Vídeos, corrupción y ocaso del fujimorismo
¿Cómo así la difusión de un solo vídeo pudo traer
abajo un régimen político que hasta entonces era aparentemente sólido? En las
siguientes líneas, la antropóloga Deborah Poole nos propone una novedosa y
audaz tesis desde la perspectiva de su disciplina para explicar los fenómenos
políticos ocurridos en el Perú a partir del affaire Kouri-Montesinos
Deborah Poole
Todos están en condiciones de mirar.
Machiavelo:
El Príncipe, XV
El 14 de setiembre, la transmisión
de un solo vídeo cambió el curso de la historia peruana (o por lo menos éste
fue significativamente acelerado). En el ya famoso vídeo se muestra a
Montesinos negociando con el parlamentario electo Kouri las condiciones –y
pago– por su pase de la oposición –bajo cuyas banderas resultó elegido– al
oficialismo.
Este vídeo no constituyó de
ninguna manera la primera evidencia del transfuguismo de un grupo de
parlamentarios recientemente elegidos que se pasaron de un bando a otro a
cambio de dinero y favores políticos. Las semanas anteriores la prensa local
informó profusamente de estas maniobras de compra de congresistas electos.
Llevadas a cabo por el mismo Montesinos, y utilizando en algunos casos a altos
oficiales del Ejército como intermediarios, estas maniobras tenían como
objetivo cambiar el estrecho margen de mayoría obtenido por la oposición.
Dada la riqueza tanto de la
evidencia real como de las sospechas generalizadas en la opinión pública sobre
la existencia del uso de coimas, coerción y extorsión en el caso de los
tránsfugas, vale la pena preguntarse: ¿por qué este solo vídeo tuvo un efecto
tan devastador sobre el régimen de Fujimori? En primer lugar debemos tomar en
cuenta el carácter testimonial del vídeo, en el que escuchamos y vemos la
descarnada realidad de la corrupción de dos poderosos individuos discutiendo
calmadamente el precio de un congresista. Fue el doble golpe –moral y legal–
que le propinó al criticado poder de Fujimori el que lo transformó en una
amenaza para la sobrevivencia misma del régimen. En otras palabras, el vídeo se
hizo peligroso porque ofrecía evidencia tangible de la existencia de
corrupción.
Sin embargo, en la era en la que
la computadora y la tecnología digital hacen posible, y de forma relativamente
fácil, la falsificación de imágenes, la relación entre evidencia e imagen
visual es cada vez más tenue. Considerada hasta no hace mucho como el
repositorio definitivo de la verdad testimonial, en la actualidad la
utilización de fotografías (y sus primos hermanos los vídeos) como evidencia
legal es seriamente cuestionada. Además, hasta ese momento ni la moralidad ni
la legalidad habían constituido para el gobierno un reto significativo. Si algo
habíamos aprendido del gobierno de Fujimori en estos largos años, es que las
leyes se establecían de acuerdo con las demandas de las circunstancias, y que
aun los más serios escándalos morales y legales no representaban amenaza alguna
para un régimen cuyo único y consistente perfil público había sido el de la
arrogancia y el desprecio.
¿Cómo debemos interpretar entonces
el hecho de que un vídeo haya desatado la sucesión de hechos que condujeron a
la caída de Fujimori? Seguramente hay muchas complejas eventualidades a tomar
en cuenta. Entre éstas se encuentra indudablemente la participación de actores
internacionales (el Departamento de Estado, la CIA, la OEA, e incluso un
renegado "mercader de la muerte" armenio), además de factores
domésticos como las fracasadas elecciones, la dinámica interna (e invisible) de
las Fuerzas Armadas peruanas y la insurgencia de un antifujimorismo popular
luego del fraude electoral y de la Marcha de los Cuatro Suyos.
En este artículo quisiera dejar de
lado por el momento este familiar elenco de personajes y concentrarme más bien
–desde una perspectiva antropológica– en las consecuencias históricas y
culturales de este vídeo-episodio. Mi argumento central es que este incidente
nos permite apreciar la centralidad de la visión inherente a una particular idea del Estado. Por idea del Estado me refiero a los
entendimientos y percepciones que se hace la gente de la forma en que opera el
Estado y de su lugar tanto en la sociedad como con respecto a ellos mismos.
