¿Hay vida después de Fujimori?
Jerónimo Pimentel
Los jóvenes que asaltaron las calles durante el largo proceso de descomposición del fujimorismo están en estos momentos sobre el tapete. La posibilidad de que estos grupos superen las motivaciones coyunturales y las cambien por otras más políticas, convierten a estos probables actores en uno de los elementos que más expectativas genera en cuanto a renovación y propuesta para los años que se vienen. Aquí algunos alcances.
¿Qué?
Resulta paradójico que la vida de
algo corra peligro con la caída del combo Fujimori-Montesinos. Sin embargo,
esta aseveración puede cobrar sentido si nos referimos a los jóvenes que
saltaron a las calles desde la ya mítica marcha de junio del ’97. En ella
protestaron contra la destitución de los miembros del Tribunal Constitucional,
y de paso pusieron en la mesa del escenario político una carta guardada bajo la
manga durante toda la década de los 90. Las marchas y protestas pasaron por las
firmas del referéndum, el paro de abril del ‘99, y obtuvieron su materia prima
más preciada en las farsescas elecciones y reelecciones del 2000, muy bien
sazonadas con el ají de la falsificación de firmas, la salsa criolla de los resultados
a boca de urna y los resultados oficiales de primera y segunda vuelta,
delicioso menestrón cocinado por las manos de ese gran cheff del fraude que fue José Portillo.
Ahí se quiso ver el reclamo de
individuos políticos deseosos de ser escuchados. Se dijo que no les gustaba que
les llamasen "X". Y se vio el desparpajo de una generación para
reclamar en calles y plazas, cuando todo hacía creer que veían con mejores ojos
un individualismo superfluo que parecía haber adoptado como ciega religión la
cultura unplugged, el neoyuppismo y la cara más epidérmica
del posmodernismo más blando.
Con la creatividad como mejor
arma, las protestas pasaron de contundentes demostraciones de activismo
(marchas, mítines y tomas de plazas) a inéditas actividades que focalizaron los
ataques y reclamos desde el único campo en el que verdaderamente podían ganar:
el simbólico. Se volvieron rituales los "lava la bandera", los
papeles antihigiénicos, el muro de la vergüenza y muchas otras caras de un
ingenio puesto en marcha para combatir el autoritarismo oficialista desde la
evidencia del fraude a comienzos de año, hasta el resignado sopor que parecía
ganar finalmente la batalla política poco antes de que el primer vladivídeo remeciera conciencias en
setiembre.
La lista de colectivos que se
formaron y existen es cuantiosa: Alameda, Re-Generación, Amauta, Juventud
Popular, etcétera, sin contar con las renovadas dirigencias universitarias que
tuvieron en el polvorín fujielectoral su mejor motivación para obtener un
insólito protagonismo, como en el caso de la Federación de Estudiantes de la
Pontificia Universidad Católica (FEPUC) o la Federación de Estudiantes del Perú
(FEP). Todos los colectivos comparten dos cosas: la horizontalidad, pues
ninguno tiene una estructura jerárquica, y su tendencia izquierdista o
socialdemócrata (aunque la mayoría prefiera no usar esos términos), ya se
manifieste explícitamente (Amauta) o entre líneas (Alameda).
Ahora, sería un error creer que
ésta es una generación súper politizada, que va a asaltar el debate nacional
con propuestas y programas innovadores e iconoclastas. Tampoco es una
generación de lerdos globalizados, a los que les importa menos quién va a ser
el próximo presidente del Perú que el posible cierre de Napster. Tienen, aunque
parezca tonto decirlo, tanta conciencia política como los "mayores".
Porque la verdad es que en este país la política le importa a unos pocos, ya
sean jóvenes, viejos o adultos. No es, entonces, un asunto de edades cuanto de
ciudadanos.
