Gino Costa:
“Humanizar las cárceles, preservando el orden y
la seguridad”
Gino Costa, ex Defensor Adjunto para los Derechos
Humanos, ha asumido la dirección del Instituto Nacional Penitenciario (INPE).
El desafío es inmenso. Si las cárceles han sido siempre un sector dificilísimo,
ahora están además en el centro de la atención pública por la pesada herencia
del fujimorismo en el sector y la manipulación política de los problemas que
hoy emergen.
A un mes de iniciadas sus funciones, ¿cuál es el primer
balance del sector?
He encontrado una situación muy
difícil y muy delicada en los penales. Hay una enorme inquietud derivada de
largos años de gobierno autoritario durante los cuales hubo mucha desidia e
indiferencia frente a las malas condiciones de vida de la población penal. Como
en el resto de la sociedad, las demandas reprimidas están aflorando en el
actual contexto de democracia y libertad. No siempre es fácil atenderlas de
inmediato. En algunos penales, además, heredamos un principio de autoridad muy
resquebrajado.
¿Cuáles son los temas más álgidos?
La sobrepoblación. Existen más de
27 000 internos en penales que sólo deberían albergar a 20 000. De estos
penales, sólo 25% se encuentra en buen estado y 50% en uno bastante malo. Los
nuevos penales que se han construido han sido insuficientes para dar cuenta del
incremento poblacional. Esto, y los escasos recursos que se destinan al INPE,
han llevado a que los servicios de tratamiento (educación, salud, trabajo y
recreación) sean hoy, como siempre en nuestra historia, claramente
insuficientes.
¿Cuáles son las causas de estos problemas?
El actual hacinamiento se deriva
de la política criminal de los últimos años, que se tradujo en un
endurecimiento de las penas y en la eliminación de los beneficios
penitenciarios para una gama muy amplia de delitos. Además, no se han
reglamentado las penas alternativas a la privativa de libertad que contempla el
Código de Ejecución Penal, cosa en la que el Ministerio de Justicia está
trabajando ahora. A ello hay que agregar que los jueces ordenan con facilidad
excesiva la detención de los inculpados, lo que explica que alrededor de 60% de
la población penal esté constituida por personas que aún no han sido condenadas.
El sistema normativo vigente y la práctica judicial están hoy en la base de los
problemas de sobrepoblación penal que enfrentamos.
¿Por dónde empezar a hacer frente a estos problemas?
Además de buscar las vías
legislativas correspondientes y de comprometer al Poder Judicial en la solución
de estos problemas, es necesario que la administración penitenciaria mejore las
condiciones de vida en los penales, administrando escrupulosamente los pocos
recursos de que disponemos. Además, estamos desarrollando una política de
diálogo con las autoridades de los penales y los internos, lo que nos permite
establecer un inventario de lo que hay que hacer para mejorar las condiciones
de vida en estos establecimientos. El diálogo es para nosotros un instrumento
fundamental de trabajo y una forma efectiva para devolverle a la autoridad el
respeto del que debe gozar. Los internos en general sienten que la
administración penitenciaria no es sensible a sus necesidades; estamos tratando
de cambiar esta actitud, demostrando que sí lo somos. El papel que en esto
cumple el trabajador penitenciario es fundamental, pues constituye el principal
elemento que permite la rehabilitación del interno.
¿Qué tipo de necesidades aparecen con más nitidez?
Hay exigencias de una mejor
alimentación, de un mejor trato a las visitas de internas e internos y de un
mejor servicio de salud. Para la alimentación de cada interno se cuenta con
2,50 soles al día. Curiosamente, hay penales donde estos recursos son
suficientes; en otros no. Esto porque parece haber corrupción en el manejo y la
distribución de los alimentos. Allí donde los internos y las internas observan
más de cerca la compra y la distribución de los alimentos, la comida es mejor.
