Transición democrática: difícil ajedrez

Pocas transiciones como la peruana han avanzado tan espectacularmente en sus metas y en tan pocos meses. Pocas, también, se han enfrentado más rápidamente a las sorpresas, incertidumbres y temores sobre lo que viene más adelante.

 

Las transiciones democráticas son los fenómenos políticos contemporáneos más estudiados en el mundo. Su magia radica en ser un período relativamente corto, inmediatamente luego del fin de un régimen autoritario, que por su intensidad moldea en un sentido o en otro el destino del proceso político de los años o décadas que siguen. Muchos factores determinan la calidad y el paso de esas transiciones; pero hay dos que, a la luz de la experiencia peruana, aparecen como centrales. Uno, la capacidad de los protagonistas del régimen derrocado para resistir al cambio y obtener concesiones; y, dos, la consistencia y credibilidad de los protagonistas políticos que lideran la nueva etapa.

El Perú ha vivido cambios vertiginosos desde aquel no muy lejano sábado 16 de setiembre del 2000 cuando Alberto Fujimori, abrumado por la evidencia, anunció la convocatoria a nuevas elecciones para julio siguiente. En esa primera etapa, con Fujimori en la presidencia y la cúpula militar en el control real del país, la transición estuvo virtualmente trabada y no se pudo dar el más mínimo cambio. Cualquier avance en materia electoral, por ejemplo, era condicionado por el gobierno de salida a aceptar, ampliar, consolidar y hasta constitucionalizar la impunidad frente al pasado.

Esto cambió abruptamente cuando Fujimori huyó del país, propiciando el colapso del régimen. La salida ordenada de la dictadura se convirtió en un rompan filas y sálvese quien pueda. La cobardía de Fujimori y la poca lealtad para con sus cómplices hicieron que pocos pudieran salvar el pellejo. Por si esto fuera poco, los famosos vídeos dieron cuenta documentada de la magnitud del saqueo y la variedad de los personajes involucrados.

A propósito, ¿qué habría pasado si Fujimori mostraba algo de temple y trataba de permanecer en el poder el mayor tiempo posible mientras ordenaban la casa o, para ser más precisos, borraban los vídeos? Peor todavía: ¿qué habría ocurrido si lograba permanecer hasta el 28 de julio del 2001, como originalmente planeó? Pues el fujimorismo seguiría siendo una fuerza política importante, y muchos de los actores de los vladivídeos estarían pontificando sobre las virtudes de la democracia y la honestidad en el manejo de la cosa pública. ¡El país debe agradecer a Fujimori por su egoísmo y falta de agallas!

El hecho concreto es que después de la fuga de su líder, el fujimorismo estaba muerto; pocos querían ya defenderlo y nadie podía hacerlo con eficacia. De ahí que la posibilidad de avanzar sustantivamente en la transición democrática estaba sobre la mesa. Y aquí entra a tallar el segundo elemento que mencionamos como clave en las transiciones: la consistencia de las fuerzas que encabezan lo nuevo. Así, un Perú destrozado y desmoralizado encontraba en el gobierno transitorio, encabezado por Valentín Paniagua, la mejor opción posible para llevar adelante esa etapa clave de la transición. En pocos meses se han producido cambios extraordinarios: se ha recuperado el Estado de derecho, se han reparado atentados contra la libertad de expresión y violaciones de los derechos humanos, se ha iniciado el proceso de reinstitucionalización del país, se han dado golpes durísimos a la histórica impunidad para los poderosos, se ha avanzado en subordinar a las Fuerzas Armadas al poder civil, se ha recuperado prestigio internacional y, quizá lo más importante, se nos devolvió a los peruanos la ilusión de que existía la posibilidad de tener un gobierno decente, democrático y eficaz.

Por la forma en que se entrelazaron los dos elementos mencionados, la transición peruana ha sido excepcional en sus primeros meses y ha conseguido resultados muy importantes. Tanto así que muchos de nosotros empezamos a ver el escenario futuro con gran optimismo.

Las cosas, lamentablemente, han empezado a cambiar poco a poco en los últimos dos meses, y hoy en día el destino político del Perú aparece con grandes nubarrones. Para muchos el optimismo cede paso a la preocupación como el sentimiento dominante. Sin duda, el factor fundamental del cambio de ánimo colectivo es que este gobierno transitorio está de salida y que frente a otra etapa igualmente importante de la transición democrática, la que se inicia el 28 de julio próximo, lo que prima es una gran interrogante.

Ya desde varias semanas antes de las elecciones del 8 de abril empezó a configurarse un clima político que invitaba al desaliento. Los tres candidatos que emergieron de la lucha por la democracia sembraban dudas en los electores. Fernando Olivera, porque se obsesionó con una carrera sin destino a la presidencia que le impidió primero convertirse en el gran líder parlamentario que dialogue con el Ejecutivo de tú a tú y que, al final, terminó ayudando a su peor enemigo a entrar a la segunda vuelta. Lourdes Flores, porque se arrimó hacia la extrema derecha (económica, política y religiosa) y se mostró tibia con el fujimorismo, perdiendo en el camino cientos de miles de adhesiones que, sin duda, la hubieran colocado en la segunda vuelta. Y Alejandro Toledo, porque nos dio razones para dudar de su consistencia personal y de si es la persona adecuada para confiarle el timón del país.

