Elecciones gringas desde nuestro código

El encargo fueron las elecciones norteamericanas, un poco desde la Inca Kola o el jamón del país. Qué de ellas nos podían llamar la atención por semejante, diferente, chistoso, admirable o criticable. Y escogimos a dos colaboradores de ideele que se mueven con soltura y humor entre el Norte y el Sur.

 

¡Cómo extrañaba todo esto!

(una crónica del caos electoral en los Estados Unidos)

Michael Shifter

 

El 7 de noviembre voté muy cerca de mi casa en Washington D.C. Lo hice muy temprano, a las 7 de la mañana, cuando las mesas de votación apenas se abrían. Una aburrida campaña, con candidatos nada entusiasmantes había, gracias a Dios, terminado. Sin embargo, el tedio de la campaña sería superado de inmediato por lo electrizante de los resultados y luego por un suspenso que pareció interminable.

El país nunca ha estado más parejamente dividido en el apoyo a sus dos principales candidatos. Ello no nos ha llevado a una situación de crisis pero sí, y todos aquí coincidimos en ello, a un terrible caos. Los latinoamericanos, quienes tienen mucho mayor sentido de la ironía y un más fino sentido de la justicia que nosotros los gringos, se encuentran especialmente contentos. Están saboreando este momento delicioso. La ven­ganza.

Y tienen razón. Después de todo, los funcionarios del condado de Palm Beach (una zona tan rica que hace lucir a Miraflores como si fuera La Victoria) parecen haber sido capacitados en la "Escuela de Administración Electoral José Portillo". Los errores y complicaciones que se van conociendo día tras día levantan serias y preocupantes preguntas sobre nuestras reglas electorales.

Ya se ha iniciado, y con razón, una discusión entre los políticos norteamericanos para reformar el sistema electoral. Espero que ésta tenga además el saludable efecto de superar la arrogancia que usualmente caracteriza los esfuerzos de los Estados Unidos al promover la democracia en cualquier lugar del mundo. Si nos atenemos a los criterios formulados el mes pasado por el Centro Carter para poder participar en la Cumbre de las Américas, los Estados Unidos podrían no clasificar. Entre otros, éstos incluyen "un conteo honesto de los votos" y "un sistema eficaz para apelar los resultados". Mi consejo para los demás países de América es que si la delegación de los Estados Unidos no ha llegado al momento de empezar la próxima Cumbre en Québec, pues no se sientan cortos y empiecen nomás sin nosotros.

Mientras tanto, es claro que no hay entre los norteamericanos ninguna persona con la autoridad moral de Nelson Mandela. La ausencia de generosidad, de altos propósitos morales y principios, así como la dificultad manifiesta para anteponer los altos intereses nacionales, son sorprendentes. Un ex jefe de gabinete de Clinton, Leon Panetta, fraseó muy bien esta preocupación dos días después de la elección: "El primer test sobre si cualquiera de estas personas puede ser líder del país está teniendo lugar justo ahora, y ninguno de los dos lados está manejando la situación muy bien".

Por supuesto que "estas personas" son Al Gore y George W. Bush, cuyo intercambio telefónico la noche de la elección y su subsecuente comportamiento han hecho poco para que la opinión pública confíe en ellos. Las luchas internas y las actitudes mezquinas han estado a la orden del día. Para elevar el nivel de madurez y calmar a la nación (¡y también para ganar la Casa Blanca!), Gore envió a Florida al ex secretario de Estado de Clinton, Warren Christopher; Bush, por su parte, mandó a James Baker, el ex secretario de Estado de su padre. Confieso que mejor hubiera sido tener la buena fortuna de contar con Eduardo Stein, el ex canciller de Guatemala en el gobierno de Álvaro Arzú. De haber sido así, podríamos tener cierta confianza en que se llegará a saber si en Florida la votación fue realmente libre y justa.

