Abimael Guzmán y Vladimiro Montesinos: ¡Democracia, enemiga mía!
Carlos Basombrío Iglesias
Con la caída del régimen autoritario se cierra en el Perú el ciclo histórico que empezó con la violencia de Sendero Luminoso a comienzos de los 80. En el texto que sigue se reflexiona sobre cómo la frágil democracia peruana sucumbió a la acción combinada de quienes querían "destruir al Estado burgués" y quienes decían "defender los valores occidentales".
Desde 1980, cuando la violencia
apareció en el horizonte político peruano, se produjo un gran debate acerca de
cuál era el camino para lidiar mejor con el fenómeno. Simplificando la figura,
se puede decir que de un lado estuvieron los sectores militaristas, es decir,
los que pensaban que lo que había que hacer era radicalizar el uso de la
contraviolencia estatal y acabar con el problema "a cualquier costo".
Entre ellos se ubicaron muchos militares, pero también prominentes líderes
políticos y de opinión.
En el otro lado aparecían quienes
reclamaban una "estrategia integral"; entre ellos, los organismos de
defensa de los derechos humanos, sectores importantes de la Iglesia y del
periodismo, algunos congresistas y muchos militares en retiro. No planteaban un
diálogo con los insurgentes, pues ello era inviable dado el fanatismo
ideológico de Sendero Luminoso, por su crueldad extrema y por su negativa de
plano a cualquier posibilidad de ese tipo. De ahí que por solución política se
entendiera más bien una combinación de medidas políticas, sociales, económicas
–y también militares– que aislaran a los senderistas impidiéndoles
desarrollarse entre nuevos sectores empobrecidos de la población. Esto haría
más fácil su represión, y garantizaría el respeto de la población civil, la ley
y los derechos humanos.
La disputa de alternativas tiene
manifestaciones muy tempranas durante el gobierno de Fernando Belaunde. En los
dos primeros años de Sendero Luminoso su capacidad de actuación fue bastante
limitada, centrada en ataques todavía pocas veces cruentos a dependencias del
Estado y casi exclusivamente en las zonas rurales de algunas provincias de
Ayacucho. La respuesta policial fue en su inicio razonablemente eficaz y
básicamente respetuosa de los derechos básicos de la población.
Pero desde Lima se reclamaba
"mano dura", es decir, que se reprimiera a ciegas y a cualquier
costo. Algunos sectores del gobierno buscaron incluso establecer una
vinculación entre la izquierda legal (firmemente establecida en el
"sistema", con representación parlamentaria y municipal) y la acción
de Sendero Luminoso. El propio Alfonso Barrantes sufrió breve detención. Acción
Popular –su partido– presionó por la renuncia de José María de la Jara, el
primer ministro del Interior del gobierno de Belaunde, quien se negaba a entrar
en esa lógica.
La reacción de los
"duros" fue alentada por la provocación senderista que, con actos de
creciente crueldad y audacia, quiso empezar a asegurarse de que su profecía de
una revolución en medio de "ríos de sangre" se terminaría cumpliendo.
En respuesta, en 1981 el gobierno aprueba la primera de una larguísima lista de
decretos de urgencia (el 046) destinados a endurecer la sanción legal a los
responsables de actos de violencia.
En diciembre de 1982 se da un
nuevo y definitivo giro hacia la lógica militar, cuando se encarga a las
Fuerzas Armadas tomar control de la región y hacer frente directamente al
senderismo en Ayacucho. El resultado fue el opuesto al buscado y, más bien,
marca el inicio de lo que se conoció como la "guerra sucia", que
llevó el conflicto a niveles impensados. En los dos años iniciales de la
presencia de las Fuerzas Armadas en Ayacucho, y sólo en Huamanga, Huanta,
Cangallo, La Mar y Víctor Fajardo, se producen 5645 muertes, es decir, el 46%
de todas las que se producirían en Ayacucho en los 14 años de violencia y el
20,5% de las que se produjeron en todo el Perú a lo largo del enfrentamiento
armado.
