"Cómo
aprendimos a matar a nuestro prójimo":
Memoria,
violencia y reconciliación
Kimberly
Theidon
Siempre hemos pensado que para alcanzar una verdadera
reconciliación nacional era necesario conocer la verdad de lo que había
ocurrido en los años de la guerra. En el siguiente texto, la antropóloga
Kimberly Theidon aporta elementos sumamente novedosos y polémicos respecto a lo
que sucedió en el norte de Ayacucho, en cuyas comunidades realizó una
investigación de varios años.
"Siempre había violencia en la sierra, desde el
tiempo de los incas y los españoles. Mutilando cuerpos, peleando
constantemente. Esto es natural. ¿Cómo podemos tener paz con estos
indios?" (Oficial anónimo, base militar, Ayacucho, 31 de marzo del 2000).
En este artículo exploro el papel
de la violencia letal y los sucesos políticos traumáticos en la historia
contemporánea de los campesinos de las alturas de Ayacucho. Desde 1995 he
llevado a cabo una investigación antropológica en varias comunidades norteñas.
Un enfoque de mi investigación han sido las siguientes preguntas: ¿Cómo es que
la gente construye y deconstruye la violencia en un contexto histórico
particular? ¿Cómo es que colectivamente militarizan sus vidas cotidianas y, en
contraste, desmilitarizan sus vidas en situaciones posconflicto? ¿Qué pasa con
las relaciones sociales y las identidades colectivas en este proceso? ¿Cómo
manipulan distinciones categóricas de "nosotros" y "ellos"
en la construcción del "enemigo", y cuándo son permeables estas
categorías? Finalmente, ¿cuándo es una persona considerada un vecino –un
prójimo– y cuándo se convierte en alguien que uno podría matar? En vez de
asumir que las respuestas se encuentran en un pasado colonial distante –o en
una "cultura de violencia" ostensiblemente endémica en la sierra–, he
explorado cómo los campesinos entienden la violencia que tanto han sufrido como
infligido a lo largo de los años de la guerra.
Estas preguntas están relacionadas
con los temas de la memoria y la moralidad. La memoria y el asunto de la
responsabilidad figuran prominentemente en la construcción de las identidades.
La memoria es central a preguntas tales como ¿quiénes somos?, ¿qué hemos hecho
y por qué?, ¿cuáles son las historias sobre nuestro pasado que nos narramos a nosotros
mismos y a los de afuera? Estas preguntas no sólo miran al pasado sino también
hacia el futuro, mientras la gente determina qué tipo de comunidad humana
reconstruye después de la violencia política sostenida. Como indica Lambek,
"La memoria nunca está fuera del tiempo y nunca es neutral moral o
pragmáticamente" (1996). Entonces, las historias elaboradas por los
campesinos respecto a la guerra son estratégicas, mutables y determinadas por
el contexto
–como los códigos morales que fueron también moldeados por el paisaje social
cambiante de los años del conflicto–.
"Durante los años de la
violencia, vivíamos y moríamos como perros." Es un lema que se repite en
las comunidades de las alturas de Ayacucho.
En adición a las estadísticas que
atestiguan el terrible impacto de la violencia política en Ayacucho, quiero
hacer hincapié hasta qué punto la guerra fue experimentada como una
"revolución cultural" –un ataque contra las prácticas culturales y el
sentido mismo de lo que significa vivir como un ser humano–. Bajo la amenaza
continua de ataques senderistas, la vida comunal fue distorsionada: fiestas
familiares y comunales fueron suspendidas, los comuneros asistían
esporádicamente a sus ferias semanales debido al peligro de viajar por caminos,
y muchos lamentan haber sido forzados a dejar sus seres queridos muertos donde
habían caído, "enterrándoles rápidamente como animales".
Reconozco que la frase
"violencia deshumanizadora" ha sido reducida a poco más que un
cliché. Sin embargo, un análisis del lenguaje que los comuneros usan subraya
cómo este término capta su experiencia. Al decir "vivir y morir como
perros", al insistir en que "ya no era vida", ponen el énfasis
en hasta qué punto la violencia de los senderistas excedió cualquier forma que
los comuneros podían imaginar. Como muchos campesinos me han contado, "Los
senderistas mataron a la gente en maneras que no usamos incluso con nuestros
animales. Machacaron las cabezas con piedras, las machacaron como si fueran
sapos".