El problema radica en saber si
estos grupos podrán constituirse como figuras políticas en los nuevos
escenarios que se vislumbran. Las motivaciones que los conminaron a unirse ya
desaparecieron. El primer ejemplo es claro: el Colectivo Sociedad Civil (aunque
no son precisamente jóvenes), que iniciara los "lava la bandera" y
llenara las paredes con los afiches de "Cambio No Cumbia", ha
decidido dejar de existir como tal. La solución es simple: se trataba de
impedir que la cúpula fujimontesinista se perpetúe en el poder, y las
actividades de ellos estaban dirigidas directamente a eso. Una vez muerto el
dragón, el caballero envaina la espada. Ahora que el escenario ha cambiado, es
interesante conocer cuáles son las posibilidades de que estos mismos caballeros
encuentren una nueva funcionalidad. Este será el gran filtro que delineará la
presencia o ausencia de nuevos actores para nuestra política (que tanto
requiere de nuevos aires).
La
esfinge sin enigma
Resulta interesante constatar que
puede pasar prácticamente cualquier cosa. La juventud no tiene un
comportamiento político distinto del de los "adultos". Al menos no
significativamente. Por eso no resultaría extraño afirmar que de los grupos
formados en la coyuntura antifujimorista, la mayoría de ellos quedará en nada.
Esto es, no somos una sociedad con altos niveles de politización. No existen
partidos políticos fuertes, a pesar de lo saludable que resulta que ellos sean
los que encaucen la transición democrática. Históricamente sólo hemos tenido
pequeños procesos democráticos. No se puede esperar de los jóvenes una actitud
que vaya a contracorriente de esta tendencia. Al menos no hay nada que indique
lo contrario.
Sandro Venturo, sociólogo, afirma
que no deberíamos esperar nada de estos grupos. Porque la meta de lograr una
reconstrucción y articulación de la clase política y la sociedad civil no es
una tarea de jóvenes, sino de ciudadanos. Esto significa que los grupos que
eventualmente se formen deberían tener de alguna manera esta
intergeneracionalidad. Ésta no es sólo la única manera de librarnos de cometer
los (ya clásicos) errores del pasado, sino también de protegernos de las
"fuerzas contraprogresistas del país" (léase mafias, narcotráfico,
etcétera).
Las exigencias, entonces, son más
ciudadanas que generacionales. Cómo achacar a un solo grupo social la
responsabilidad de reconstruir siglos de errores y torpezas. Esto nos lleva a
la conclusión de que el tema juventud debe ser tratado con pinzas. El mismo
Venturo, en su libro Contrajuventud
(IEP, 2000), asegura que la categoría "juventud" es social y
cultural, pero que no debería ser política. Que lo sea ha llevado a crear
supuestos espacios de expresión para los jóvenes, espacios a los que se les
confiere la misma importancia que a un cubito de hielo en la Antártida. Esta
presencia subordinada no sólo sirve como un lavaconciencias de las anquilosadas
clases políticas ("somos democráticos", "somos abiertos"),
sino también como una forma de perpetuar un statu quo elefantiásico y ojeroso.
Roberto Lerner, psicólogo y
psicoterapeuta, asevera que la única forma de fortalecer la democracia en
nuestro país es a través de un diálogo horizontal con los jóvenes. Sin él es
imposible que se produzca, en primer lugar, un verdadero involucramiento de los
jóvenes en la vida política, y, en segundo lugar, una renovación de las clases
dirigentes, imprescindible para la salud política de cualquier sociedad.
"Una sociedad que no se siente cómoda con los jóvenes no puede ser
madura", sentencia el
psicólogo.
El punto radica en tomar
conciencia de que los jóvenes no van a salvar el país ni tampoco lo van a
destruir. Muchas veces se usa a la juventud como un paliativo para justificar
el conformismo que nos envuelve a todos, ahora.
Se la estigmatiza como la fuente mágica que en algún momento resolverá los
problemas que existen en este momento.
Lo cierto es que si no se producen procesos conjuntos y no se logra una
concienciación integral de todos los elementos y actores de la sociedad, los
manotazos de los jóvenes no pasarán de ser más que eso, simples aspavientos que
nos invitan vanamente a fijarnos en un problema en el cual no nos vamos a
detener.
Nuevos
y viejos partidos: ¿adónde ir? (¿dónde jugar?)