Pero el resultado no fue la
derrota de Sendero. Por el contrario: logrando romper el cerco impuesto y
ayudado por el resentimiento generado, Sendero se empezó a extender por el país
como un cáncer incontrolable. Así, a mediados de los años 80 había dejado de
ser un movimiento circunscrito a pocas provincias rurales de Ayacucho, se había
extendido con fuerza por Huancavelica y Apurímac, intentaba entrar en Puno y el
sur de Cajamarca y desarrollaba acciones en Lima.
En 1985 se inició el gobierno de
Alan García con una visión crítica de lo que estaba ocurriendo. En su discurso
inaugural García resumió su visión de lo que había que hacer con la frase:
"No combatiremos la barbarie con la barbarie". De hecho, hubo algunos
esfuerzos iniciales en ese sentido: destituyó a los jefes militares
responsables de las matanzas de Accomarca y Pucayacu y constituyó una Comisión
de Paz con el encargo de diseñar políticas alternativas en esta materia.
Empero, este tipo de políticas
durarían poco y en junio de 1986 se produjo la masacre de los penales, que
ocasionó la muerte de más de 200 presos, muchos de ellos después de haberse
rendido. A partir de entonces termina todo intento de una política alternativa
y se acentúa la lógica puesta en práctica por el gobierno anterior. La masacre
de Cayara, la aparición de grupos paramilitares, la generalización de los
"enfrentamientos sin heridos" y las desapariciones forzadas son
diferentes expresiones de lo que decimos. Como en el gobierno anterior, el
resultado fue el mismo: Sendero Luminoso no sólo no fue derrotado sino que
extendió su radio y capacidad de acción.
Pero a lo largo de esos años se
dieron también muchos esfuerzos por llamar la atención sobre lo errado y
costoso de esas políticas y sobre la necesidad de otras alternativas.
Mencionemos aquí a la Comisión Especial sobre las Causas de la Violencia y
Alternativas para la Pacificación Nacional del Senado, que, presidida por el
senador Enrique Bernales, jugó un papel muy destacado en el estudio del
problema y en la elaboración y difusión de propuestas alternativas; la Comisión
del Congreso que investigó los sucesos de los penales, que presidió el senador
Rolando Ames, y que en su informe fue más allá del encargo inmediato, aportando
elementos importantes en la misma línea; y la Comisión Investigadora de los
Grupos Paramilitares, que, presidida por el diputado Manuel Piqueras, explicó
en su informe las consecuencias negativas de la impunidad.
Sin embargo, al concluir la década
de los 90 el Perú era ya un país al borde del colapso, atrapado por una crisis
económica inmanejable y una sensación generalizada de desgobierno. A ello se
sumaba el impacto de una violencia política que parecía incontrolable. Ya hacia
1989 Sendero Luminoso lograba actuar a escala nacional. Había consolidado su
presencia en el Alto y Medio Huallaga, donde, por su vinculación con el
narcotráfico, se hacía de una insospechada fuente de recursos económicos.
Además, consolidado en sus lugares originarios –Ayacucho, Huancavelica y parte
de Apurímac–, lograba impactar significativamente en Junín, departamento
estratégico para cualquier intento militar y económico de cercar la capital.
También Cajamarca, Ancash y Puno, las provincias circundantes a Lima, y la
propia capital de la república, eran ya escenarios importantes de la guerra
interna.
En 1989 se rompe la barrera de los
3000 muertos al año, la gran mayoría población civil indefensa. El impacto económico
de la violencia era también muy grande, y la mencionada Comisión Especial del
Senado calculó las pérdidas en 3200 millones de dólares para 1989.
Al asumir la presidencia Alberto
Fujimori en 1990, la situación ya era crítica, pero no hubo grandes anuncios de
cambio de rumbo y más bien se fue consolidando una relación muy estrecha del
nuevo gobernante con las Fuerzas Armadas y su convencimiento de que, dándoseles
el apoyo adecuado, ellas ofrecerían las ideas y los métodos para acabar con la
subversión armada.