Las ironías, por supuesto, abundan. Florida es el más latinoamericano de todos los estados y muchos de sus habitantes han sido materia de observación electoral en sus países de origen. Es de presumir que ellos pensaran que la última cosa sobre la que debían preocuparse en su país adoptivo sería la de un conteo honesto de los votos. Curiosamente, la última vez que una situación parecida tuvo lugar –una divergencia entre el voto popular y el colegio electoral– fue en 1876, y en esa ocasión Florida también fue el estado en disputa. (¡Y eso que en 1876 los cubanos todavía no habían llegado a la Florida!)

Otro interesante giro de los acontecimientos es que el gobernador de Florida es Jeb Bush, ¡el hermano del candidato republicano! (¿Qué hubieran dicho los observadores electorales si algo así ocurriera en un país latinoamericano?) Pero, para ser justos, Jeb Bush ha sabido mantenerse por encima de la disputa y es ajeno a toda controversia. De hecho, en los días siguientes a las elecciones muchos se preguntaron por qué este gobernador tan articulado y maduro no fue el candidato en lugar de su hermano mayor.

Por otro lado, es irónico que pudiendo haber sido cualquier otro, fuera justamente William Daley el jefe de campaña de Gore. El padre de Daley fue un legendario alcalde de Chicago quien fue descrito en un clásico libro llamado Boss como el modelo de los fraudes electorales y la corrupción. Han circulado infinitas bromas acerca de cómo eran los votantes muertos quienes definían las elecciones en la política de Chicago. (De hecho, y dejando de lado la elección presidencial por un momento, este proceso electoral alcanzó mayores niveles de surrealismo cuando un hombre que había muerto en un accidente de aviación durante la campaña fue elegido al Senado de los Estados Unidos por Missouri, nuestro Macondo.)

Por tanto, muchos de los actores principales de esta telenovela tienen poca credibilidad. Como escribió Joe Klein en The New Yorker: "En pocos días (luego de la elección) el más serio ritual de la democracia americana se había transformado en un triste y ya familiar espectáculo: la versión electoral del juicio de O.J. Simpson, de la disputa por Elián Gonzales o del escándalo de Mónica Lewinsky; es decir, una potencialmente interminable telenovela en la cual muchos de los actores más importantes van a perder inevitablemente estatura y en la que las posibilidades de gobernar eficazmente para el nuevo presidente van a estar seriamente comprometidas". Los abogados que aparecieron cada noche en la televisión en los espectáculos anteriormente mencionados volvieron a la escena para esta nueva novela. Incluso Jesse Jackson, el luchador por los derechos civiles que confrontó al presidente Fujimori en Nueva York al comienzo de setiembre sobre el caso de Lori Berenson, no pudo ser ajeno a esta controversia. Jackson no perdió tiempo y fue al sur de Florida para ayudar a incendiar la pradera. Su interés en el caso Lori Berenson está por el momento en la congeladora.

Un indicio claro de que algo había ido realmente mal en la noche de la elección fue la sorprendentemente alta votación de Pat Buchanan, candidato del Partido Reformista en el condado de Palm Beach en Florida. Este condado tiene muchísimos votantes judíos, y Buchanan, quien acaba de escribir un libro sosteniendo que Adolfo Hitler había sido incomprendido, puede difícilmente describirse como un aliado de Israel. "Judíos por Buchanan" es, fuera de dudas, un grupo muy pequeño en los Estados Unidos; quizás comparable solamente a su par peruano, la "Asociación por
los Derechos Humanos de Montesinos".

Aun cuando un buen número de americanos no lo dirían públicamente, sospecho que muchos están pensando precisamente lo que Maureen Dowd sostuvo en su columna del The New York Times el 9 de noviembre: "Diablos, quizás sea mejor mantener a Clinton". Por lo pronto, a Clinton le encanta el trabajo y no parece estar muy entusiasta por dejarlo. Además, la causa principal del impasse electoral es que ninguno –ni Bush ni Gore– fue capaz de cautivar la imaginación del público americano, como sí hizo Clinton en su momento. Si la estrategia de Fujimori para conseguir un tercer mandato fue la de la ley de interpretación auténtica, la de Clinton podría ser simplemente dejar que toda la disputa se quede en las cortes judiciales por los próximos cuatro años.