Fue en ese contexto que los campesinos
comenzaron a organizarse en sus rondas campesinas y matar a los guerrilleros y
sospechosos de serlo. Con dos sucesos que salieron al escenario nacional –las
matanzas de Huaychao y Uchuraccay–, la atención nacional se dirigió hacia
"los olvidados del país", los "habitantes olvidados" de las
alturas de la sierra.
El Informe de la Comisión
Investigadora de los Sucesos de Uchuraccay (1983), presidida por Mario Vargas
Llosa, insistió en dos factores explicativos centrales de las matanzas: la
primitividad de los campesinos, quienes supuestamente vivían como habían vivido
desde la conquista, y la naturaleza intrínsecamente violenta de los
"iquichanos". Invocando una literatura amplia que destaca "la
violencia endémica de los Andes", la Comisión atribuyó la matanza a la
extendida "cultura de la violencia" de la gente de las alturas. La
Comisión concluyó por afirmar que uno realmente no podía echar la culpa a los
campesinos: ellos solamente manifestaron sus "latencias étnicas",
haciendo lo que les vino naturalmente.
Sugiero que busquemos más allá de
las "esencias" –o sea aquellas supuestamente arraigadas en la
biología o en la cultura– para entender tanto la construcción de la violencia
como su desmantelamiento.
Construyendo
la violencia
Aunque inicialmente aprobaron las
"campañas moralizadoras" de los senderistas cuando se limitaron a
sancionar a los abigeos y adúlteros, una vez que la violencia devino letal y
los atacó indiscriminadamente, los campesinos comenzaron a rebelarse contra los revolucionarios.
Por seguridad, los campesinos
comenzaron a vivir agrupados, saliendo de sus pueblos para refugiarse en
"comunidades madre". En esta coyuntura, el desafío fue sumergir
viejos conflictos –y nuevas tensiones respecto a las lealtades– en nombre de la
construcción de la "comunidad" como una identidad estratégica al
servicio de la sobrevivencia. La producción de "comunidad" contó con
dos componentes claves: la narrativa y la muerte.
La narrativa jugó un papel
primordial en la producción del sentimiento comunal, y las palabras eran
también centrales al cometer actos de violencia fatal. Por un lado las
autoridades comunales intentaban fomentar el patriotismo, hilando una historia
de "gente rebelde" que siempre había luchado por la patria. Sin
embargo, había simpatizantes senderistas por todas partes, simpatizantes que no
eran persuadidos ni por el patriotismo ni por la narración de una historia
gloriosa. Otras palabras entonces incitarían otras acciones. Como Apter
sugiere, "La gente no comete la violencia política sin discurso. Tienen
que convencerse a ellos mismos a fuerza de hablar" (Apter 1997: 2). Las
palabras son centrales al construir categorías, definir el enemigo y practicar
la violencia.
Queda claro que antes de la guerra
interna, el matar fue muy excepcional, reservado casi exclusivamente para los
abigeos que no desistían de sus acciones. De hecho, muchos comuneros recuerdan
fácilmente la decisión comunal de matar a varios abigeos a mediados de los 70,
después de que éstos rehusaran aceptar su expulsión del pueblo, precisamente
por la singularidad del evento.
Sin embargo, la guerra suele ser
una forma de poner paréntesis alrededor de la conducta normal y adoptar normas
excepcionales, como los comuneros mismos sugieren. Para captar esta
transformación, quiero prestarme un término del historiador Steve Stern (1998)
que sugiere el concepto de memoria emblemática para referirse a las memorias
colectivas que condensan varios temas socioculturales importantes. Además,
sugiero que la siguiente es una memoria fundacional que los comuneros citan
como indicativa del establecimiento del nuevo orden moral:
"Sabíamos que los cayetanos
daban comida y alojamiento a los terrucos (senderistas). En su casa en la puna,
dejaron pasar la noche a los terrucos. Sabíamos lo que harían los soldados si
se daban cuenta. Sabíamos que teníamos que parar eso. Entonces, una noche
recogimos a toda la familia, todos salvo el hijo menor, y los llevamos por
abajo al río. Los ahorcamos esa noche y echamos sus cuerpos en el río. Así es
como aprendimos a matar a nuestro prójimo" (entrevista, Ayacucho, 1998).
