalariados, hay que
analizar el tipo de contrato que éstos presentan y, en este marco, identificar
en las estadísticas una herida sangrante en el mercado de trabajo peruano.
Según las estimaciones de
Chacaltana (1999)* a partir de los datos de la
Encuesta de Niveles de Empleo, entre 1989 y 1997 el número de los asalariados privados
que no tienen un vínculo laboral claro con la empresa, y que por lo tanto
entran en la categoría estadística de los "sin contrato" (trabajo
clandestino), subió del 30,5% al 41,2%. Esta situación debe asociarse al riesgo
casi cero de que el empresario sea realmente penalizado por el incumplimiento
de la legislación laboral, quedando el papel de las autoridades responsables
restringido a la simple prevención de situaciones irregulares, con actividades
inspectoras cada vez más intensas e inocuas respecto de encontrar un resultado
eficaz a este problema. El otro lado de la moneda es el rápido descenso del
trabajo estable en Lima Metropolitana, que en este período bajó del 49,1% al
26,3%.
* Chacaltana,
Juan, "Los costos laborales en el Perú", en Inseguridad laboral y competitividad: Modalidades de contratación.
Lima: OIT, 1999.
Marta Vieira es consultora OIT y profesora de la
Universidad de Lima.