También estamos trabajando para
eliminar cualquier tipo de abuso contra los familiares durante las visitas, sin
descuidar las necesarias medidas de seguridad para que éstos no introduzcan
objetos prohibidos. En cuanto a la salud, hemos hecho gastos importantes en
medicamentos, estamos estableciendo un sistema de control más adecuado sobre su
uso y hemos pagado nuestras deudas con el Ministerio de Salud para que se
atienda a los internos que son evacuados. En relación con los pedidos de la
población penal para que el Poder Judicial actúe con mayor rapidez, estamos tendiendo
puentes entre ambos.
¿Algún otro problema por resaltar?
Sí: en general, muy pocos reclusos
trabajan y estudian. Nosotros creemos que buena parte de la solución a los
problemas que enfrenta el sistema penitenciario pasa por promover las
actividades laborales dentro de los penales. Ahí creemos que la empresa privada
podría jugar un papel muy importante; hay experiencias como la de Costa Rica
donde ésta desarrolla sus actividades productivas dentro de los penales con
gran beneficio tanto para el inversionista como para los internos y la
administración penitenciaria. En este momento hay una delegación del Ministerio
de Justicia conociendo esta experiencia en Costa Rica.
Una crítica frecuente es que el diálogo y los beneficios
para los internos pueden poner en riesgo la seguridad en los penales...
Nosotros creemos que el adecuado
trato a los internos y sus familiares y el respeto de sus derechos debe ir de
la mano con el respeto del principio de autoridad y las necesarias medidas de seguridad.
Nuestra primera responsabilidad es que quienes han sido aislados temporalmente
de la sociedad permanezcan en tal estado durante el tiempo que dispongan los
jueces, y que mientras ello ocurra, los presos vivan en un marco de disciplina
establecido por la autoridad penitenciaria. Pero no debemos olvidar que el fin
último de la prisión es rehabilitar al interno para su posterior reinserción en
la sociedad, y ello exige, para comenzar, que se le trate con dignidad.
En ese contexto, ¿qué es lo que se entiende por
flexibilización?
El régimen de vida para los
internos condenados por los delitos más graves, entre ellos el de terrorismo,
fue muy duro durante los últimos años y fuente de muchas críticas –nacionales e
internacionales– a la política penitenciaria. Este régimen, que afectaba a no
más de 20% de la población penal, fue modificado en enero de este año, antes de
que yo asumiera el cargo. La dureza del régimen se traducía en larguísimas
horas de encierro en las celdas y escasas horas de patio y en visitas muy poco
frecuentes a través de locutorios. Hoy el encierro se da sólo durante las
noches y las visitas son directas y frecuentes.
¿Esta flexibilización amenaza la seguridad?
Creo que es posible mantener el
principio de autoridad y la seguridad en las prisiones con un régimen de vida
de estas características. Por si no lo fuera, se acaba de aprobar una
disposición (DS 006-2001-JUS) que nos faculta a incrementar las horas de
encierro y limitar o suspender las visitas en caso de que se cometan actos de
indisciplina. Esto significa que los internos de máxima seguridad
–que han cometido delitos gravísimos, no podemos olvidarlo– podrán beneficiarse
de un régimen más benigno siempre y cuando respeten a la autoridad y acaten la
disciplina impuesta por ella.
A propósito de eso, ¿qué pasa en Yanamayo?
El problema que tenemos hoy día en
Yanamayo no se deriva de la aplicación de la nueva normativa legal, como se ha
querido hacer creer. El desorden actual es el resultado de un motín que ocurrió
en febrero del año pasado y que llevó a la destrucción de rejas, candados y
otros mecanismos de seguridad dentro de los pabellones. Esto no significa que
los reclusos estén a punto de escaparse, ni mucho menos. En Yanamayo hay más
guardias de seguridad, entre policías y soldados, que internos. Allí no se
aplica ningún régimen de vida, porque la infraestructura que lo hace posible
colapsó. Esto ocurrió hace catorce meses, durante el gobierno anterior; las
autoridades de entonces no sólo ocultaron los hechos sino que no hicieron nada
significativo para revertir la situación. El actual ministro de Justicia tuvo
el coraje de decirle al país cuál era la situación y cómo vamos a superarla. En
breve, trasladaremos a la población penal de Yanamayo a otros penales para
poder iniciar las obras de infraestructura que le devuelvan sus características
de prisión de máxima seguridad.