Perspectiva que demanda tomar distancia de la dominante lectura política del
"Estado" como una colección de instituciones y prácticas
administrativas y considerarlo como una forma cultural cuya legitimidad y modo de dominación depende tanto de
las creencias y representaciones colectivas como de la estabilidad institucional
y la racionalidad burocrática.
Una de las dimensiones de este
entendimiento cultural del Estado en el Perú es la cuidadosa y maquiavélica
administración de lo que decide mostrar de las actividades extralegales como el
soborno y el chantaje. La administración del conocimiento (inteligencia), de la
visión (vigilancia y propaganda) y de la violencia (tanto militar como
extralegal) son por supuesto los atributos centrales de todas las formaciones
estatales liberales. Al considerarlo como forma cultural que incluye no sólo lo
que el Estado hace en términos de controlar la inteligencia, sino el cómo
administra lo que se entiende culturalmente
como "el Estado", podemos apreciar mejor que el riesgo en la
administración del conocimiento es el de hacernos creer que el Estado controla
lo que podemos ver (y no ver) de él mismo.
Fujimori, Montesinos y sus
semejantes tuvieron sin duda una gran fe en su habilidad para controlar el
flujo de información en la sociedad peruana. En este sentido, la importancia
del vídeo como evidencia –como en el caso de los de Abimael Guzmán y su Comité
Central– fue multiplicada por el hecho de que a quien vimos la noche del 14 de
setiembre en el Canal N era nada menos que al arquitecto y conductor de un
supuestamente invisible y todopoderoso aparato de inteligencia cuyas propias
armas de vigilancia se revirtieron contra sí mismo. Una suerte de mirada
autodestructiva hacia adentro semejante a los odiados "mil ojos" del
PCP-SL heredados por el SIN.
Esta relación entre Sendero y el
SIN no es fortuita. En un texto de 1994 en el que esboza sus planes para el
SIN, el mismo Montesinos emplea una teleología histórica y periodización
deliberadamente evocativa del lenguaje a través del cual Abimael Guzmán
describió el nacimiento de su partido como "hijo de la tormenta" y
árbitro supremo de lo invisible. Montesinos dio inicio a su historia del SIN
con un "período de incubación" entre 1972 y 1980 (más o menos
correspondiente a las dictaduras militares de Velasco y Morales Bermúdez). A partir
de este momento el SIN atravesó un "período de iniciación y
consolidación" entre abril de 1980 y julio de 1985. En esta segunda etapa
Montesinos reescribe la historia estableciendo los inicios del SIN exactamente
un mes antes del comienzo de la lucha armada del PCP-SL. Su próximo período de
"expansión gradual" corresponde al momento comprendido entre el
inicio de la intervención de las Fuerzas Armadas en el conflicto hasta la
elección de Alan García. El cuarto momento, de "crecimiento
explosivo", ocurre durante la presidencia de este último y corresponde con
lo que puede ser considerado como el momento crítico de la guerra. El quinto
período del "nuevo papel del Estado" comprende desde la primera
elección de Fujimori hasta su autogolpe de abril de 1992. Finalmente Montesinos
consideró un "período final... de involución y derrota irreversible de la
subversión"1.
Si parte de las tareas para
combatir a la subversión consistía en apoderarse del propio lenguaje del PCP-SL
de la consolidación, expansión y crecimiento del "Nuevo Estado",
éstas también demandaban tomar control de los "mil ojos" a través de
los cuales cimentó la idea, si
no la realidad, de constituir una fuerza omnipresente y omnisciente. A
principios de los 90 era frecuente ver en la televisión filmaciones tanto de
sospechosos como de conocidos "terroristas" (recientemente liberados)
deambulando por los espacios públicos de Lima. Filmados para dar la apariencia
de que se había utilizado una cámara de vigilancia, estos vídeos mostraban a
"sospechosos" comprando verduras en el mercado, conversando con
transeúntes y caminando a través de populosas calles. Con estas filmaciones se
intentaba llevar hasta el interior de los hogares la idea según la cual, a
pesar de que estos terroristas parecían ciudadanos comunes y corrientes, ellos
–así como los cientos de otros individuos que se desplazaban por las calles–
eran incapaces de escapar de los ojos del Estado. A través de este tipo de
reportajes el régimen de Fujimori buscaba transmitir la idea de que el Estado
poseía de hecho no sólo una ilimitada capacidad de vigilancia, sino también un
indiscriminado control sobre lo que nos permitía ver y no ver de sus
actividades de vigilancia.
