Cumbres: ¿con los pies
en la tierra?
Aún no existe consenso en la Declaración que más de
treinta jefes de Estado suscribirán en menos de un mes, y hay definiciones
urgentes que llevan mucho tiempo esperando.
Hans Landolt
El escenario ha sido preparado
para la tercera semana de abril, en Quebec. Pero desde mucho antes la atención
está puesta en la Declaración que se deberá aprobar en la Cumbre de las
Américas.
La reunión preparatoria de
comienzos de marzo no pudo lograr un consenso sobre la Declaración y todo
indica que, aunque esta vez el proceso se ha visto enriquecido por múltiples
contribuciones hechas por organizaciones no gubernamentales –que deberían
tomarse en cuenta–, aún se requiere de voces que ayuden a crear la voluntad
política que les falta a muchos gobiernos de la región.
El
respeto de las obligaciones
Un aspecto que requiere de mayor
voluntad política es el de la adopción de mecanismos que permitan a la
comunidad hemisférica reaccionar eficazmente cuando se ponga en cuestión la
vigencia del Estado de derecho, la democracia y los derechos humanos. La
propuesta de una "Carta Democrática Interamericana" que promueve el
gobierno peruano resulta crucial para avanzar y concretar las discusiones que
el proceso había iniciado en ese sentido.
En este aspecto no se está
inventando la pólvora. Mecanismos así ya existen. La democracia es un objetivo
reconocido en la Carta de la OEA y desde comienzos de los noventa (con la
Resolución 1080, el Compromiso de Santiago y el Protocolo de Washington), se
han establecido diversos procedimientos para su protección (pudiendo llegar
hasta la suspensión de un Estado miembro, sin que por ello cesen las
obligaciones de éste con la organización ni las gestiones de los otros para
restaurar la democracia). El Grupo de Río también ha hecho de la democracia un
requisito para su pertenencia y la ha declarado fundamento indispensable para
el proceso de integración. El Mercosur y, más recientemente, la Comunidad
Andina, tienen acuerdos explícitos en ese mismo sentido, haciendo de la
democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho condiciones esenciales
para la cooperación (incluyendo préstamos de instituciones financieras) y la
pertenencia a ellos. Esta lista, que no es exhaustiva, cuenta con diversos
ejemplos en que tal determinación se ha llevado a la práctica.
Mecanismos así, además, no son
prerrogativa de nuestra región. Existen en otras regiones exigencias
democráticas y de observancia de estándares internacionales en el respeto de los
derechos humanos, cuyo incumplimiento incluye sanciones diplomáticas, políticas
o económicas. En diversos regímenes internacionales hay mecanismos de
supervisión y rendición de cuentas (informes y recomendaciones de diversos
órganos ante las instancias pertinentes o la obligación de los estados de
presentar informes periódicos, por ejemplo); de control-sanción o de solución
de controversias de cumplimiento coercitivo por los estados.
Sin embargo, todos sabemos que en
la región esos compromisos muchas veces no han pasado de estar pintados en la
pared, y no faltan ejemplos de flagrante fracaso en honrarlos. La pregunta
ahora es si existe voluntad para cambiar o interés de que prevalezca la
ambigüedad en la conducta de la comunidad hemisférica.
Por provenir del Perú, la
propuesta de adoptar una "Carta Democrática Interamericana" no deja
de tener una connotación crítica del comportamiento de la OEA ante la crisis
que se desarrolló en nuestro país desde 1992. La legitimidad que ha ganado el
actual gobierno de transición –como forma de gobierno cuya posibilidad no quiso
considerarse como tema de la Mesa de Diálogo– invita a que se deje de lado la
vaguedad de los compromisos, se reconozca la necesidad de rendir cuentas sobre
temas que son cruciales para las colectividades nacionales y la cooperación
regional, y se definan procedimientos y mecanismos eficaces para hacer respetar
las obligaciones contraídas.
Las características que podría
tener la adopción de una "cláusula dorada" y las medidas
complementarias que se acuerden con el propósito de hacer eficaz la defensa del
Estado de derecho y la protección de los derechos humanos son, por supuesto,
múltiples. Y mientras más amplias y más severas, más controversiales.
Cuando
se ajusta el bolsillo
El proceso de las cumbres también
discute una propuesta para que sus declaraciones no sean líricas, y se ha
planteado el concepto de una "agenda integrada". Es decir, que su
agenda se articule con las de organismos intergubernamentales como el Banco
Interamericano de Desarrollo. Esto tampoco es novedoso. Internacionalmente se
están creando diversos mecanismos de promoción, de verificación y de
presión-sanción en materia de institucionalidad democrática. Desde comienzos de
los noventa se han introducido cláusulas sobre derechos humanos en acuerdos
comerciales y de cooperación, y a lo largo de la década distintas instituciones
intergubernamentales como el PNUD, el FMI, la OMC, el Banco Mundial o el BID
han incorporado (en mayor o menor medida) estos temas en sus agendas. Decir ahora
en estas organizaciones que sólo las consideraciones económicas son relevantes,
es cada vez menos aceptable.
Sin embargo, lo que parece estar
en cuestión para la región es la voluntad política de vincular claramente la
agenda de tales organismos a la vigencia de la democracia, el Estado de derecho
y el respeto de los derechos humanos. Lo que seguramente a muchos les eriza los
pelos es que la puesta en marcha de mecanismos hemisféricos de supervisión y
control amarre el incumplimiento de los compromisos asumidos por los estados en
materia de democracia y derechos humanos a repercusiones económicas
multilaterales.
