El fujimorismo, las mujeres y la política

Mujeres por la Democracia (MUDE) organizó un panel que reunió a tres destacadas exponentes del feminismo y suscitó un debate que sigue al rojo vivo. A continuación, un resumen de las ponencias que buscaron respuestas a las siguientes preguntas: ¿Cuál es la relación entre autoritarismo y derechos de las mujeres? ¿Entre voluntad política de incorporar a las mujeres a la vida institucional y la agenda democrática de las mujeres? ¿Hay relación entre la participación de las mujeres y la democracia?

 

Cecilia Blondet: El que aumente el número de mujeres en puestos de poder e influencia en el Congreso, el Poder Judicial, el Ejecutivo o las empresas y las instituciones sociales, ¿incrementa las posibilidades de lograr condiciones de igualdad entre hombres y mujeres? ¿Existe algo así como un interés femenino diferente del interés masculino? ¿Y equiparable a los intereses de grupos étnicos, de jóvenes, de discapacitados? En otras palabras, ¿constituyen las mujeres un grupo social representable? ¿Las mujeres no tienen entre sí diferencias étnicas, políticas, económicas y sociales?

Estas preguntas plantean dos temas centrales: el del esencialismo, es decir, la especificidad de la problemática femenina asociada con la predisposición natural de las mujeres hacia la búsqueda del consenso, la cooperación y el altruismo; y el de la representación política de las mujeres en tanto mujeres.

El solo hecho de que haya un número creciente de mujeres en posiciones de poder e influencia, que hayan perdido el miedo al poder, tiene connotaciones positivas independientemente de los logros que su presencia gane a favor del conjunto de mujeres o de la democracia. Es parte de un nuevo sentido común en la sociedad, a partir del cual a nadie sorprende que las mujeres se desempeñen como autoridades, como artistas o árbitros de un partido de fútbol. En términos simbólicos, se construyen y difunden nuevos modelos de ser mujer, con poder y capacidad de decisión. Por el rol que desempeñan las mujeres en la política, aun las del entorno de Fujimori, aparecen en los medios masivos liderando posiciones sobre diferentes temas y con firmeza.

Creo que ello contribuye a ampliar, diversificar y enriquecer los modelos de lo que significa ser mujer; sobre todo ser mujer con poder en el imaginario femenino y masculino. Se van quebrando los estereotipos que encasillan a las mujeres en los tradicionales modelos de mujeres al servicio de los maridos, del pueblo o del país. La variedad de la participación femenina hoy, muchas veces asumiendo posiciones controversiales, humaniza la figura femenina con virtudes y defectos, mostrando las diferencias que existen entre las mujeres. Las diversas posiciones que éstas pueden asumir en el ejercicio del poder contribuyen a romper el mito de la idílica hermandad femenina.

Es preciso estar en guardia contra el resurgimiento del mujerismo y del ¡viva la mujer! No todas las mujeres son iguales, ni son hermanas. Por lo tanto, no se debe recrear la categoría mujer como una fuerza homogénea que cubre las diferencias étnicas, sociales, políticas y económicas. Las hay honestas y corruptas, pragmáticas y principistas, autoritarias y demócratas, pobres y ricas. No todas las mujeres son buenas, virtuosas, honestas, leales, dignas y sensibles. Precisamente, uno de los aportes del feminismo es el reconocimiento de la diferencia; no debemos perder esta perspectiva.

Quiero dejar planteada una interrogante, que considero central en la discusión sobre la presencia de mujeres en la política y sobre las políticas dirigidas al sector femenino: ¿hasta qué punto la Ley de Cuotas u otros cambios en la legislación y en las políticas a favor de las mujeres están en efecto contribuyendo a cambiar aspectos formales de la democracia? ¿Por qué sigue siendo tan elevado el número de mujeres consideradas las más pobres entre los pobres y por qué hasta hoy tienen las más altas probabilidades de seguir quedándose como pobres a pesar de los cambios legislativos, de las políticas focalizadas y de una presencia en medios (que no necesariamente las dignifica como personas)? Es decir, ¿cómo superar el dilema entre una democracia formal y la democracia sustantiva, la que se vive a diario, no únicamente en períodos electorales o en las cámaras del Congreso?