Confieso que habiéndome mudado de regreso de América Latina a Washington hace ya casi ocho años, este espectáculo me ha ayudado a adaptarme a mi país. Me hacían falta la tensión, la falta de certezas y el alto nivel de drama en la escena política. Por fin me siento bien nuevamente. Hay por supuesto muchas diferencias en la manera en que estas situaciones operan aquí y la forma en que lo hacen en América Latina. Para empezar, la ingenuidad reaparece en los Estados Unidos de nuevo y de nuevo, y al parecer sin final, incluso después de Vietnam, Watergate, Irán-Contras, Mónica, etcétera.

Hubiera deseado que la caótica situación que hemos estado experimentando en los Estados Unidos viniera acompañada
–como cuando vivía en el Perú– de algunas compensaciones. Quizás deberíamos tener aquí lo que parcialmente alivia las tensiones y las inseguridades en el Perú: exquisitos cebiches y pisco sours. Sin embargo, hasta ahora no tenemos esa suerte. Pero en una democracia como la nuestra, donde todo puede ocurrir, uno nunca debe perder la esperanza.

Diálogo Interamericano.

 

Los ricos también lloran

José Luis Rénique

“It is lovely to live in a limbo.”

 Un comentarista radial en Nueva York

 

"No hay ambiente electoral", observó un amigo peruano de visita en Nueva York el día de las elecciones presidenciales norteamericanas. Es día laborable; el voto es voluntario y la participación es, como de costumbre, más bien baja. La jornada, en efecto, suele transcurrir sin mayores sobresaltos. Un ritual de 200 años que, andando el tiempo, ha ido perdiendo en mística y emoción.

Y de repente, lo inesperado: una incursión abrupta de la controversia y la pasión. "Mi voto también cuenta" es una leyenda común en las pancartas de los manifestantes. Vivimos –afirman graves los periodistas– un momento en verdad histórico. Es posible que cuando usted lea estas líneas el impasse electoral sea cosa del pasado. Importa, no obstante, registrar la intensidad del episodio.

Votar, como se sabe, es para los norteamericanos la esencia misma de su sistema político. Sin embargo, el ciudadano promedio carece de un pleno conocimiento del procedimiento electoral. Le cuesta explicar, por ejemplo, cómo es que, en el marco del "sistema más democrático del mundo", el candidato con el mayor número de votos pueda no ser al final el verdadero ganador.

Quienes lo idearon, es preciso recordarlo, requerían balancear a estados de diverso tamaño y población dentro de un inédito modelo federal. Repudiaban el absolutismo monárquico, pero temían los excesos de una democracia directa; los "riesgos", por ejemplo, de dejar en manos de la plebe la tarea de elegir al Presidente de los Estados Unidos. Debía hacerlo más bien una minoría selecta. No los más ricos, necesariamente, sino los más sabios y respetables.

Introdujeron, para tal efecto, la figura del "colegio electoral". Uno por cada estado: 538 "votos electorales" en total. El número de sus miembros es proporcional al de representantes y senadores de cada estado. Elegidos, por supuesto, a través del "voto popular". Cada estado decidiría la correspondencia entre "voto popular" y "voto electoral". Salvo Nebraska y Maine, todos los otros acordaron que quien obtuviera mayoría en el primero –así fuese por un voto– se alzaría con todos los votos electorales del estado. Y aunque ninguna disposición constitucional obliga a los "electores" a hacerle caso a los "votantes populares", así ha ocurrido casi invariablemente por aproximadamente un par de siglos.