En mayo de 1991 Sendero Luminoso
reivindicaba por su parte haber salido de la defensiva estratégica y
encontrarse en pleno momento del "equilibrio estratégico". Si bien
exageraban notoriamente su fuerza, era cierto que si no al estratégico, habíamos
entrado al menos al equilibrio catastrófico. Es decir, Sendero Luminoso se
había convertido ya en una fuerza política y militar lo suficientemente grande
para poner en riesgo nuestra viabilidad como país.
En 1990 y 1991 los
"duros" siguieron aplicando los métodos de la década precedente.
Continuaron las ejecuciones extrajudiciales (el caso más notorio y recordado es
el asesinato de 16 personas asistentes a una pollada en Barrios Altos), así
como las desapariciones forzadas, que se pueden ejemplificar en la del
estudiante Ernesto Castillo Páez o con las de Huancapi, este último caso
extremadamente revelador de la doble agresión que enfrentaron los peruanos que
querían preservar la democracia.
La localidad de Huancapi, ubicada
en la convulsionada provincia de Víctor Fajardo, Ayacucho, era uno de aquellos
lugares apartados donde ser candidato a las elecciones se convertía en un acto
de coraje cívico y de abierto desafío al terror senderista. Pues allí cinco
profesores decidieron formar una lista para las elecciones complementarias
municipales de 1991. El 19 de abril, cuando regresaban a sus casas luego de
inscribir formalmente sus candidaturas, una patrulla militar los detuvo y los
condujo a la base militar. Nunca más se supo de ellos.
Pese a que la balanza se inclinaba
cada vez más en contra de la democracia y el respeto de los derechos humanos,
hubo algunas batallas más antes del colapso. Cabe mencionar al respecto la
experiencia del Consejo por la Paz, previsto para involucrar a los más diversos
sectores de la sociedad civil en la elaboración de un Plan Nacional de
Pacificación y que generó una expectativa muy importante. Así, al momento de su
instalación en octubre de 1991, su capacidad de convocatoria resultó amplísima,
y fue unánime la idea de que la única instancia en el país con legitimidad
suficiente para presidir el Consejo y darle fuerza luego a sus acuerdos era la
Iglesia católica, en la persona del presidente de la Conferencia Episcopal,
monseñor Augusto Dammert, quien por lo demás había presidido las sesiones
preparatorias. Pero los obispos peruanos decidieron abstenerse "porque el
Consejo por su propia naturaleza deberá tomar decisiones de carácter político y
operativo, ajenas a nuestra misión específica de pastores". El Consejo
murió para todo fin práctico antes de haber nacido; y aunque la institución
formalmente supervive, nunca pudo influir en las decisiones del Ejecutivo en la
materia.
La última batalla entre los
promotores de una solución "militarista" y los partidarios de una
estrategia integral tuvo lugar poco después, a raíz del pedido de facultades
extraordinarias al Congreso para legislar en materia de pacificación y la
aprobación de un paquete de decretos legislativos con ese propósito en
noviembre de 1991. "Los decretos de noviembre", como se les llegó a
conocer, fortalecían una respuesta exclusivamente militar al problema de la
violencia, y las atribuciones del Poder Judicial eran limitadas; se le daba un
poder muy grande y no sujeto a fiscalización al Sistema de Inteligencia
Nacional, convirtiéndolo en un brazo político del régimen. La reacción de las
fuerzas políticas en el Congreso fue de rechazo, razón por la cual diversas
fuerzas políticas conciertan para plantear alternativas diferentes.
Pero la suerte estaba echada.
Montesinos y Fujimori habían decidido ya el golpe de Estado del 5 de abril. No
más discusiones sobre énfasis diferentes en la estrategia de pacificación. El
"debate estaba zanjado", y a partir de entonces se pusieron en
práctica las más drásticas de las medidas que siempre reclamaron como
necesarias los sectores más duros y militaristas del país para acabar con la
subversión; entre ellas estaba incluida, por cierto, el propio fin del régimen
democrático y de su capacidad de fiscalización sobre la actuación de las Fuerzas
Armadas y los aparatos de Inteligencia.