Ana María Yáñez: Las cuotas no tienen un valor en sí mismo, un valor permanente. Son un mecanismo transitorio que únicamente va a permitir corregir errores circunstanciales o errores históricos. Una pretendida forma de hacer política por parte de las mujeres ha sido basarse en características o valores más arraigados en las mujeres que en los hombres, como la honestidad, la sensibilidad y el desprendimiento, entre otros. Creo que ya no se puede sostener más esas tesis. La carrera política de las mujeres de hoy nos muestra que las mujeres no son ni más honestas, ni más sensibles, ni más desprendidas que los varones. Este argumento, de que las mujeres somos mejores, ya no se sostiene más; y por tanto, creo que los argumentos en favor de cuotas se basan en tres conceptos centrales: derecho, democracia y desarrollo.

El aporte académico de las mujeres feministas ha ido develando una serie de problemas, necesidades e intereses que son propios de las mujeres que, yo sí creo, amerita que tengamos nuestra propia representación. Hay intereses y problemas que son propios de las mujeres, y pueden representar a las mujeres y no a los hombres: los derechos sexuales y reproductivos, la mortalidad materna y el embarazo precoz, el retraso en el goce de los derechos económicos y sociales.

Sin embargo, el asunto no es tanto que tengamos problemas y situaciones distintas de las de los hombres. El problema es que los hombres no se dan cuenta. Nosotros hemos tenido en nuestro Código Penal, durante más de 50 años, una Ley de Violación, que permitía que el violador que se casara con la violada quedara exculpado (él y todos sus cómplices, cuando la violación era en banda). Y nunca hubo un hombre al que se le ocurriera proponer un cambio de esa legislación. El tema no es que tengamos problemas específicos y distintos; el asunto es que los hombres no la ven. En el momento que la vean y que entonces estén tan involucrados de la problemática de nosotros como nosotros de la de ellos, en esos momentos no se necesitará la cuota.

Nosotras tenemos una problemática que requiere de una representación particular. Somos un segmento que, pese a todas las diferencias de clase y a todas las diferencias étnicas, sí tiene un común denominador de problemas. En la medida en que tengamos una representación propia también estaremos contribuyendo a un ensanchamiento y a un mejoramiento de la democracia en  el  sentido de la representación de intereses.

Ahora: ¿es posible que un grupo de mujeres pueda representar a todas esas mujeres en su conjunto? Yo creo que sí. Pero para eso debemos tener un buen sistema de representación política, que a su vez tiene que ver con un sistema de partidos sólidos, con una sociedad civil fortalecida, con mecanismos de rendición de cuentas y canales institucionales de participación ciudadana. Nada de eso existe ahora en el Perú.

Frente a esto, ¿cuál es la naturaleza de la representación política? ¿De qué estamos hablando las mujeres cuando decimos si estas mujeres nos representan o no? Yo creo que ahí es donde tenemos un problema central. La representación política no es un espejo que refleja identidades.

He oído decir que el sistema de cuotas ha fracasado. El sistema de cuotas es exclusivamente un mecanismo de acceso a determinada instancia o a determinado espacio. No es un mecanismo que califique quién debe acceder. No dice que deban ser los inteligentes, los buenmozos. Sería la desnaturalización del mecanismo de cuotas. Entonces, yo no sé por qué se dice que ha fracasado el mecanismo de cuotas. Hay un 25% de mujeres regidoras, y eso tiene un valor inmenso.

Ahora tenemos mujeres autoritarias, achoradas, sinvergüenzas, ladronas; pero esto no se debe al mecanismo de cuotas. Se debe al sistema político, a los electores y a toda una cultura achorada que se está imponiendo, es cierto, gracias también al señor Fujimori.

Lo paradójico de esta situación en que se van dando avances en atender los temas de las mujeres es que paralelamente se dictan una serie de medidas que han representado retrocesos significativos para las mujeres: la eliminación de la protección legal en el trabajo, la eliminación de casi todas las obligaciones estatales referidas a los derechos económicos y sociales en un contexto de ajuste, de regulación y flexibilización. Es decir, mientras que en el terreno jurídico institucional se producían avances (aunque sea concentrados en algunos derechos), se mantuvo y se agudizó la fragilidad de la sociedad civil y de las mujeres; con lo cual la capacidad efectiva de la gran mayoría de las mujeres para aprovechar y beneficiarse de los logros resulta escasa, pero no nula.