Ante este escenario, es claro que
los linderos lógicos a seguir, si se van a seguir, pasan por la conformación de
nuevos partidos políticos intergeneracionales o, en todo caso, por el
fortalecimiento de los ya existentes a partir de la renovación de sus
propuestas, programas y clases dirigentes.
La conformación de nuevos partidos
tiene el lastre, afirma Lerner, de repetir los esquemas que nos llevaron al
fujimorismo. "Finalmente esa fue la propuesta del fujimorismo",
afirma (‘los partidos políticos tradicionales no sirven para nada’). Esto no
significa, por supuesto, que los partidos clásicos sean el non plus ultra de la
institucionalidad democrática. Las trabas dentro de los propios partidos
(ideológicas, administrativas, etcétera) y las microdictaduras que habitan en
ellos no configuran un escenario alentador para captar nuevos parroquianos.
"Yo creo que los jóvenes deben hacer sentir su voz de protesta dentro de
los partidos: que laven la bandera de cada partido me parecería genial", concluye Lerner.
Esta posibilidad cobra fuerza
desde que una apertura de los partidos a nuevos aires, rostros e ideas,
permitiría no sólo crear este necesario espacio de discusión intergeneracional,
sino que también sería una excelente oportunidad para fortalecer
definitivamente instituciones que alejarían en buena parte proyectos
dictatoriales, formas verticales de hacer política y remilgos autocráticos que
tarde o temprano han terminado resonando y (re)generándose en no pocos rincones
de las esferas civiles y militares.
El problema radica en si, más allá
de esto, los partidos estarán dispuestos a abrir sus puertas, y, por otra
parte, si esta apertura resulta lo suficientemente atractiva para los jóvenes.
En todo caso, de los jóvenes consultados, sólo Manuel del Águila, de
Re-Generación, lo mencionó como una opción. Para los demás la posibilidad
simplemente no existía.
Junto a ésta, está la opción de
que surjan nuevas agrupaciones. Buena parte de los colectivos han manifestado
que el objetivo de formar partidos está siempre presente, pero como un proyecto
a largo plazo. Por el momento prefieren dedicarse o a labores más específicas
como volantear por un voto más consciente (no olvidar que estamos ad portas de una nueva coyuntura
electoral), o a prepararse para esa futura vida política a la que se espera
llegar en un momento (estudiando, haciendo mesas de discusión, realizando
debates, etcétera). Lo cierto está en que la necesidad de empezar a hacer
política "en serio" es latente y se plantea como un objetivo central.
Colofón:
el discreto sopor de la transición
Sólo la sinceridad de este anhelo
diferenciará lo trascendente de lo anecdótico. La no concreción de estas
alternativas de viabilidad política dejará una gran incógnita acerca de quiénes
serán los llamados a renovar las clases políticas. Sobre todo si el desánimo se
apodera de los que hasta este momento han surgido como los abanderados de esta
renovación. Sin embargo, la responsabilidad no radica sólo en ellos sino en
todos, ya que las condiciones que posibilitan esta renovación no se pueden
concretar desde un único bando: el contacto transgeneracional es imprescindible
para conformar un proyecto serio de partido.
Si el motor de estas movidas ha sido únicamente la
indignación moral, es claro que en un escenario menos enrarecido por el virus
fujimontesinista la capacidad de acción se verá limitada a la vigilia y a la
observación. En caso contrario estaríamos presenciando el florecimiento de las
nuevas clases dirigentes del país.
Roberto Lerner:
"Que los jóvenes laven
la bandera de cada partido me parecería genial"
Roberto Lerner, connotado psicólogo y psicoterapeuta,
codirige junto a León Trahtemberg el programa De a 2 por Cable Mágico Cultural. Su constante acercamiento a la
realidad de los jóvenes y su afortunada lucidez para cuestionar nuestra
realidad sociopolítica lo vuelven un referente clave para el análisis de estos
procesos.
Frente
al desprestigio de los partidos y sus carencias organizacionales, ¿a qué se
tiene que atener un joven con vocación política?