Esta preocupación por la
administración del dominio de lo visible no tuvo, empero, su nacimiento con
Montesinos. Su historia inmediatamente anterior se encuentra en la
contrainsurgencia y las tácticas de control de medios puestas en práctica por
el Estado durante los 12 años de su guerra con Sendero. En estos años se pueden
detectar hasta cuatro grandes momentos –que he examinado en detalle en otra
parte– en la circulación y consumo de imágenes visuales de la violencia. Un
primer momento se inició en 1983, luego de los asesinatos de Uchuraccay.
Entonces gran parte del debate y la atención pública se concentró en la
interpretación de algunas fotografías que mostraban a los periodistas
aparentemente conversando –o tratando de conversar– con los campesinos de
Uchuraccay. Estas fotografías fueron consideradas por una de las partes como
"evidencia" de la brecha existente entre los periodistas
castellanohablantes de Lima y los campesinos quechuahablantes de las
legendarias "tribus de Iquicha". Otros escrutaron las imágenes en
búsqueda de trazos visuales de las botas y otras evidencias del carácter
"no-indígena" de los presuntos asesinos. En ambos casos, empero, la
asignación de culpa
–sobre los "indios" o los militares– expresaba el entendimiento
colectivo de que tales formas de violencia tenían su origen en regiones como
Huanta, que se encontraban "allá afuera", en los márgenes del Estado.
Un segundo momento se inició
durante la contrainsurgencia de mediados de los años 80, cuando el Estado
aparentemente perdió su habilidad para controlar el flujo de imágenes que
ponían en evidencia su propia utilización de violencia extralegal. Imágenes
como las de El Frontón revelaban un Estado que no sólo dependía crecientemente
de la violencia como forma de dominio, sino que, al mismo tiempo, también había
perdido su capacidad de mantener oculto el secreto público de la violencia
estatal.
A medida que la gente empezó a
cuestionarse la capacidad del Estado para controlar tanto la violencia como la
visibilidad de su propia relación con ésta, el Estado reaccionó con una
frenética política de mostrar su propia participación en la violencia.
Filmaciones televisivas de la emboscada de Los Molinos, en la que fueron
victimados decenas de combatientes del MRTA, permitieron ver cuerpos
nítidamente alineados como si estuvieran a punto de ser catalogados y
preparados para una exhibición. De manera similar, senderistas capturados
también eran diariamente mostrados en las pantallas televisivas y los
periódicos. Estas exhibiciones eran sin embargo "consumidas" dentro
de un más amplio y diverso mundo-imagen en el cual la "violencia" como
sujeto visual había dejado de tener un efectivo significado causal. Como tales,
estas "exhibiciones" dejaron de crear el efecto deseado de mostrar al
Estado "en control" de su propia violencia y la de otros.
Como he discutido en otra parte,
en estas circunstancias se creó una "economía visual" caracterizada
por la propagación de las imágenes de la violencia y acompañada de un creciente
escepticismo acerca de la existencia de un Estado unificado. Si bien durante la
década de los 80 fueron muchas las razones que motivaron a los peruanos a
cuestionar sus propias creencias acerca del Estado, la ansiedad que acompañaba
a estas imágenes de la violencia contribuyó sin duda a la doble crisis del
Estado-idea y del Estado-sistema. Durante la década de los 90 el Estado
recuperó su control sobre la visibilidad con los vídeos de la captura de Guzmán
y su exhibición como prisionero; y los de la supuesta persecución y captura de
"Feliciano", protagonizadas por el propio Fujimori.