El golpe del 5 de abril puso punto
final a un nuevo esfuerzo democrático en el Perú. La insurgencia de Sendero
Luminoso fue un desafío demasiado grande para nuestra débil institucionalidad y
raquíticas tradiciones democráticas. Es cierto que a lo largo de esos años
muchos recordaron que la existencia de la democracia y el saber preservarla era
nuestra mejor vacuna para que la epidemia no se extendiera. Pero ello no fue
entendido por muchos (curiosamente, casi siempre las propias autoridades
democráticamente elegidas), quienes vieron desde muy temprano en ella un
obstáculo para el desarrollo de la acción contrasubversiva.
En el Perú se produjo de ese modo una
terrible perversión de la historia: tanto Sendero Luminoso como sectores de la
sociedad y del Estado que le hacían frente empezaron a ver, simultáneamente, a
la democracia como un obstáculo a remover.
Así Sendero Luminoso se planteó
desde un primer momento –no por nada su primera acción militar coincidió con
las elecciones y consistió en quemar las ánforas del apartado pueblito de
Chuschi, en Ayacucho– la necesidad de acabar con las
instituciones del "Estado burgués". Eso se manifestó entre otras
acciones en el sistemático asesinato de autoridades locales elegidas y en los
intentos cada vez más ambiciosos de boicotear los procesos electorales, vía
intimidación y asesinato de electores y candidatos, "paros armados",
etcétera.
Paradójicamente, desde muy temprano
hubo voces en las Fuerzas Armadas, en los partidos políticos y en la prensa
(todos entusiastas de la lógica de la guerra a la que venimos aludiendo) que
señalaban que la única forma de acabar con Sendero Luminoso era poner entre
paréntesis –temporalmente, se decía– la democracia en el país. Casi nunca, por
lo menos en público, se reclamaba un golpe de Estado militar, pero sí el darle
a los militares prerrogativas que la Constitución y la ley no permitían a la
vez que dejar de lado las garantías para los derechos básicos de los
ciudadanos.
Lo que se terminó dando en la
práctica fue una situación compleja en la cual a nivel nacional las formas
democráticas se mantuvieron esencialmente intactas (libertad de prensa, de
asociación, de reunión, etcétera), pero en las zonas de conflicto agudo la
lógica era absolutamente diferente, no existiendo garantías democráticas para
la población, teniendo como única autoridad real a las Fuerzas Armadas, vía los
Comandos Político Militares y, como "marco legal", la declaratoria de
la zona en emergencia, prevista en la Constitución para situaciones
excepcionales y de corta duración, pero convertidas en permanentes desde 1982
en adelante.
Esta tensión entre la coexistencia
práctica de dos tipos de regímenes políticos, uno democrático y constitucional
en la capital y en las zonas no demasiado afectadas por la violencia y otro
bajo control de las Fuerzas Armadas y donde la ley y la Constitución eran una
referencia muy distante, se mantuvo por todos esos años y trajo consecuencias
muy negativas.
Por un lado, fue un factor de
descrédito de los gobiernos democráticamente elegidos y de la democracia en sí
misma. Cada vez que Sendero Luminoso crecía, como consecuencia de la lógica
militarista imperante, se desacreditaba la democracia y encontraba más acogida
el pedido de manos libres para actuar. Pero simultáneamente, y para otros, la
democracia se desprestigiaba por la razón opuesta, a saber, por ser incapaz de
sancionar a quienes argumentando la necesidad de acabar con la violencia
violaban la ley y los derechos ciudadanos y, con ello, aceleraban el proceso
que creían combatir.
Hay innumerables casos que
ilustran la forma en que la respuesta a la violencia pervirtió las
posibilidades para la democracia en el Perú. Tomemos como ejemplo el del
subteniente Telmo Hurtado quien, al mando de una patrulla, mandó matar a sangre
fría a 69 campesinos, incluyendo mujeres y niños, en la localidad de Accomarca
en 1985, en un hecho excepcionalmente cruel, pero en ningún caso único. El caso
fue ampliamente documentado por la prensa de entonces y Hurtado decidió salir
al frente y explicar que él había actuado así para ayudar a terminar con
Sendero Luminoso y "en defensa de los políticos y la democracia".
