Realicemos nuestra esperanza

Julio Chávez Achong

Desde la profundidad de la crisis nacional a la que hemos llegado luego de lo ocurrido en estos años pueden salir lecciones para construir maduramente un destino mejor. Esa es la tesis central del autor, quien, recordando ideas de Jorge Basadre, hace una serie de propuestas concretas e interesantes para la difícil tarea de reconstrucción que tenemos por delante.

 

La esperanza más honda es la que nace del fondo mismo de la desesperación.

Jorge Basadre

A pesar de sus profundas crisis, el Perú sigue siendo un país con suerte. En la actualidad, y luego de haber perdido innumerables oportunidades históricas de construirnos como nación, volvemos a tener una situación excepcional, como si las desgracias estuvieran allí para decirnos que nuestra misión es escoger un mejor destino. ¿De qué otra forma puede interpretarse el que tengamos a golpe de vista todos los males y las virtudes que nos acompañan a lo largo de siglos? Hoy, ninguna información significativa está fuera del alcance de la mayoría de peruanos, habiéndose recuperado, no sabemos por cuánto tiempo, el interés por el asunto público.

Desde mi punto de vista, el reto más difícil es alcanzar una personalidad individual y colectiva madura para hacer de esta información un estado de conciencia, una voluntad y, sobre todo, una actitud de cambio con responsabilidad. Tener una personalidad madura implica asumir lo que hemos sido y lo que somos, aceptar nuestros errores, conocer nuestras propensiones, intuir nuestros límites, darnos cuenta de las relaciones sociales que reproducimos. Este eslabón de la conciencia, el que al implicarnos asegura una autocrítica y evolución sana, es el que ofrece más resistencia. Aún prima el "yo no supe", "me engañaron", "todos los políticos son iguales", etcétera, que revelan infantilismo.

Gracias a grandes sacrificios y luchas, y a las paradojas del narcisismo virtual, se ha desnudado el régimen fujimontesinista, que ahora declina. ¡En buena hora! Pero qué difícil es reconocer que sus pilares se asentaron en modos de ser que han sido y son instituciones en el Perú. Los extremos horrorosos de la corrupción, del autoritarismo, del cinismo, de la indolencia que caracterizaron al régimen no son sino eso: la caricatura de un sistema de ideas, relaciones, sensibilidades y actitudes muy difundidas. La acusación de traición a la patria que podría hacerse en nuestros días a un ex ministro de Defensa corrupto, con seguridad la repetiríamos si ese cargo lo asumiera mañana el ciudadano que dice: "si lo robado hubiese sido un millón de dólares, pasa, pero 50 ya es mucho, ¿no?".

¿Por qué no escuchamos nuestras voces?

En 1979, con motivo del CADE que se realizó en su querida Tacna, Jorge Basadre pronunció una conferencia con el título "Este Perú dulce y cruel". Tomo una cita:

"Paternalismo, patronazgo, personalismo, clientelismo, basados en intercambios de favores o en relaciones de familia o de servicios, suelen extenderse de los pequeños conciliábulos al manejo de los asuntos generales, y en el ámbito provinciano hacen, en tales o cuales lugares, descollar al patrón o cacique, a veces con características de jefe mafioso; y, aunque en los últimos tiempos haya desaparecido o esté en decadencia el viejo gamonal, acaso en algunos lugares otros lo han reemplazado. Es el mundo de la vara, la coima, la mordida, los ayayeros, los patas, los compadres, los padrinos. Es el mundo que Abelardo Gamarra llamó, muchos años atrás, en 1921, de los camaroneros, los expertos en la mamandurria, los que saben hacer guaraguas, los que practican la ranfuña, los que manejan la batuta o el pandero, los gallazos, los que hacen sentir su mascar en el gran charco nacional. No fue por casualidad que Juan de Arona incluyó en su Diccionario de peruanismos la palabra ‘Troncha’ y recordó que, treinta años antes de él, alguien estampó con letras de molde en el diario más leído de Lima estas palabras: ’La patria es la troncha’. ¿Qué sería –agrega cruelmente– de los tronchistas si se les quita el Perú? Tendrían que vegetar en el extranjero como parias o, como los vimos vagar por las calles de Lima durante la ocupación extranjera, como los cómicos en cuaresma’. Hasta aquí Juan de Arona".

Por alguna razón que vale analizar, los peruanos tenemos grandes dificultades para procesar estos mensajes que son parte de nuestro ser moral.

¿Y si promovemos un autoshock cultural?