Esta historia de intrigas visuales
sugiere una gradual descomposición, seguida de la aparente recomposición de la
capacidad del Estado peruano para controlar lo que se ve y no se ve de sus
prácticas violentas y extralegales, prácticas que llegaron a constituirse en
los cimientos de su propia "legitimidad". Como momento culminante de
esta historia, el vídeo se convirtió en consecuencia en una trama acerca del
horror personal de observar actos extremadamente inmorales, así como de la
también profunda sacudida cultural colectiva de ver a un gobierno que no es
capaz de controlar lo que se ve y no se ve de los fundamentos extralegales (y
extramorales) de su propia efímera autoridad.
Los historiadores del Estado han
señalado la inversión institucional e ideológica que los estados liberales
modernos han puesto en la administración de los dominios permisibles de la
visibilidad y la invisibilidad2. El ahora
ya clásico modelo de la centralidad de la visión en la vida moderna pertenece
sin embargo a Foucault, quien estableció cómo una particular noción de la mirada
ha estructurado el conocimiento en los diferentes dominios de las ciencias
humanas y el Estado moderno. En el centro del entendimiento foucaultiano de la
visión y del Estado se encuentra la noción según la cual la interiorización de
la mirada hace innecesarias las formas centralizadas de vigilancia, a medida
que el poder es efectivamente descentralizado y dispersado a través de un vasto
aparato de prácticas disciplinarias y administrativas3.
Otros teóricos del Estado han hecho
hincapié en el control del conocimiento como factor central en las prácticas
del Estado moderno. Por ejemplo, Philip Abrams nos dice que "un elemento
integral del poder [del Estado] es su sincera capacidad para retener
información, denegar observación y dictar los términos del conocimiento"4. Si
estamos de acuerdo con Abrams en que es la idea del Estado lo que debemos estudiar, entonces es igualmente
importante pensar acerca de "la creación de ciertas percepciones del
Estado". Vista de esta manera, la regulación de la visión –de quién ve
qué, y de cómo se considera el Estado como vidente– no sólo constituye un importante componente del efectivo poder
del Estado, sino también un elemento central en la administración de aquellas
creencias que vinculan a la gente con la idea del Estado y, a través de éste,
con su propia sujeción. En otras palabras, es tan importante para el Estado
administrar el conocimiento público del hecho de que la visibilidad es regulada
y controlada, como lo es el mantener ciertas cosas ocultas y otras visibles. El
fenómeno de la corrupción se encuentra muy cerca del meollo de este
maquiavélico diseño de hacernos creer que en efecto el Estado administra el
dominio de lo visible.
La corrupción no se restringe sólo
a la legalidad y a la moralidad. En un nivel fundamental también se relaciona
con la fragilidad del poder mismo. Derivado del latín corruptio, el término significa "deteriorar" o
"romper". Aunque vista por sus protagonistas como una cínica manera
de concentrar o consolidar su poder, por su mismo nombre, la corrupción señala
el rompimiento o el deterioro de los fundamentos del poder. Es precisamente
este deterioro el que en realidad constituye el velo de secreto que envuelve a
la corrupción. Para ser exitosa, la corrupción debe mantenerse en secreto o
fuera de la vista, no por lo que revela del carácter moral de Montesinos y
Kouri o de su transgresión de la ley (aunque estas sean importantes
consideraciones secundarias), sino, y sobre todo, por lo que revela de la
vulnerabilidad estructural de un poder que se pudre por dentro.
Profesora Asociada, Departamento
de Antropología, New School for Social Research.
1
Montesinos, Vladimiro. “El sistema de
inteligencia nacional y la subversión”.
2 Por ejemplo,
Poulantzas. State, Power and Socialism (Verso, 1978); Foucault; Corrigan and Sayer.
3 Foucault. Vigilar y castigar, “The Eye of Power”, en Power and Knowledge (Pantheon, 1980),
pp. 146-65.
4 Abrams. “Notes
on the Difficulty of Studying the State” (1977), Journal of Historical Sociology, I(1), marzo de 1988.