Cuando se le preguntó cómo podía justificarse el asesinato de niños, precisó
que ellos cuando crecieran serían senderistas y podrían ser los que luego
ataquen y maten a su hombres.
Otro tema al cual hay que
referirse en esta relación entre violencia y democracia es que ésta contribuyó
al descrédito de los partidos políticos y de las organizaciones sociales ante
la población. Los partidos políticos, y pese a los innumerables mártires que
todos y cada uno pueden exhibir, no pudieron darle la pelea política al
senderismo y abandonaron tempranamente ese esfuerzo en la mayoría de las zonas
rurales. A las organizaciones sociales Sendero Luminoso las doblegó por la
fuerza con un sacrificio muy grande de vidas humanas. La población de las zonas
en conflicto terminaría así muchas veces limitada solamente a dos opciones: o
Sendero Luminoso o la lógica de las Fuerzas Armadas.
Otra consecuencia importante de
tantos años de violencia, combinada con la crisis de legitimidad de los
partidos políticos, es que se acentúa el descrédito ya no sólo de los
políticos, sino de la acción política como forma de solución de problemas,
crece la pasividad y la población se torna más receptiva a quienes aseguran
poder resolver los problemas solos y sin pedir la participación de nadie.
Así, el golpe del 5 de abril de
1992 encontraría uno de sus argumentos principales y la explicación del
indudable apoyo recibido de los peruanos, en la oferta de controlar la
violencia. Y sólo dos años después Sendero Luminoso estaba ya estratégicamente
derrotado y clamando por un "acuerdo de paz". ¿Cabe por tanto
establecer una relación de causalidad entre las medidas adoptadas a raíz del 5
de abril y los resultados obtenidos? En otras palabras, ¿los
"militaristas" tenían razón y la democracia había sido todos esos
años el obstáculo para acabar con la subversión?
Se podría discutir hasta la
eternidad sobre el punto. Acá en ideele
hemos pensado siempre que no. Por el contrario, para nosotros la fecha clave
para entender este cambio dramático, sorpresivo y positivo en la historia del
Perú no es el 5 de abril, día del autogolpe, sino el 12 de septiembre de 1992,
día de la captura de Abimael Guzmán, momento desde el cual súbitamente el
balance de la guerra se altera y Sendero Luminoso queda en la
"orfandad". Momento a partir del cual se potencian un conjunto de
procesos –la organización campesina contra Sendero, el más importante– que
terminan por llevarlos a su derrota estratégica.
Pero independientemente de esta
discusión, se puede sostener que no es posible entender lo que el país vivió
entre 1992 y el 2000 sin dar cuenta del proceso político que entre 1980 y 1992
llevó al fracaso de la democracia en el Perú para hacer frente a nuestros
problemas nacionales. Sólo entendiendo lo que ocurrió en esos años es que se
puede comprender el surgimiento y posterior consolidación de lo que se conoció
como el "fujimorismo".
El punto de partida del
fujimorismo, como estilo de gobierno, fue el de reivindicar que la eficiencia
para resolver problemas era contradictoria con la lógica de funcionamiento de
la democracia "tradicional". La democracia, entendida como búsqueda
de alianzas y consensos, juego de partidos políticos, respeto de las minorías y
de las garantías individuales, contrapeso de las instituciones y fiscalización
ciudadana, fue condenada explícitamente por Fujimori en el discurso y en la
práctica. Así, la democracia, tal cual es universalmente entendida, fue
denostada en el Perú de los años 90 como la barrera fundamental que había
impedido en el pasado resolver problemas nacionales.
La eficacia, que fue a su vez
descrita como la "verdadera democracia", implicaba un vínculo directo
con la población en busca de su apoyo o, más bien, de su asentimiento pasivo,
pero sobre la base de "actuar primero y explicar después". Los
resultados debían ser el parámetro a partir del cual medir la validez del
proyecto.