A nuestra época ha llegado tal mecanismo de elección con una cierta aureola de indestructibilidad. Con no pocos cuestionamientos, sin embargo. Más de 700 propuestas han sido formuladas a lo largo del último siglo para reformar o eliminar el sistema del "colegio electoral". Insuficientes, no obstante, para conmover a un establishment bipartidista satisfecho con un esquema que desalienta, por ejemplo, la aparición de un tercer partido. Así ocurrió con el pintoresco Ross Perot en 1992: a pesar de que obtuvo cerca del 20% del "voto popular", no pudo ganar un solo "voto electoral". La propia American Bar Association –una suerte de Colegio Nacional de Abogados– ha observado ya el carácter "arcaico" de este sistema. Poco ha interesado todo esto a los ciudadanos comunes y corrientes, entre quienes se advierte una sensación de impotencia e irrelevancia frente a las grandes máquinas partidarias demócrata y republicana. Las elecciones se han convertido así en una suerte de torneo ritual entre dos grandes redes de influencia que el primer martes de noviembre de cada cinco años celebran su round final.

La actual crisis electoral aparece para muchos, en este contexto, como una bendición inesperada: como la oportunidad para afirmar el valor del voto individual; hecho dramatizado de manera por demás gráfica por las imágenes del recuento, voto por voto, en varios condados de La Florida. Otros, por el contrario, ven en todo esto una amenaza. Según una encuesta del New York Times, 45% de los norteamericanos cree hoy que el voto popular es el más importante como fuente de legitimidad presidencial. Un 39% se inclina en cambio por el voto electoral. La división sigue líneas partidarias. Un 63% de los "goristas" cree en la superioridad legitimadora del voto popular, mientras que un 67% de los "bushistas" asignan esa capacidad al voto electoral. Tras las cifras, podría conjeturarse, emerge el perfil de la creciente brecha entre la Norteamérica suburbana, rural y conservadora, y aquella otra de las grandes metrópolis como Nueva York, Chicago o Los Ángeles.

En el contexto de las crisis diversas del fin de la guerra fría, es cierto, la democracia norteamericana ha afirmado su durabilidad. Los propios norteamericanos ni siquiera dudan de que sea un bien perfectamente exportable. ¿Logrará el impasse presente alterar finalmente tan acendrada certidumbre? Tras el torneo simbólico –independientemente de la retórica y los dólares gastados– a estas alturas del año, las grandes redes partidarias hubieran retornado ya a su modus vivendi secular. La quiebra del proceso ha provocado debate: se habla más que nunca de las limitaciones y defectos del sistema electoral actual.

En medio del tráfago, la flamante senadora por Nueva York Hillary Clinton ha llamado a reformar de una vez por todas el sistema indirecto de votación. Quizá en cinco o diez años, tanto o más que por el impasse presente, las elecciones del 2000 resulten recordables por haber sido el inicio de su carrera hacia la Casa Blanca. En su capacidad de atraer el voto de las mujeres y las minorías ven muchos aquí la esperanza de un remozamiento de la democracia de Hamilton y Jefferson. Aunque ello tal vez depende de que el viejo invento de los founding fathers se reajuste al dictado de esta era singular en que, parafraseando al viejo Marx, todo lo que parecía sólido termina desvaneciéndose en el aire.

José Luis Rénique es profesor de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

 

Empleo:
Problema y posibilidad

¿Qué peruano y peruana que sigue con atención –e indignación– los últimos escándalos político-judiciales no se ha preguntado cuándo acabará todo esto para enfrentar con seriedad y serenidad la recesión, la pobreza y el desempleo que padecemos desde hace buen tiempo? ¿Acaso no se ha preguntado usted, estimado lector, cómo hacer para salir del atolladero y entrar a una suerte de círculo virtuoso que comience a generar empleo y oportunidades para todos? A continuación, una síntesis de un interesante –y alentador– documento preparado por un equipo de especialistas encabezados por Fernando Villarán y que forman la institución SASE. El documento tiene la virtud de señalar en qué sectores y de qué manera enfrentar el problema desde una perspectiva de desarrollo regional. Incluimos, asimismo, una colaboración de la economista Marta Vieira sobre las actuales y preocupantes tendencias del mercado de trabajo en el Perú (D.L.).