Yo creo que hay que revivir los
partidos, revigorizarlos, fortalecerlos. Si lo que se va a querer es crear una
especie de organización virginal donde las cosas sí funcionen bien, se va a
caer en lo mismo; finalmente, ésa fue la propuesta de Fujimori: "los
partidos políticos tradicionales no sirven para nada". Y, bueno, mira lo
que pasó. Yo creo que los jóvenes deben hacer sentir sus formas de protesta
dentro de los partidos; que laven la bandera de cada partido me parecería
genial.
¿Cuál
debe ser la característica de "rejuvenecidos" partidos políticos?
Debería haber una alianza
transgeneracional de personas que lo que quieran es reforzar la
institucionalidad, hacer que la gente capaz se involucre en el manejo de lo
público, en la actividad partidaria. Eso es vital, y no debería ser excluyente
con respecto a una tendencia que hay en esta era digital a que crezcan los
grupos de interés, con intereses muy específicos. Que haya comunidades
virtuales me parece genial, pero creo que también debería haber un
fortalecimiento de las instituciones que ya existen.
Me parece muy importante que se le
dé un lugar a los jóvenes, pero un lugar que implique toma de decisiones, que
implique representatividad. Eso no existe en nuestro país. Se habla de los
jóvenes, pero no se los escucha, no se dialoga con ellos horizontalmente. Eso
me parece una tragedia, justamente porque no hay un involucramiento de éstos en
la vida política, que es lo único que permite que existan movimientos juveniles
de un partido, y ahí es donde se comienza a seleccionar a la gente que
establece continuidad.
La
presencia que puedan tener los jóvenes parte de una sociedad que ha madurado.
Ahora, el problema es si hemos madurado o no.
Una sociedad que no se siente
cómoda con los jóvenes no puede ser madura. Eso no existe.
Sandro Venturo:
¿Malestar moral o propuesta
política?
Sandro Venturo acaba de publicar el libro Contrajuventud (IEP, 2000), en el que
postula que la juventud no debería ser considerada como una categoría política,
ya que cuando esto sucede los jóvenes ganan una presencia subordinada en la
sociedad a través de espacios de por sí minusvalorados. Ha escrito numerosos
artículos sobre la actuación de los jóvenes en la arena política, sus
características y consecuencias. Es además artista plástico y productor
musical.
.¿Qué
pasa cuando los grupos de protesta se definen "en contra de" en vez
de "a favor de", y ese objeto contra el cual están en contra
desaparece?
Las manifestaciones de los
universitarios contra el gobierno de Fujimori fueron protestas que se
alimentaron básicamente de un malestar moral. El autoritarismo no sólo era una
forma de gobierno, sino que contenía en sí mismo una ética maligna: el engaño,
la corrupción, etcétera. De hecho, los jóvenes fueron los que en 1997 hicieron
objetivo este malestar que ya recorría una parte importante del país. Creo que
ésa es su mayor virtud, pero creo también que es posible que su mayor límite
esté en esa fuerte carga moral que tenían. Y es que si la política la resumían
como bueno, malo, correcto o incorrecto, puro o impuro, una vez que aparece
este nuevo escenario de transición y de voluntad democrática más o menos clara,
la pregunta es qué van a hacer estos activistas.
Algunos de ellos están muy
interesados en participar en política, pero sospecho que la mayor parte pronto
va a sentir que su defensa de la democracia, del Estado de Derecho y de los
derechos humanos es más un cliché, una bandera antiautoritaria, que una
propuesta programática, que es lo que se requiere en el país.
Tomando
esto en cuenta, ¿cuáles son tus expectativas con relación al devenir de estos
grupos?
Lo que a mí me parece clave es que estos jóvenes que
han salido a marchar tienen que prepararse para ser los próximos alcaldes y
concejales de sus comunidades, tienen que prepararse para ser los próximos
congresistas de la república. Estoy hablando de aquellos a los que les interesa
hacer política: ésos tienen que jugar en primera división, porque si piensan
que todavía se van a dedicar a grupos juveniles, van a seguir jugando como
"calichines". De lo que se trata es de que jueguen como ciudadanos, y
con ese fin tienen que prepararse para hacer política de verdad.