El modelo funcionó en el Perú
bastante bien por más de un lustro. Así, Fujimori pudo pronto acumular una
serie de logros importantes que consolidaron su proyecto y neutralizaron en
gran medida a los sectores críticos. Entre los más destacados, la derrota de la
insurgencia armada; el orden y estabilidad de las variables macroeconómicas y
capacidad de atraer capital extranjero para una economía desfalleciente; el
incremento sustantivo de la capacidad de recaudación tributaria y una obra
pública importante; la capacidad de resolver crisis de envergadura, como la
provocada por la toma de la embajada de Japón; la habilidad para
"venderse" a los Estados Unidos como un buen aliado en la lucha
antidrogas y, por último, la capacidad de solucionar históricos problemas
limítrofes con Ecuador y Chile. Sin duda, un récord importantísimo para un país
acostumbrado al fracaso y la frustración.
Por eso muchos en el país vieron
al fujimorismo como un mal inevitable, pero que creían pasajero. Por años se
habló del lado brillante y del lado oscuro del régimen. Se insistió mucho en la
tesis de que una vez superadas las situaciones excepcionales que los obligaron
a tomar medidas de emergencia, el gobierno iría reabsorbiendo paulatinamente su
lado inaceptable y se produciría una nueva etapa que conduciría, por acción del
propio régimen, a una reinstitucionalización del país.
Ya sabemos que eso era imposible y
que ocurrió todo lo contrario, que el proyecto político autoritario se fue
consolidando y que el poder de Vladimiro Montesinos y la cúpula militar creció
a la par de niveles de corrupción nunca antes vistos en la historia peruana.
Sin fiscalización efectiva, sin instituciones, con los medios de comunicación
bajo control –en pocas palabras, en ausencia de democracia–, el Estado peruano
terminó por convertirse en un estado fuera de la ley, en poco más que una mafia
enriqueciéndose con negocios ilícitos.
Luego del shock que ha significado descubrir el costo político, económico
y moral de haber abdicado de la democracia, hay hoy en curso en el Perú un
proceso que la revalora y que busca controlar los abusos del poder. Abimael
Guzmán y Alan García, con sus destrozos, hicieron pensar a los peruanos que la
democracia no servía para nada y que se necesitaba un dictador para solucionar
nuestros problemas. Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, con su saqueo, nos
hicieron comprender la profundidad de nuestro error; que lo que creíamos
solución, no era sino otra perversa manifestación del mismo problema.
Algo está cambiando –y para bien–
luego de que Fujimori huyera al Japón. Pero no nos engañemos: la democracia en
el Perú tiene todavía un arraigo muy superficial. Si antes fue la lucha contra
la violencia política, mañana podrían ser otras urgencias –el combate a la
delincuencia, por mencionar sólo una– las que la pongan en cuestión. Gravísimo
error, si los peruanos pensamos que de lo que se trata es de regresar a la
situación anterior al 5 de abril, como lamentablemente parece creer parte de
nuestra clase política. Los retos son mucho mayores y trascienden a la salida
de los militares que se enriquecieron o a la devolución de los canales
arrebatados a sus propietarios, todas medidas necesarias pero que empalidecen
al costado de lo verdaderamente esencial.
No nos descuidemos, o caeremos
fácilmente de nuevo en una democracia mediocre, ineficiente y por ende frágil y
en riesgo permanente. La tarea de reconstrucción de las instituciones y de
creación de una cultura cívica democrática tomará décadas y estará sujeta a los
mayores riesgos. No siempre contará entre sus entusiastas a todos los que
estuvieron contra Fujimori, algunos de los cuales pueden terminar repitiendo
los mismos errores de antes. Pero seamos optimistas: hay también muchas razones
para pensar que esta vez las lecciones del pasado han servido de algo.
Este artículo recoge, resume y
actualiza ideas desarrolladas antes por el autor en varios trabajos académicos,
entre ellos: "La paz en el Perú, una tarea inconclusa (Breve ensayo de
interpretación de dos concepciones en pugna)", "Temas para la agenda
pendiente de la paz en el Perú" y "El colapso del fujimorismo en el
Perú".