La decisión de matar a sospechosos
de ser senderistas fue discutida largamente en las asambleas generales antes de
tomar acción. Para citar nuevamente a Apter, "Cuando la gente intenta tomar
control, y por medio de la acción interpretativa, entonces la iconografía de la
violencia, la coreografía de los eventos confrontacionales, la planificación de
las acciones permiten el movimiento entre actos violentos y los binomios
morales" (Apter 1997: 4). En el contexto de estos pueblos, los binomios
consistieron en construir a los senderistas como radical y peligrosamente
"Otro".
Las concepciones del
"enemigo" reflejan temas psicoculturales, discursos extralocales y la
cristiandad militante. Entre los términos utilizados para describir a los
senderistas están: terrucos, malafekuna, tuta puriq, puriqkuna
y anticristos. Cada término
refleja la condensación de preocupaciones respecto a la maldad y monstruosidad,
también captados por los muchos comuneros quienes me informaron que "los
senderistas habían caído fuera de la humanidad".
Terrucos es un
derivativo de terroristas, y fue prestado del discurso castrense respecto a los
senderistas. Tanto malafekuna
(la gente de mala fe/mala conciencia) como anticristos elaboran sobre el proselitismo de los años de la
guerra y las conversiones masivas al evangelismo. Con malafekuna, lo que está también implicado es que los senderistas
faltaron cualquier conciencia, siendo gente que "nacieron solamente para
matar". Además, ambos términos son reflejo de una tendencia apocalíptica
que salió del evangelismo "pentecostalizado" desarrollado por algunos
comuneros.
También es común tuta puriq (los que caminan por la
noche), término que sale de los temores de largo plazo de los condenados que
caminan por esta tierra infligiendo su venganza sobre los vivos. Otra variación
es puriqkuna, una imagen
simbólicamente cargada. Puriqkuna
son los que caminan sin parar, los que nunca se quedan en un solo lugar (gente
transgresiva).
Los comuneros también concordaban
en sostener que "los senderistas eran gringos… vinieron de otros
países". Isbell (1994) ha sugerido que los campesinos no podían creer que
sus paisanos fueran capaces de tanta brutalidad. Sin embargo, planteo que esta
foraneidad también sirvió para justificar las matanzas que los comuneros mismos
cometerían.
Cuando "otros países" no
eran suficientemente distantes, el origen de los senderistas era considerado
"de otro mundo". "Los matamos y vimos sus cuerpos. Algunos eran
mujeres. Tenían tres ombligos y su sexo estaba en otra parte de su cuerpo. Uno
puede saber mirando sus cuerpos: tienen una marca en sus brazos." Aun el
alcalde, un hombre que se siente orgulloso de "no creer todas esas cosas
que los campesinos cuentan", dijo que él siempre podía identificar a los
senderistas al examinar sus cuerpos.
Esta copiosa elaboración de la
diferencia corporal es central a los binomios morales característicos del
código de la conducta de guerra. Subrayo que estos campesinos son fenotípicamente
homogéneos: por supuesto, hay estratificación social, pero no existen
diferencias físicas categóricas. Entonces, la gente sentía la necesidad de
construirlas. Como Appadurai sugiere, por medio de la elaboración de la
diferencia corporal las categorías políticas reciben fuerza somática y la
identidad se puede mostrar "fatalmente segura". Dados los temores de
que los senderistas y sus simpatizantes "tienen dos caras", los
cuerpos revelarían una verdad que la cara podía esconder. Examinar los cuerpos
de los senderistas fue una técnica de revelación –leyendo la verdad de su
maldad interna en la superficie de sus cuerpos–.
También es común escuchar que los
senderistas eran piojosos. Además de ilustrar preocupaciones con la pureza
categórica, hay algo más que está indicado por esta imagen. Recuerdo muchas
tardes soleadas en el campo, cuando las trenzas largas eran devanadas y
lavadas. Los miembros de una familia se sentaban en pellejos, sacando los
piojos del cabello de uno al otro. Estos eran momentos íntimos. La idea de
guerrilleros caminando sin parar con las cabezas cubiertas de piojos sugiere
algo fundamental respecto a su falta de conexión tanto a un lugar como a otros
seres humanos. Los seres humanos viven en familias: ¿qué implican estos piojos
sobre el estatus de los senderistas?