¿Y en Castro Castro?
En Castro Castro ocurre una
situación similar, aunque la infraestructura no quedó tan dañada luego del
motín que tuvo lugar en diciembre del año pasado. Allí lo que haremos es
evacuar a toda la población de un pabellón, aproximadamente 150 personas, al
nuevo penal que estamos inaugurando en Huaral. Esto hará posible iniciar las
obras de reacondicionamiento que nos permitan devolverle condiciones adecuadas
de seguridad, así como mejorar los servicios de agua, desagüe, luz y cocina.
Estas obras, al igual que las que haremos en Yanamayo, deben estar concluidas
en tres meses, es decir, antes del 28 de julio. Ello devolverá mucho orden y
disciplina al sistema y traerá tranquilidad a la ciudadanía, que
comprensiblemente se muestra preocupada por estos hechos.
Casi se les van toditos por el túnel...
Sí, felizmente la Policía actuó a
tiempo. De inmediato se han dispuesto las sanciones disciplinarias, y estamos
investigando cómo se pudo avanzar tanto en la construcción del túnel sin que se
percataran de ello las autoridades policiales que están a cargo de la seguridad
externa e interna de ese penal.
Otro penal polémico es el de Challapalca. Ha sido cuestionado
por la altura en que se encuentra y la afirmación de muchos expertos de que la
vida humana allí no es posible.
Estamos estudiando qué hacer con
el Penal de Challapalca. A favor de su clausura están las razones que usted ha
dado; efectivamente, se encuentra a casi 5000 metros de altura y no es posible
tener allí a internos por un plazo mayor de seis meses sin afectar su salud. Es
además un penal muy caro y de difícil acceso, no sólo para los familiares sino
también para la autoridad.
Una pregunta inevitable: entonces ¿por qué no cerrarlo?
Con los actuales problemas, su
clausura resultaría inoportuna e inconveniente. En todo caso, hemos reducido
significativamente su población a 68 internos, es decir, a una cuarta parte de
su capacidad instalada. Respetaremos además el principio de que los internos no
deberían permanecer en ese penal por períodos muy prolongados.
Otro tema de actualidad penitenciaria es el de las denuncias
sobre traslados de peligrosos terroristas al Penal de San Jorge...
Quienes han sido trasladados son
internos de Castro Castro que entre 1992 y 1994 se acogieron a la Ley de
Arrepentimiento, se desvincularon de las organizaciones terroristas y brindaron
a la Policía información importante para desarticular estas organizaciones. Desde
entonces han avanzado mucho en su rehabilitación a través del trabajo, gracias
a la labor de gente como el padre Hubert Lanssiers. Tuvieron que ser
trasladados porque las condiciones en Castro Castro se volvieron muy inseguras
para ellos luego del motín de fines del año pasado. He estado personalmente en
San Jorge, he hablado con estos internos y los presos comunes que comparten el
pabellón con ellos y no he recibido ninguna queja. Su traslado es en todo caso
temporal; estamos siguiendo la situación muy de cerca y al primer indicio de
que podría haber un problema tomaremos las medidas del caso.
Otro tema delicado es el de la Base Naval del Callao, donde
están las llamadas cárceles tumba...
Hemos señalado que no hay razón
para que civiles estén encerrados en una prisión militar, cualquiera que hayan
sido los delitos cometidos por ellos. Empero, mientras no contemos con las
condiciones de seguridad que permitan trasladar a los internos que se
encuentran en la Base a otro centro de reclusión, la Base tendrá que seguir
funcionando. Por eso primero debemos resolver los problemas de Castro Castro y
Yanamayo. La Base no está bajo jurisdicción del INPE, pero sí estamos
informados de que allí también se ha flexibilizado el régimen de vida, lo que
es sin duda positivo.