 

Estrategias para crear empleo y mejorar ingresos

SASE, Servicios para el desarrollo

 

Desde hace algunos años las encuestas señalan que el empleo es la principal preocupación de los peruanos y peruanas. Esencialmente, el problema consiste en la inadecuación entre la oferta y la demanda de fuerza laboral; mientras que la primera está dada por causas naturales (crecimiento demográfico) y culturales (mayor participación de la mujer y de jóvenes estudiantes), la segunda está determinada por causas económicas (inversión, recursos, mercados) y tecnológicas (maquinaria, organización). Son dos mundos con comportamientos diferentes que se enfrentan en el mercado laboral y que muchas veces responden a lógicas e intereses contradictorios, lo que genera grandes brechas y problemas sociales.

Ello se agrava con la baja calificación de nuestra fuerza laboral, con niveles de formación que no corresponden a las exigencias de la competencia impuesta por la globalización. Para el año 1999, el 75% de la PEA (población económicamente activa) estaba ubicada en empleos de baja calidad. Si nos trasladamos al área rural, la proporción de este tipo de empleo supera el 90% de la ocupación total. Por eso, el problema no es sólo la falta de empleo sino también las dificultades para generar ingresos suficientes en la actividad que realizan actualmente.

Las estrategias parar generar empleo e ingresos

1. Educación y capacitación para el trabajo

Potenciar y multiplicar la inversión que se realice depende en gran medida de la capacidad de los recursos humanos que participan en la producción. Del grado de calificación en todos sus niveles –obreros, técnicos, empleados, profesionales, gerentes y empresarios– dependen en forma directa la productividad y la competitividad. El sistema educativo debe ser funcional al progreso productivo y poner énfasis en la calificación para el trabajo en sus áreas regulares y especializadas y, a la vez, el sistema productivo debería hacer un énfasis especial en la continua adecuación y superación de sus recursos humanos para no rezagarse en el escenario de la   competencia. Resolver este problema es preeminente.

2. Inversión inteligente

La variable más importante en la generación de empleo es la inversión; ella es el punto de partida de toda nueva empresa o la ampliación de las existentes. Para mejorar la calidad de la inversión que nos permita crear empresas sólidas que incrementen y consoliden el empleo y al mismo tiempo impidan los fenómenos de saturación que hemos visto en nuestro país se requiere: (i) adecuada información que llegue hacia los inversionistas actuales y futuros; (ii) mayor nivel de educación y capacitación; y, (iii) acceso a nuevos mercados, principalmente en el exterior. Pero para generar empleo no es suficiente incrementar el volumen de la inversión, sino que también es importante dónde se realiza y con qué tecnología. La última década nos ha aleccionado sobre este punto: la inversión de volúmenes importantes, sobre todo extranjera, se recuperó y creció entre 1992 y 1998, pero los resultados inmediatos en empleo han sido magros. Centenares de millones de dólares fueron invertidos en unos cuantos giros empresariales que se saturaron rápidamente; en particular, los medianos y pequeños inversionistas generaron olas de crecimiento en la industria textil (principalmente en confecciones), en el sector del transporte público (micros, combis, taxis, mototaxis), en la construcción de inmuebles comerciales y de vivienda, grifos, etcétera, pero la apuesta emprendedora de estos peruanos chocó con una realidad superior a sus esfuerzos empresariales: el reducido tamaño del mercado interno.