Sin embargo, los senderistas no
eran ni extranjeros ni "extraterrestres": eran hermanos, hermanas,
hijos, padres y vecinos. Ahora que la violencia ha calmado, entremezclado con
"extraterrestres" está el reconocimiento de que "los senderistas
eran pobres campesinos como nosotros". De algún modo, los
"anticristos" del tiempo previo pueden ser, en las palabras de los
comuneros mismos, "convertidos nuevamente en seres humanos". En un
ejemplo claro de esta mutabilidad, doña Marcelina me aseguró que "la marca
se desaparece cuando los senderistas regresan y se convierten en runa masinchik –gente con quien
podemos trabajar–".
Deconstruyendo la violencia: La micropolítica de la
reconciliación
En su libro Entre la venganza y el perdón, Minow
(1995) analiza respuestas societales a la violencia colectiva. Examina el
concepto de la justicia restaurativa, sugiriendo que se basa en nociones
cristianas del perdón y el restablecimiento de la humanidad, notando que la
justicia restaurativa presume la presencia de una comunidad de interés y
relaciones sociales que merecen la reparación. Sus argumentos tienen una
resonancia tremenda con las prácticas de arrepentimiento y reconciliación que
utilizan en los pueblos rurales de Ayacucho.
Subrayo que en los procesos que
analizo no se trata de olvidar, sino de perdonar a los transgresores. Esto
sugiere varias preguntas: ¿Qué es una buena razón para perdonar? ¿Cuándo la
memoria es puesta al servicio de reparar las relaciones sociales? ¿Cuándo es
que la gente recuerda intereses compartidos y no solamente la enemistad? Aquí
se nota la importancia de las formas comunales del trabajo como la faena y el ayni, que establecen la
interdependencia entre los campesinos que participan y las practican debido a
que la geografía áspera de la región hace casi imposible la introducción de la
tecnología. Entonces el trabajo comunal es una necesidad para la sobrevivencia,
y requiere la cooperación entre familias y comunidades. Recordemos el término
que Marcelina utilizó para los ex senderistas que han sido reincorporados en la
comunidad: runa masinchik,
"gente con la cual podemos trabajar".
Hago hincapié en otro tema. Don
Teófilo, un curandero de la zona, es frecuentemente buscado para leer la coca
cuando hay conflictos interpersonales, para determinar quién es el perpetrador.
Una vez hablamos del tema de la reconciliación y dijo: "Podemos aceptar
los arrepentidos (ex senderistas) en la comunidad. Mientras que se comporten
como gente, pueden regresar. Tenemos que perdonarlos o los odiaremos. Dios dice
que tenemos que perdonarlos para que podamos vivir con un corazón
tranquilo".
La noción de los senderistas
"poniéndose seres humanos" es central; de hecho, aun durante los años
de la violencia, los comuneros dicen que salieron en los cerros para buscarlos,
hablar con ellos e intentar "convertirlos en seres humanos otra vez".
Además de salir en búsqueda de los senderistas para convertirlos, éstos también
vinieron a los pueblos, confesando y pidiendo perdón.
Este es un asunto sumamente
delicado que es negado por la "historia oficial". De hecho,
consistentemente niegan que haya arrepentidos en cualquier pueblo, indicando
que "eso solamente pasó en otras partes, nunca aquí". Dada la
presencia castrense en la zona y el temor de ser designada como "una zona
roja", las conversaciones que tenía respecto a estas prácticas eran pocas,
privadas y en voz baja. Doña Marcelina me habló de los arrepentidos que habían
venido a su comunidad:
"Ellos se arrepintieron por
el sufrimiento que soportaban allá en los cerros. Día y noche, en la lluvia,
caminaban. Comenzaron a pensar en bajar de los cerros. ‘Seguro los comuneros no
me matarán’, pensaban. Llegaron diciendo que habían estado engañados, forzados
a matar, siempre caminando. ‘Perdóname’, rogaron a la comunidad. Les
preguntamos una y otra vez: ‘¿Van a dejar entrar a los senderistas?’. Nos
prometieron que no. Entonces, vinieron, como común runa igualña (como gente común, como nosotros)".
Quise saber más. ¿Les castigaron?
¿Les pegaban con chicotes cuando vinieron para arrepentirse?