¿Cómo es el INPE por dentro?
Con 4800 trabajadores, es una gran
empresa pública muy ineficiente y con niveles de corrupción que todavía habría
que determinar pero que parecerían ser significativos; es una institución pobre
pero que dilapida sus recursos, derrocha dinero y desaprovecha las
oportunidades que se le brindan. Hace tres años, por ejemplo, el INPE recibió
una donación del gobierno japonés por 8 250 000 dólares para mejorar la
infraestructura penitenciaria y establecer talleres de trabajo en los penales
del país. En tres años no se hizo nada con estos recursos, salvo viajes,
consultorías y estudios de factibilidad que son hoy de muy poca utilidad.
Además, el trabajador penitenciario, el capital más importante de la
institución, ha sido descuidado. Es preciso restituirle su dignidad y
capacitarlo adecuadamente para que esté a la altura de los retos que tenemos
por delante. Hay pues mucho por hacer para transformar el INPE en una empresa
pública moderna y eficiente.
Mucha gente se pregunta qué hace Gino Costa en el INPE; qué
hace una persona que viene de un medio diferente, metido en una institución de
la que, hasta donde llega el recuerdo histórico, nadie ha salido bien parado.
Me gustan los desafíos. Como
Defensor Adjunto para los Derechos Humanos y como secretario ejecutivo de la
Comisión Ad-Hoc de Indultos había visitado muchos penales y me quedaba la
sensación de que las cárceles eran el mundo del absurdo. Por eso, cuando Diego
García Sayán me ofreció la presidencia del INPE pensé que sería muy fácil, con
un poco de sentido común y buena voluntad, contribuir a mejorar la vida de los
internos y las internas, considerando la manera absurda como se había manejado
esta institución en el pasado.
También me alentó el desafío de sentar
las bases para la transformación de una institución tan desacreditada como el
INPE, viniendo de una experiencia como la de la Defensoría, donde había tenido
la oportunidad de participar para crear una institución allí donde ésta no
existía. Ahora se me da la oportunidad de demostrar que también es posible
transformar instituciones que han perdido toda la confianza ciudadana.
Alternativas para la despenalización
Frente a la sobrepoblación, una
respuesta es construir más penales, pero yo creo que la mejor respuesta sería
comenzar por reducir la población penitenciaria haciendo más corta la estancia
a través de la reducción de penas y la introducción de beneficios
penitenciarios.
Por otro lado, en el Perú las
prisiones no sólo están sobrepobladas sino que lo están de procesados. Expertos
en temas penitenciarios sostienen que un ratio
normal es de 20% para procesados y 80% para condenados; acá tenemos 70% de
procesados. Una parte muy importante de esa población penitenciaria debería
estar en libertad, y debería estar siendo procesada por el Poder Judicial en
libertad. Hay una tendencia de los jueces a ordenar la detención en todos los
casos. Sólo ahora que personajes importantes están enfrentando el problema,
comenzamos a descubrir que en la legislación hay múltiples figuras como el
arresto domiciliario. Esto puede darse siempre y cuando no se trate de un
delito muy grave, no vaya a fugarse, esté dispuesto a colaborar con la justicia
y no haya riesgo para la seguridad de la población.
En ese terreno hay mucho por
hacer. La otra alternativa, que entiendo está siendo trabajada por una comisión
que en este momento está preparando un reglamento al Código de Ejecución Penal,
es la de encontrar penas alternativas a la de la privación de la libertad, a
través de trabajo para la comunidad. En fin, hay una serie de mecanismos que
podrían aplicarse para impedir que gente que robó una gallina pase diez meses o
un año en prisión, y de eso hay muchísimo.