3. Articulación productiva y exportaciones

Una de las estrategias más claras de transferencia de tecnología, conocimiento y acceso a mercados (sobre todo externos) es la articulación entre empresas de mayor escala y los pequeños productores. Esta es la mejor forma de aprovechar el principal recurso del país: la energía empresarial de cientos de miles de empresarios y empresarias populares. Siendo la subcontratación y el desarrollo de proveedores innovaciones en las formas de organización empresarial, representan además exigencias bajas en materia de montos de inversión, por lo que resultan muy rentables económica y socialmente. El Japón, por ejemplo, basa su potencia económica y su competitividad en la subcontratación. Por su parte, uno de los motores de la generación de empleo en el Perú es y tendrá que ser la exportación; sin embargo, el país en general está poco preparado para hacer frente a las exigencias de la competencia globalizada; por lo tanto, se va a requerir mucha cooperación vertical (gran empresa con pequeña) y horizontal (pequeña con pequeña), así como mucha asesoría, información y asistencia técnica.

4. Política poblacional

Todavía tendremos presión demográfica –aunque felizmente decreciente– por unas dos décadas más, y la única manera de no agravarla es una adecuada política de población dirigida a contrarrestar esta situación. Las mayores tasas de natalidad se dieron en los 60, desatándose una especie de ola que se inició una generación antes y descenderá sólo una generación después; esta es la razón fundamental del elevado crecimiento de la PEA en la actualidad (400 000 personas al año), a pesar de que la tasa de crecimiento de la población ha descendido del 3% al 1,7% anual.

Las esperanzadoras PYME

En relación con las características y potencialidades de los sectores económicos en el Perú, existen ciertos consensos iniciales: la misión exportadora de la minería y su dependencia de las fluctuaciones de precios internacionales; el insuficiente aprovechamiento de la pesca para consumo humano; el atraso agrícola y sus promesas en la recuperación de productos para la exportación. En cambio, es más complejo el problema industrial –por estar atado a las importaciones, por su diversidad y la velocidad de los cambios tecnológicos y ampliación de la competencia internacional–. Por eso, tomando en cuenta diversos criterios técnicos, los sectores con mayor potencial en los próximos años son: (i) productos alimenticios; (ii) servicios de restaurantes y hoteles;
(iii) construcción; (iv) confecciones; (v) minería; y, (vi) pesca.

En materia de empleo, las perspectivas serían las siguientes: en la agricultura se espera que continúe la tendencia laboral decreciente, excepto para algunos nichos ligados a la agricultura de exportación. En el sector público, la recuperación del empleo depende de la solución de los problemas fiscales. En la gran empresa, en el corto plazo no habrá recuperación del empleo puesto que para competir en el mercado mundial ha tenido que modernizarse, incorporar tecnologías ahorradoras de empleo y maximizar sus economías de escala. En el largo plazo se espera que la agricultura, sector público y gran empresa produzcan, en conjunto, no más del 20% del empleo. El 80% de los nuevos empleos se tendrán que generar, por tanto, en las PYME (pequeñas y medianas empresas) y en la microempresa, pero el empleo actual del 60% en la microempresa es demasiado alto; se trata de un sector que está sobresaturado, cuyo ingreso medio seguiría decreciendo si sigue absorbiendo más empleo, por lo que no sería el camino adecuado para incrementar el empleo y los ingresos. Eso sólo será posible con la PYME, que ofrece un salario mucho mayor que la microempresa y tiene mayor capacidad para crecer y realizar innovaciones tecnológicas. (Hay experiencias exitosas de países como Taiwán y Colombia, que lograron altas tasas de crecimiento económico y menor desigualdad de ingresos teniendo a las PYME como motor.)

En las condiciones actuales del mercado peruano, las inversiones para crear un puesto de trabajo que cumplen con las condiciones de productividad y competitividad se ubican en el rango de los 5000 a 15 000 dólares. Estas son precisamente las inversiones que se requieren en la agricultura moderna y en las PYME; incluso algunas inversiones de 3000 a 5000 dólares en microempresas pueden llegar a cumplir con estas dos condiciones aprovechando infraestructura sin uso y creando nuevos trabajos en empresas constituidas. Para impulsar este sector y crear 400 000 puestos de trabajo cada año reduciendo el desempleo y el subempleo a la mitad en 10 años, tendríamos que invertir unos 4000 millones de dólares adicionales por año (8% del PBI), esto es, pasar a una inversión anual del 25% de nuestro PBI (los países asiáticos tienen niveles de inversión del 30-35% del PBI).