En las últimas décadas –y
particularmente después de la Guerra Fría–, el uso de sanciones que trascienden
la mera presión diplomática se ha hecho cada vez más frecuente, y para
justificarlas muchas veces se ha expuesto como argumento la búsqueda de la paz
y la protección de los derechos humanos. Entre las sanciones que se aplican,
unilateral o multilateralmente, destacan las sanciones económicas (orientadas a
limitar la actividad económica), en una variedad de formas tal que abarca
incluso la condicionalidad positiva (modalidad que ata la concesión de
préstamos o los acuerdos de cooperación, comerciales o arancelarios al respeto
de los derechos humanos y el Estado de derecho).
En mayor o menor medida, todas
estas iniciativas forman parte de la revisión a la que desde hace una década se
somete el concepto de soberanía nacional, surgido hace aproximadamente cuatro
siglos con la Paz de Augsburg y el Tratado de Westphalia. La
internacionalización de determinados principios y valores democráticos y el
requerimiento de reglas claras para una economía globalizada hacen
crecientemente intolerable la quiebra del Estado de derecho y los crímenes
contra la humanidad.
Es cierto que el tema de las
sanciones económicas no deja de ser sensible, además, por su eventual impacto
de carácter humanitario (frente a lo que hoy en día se levantan alternativas
con blancos "individualizados"), pero en última instancia la interrogante
sigue planteada sobre la voluntad política para definir la modalidad con la que
la región transitará estos caminos. En ese sentido, lo relevante sería que se
reconozca que los objetivos de un desarrollo sostenible son inalcanzables sin
el respeto de los derechos humanos, que éstos deben cumplir un papel en las
políticas y prácticas económicas así como en los acuerdos comerciales y de
inversión, y que es el derecho internacional de los derechos humanos el que
debe primar sobre cualquier otro.
Los
actores económicos ante el escrutinio público
Lo mencionado líneas arriba
configura una tendencia a la que también tienen que prestar atención las
empresas, los empresarios privados. La relevancia de los derechos humanos para
los negocios es cada vez menos un tema marginal y cada vez más importante para
inversionistas y consumidores.
Hoy día, en la medida en que crece
la influencia de los actores económicos en las decisiones políticas, hay
mayores y también nuevas expectativas sobre las funciones y las responsabilidades
de las empresas. No es exagerado decir que la promoción de los derechos
humanos, la democracia y el respeto del Estado de derecho constituyen una nueva
fuente de legitimidad de la actividad empresarial.
Aunque en la región son todavía una
clara minoría, no deja de ser significativo el número de empresas que aceptan
que sin derechos humanos prevalece la inestabilidad y sin Estado de derecho la
arbitrariedad; que son conscientes del impacto negativo que esto tiene para los
negocios y que reconocen su responsabilidad frente a tales temas. Existe,
además, una tendencia a autorregularse desarrollando códigos de conducta y
adoptando declaraciones de principios con reconocimiento de los derechos
humanos.
Es cierto que estos códigos suelen
ser altamente selectivos respecto a los derechos que incluyen, suscitan debate
sobre si los estándares que establecen son muy bajos o muy altos, y si son
suficientes o se requiere de normas internacionales que sirvan de referente
para las regulaciones propias y nacionales. Pero al menos ya han puesto sobre
la mesa el compromiso de los negocios con los derechos humanos. Y, lo que es
más importante, están construyendo un puente entre la economía y la política.
Un puente transparente, sujeto a escrutinio público y que responde a estándares
reconocidos y aceptados internacionalmente. El siguiente paso es usar su
influencia para reformar leyes opresivas o modificar prácticas gubernamentales
autoritarias ... o contribuir a generar la voluntad política que hace falta en
el proceso de las cumbres para comprometerse en forma decidida, de manera
integrada y eficazmente, con la protección de la democracia y los derechos
humanos.
La deplorable experiencia peruana
de empresarios negociando bajo la mesa, socavando el Estado de derecho, sin
consideración por los derechos humanos, y sacrificando la democracia, es, más o
menos, la otra cara de la medalla. Y es esa cara escondida en las sombras a la
que el proceso de las cumbres le podría prender un reflector que pusiera en
evidencia sus carencias si finalmente adoptara un compromiso que despejara
dudas sobre la importancia que tiene para la integración regional todo lo que
estos empresarios han negado.
Si el proceso de las cumbres
quiere poner los pies sobre la tierra, no debe haber lugar para la ambigüedad.
Cuando se vacila o falta voluntad política para comprometerse con la democracia
y la vigencia del Estado de derecho, se sacrifican los derechos humanos. Los
derechos humanos, integrales e indivisibles: los derechos civiles y políticos,
sí; pero también los derechos económicos, sociales y culturales. La ambigüedad
tendrá efectos nocivos para la democracia, pero tanto o más para el desarrollo
sostenible.
Las eternas vacilaciones de un liderazgo continental
que no merece ese calificativo le cuestan a millones de latinoamericanos atraso
y miseria. Sin duda, se requiere que muchas voces se dejen oír para que la
voluntad política de los gobiernos no vacile. Y bien harían los empresarios en
sumar su voz al clamor regional.