¿Quién ganará el 8 de abril?
¿las elecciones o los vídeos?
Después de las elecciones Frankenstein, los peruanos
nos merecíamos un proceso electoral no sólo limpio, sino que permitiera que los
grandes problemas del país fueran debatidos a fondo y confrontados con las
ideas y propuestas de los aspirantes a la presidencia. Lamentablemente, eso se
está haciendo muy difícil, dado que la podredumbre que nos dejó el régimen
anterior sigue dominando la vida política nacional.
¿Quién está ganando? Hasta ahora,
los vídeos. ¿Alguien lo duda?
¿Existe algún país del mundo en
que el manejo de la cosa pública haya descendido al nivel de inmoralidad al que
se llegó aquí durante el gobierno anterior? Debe haber uno que otro por allí,
pero lo que es seguro es que en ninguno ha quedado prueba documental tan
contundente como los archifamosos vladivídeos.
Lo bueno de los vídeos es que nos
han permitido hacer una radiografía cada vez más completa de lo que pasó:
1. Alberto Fujimori no gobernó el
Perú. Lo hizo Vladimiro Montesinos, con tanta habilidad como falta de
escrúpulos. Fujimori era poco más que el relacionista público del grupo. Es
más: era prescindible. Los planes posteriores al 2000 no necesariamente lo
incluían y, como se sabe, Montesinos tenía en cartera a varios sustitutos;
mencionemos sólo a dos: Carlos Boloña y Álex Kouri.
2. Los ministros mantenían una
relación paralela y privilegiada con Montesinos. Incluso de aquellos que han
sustentado su inocencia en su incapacidad de ver lo obvio, se empieza a saber
que conocían muy bien dónde estaban y a dónde iban. Hay otros que ya han sido
acusados constitucionalmente por violaciones a la legalidad o por evidencias
concretas de corrupción. Pero queda un mundo por explicar. Los de Economía, por
ejemplo. ¿O es que en un Estado en el que para mover un basurero de un piso a
otro hay que llenar un formulario por triplicado, ellos pudieron ser ajenos al
mal uso de cientos –quizá miles– de millones de dólares?
3. Los altos mandos militares.
¿Qué llevó a que en una institución tan jerarquizada los generales terminaran
totalmente subordinados a un capitán expulsado de sus filas por traidor a la
patria? ¿Qué hizo que quienes se sienten herederos de la tradición de Grau y
Bolognesi se vendieran (a muy buen precio, es cierto) a alguien que saqueaba el
fisco y traficaba drogas? Lo cierto es que ocurrió y que en los últimos años se
embarraron casi todos, con pocas y honrosas excepciones. No hay todavía una respuesta
para entender qué pasó y poder así evitar que se repita. Ello, por cierto,
debiera ser una razón para que los militares "posvladi" sean un
poquito más entusiastas de lo que hoy son sobre la ineludible Comisión de la
Verdad.
4. Los magistrados de la nación.
No fue sólo por temor o falta de independencia. No fue sólo sumisión frente al
poderoso de turno. Literalmente hablando, se vendieron. Vocales de la Corte
Suprema, fiscales supremos y miembros del Jurado Nacional de Elecciones pasaban
por caja a fin de mes y luego salían a la prensa con pomposas medallas al
cuello a declarar sobre la majestad de la justicia y la preeminencia de la ley.
5. Los medios de comunicación. Los
más aviesos no estaban secuestrados; pretendían estarlo, cuando en realidad
eran parte de la banda de secuestradores. Por lo menos los dueños y directivos
de Expreso, Cable Canal de
Noticias, Canal 2, Canal 4 y los digitadores de la "prensa basura"
trascienden la responsabilidad política y moral y están involucrados en graves
delitos. Durísimo comprobar además que Delgado Parker, víctima de la dictadura
había sido también su instrumento.
6. Los empresarios. No fue un
secreto su entusiasta apoyo al fujimorismo. Pero se sabe ahora que, de una u
otra manera, los más importantes grupos económicos del país no sólo aceptaron
el poder oculto, sino que hicieron tratos con Vladimiro (preocupantes y quizá
ilegales). Otros prefirieron callar y pasar de los cupos de Abimael a los de
Montesinos. Brillante oportunidad la que tienen hoy de romper con ese pasado
que los debe avergonzar y convertirse, quizá por primera vez, en una clase
dirigente que, además de hacer negocios, sepa apostar por reglas claras e
iguales para todos; en otras palabras, que entiendan el verdadero significado
de la democracia y el Estado de derecho.
7. Los congresistas del
oficialismo. Han dicho que ellos no sabían nada; que su única motivación fue
servir a la patria; que Montesinos los engañó vilmente; que abusó de su nobleza
e ingenuidad. Pero ahora sabemos, vídeo en mano, que ellos eran peones
funcionales, obedientes e informados de los planes de Montesinos. Se sabe,
además, que algunos no sólo eran parte del plan político, sino también del
"paquete de beneficios complementarios" que manejaba el asesor (¿unos
pocos?, ¿un buen grupo?, ¿la mayoría?).
8. Los topos y los tránsfugas.
Montesinos logró corromper a un sector de la oposición y usarlo para sus fines.
A algunos de ellos los mantuvo ocultos en el otro lado y cumplieron su papel
como los mejores topos de las películas de espías. A otros, a los tránsfugas,
los necesitaba abiertamente de su lado y usó métodos muy convincentes para
adquirir su lealtad. Es terrible constatarlo, pero ninguna de las fuerzas
políticas que hoy compiten por la presidencia logró evitar la infiltración del
régimen.