El futuro está en las regiones

1. La macrorregión norte

El norte es la región con mayor variedad de posibilidades productivas en todos los sectores, pues tiene además la ventaja de contar con todas las regiones naturales. El sector agrario tiene múltiples oportunidades, desde su histórica participación en la exportación de azúcar y algodón, hasta nuevos productos como café, cacao, marigold, soya y sorgo. Igualmente, se encuentran en vías de desarrollo exportador los frutales (limón, coco, mango, chirimoya, melón), espárragos y plantas medicinales. La presencia de ganado vacuno sostiene la industria de lácteos en Cajamarca y calzado en Trujillo. Otra posibilidad importante es la del desarrollo maderero por la alta calidad de las especies del lugar (algarrobo, ébano). La pesca tiene también sede principal en la región norte; el eje de la pesca peruana es la extracción de anchoveta para la producción de harina y aceite de pescado, que configuran el 80% de la extracción total; sin embargo, la potencialidad de pesca de consumo es inmensa. No es exagerado afirmar que estamos, en el caso de la pesca, ante el sector de mayores potencialidades.

2. La macrorregión centro

Gran productor minero y de energía, de enorme importancia en la producción de divisas y en el sostén del desenvolvimiento industrial limeño. Una buena proporción de la producción agropecuaria está dirigida al mercado limeño. Sus principales oportunidades están en los productos andinos –tubérculos y cereales como la maca, kiwicha, tarwi, quinua– de alto contenido proteico. También han tenido éxito sostenido las especies y hierbas aromáticas, las hortalizas en el valle del Mantaro (recientemente, la alcachofa, incluso para exportación), así como el cultivo de flores.

3. La macrorregión sur

La producción agrícola es muy prometedora en rendimientos, como se aprecia en el caso de la producción de ajo, cebolla roja y blanca, arroz, olivo, vid, frutales (duraznos, manzanas, peras, chirimoya, paltas, tuna, higos, lúcuma), leguminosas y hortalizas. El valle de Urubamba tiene producción de alta calidad, especialmente en maíz y cereales, y en Madre de Dios se ha incrementado en los últimos años la producción de castañas con fines de exportación. Esta región tiene una vocación industrial que debe persistir y desarrollarse a partir de sus ejes tradicionales –lácteos, tejidos, confecciones y acero–. El sur muestra también una enorme actividad turística con el Cusco como eje; junto con Arequipa, hay otras zonas con gran potencial. Se ha elevado recientemente la producción de la carne de auquénidos (alpaca) y de avestruz. Contiene además el yacimiento de gas natural de Camisea, cuyas reservas ascienden a siete billones de pies cúbicos que equivalen a 20 veces la actual disponibilidad energética del país.

4. La macrorregión oriente

Actualmente su producción está centrada en la extracción petrolera y la explotación de la madera; en menor grado, en el turismo, en su incipiente agricultura tradicional (arroz, frijol, yuca, plátano, palmito), en la pesca, en recursos nativos con fines medicinales (uña de gato, sangre de grado) y en frutales exóticos (aguaje, camucamu, cocona, maracuyá). La explotación forestal tiene también un gran potencial, debido a la alta productividad amazónica y a las posibilidades que dejaría un tratamiento más racional y tecnificado, así como el fortalecimiento de una industria local de mueblería y materiales de construcción prefabricados. La región, de otra parte, tiene una gran potencialidad en materia de ecoturismo, ámbito en el cual sus ventajas comparativas son elevadas y a la que podría derivarse parte importante del turismo internacional.

 

¿Nos habíamos sindicalizado tanto?

