¿Quién
podía imaginar que esto iba a ocurrir? ¿Si sólo hubiéramos sabido quiénes eran
en realidad Montesinos y Fujimori? ¿Quién hubiera imaginado las consecuencias
del golpe del 5 de abril? ¡Todos somos responsables, porque no nos dimos cuenta
o porque nos callamos y no dijimos nada!
Nos
rebelamos ante ese tipo de razonamiento.
Sí
se sabía de la verdadera naturaleza de este régimen, y desde muy temprano. Sí
se denunció y se dio cuenta hasta el cansancio de las consecuencias funestas del
autoritarismo y del peligro de tener gentes como Vladimiro Montesinos en el
círculo íntimo del poder.
No
todos los peruanos somos responsables de lo que ocurrió. Muchos mantuvimos la
frente en alto y desde el inicio.
Lo
que sí es verdad es que no se puede entender la existencia y permanencia en el
poder de Fujimori y Montesinos, sin la complicidad de la mayoría de los
ciudadanos (¿?) de un país que prefirieron mirar para un costado. Que creyeron
que lo bueno que supuestamente estaba haciendo el régimen compensaba las otras
cosas. Que decían que a la larga el lado brillante derrotaría al lado oscuro y
siniestro. En buen castellano, que la carnecita venía con hueso o no venía.
Ocurrió exactamente lo contrario: alzaron con el lomo y nos dejaron el pellejo.
Queremos
así reivindicar lo que fue una posición intransigente de esta revista (y de
muchos otros) contra el fujimorismo. La verdadera disyuntiva no era pues entre
los idealistas radicales que insistían en que nada cambiaría mientras esta
gente siguiera en el poder y los más moderados y sensatos que se remitían a la
política de lo posible o se resignaban a los hechos consumados. No era nuestro
radicalismo fruto de un “ultrismo” político, sino simplemente la consecuencia
de una mejor lectura de la realidad.
El
país está pagando hoy (literalmente hablando) una factura muy alta.
Ojalá que la lección haya sido aprendida, de una vez
y para siempre.
Nada puede
justificar una dictadura
(Editorial de la revista ideele N° 37, mayo de 1992, que en lo esencial pudiera haber sido
escrito en diciembre del 2000)
El 5 de abril, el presidente
Fujimori disolvió el Congreso y dispuso la reorganización del Poder Judicial,
el Ministerio Público, la Contraloría, el Consejo de la Magistratura y el
Tribunal de Garantías Constitucionales, alegando ineficiencia y labor
obstruccionista contra el Gobierno, y anunció el inicio de un denominado
"Gobierno de Reconstrucción Nacional". Militares y policías ocuparon
locales públicos, tomaron y censuraron los medios de comunicación, y detuvieron
a importantes líderes políticos, gremiales y periodistas.
El presidente Fujimori se apartó
así de la democracia y el Estado de Derecho. Pateó el tablero, como muchos han
dicho. Y por ello, nuestra posición es de total e inequívoca condena,
sumándonos a quienes exigen la inmediata restauración de la institucionalidad
democrática.
Creemos que los gobiernos no
tienen derecho a suspender las instituciones esenciales de un sistema
democrático cada vez que consideren que su vigencia es incoherente con sus
objetivos: ni aun cuando dichas instituciones se hayan ganado el rechazo
mayoritario de la población por deficiencias y vicios exhibidos durante años.
Instaurar el principio contrario –la justificación de la ruptura del orden
constitucional en determinadas circunstancias– haría de la democracia un
sistema de gobierno absolutamente inestable, frente al que podría defenderse,
por una u otra razón, todo golpe de Estado.
Creemos, además, que la
concentración de todo el poder en el Presidente de la República, al margen de
la Constitución y sobre la base del respaldo de las Fuerzas Armadas, constituye
un régimen dictatorial que lo único que hace es empeorar la ya gravísima
situación del país. Internacionalmente, como se ha visto desde el primer
momento, el golpe ha significado un retroceso en el proceso de reinserción del
país en la comunidad financiera internacional que, de continuar, determinará
inexorablemente el fracaso del programa económico.
Por otro lado, los males contra
los que se pretende justificar el golpe, como la corrupción, no son del dominio
exclusivo del Parlamento, Poder Judicial u otras instituciones suspendidas,
sino que atraviesan toda la institucionalidad
del país, incluido el Poder Ejecutivo, las Fuerzas Armadas y Policiales.
Acusaciones y casos recientes lo confirman y hasta han involucrado al entorno
familiar del propio Fujimori. Por ello, el monopolio del poder, sin contrapesos
y mecanismos de fiscalización, lejos de ser la solución, favorecerá la
agudización de los mismos males; más aún si, en el grupo que hoy detenta el
poder, existen oscuros colaboradores, entre ellos el ex capitán Vladimiro
Montesinos, contra quienes hay gravísimas denuncias.
Asimismo, de consolidarse el
gobierno de facto, el autoritarismo del ingeniero Fujimori, expresado desde el
comienzo de su gestión en su negativa rotunda a negociar con los otros poderes
del Estado y en su apego a los militares, no tendrá límites, y será fuente de
excesos y arbitrariedades. Medidas iniciales, como la ampliación de las penas
para quienes el gobierno de facto considere que usurpan funciones públicas,
anuncian el endurecimiento de la dictadura.
En el ámbito de la violencia
política, las consecuencias del golpe son también muy graves. El inicio de una
dictadura cívico-militar no sólo estaba en el cronograma de Sendero Luminoso,
como uno de los elementos que confirmarían una situación de "equilibrio
estratégico", sino que le permite alegar a su favor el hecho de estar
enfrentando a un régimen también ilegal. A su vez, de prosperar el golpe,
significará la militarización total de la estrategia antisubversiva, tal y como
estaba diseñada en los decretos legislativos de noviembre, y el alejamiento por
tanto de un proceso de pacificación basado en la legitimidad y en el respaldo y
la participación de la sociedad.
Ese tipo de opción ha sido
determinante para el crecimiento de la subversión durante 12 años, y hoy,
aplicada hasta sus últimas consecuencias, puede colaborar en su objetivo de
polarizar el país; contexto en el que obviamente los derechos humanos, que
nunca han estado entre las preocupaciones de Fujimori, se deteriorarán aún más.
Oponerse al golpe es para
nosotros, pues, una cuestión de principios, que coincide con nuestro total
convencimiento de que a partir del 5 de abril el futuro del país se ha
oscurecido mucho más.