¿Son inútiles los avances logrados de esta forma, sin participación ciudadana? Creemos que no; creemos que aun con todas estas debilidades tienen un valor. Primero, un ensanchamiento claro de lo que es la ciudadanía. La ciudadanía tiene un componente normativo muy importante, porque a través de este componente normativo se institucionalizan las relaciones del individuo con el Estado.

Tenemos también una serie de derechos institucionalizados, aunque, como les digo, no se pueden gozar; pero están ahí y refuerzan a las mujeres. Hay, efectivamente, un ensanchamiento de derechos de la ciudadanía de las mujeres.

¿Cómo se han levantado estas normas? No las puedo llamar conquistas, porque no se han derivado de negociaciones o de presión social. Muchas de estas normas se han levantado por la alianza de las mujeres en el Congreso y alianzas también con organizaciones de la sociedad civil. Alianzas horizontales entre mujeres de las organizaciones políticas en situación de claro enfrentamiento con los varones. El debate de todos estos temas en el Congreso invariablemente cambiaba la correlación de fuerzas: de una coordenada partidaria se pasaba a una coordinada de género. En todos los debates hubo fuertes y encendidos enfrentamientos entre hombres y mujeres, y en prácticamente todos ganaron las mujeres.

El pragmatismo se incrusta en nuestras cabezas como una consecuencia, también, de la debilidad de los partidos políticos y de la sociedad civil, además de factores mucho más profundos, como la caída del muro de Berlín, el debilitamiento de las ideologías, el fracaso de las izquierdas que nos ofrecían un mundo radicalmente distinto (un mundo que no recuperaba nada de la democracia representativa pero que tampoco era democrático). Este derrumbe y esta falta de canales ha empujado a las mujeres a meterse por los intersticios del poder en una actitud pragmática e ir consiguiendo alguna que otra cosa. Yo no veo por qué negociar con congresistas de la mayoría implica que uno asuma todo el paquete de Fujimori. No creo que castigar a las feministas pragmáticas, haciéndolas cargar con el paquete entero del fujimorismo, sea la mejor forma de hacer democracia.

Gina Vargas: Las cuotas traen el riesgo de anclarse en la "política de presencia" sin avanzar en la "política de ideas". ¿Por qué me representarían mejor mujeres autoritarias que hombres autoritarios? Difícil responder si no ubicamos contextualmente la representación a partir de algunas preguntas básicas: ¿qué es lo que se representa?; ¿cómo se está representando?; ¿dónde se está dando la representación?; ¿por qué, cuál es el propósito de la representación?

De acuerdo con Squires, se pueden representar creencias (representación ideológica); se puede representar a  una base electoral (representación geográfica); se pueden representar intereses (representación funcional);  o se pueden representar identidades (representación social). Los contenidos y potencialidades democráticas de cada una de estas formas de representación son diferentes.

Me interesa analizar dos formas de representación, la representación de identidades y la representación de intereses, que creo están a la base tanto de las cuotas como de las políticas hacia las mujeres; así como a la base de la confusión del contenido de la representación en autoritarismo y  en democracia.

La representación de identidades es simple: genera una concepción de representación social que implica la idea de compartir experiencias y vivencias comunes, por ser mujeres, por ser indios, etcétera. Es esta percepción de la representación la que está a la base de las cuotas. De ahí que los argumentos menos entusiastas con respecto a ellas alertan sobre el riesgo de corporativismo, del esencialismo que contienen, y cuyos efectos van más allá de las mujeres en la medida que aluden a "… una visión cada vez más dominante en la política que postula la irreductibilidad radical de las perspectivas particulares, encerrando a los individuos en identidades homogéneas, estáticas, esenciales, negando la posibilidad de realizar un interés común… las chances de una verdadera transformación son nulas si ésta no se proyecta en una visión global y equitativa de la vida en común"  (Varikas 1996: 75).

¿A quién representan las mujeres del oficialismo? La política del gobierno de Fujimori hacia las mujeres ha producido lo que yo llamaría una esquizofrenia ciudadana. Dentro del modelo de modernización sin democracia, el gobierno de Fujimori ha sido el que más ha avanzado históricamente en institucionalidad hacia la mujer y en leyes de reconocimiento ciudadano, en ubicación visible de  mujeres en el poder (mujeres autoritarias y de lealtad incondicional al Presidente) y en una política manipuladora y clientelar  especialmente hacia las mujeres pobres. 