Un largo proceso de crisis ha debilitado enormemente el poder sindical. En la actualidad están registradas 2500 organizaciones sindicales del sector privado, pero solamente unas 500 tienen actividad y su cobertura no llega a los 50 mil trabajadores, concentrados en el sector moderno. Hay además 11 centrales sindicales, pero solamente tres o cuatro tienen bases reales y activas. En el sector público no hay agremiación real, excepto en educación y salud.

 

El desafío del empleo: ¿podremos lograrlo?

Una forma de darse cuenta del tamaño del desafío que tenemos en materia de empleo e ingresos en el Perú es proponerse algunas metas. Supongamos que queremos bajar el desempleo nacional a 3% (actualmente es 5%) y el subempleo por ingresos a 20% (ahora es 39,2%). Tendríamos que tomar en cuenta que la PEA crece al ritmo de 400 000 personas cada año, que la inversión por nuevo puesto de trabajo es de 12 000 dólares (promedio para el sector privado), que invertimos 4000 dólares para mejorar el subempleo por horas, 6000 dólares para el subempleo por ingresos y que para los adecuadamente empleados calculamos una inversión de 3000 dólares anuales para mejorar sus ingresos. Pues bien, si quisiéramos lograr todo esto partiendo del 2001, tendríamos que triplicar el producto bruto interno (PBI) en los próximos 10 años; ello significa crecer al ritmo de 11,6% al año, lo que parece bastante ambicioso pero no imposible (China crece a este ritmo desde hace varios lustros). Si ampliamos la meta a 20 años, el crecimiento tendría que ser del 5,6% por año, que es más razonable.

 

Preocupantes tendencias del mercado de trabajo en el Perú

Marta Vieira

 

La precarización de la seguridad social

Sin duda, conservar el empleo se ha vuelto prácticamente la prioridad para el trabajador peruano, olvidándose que el futuro de la nación y de cada individuo depende de los actuales aportes sociales (salud y pensiones), estos "monstruos mal administrados" que según algunos analistas económicos provocan solamente sobrecostos laborales. Si se puede ganar un poco más, a pesar de prescindir de la garantía de tener un seguro de salud o una afiliación a un sistema de pensiones, las urgencias cotidianas se vuelven más importantes que asegurar la salud o el futuro del trabajador. La pregunta que nos queda es si el sacrificio cotidiano y progresivo de estos bienes sociales nos lleva a un modelo de sociedad y de economía sostenible en el tiempo.

La precarización de las condiciones de trabajo

¿En qué parte de las cifras oficiales se esconde el empeoramiento de las condiciones de trabajo que se siente en el día a día de los hogares peruanos? Una respuesta podría obtenerse a partir del análisis de la PEA según categorías ocupacionales, lo que nos permite separar a los trabajadores dependientes que están bajo la protección del derecho laboral y aquellos que no lo están como, por ejemplo, los trabajadores independientes. Una vez identificados los asalariados, hay que analizar el tipo de contrato que éstos presentan y, en este marco, identificar en las estadísticas una herida sangrante en el mercado de trabajo peruano.

Según las estimaciones de Chacaltana (1999)* a partir de los datos de la Encuesta de Niveles de Empleo, entre 1989 y 1997 el número de los asalariados privados que no tienen un vínculo laboral claro con la empresa, y que por lo tanto entran en la categoría estadística de los "sin contrato" (trabajo clandestino), subió del 30,5% al 41,2%. Esta situación debe asociarse al riesgo casi cero de que el empresario sea realmente penalizado por el incumplimiento de la legislación laboral, quedando el papel de las autoridades responsables restringido a la simple prevención de situaciones irregulares, con actividades inspectoras cada vez más intensas e inocuas respecto de encontrar un resultado eficaz a este problema. El otro lado de la moneda es el rápido descenso del trabajo estable en Lima Metropolitana, que en este período bajó del 49,1% al 26,3%.

 

*          Chacaltana, Juan, "Los costos laborales en el Perú", en Inseguridad laboral y competitividad: Modalidades de contratación. Lima: OIT, 1999.

Marta Vieira es consultora OIT y profesora de la Universidad de Lima.