9. La gente del espectáculo. Un
rubro muy poco explorado aún, pero que puede darnos todavía mucho que hablar.
Se trata de aquellos que se vendieron a Montesinos (o trataron de hacerlo) para
que éste pueda usar su llegada a la gente "no política", para
legitimar el proyecto autoritario. Los símbolos son, sin duda, Laura Bozzo y
Raúl Romero, pero por allí que se empieza a saber que no estaban tan solitos.
10. Los realistas. Una categoría
muy diferente y frente a la cual no cabe el mismo nivel de cuestionamiento que
en el caso de los anteriores. Se trata de todos aquellos que, cumpliendo una
función pública importante o teniendo un papel destacado en la vida nacional,
aceptaron pragmáticamente el poder de Montesinos y, sin conceder nada incorrecto,
lo aceptaron como poder de facto con el que había que tratar determinados
asuntos en secreto. Un error de apreciación que ayudó indirectamente a
alimentar el poder oculto en el Perú.
Los vídeos se han convertido, por
negación, en la mayor escuela de educación cívica de nuestra historia. Y eso
que estamos sólo frente a una partecita de lo filmado. Primero, porque sólo se
han encontrado cintas desde el 98 en adelante (difícil imaginar que no haya
registro de los ocho años anteriores). Segundo, y quizá todavía más importante,
los vídeos que quedan son los que Vladimiro y Fujimori dejaron después de sus
sucesivas y minuciosas depuraciones. Lo gordo, lo que ellos realmente creían
muy comprometedor, se lo llevaron o lo destruyeron.
¿Puede haber una campaña electoral
normal en una situación así? Evidentemente, no. Los problemas no vienen ya del
lado de los organismos electorales, ni del uso de recursos públicos para
favorecer a candidatos, ni de la parcialización de las Fuerzas Armadas o del
secuestro de los medios de comunicación. Todo lo anterior, para bien del país,
está básicamente superado. El problema es la inmensa confusión que los vídeos
ocasionaron en la gente y la desconfianza que generan sobre la clase política
en general. ¿En quién confiar? es quizá la pregunta más escuchada en estos
días.
Hay que añadir que a este clima
enrarecido contribuye también el retorno de Alan García y su candidatura
presidencial. Se trata del personaje responsable de uno de los peores gobiernos
de nuestra historia, que dejó al país en un estado tan calamitoso que facilitó
que luego Fujimori y Montesinos hicieran de las suyas (resulta una ironía que
ahora el descalabro de Fujimori sea el que explique por qué García es hoy
candidato). La cosa se agrava porque García no ha asumido sus responsabilidades
históricas y penales por graves casos de corrupción y violaciones de los
derechos humanos. En este último tema lo evitó hasta ahora con la complicidad
del fujimorismo. En corrupción, apelando al expediente de la prescripción; es decir,
que ya pasó demasiado tiempo para que sea posible juzgarlo. Se podrá argumentar
que para una parte de los peruanos García es una alternativa posible; pero, a
la vez, para la mayoría no sólo es un candidato por el que el que no votaría
jamás, sino alguien que con su sola presencia desmoraliza y agrega al temor la
confusión y la desconfianza general frente a los políticos.
En general, estamos frente a una
campaña electoral muy afectada por distorsiones ajenas al proceso mismo. Un
proceso en el que ningún candidato despierta pasiones encendidas y en el que la
gente no tiene todavía razones muy claras para inclinar su voto a favor de uno
u otro. Por eso es muy importante que quienes están hoy día en carrera
electoral asuman aquello como un punto de partida a superar; que sepan que
quien gane, cualquiera que sea, no tiene ningún cheque en blanco, sino sólo la
corazonada de la gente de que entre todos es el más confiable (o para algunos
el menos malo). Quien gane debe recordarlo permanentemente y gobernar en consecuencia.
El Perú no puede darse el lujo de tener otro García u otro Fujimori.
En medio de un panorama en muchos
casos desalentador, cabe destacar el que la podredumbre esté saliendo a la luz,
que esté siendo denunciada y que parece que será castigada. Eso es único en
nuestra historia, y por más difícil que sea digerirlo en el corto plazo, la
verdad y la justicia sientan mejores bases para construir el futuro. En ese
sentido, hay que destacar lo que está haciendo el gobierno transitorio y los
esfuerzos hasta ahora exitosos por llevar al país adelante en medio de
circunstancias tan complicadas. Que muchos peruanos quieran que el actual
gobierno permanezca después del 28 de julio y que éste no tenga tentación
alguna en ese sentido, es revelador de lo acertado de la gestión, pero también
de las dudas y temores sobre lo que vendrá después.
El próximo 28 de julio el Perú estará ante una
disyuntiva histórica. O regresamos a los viejos estilos de políticos del pasado
que se agudizaron en el período de García y que llegaron al paroxismo durante
el gobierno de Montesinos, o se profundiza un nuevo estilo de hacer las cosas
que, embrionariamente y con naturales altibajos, se puede reconocer en nuestros
actuales gobernantes. Ojalá que el próximo gobierno escoja este segundo camino
y lo desarrolle. Ojalá que los ciudadanos estemos alertas para asegurarnos de
que así sea. (Carlos Basombrío
Iglesias)