"Ah, sí, las autoridades les
chicotearon en público, advirtiéndoles lo que les pasaría si decidían regresar
a la puna. Ellos confesaron. Vinieron preguntando si podrían traer sus
familias. Siempre escapaban en parejas, hombre y mujer. Si venían solos, los
entregábamos a los soldados. Si venían solos, había más desconfianza. 'Qué tal
han venido aquí para planificar cómo atacarnos', pensábamos. Cuando vinieron
como familias, había más confianza. Podrían ser runakuna (gente) otra vez".
¿En qué consiste "ser runakuna" otra vez? Los rasgos
centrales giran alrededor de la tierra –tanto trabajándola como "siendo de
un lugar"– y la importancia de la familia. De hecho, en las actas
comunales, los archivos de las asambleas generales que se llevaron a cabo en
las comunidades, la redistribución de la tierra fue una práctica que llamó mi
atención mucho antes de que alguien hubiera confiado en mí sobre los
arrepentidos. La tierra es escasa y clave para la sobrevivencia –y daban tierra
a los arrepentidos para que pudieran trabajar como un componente de su
reincorporación en la vida comunal–. Por medio de faenas y ayni, la interdependencia era
establecida y las relaciones sociales desarrolladas y sostenidas.
Sin embargo, uno puede imaginar
que los conflictos seguían –y siguen–. Estamos tratando, literalmente, con
temas de la vida y la muerte. Al seguir algunos casos de arrepentimiento en
estos pueblos, he notado también un repertorio impresionante de mecanismos
utilizados para minimizar la fricción y vigilar las amenazas tanto internas
como externas. Por ejemplo, es claro que las rondas campesinas vigilan no
solamente el peligro en la puna sino adentro de los pueblos mismos.
Además de arreglar los conflictos,
las autoridades comunales utilizan acuerdos obligatorios que se llaman
"actas de reconciliación". Todas las partes son convocadas a
presentar su testimonio, llamar a sus testigos y respetar la decisión tomada.
Se persignan en frente de las autoridades, y el acuerdo es sellado con trago,
oración y la señal de la cruz. La naturaleza sacramental de la resolución de
conflictos es altamente sincrética, lo que demuestra que la religión no es una
esfera finita sino un aspecto de la vida cotidiana.
En suma, subrayo la importancia de
entender la micropolítica de la reconciliación, las prácticas de la vida
cotidiana que son movilizadas para reincorporar a los ex enemigos en el cuerpo
social. Estos recursos culturales son centrales en el proceso de restablecer un
orden moral y una comunidad humana. Por supuesto, los conflictos existen, pero
paralelos a un sistema de la justicia restaurativa que toma en cuenta lo que la
comunidad significó antes de y durante la violencia política y reafirma el
valor de reconstruir la vida comunal en el presente. Reitero que en un contexto
de posguerra no sólo deben ser reconstruidas las instituciones políticas y los
sistemas económicos: una preocupación central es la reconstrucción de la vida
humana. Este proceso toca varias preguntas: ¿Quiénes éramos antes? ¿Qué hemos
hecho y por qué? ¿Quiénes somos ahora? Estas preguntas son profundamente
morales, y las memorias colectivas que los comuneros elaboran miran no
solamente hacia el pasado, sino también hacia el futuro.
Bibliografía
Apter,
David E., The Legitimization of
Violence. New York: New York University Press, 1997.
Isbell,
Billie Jean, "Shining Path and Peasant Responses in Rural Ayacucho",
en David Scott Palmer, editor, Shining
Path of Peru. New York:
St. Martin’s Press, Inc., 1994 (2ª edición).
Lambek,
Michael, "The Past Imperfect: Remembering as Moral Practice", en Paul
Antze y Michael Lambek, editores, Tense
Past: Cultural Essays in Trauma and Memory. New York: Routledge, 1996.
Minow,
Martha, Between Vengeance and
Forgiveness. Boston: Beacon Press, 1998.
Stern, Steve J., "De la memoria suelta a la
memoria emblemática: Hacia el recordar y el olvidar como proceso
histórico". Paper presented at the
workshop on "Collective Memory of Repression in the Southern Cone in the
Context of Democratization Processes", Social Science Research Council. Montevideo,
Uruguay, 17-18 de noviembre de 1998.
Kimberly Theidon es becaria de la Fundación
Guggenheim en el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de
Stanford, EUA.