Esto nos enfrenta a un panorama ambivalente. Si bien con derechos otorgados desde arriba, la ciudadanía femenina formalmente se expande (especialmente en su dimensión política), esta expansión no guarda relación con la ampliación de sus derechos económicos ni, menos, con la ampliación de los procesos democráticos, sino con su creciente reducción. Es decir,  reconocimiento sin redistribución, y encima autoritario.

En esta situación esquizofrénica, ¿en cuál de estas dimensiones me siento representada? Especialmente cuando el desarrollo de uno de los polos de esta esquizofrenia legitima el subdesarrollo manipulador y clientelar del otro.  Esquizofrenia que ha llevado a que la riqueza de la experiencia organizativa de los movimientos populares de mujeres (que al politizar el ámbito privado las llevó a descubrir y recrear su sentido de derechos), encuentre su más fuerte límite en las políticas clientelares. Éstas cambian el sentido de derechos por la dádiva y la caridad y, en muchos casos, el voto por alimentos o dinero. En este contexto, todas las leyes para las mujeres facilitan esta esquizofrenia. El daño democrático de esta esquizofrenia es, además, de largo impacto.

Más grave aún: esta ciudadanía esquizofrénica, en cualquiera de sus dimensiones, ha sido utilizada como potente forma de legitimación del gobierno autoritario, asentándose en la representación que mezcla fuertes elementos de identidad y una forma estrecha de entender los intereses de las mujeres, especialmente en su dimensión democrática.

En la perspectiva del fortalecimiento del proyecto democrático con mujeres incluidas, cobra todo su sentido el lema de Mujeres por la Democracia en el Perú: "Lo que no es bueno para la democracia no es bueno para las mujeres". Es decir, ya no es posible asumir, como los feminismos lo hicieron en décadas pasadas, que "lo que no es bueno para las mujeres no es bueno para la democracia". Esta aseveración fue sustentada en muchas y dolorosas experiencias de exclusión, no sólo desde las políticas estatales sino desde la misma sociedad civil y sus diferentes actores; incluso por quienes levantaban propuestas alternativas frente a las democracias realmente existentes. Esta mirada demostró en su momento ser justa, pero arrastró con ella no sólo esencialismos sino la tentación de ser complacientes con las arbitrariedades antidemocráticas que no afectaban, en lo inmediato, a las mujeres.

Un giro en la construcción de la frase trajo un giro en la orientación, las políticas de alianzas y la definición de una nueva centralidad de las luchas feministas. La enunciación que condensó ese giro es el lema con el que MUDE recupera esta alimentación intrínseca entre derechos y democracia. Si bien son dos caras de la misma medalla, hay momentos en que el énfasis en una u otra dimensión puede modificar profundamente el sentido de las luchas de las mujeres, cuando, como en el Perú, lo que tiene la apariencia de bueno para las mujeres no es bueno para la democracia. Con ese giro comenzó una constante revisión de cómo la construcción y ampliación de las ciudadanías de las mujeres no se asume en sí misma sino en permanente relación con la calidad de los procesos democráticos.

Defender y consolidar la institucionalidad democrática y luchar al mismo tiempo por el reconocimiento y la redistribución para las mujeres es una de las responsabilidades políticas más urgentes y es lo que da el equilibrio entre la ética y la negociación, al asumir que, si bien la igualdad para las mujeres es una aspiración y un derecho fundamental, la preocupación democrática central debería ser (sin embargo y mucho más urgentemente en el Perú), el contexto en que esta igualdad se construye.

El  aislar la construcción de las ciudadanías femeninas del resto de la construcción democrática en un país ha tenido efectos perversos para las mujeres, para la política y para la democracia, al legitimar mucho más de lo que se quiere. Es decir, un gobierno autoritario, con mujeres autoritarias que, en nombre de identidades e intereses compartidos entre las mujeres, han  sido el mejor vehículo de expresión de esta política profundamente antidemocrática,  corrupta, absolutamente resistente a la fiscalización y a la rendición de cuentas. Esas mujeres no me representan.