Recordemos que antaño se criticó a la clase política dominante, que posteriormente se estigmatizó a los sindicalistas, y que ahora se enfoca a la clase dirigente. Para cada uno de nosotros siempre se trató de errores de los "otros", de los "de abajo", de los "de arriba". ¿Cuándo asumiremos que lo que vemos es lo que reproducimos todos los días en ámbitos públicos o privados más reducidos? ¿Cuántos fujimoris, montesinos, malcas, martitas, abimaeles y nélidas estamos generando día a día? ¿Con cuántas nos tropezamos cotidianamente? ¡Y cómo se incuban en las personas cuando se soborna, se deja de pagar un impuesto racional, se imponen criterios sobre la base de pequeños poderes, nos volvemos indolentes ante el sufrimiento, se disfruta de rumores manipulatorios, etcétera!

Tenemos que admitir que nuestro país padece, en algún grado, de profundas patologías sociales. Los problemas más visibles, más allá de lo que es siembra y cosecha del régimen que actualmente se descompone, resulta de muchas acciones e inacciones, de ideas erradas, de demasiada incoherencia, de grandes brechas socioeconómicas y desgarramientos irresueltos. ¿Cuál es, frente a ello, nuestra tarea actual? No veo otra que la de provocar un shock cultural, si por ello entendemos la acción deliberada de remecer la conciencia de responsabilidad con lo que ocurrió y con lo que ocurre, esto es, el enfrentarnos sin falsos atenuantes con el espejo de los valores que practicamos.

Fue Juan Gonzalo Rose quien dijo que el deber moral de toda persona consiste en dejar una herencia cultural superior a la que recibió. Más allá de los necesarios esfuerzos por salir de la recesión económica, de restituir e innovar mecanismos democráticos, debiera estar el esfuerzo por construir hombres y mujeres de fortaleza ética. Este es un requisito para la salud inter e intrageneracional y la sustentabilidad de las instituciones.

¿"Recetas" para realizar nuestra esperanza?

¿Cómo proceder para realizar esta tarea? Pensemos juntos. Estas son algunas ideas:

En primer lugar, abrir paso a la verdad profunda, no sólo con datos que testimonien los extremos que ya sabemos que existen, y que deben ser motivo de aplicación de la ley, sino también con interpretaciones que nos permitan reconocer nuestra corresponsabilidad histórica y nos faciliten altos grados de consenso sobre las mejores opciones a futuro. Por cierto que la verdad de nuestros días también nos muestra actitudes satisfactorias, valores personales, experiencias de heroísmo, diversos atributos que son nuestra reserva intangible.

En segundo lugar, hacer que el debate sobre el asunto público se procese en todos los ambientes públicos: universidades, colegios, sindicatos, instituciones diversas, la administración pública, los partidos, los foros y mesas de concertación, etcétera. Sin duda la comunidad académica tiene una gran responsabilidad en aportar preguntas y explicaciones, pues el motivo de su existencia es la búsqueda de la verdad.

En tercer lugar, darse un tiempo prudente. Tomar conciencia, reconocer lo que somos; identificar lo que es más importante toma tiempo, no coincide con el lapso de ningún proceso electoral; incluso puede verse afectado si en ellos primase la oferta sin sustento y el excesivo personalismo. Esta prudencia también es importante para construir un lenguaje en el camino, pues es impensable para una toma de conciencia nacional de carácter moral, el tener que recurrir al lenguaje del pragmatismo amoral, del diletantismo, de la política retórica, de la tecnociencia, del radicalismo verbal primitivo, a la queja improductiva. Pensemos en un horizonte temporal de alrededor de cuatro a cinco años como mínimo.

En cuarto lugar, se requiere animación, mecanismos de seguimiento, evaluación y sistematización de este proceso para que sea un aprendizaje. No se trata de rendir cuentas principalmente a otros cuanto a nosotros mismos, pero arribando a un examen compartido.

Un mecanismo que favorecería este procedimiento, aunque no el único, es el de la constitución de una Comisión de la Verdad que ayude con su estudio a interpretar lo vivido en los últimos treinta años, facilitando el diálogo nacional. Ningún segmento decisorio de la sociedad, de la política, de la economía y de la cultura debería dejar de ser examinado. Las instituciones y organizaciones se vincularían a este proceso de modo proactivo, desarrollando ideas y acciones como indicadores de su propia vigencia. La conformación de la Comisión sería decidida concertadamente entre el Estado y la sociedad civil, incluyendo a personas probas, generadoras de cohesión social, que aporten distintas perspectivas y respondan a su propia conciencia y no a objetivos de gremio o corporación.

Otra vía complementaria y convergente sería que innumerables grupos de amistad, de trabajo, de vecindad, políticos, etcétera, a veces con ayuda de los medios, pongan en marcha la reflexión sostenida sobre temas de ética y ciudadanía. Es conveniente no esperarnos unos a otros, aunque todos seamos necesarios.

Pensando en la Promesa del Perú, y recurriendo a una querida figura poética, podemos decirnos que todas las manos valen igual para que ‘el cadáver triste y emocionado se incorpore lentamente y, abrazándonos, se eche a andar’.

Julio Chávez Achong es sociólogo, integrante del Centro IDEAS y docente del Departamento de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Agraria de La Molina.