Y además estaba Alan. Lo dijimos con absoluta claridad desde el primer día y lo repetimos ahora. La candidatura de Alan García tiene para nosotros un significado diferente que va más allá de discutir si sus propuestas son buenas, malas o regulares. Pasa, en cambio, por no olvidar que es la misma persona que lideró hace sólo 10 años uno de los peores gobiernos de nuestra historia; uno que nos dejó en la total quiebra económica y moral. Un presidente que tuvo además una política nefasta en derechos humanos y que fracasó rotundamente en el combate a la subversión, al punto que al final de su gobierno ésta se había convertido en una amenaza realmente temible (ver más al respecto en esta misma edición). Si a todo lo anterior le sumamos que la impunidad ha sido absoluta frente a sus actos –y que lo fue con la complicidad explícita de Alberto Fujimori-, nuestro rechazo a Alan García se ubica en un terreno principista. Como nos hemos preguntado antes: ¿puede el mismo presidente que, por el desastre que generó, creó las condiciones para que el Perú se entregue a Montesinos y a Fujimori, ser premiado de nuevo con el mismo cargo? ¿Puede una canción bonita y una promesa para cada quien hacernos olvidar tan fácilmente el pasado?

Pues parece que sí. Por lo menos, para una parte importante de los peruanos. Alan García está hoy en la segunda vuelta, y sus posibilidades de convertirse en el próximo presidente no hacen sino crecer.

Pero ésa no es la única preocupación frente a los resultados del 8 de abril. La otra es Alejandro Toledo. Hay varias razones para dudar y preocuparse. Las acusaciones ya no son sólo sobre una paternidad negada y un secuestro inventado; estamos ahora ante denuncias de manejos indebidos de los fondos recibidos para la campaña electoral. Toledo tiene la oportunidad, en las semanas que vienen, de aclarar las dudas para su favor y recuperar el liderazgo que el país le reconoce en la última etapa de la lucha contra la dictadura.

Pero si no procede así, ¿qué hacer? ¿Votar en blanco o viciado? Ésa fue ya la opción de muchísima gente desde la primera vuelta. No por nada los votos blancos y viciados tuvieron el porcentaje más alto de los últimos 20 años. Las encuestas post-electorales colocan a los que se inclinan por esa opción en más del 20%. El blanco o viciado era, hasta hace poco, una forma individual de rechazo que expresaba el repudio a Alan García y la insatisfacción frente a Alejandro Toledo. Y, de empeorar las cosas, pudo haberse convertido en algo más articulado y hasta quizá, eventualmente, ser encabezado por movimientos cívicos con legitimidad ciudadana. Pero no: Jaime Bayly y Álvaro Vargas Llosa decidieron convertirse en sus abanderados. ¿A título de qué se arrogan ese derecho y nos imponen de la nada una especie de tercera candidatura? Pocos casos deben haber en la historia mundial del ego hipertrofiado como el que estas dos personas han puesto en evidencia.

Tal como están las cosas, la verdad es que hoy por hoy, para una buena parte del electorado las opciones al frente son bastante difíciles. Es triste decirlo, pero para muchos lo que está en discusión no es quién o qué es lo mejor, sino quién o qué es lo menos malo. ¡Qué desgracia! Hemos luchado tantos y tanto para acabar con esa dictadura inmoral, y ahora tener una multitud de preocupaciones sobre lo que viene más adelante.

Más allá de la elección en sí misma, y volviendo a nuestro enfoque inicial, lo que está en juego es la calidad y el ritmo de la transición democrática. Hay razones para preocuparse sobre cómo va a continuar, luego de julio, la reconstrucción institucional del Perú y la lucha contra la impunidad, dos de los pilares fundamentales del proceso en marcha.

El entusiasmo de Martha Chávez, de Absalón Vásquez y del diario Expreso por la candidatura de Alan García es un claro indicador de lo que por ese lado se puede esperar. Sobre Toledo se dibuja todavía una inmensa incógnita. A la vez nos cuesta demasiado imaginar qué razones y qué utilidad tendría el votar por la plancha Álvaro/Jaime. El único consuelo es que las elecciones no son mañana y que en las semanas que faltan el panorama puede mejorar o, al menos, aclararse.

Entretanto, la situación exige al gobierno transitorio mayores definiciones. Es que ante las dudas planteadas sobre el futuro, ellos tienen ahora la obligación de generar procesos consistentes que trasciendan estos meses y que dejen sembradas condiciones para los potenciales avances futuros. Hay varios escenarios en que esto tiene que darse. En primer lugar, el de la Comisión de la Verdad. Ojalá que cuando estas líneas estén publicadas se la haya oficializado ya, pero en todo caso no puede de ninguna manera postergarse para luego de la segunda vuelta. Valentín Paniagua ha empeñado públicamente su palabra, y creemos que la va a cumplir. ¿Alguien imagina a Alan García estableciéndola durante su gobierno? ¿No podría ocurrir que Toledo, apremiado por otros frentes, la postergue y postergue, hasta que finalmente quede en el olvido?

Hay otros campos en que el gobierno transitorio debe también dar pasos enérgicos hacia adelante. Mencionemos, por ejemplo, la urgencia de avanzar incluso más rápido que hasta hoy en la lucha contra la corrupción. O, también, el iniciar las re­for­mas de fondo en las Fuerzas Armadas para adecuar su papel al que corresponde a un país en democracia (ver artículos al respecto en esta misma edición).

El ajedrez futuro de la transición es, pues, complicado y requiere jugar nuestras piezas con gran habilidad. No es que pensemos que nos pueden hacer jaque mate, pero ha quedado descartado que ganemos con mate pastor. Va a ser una partida exigente. A favor de que el proceso no se detenga está una opinión pública mucho más consciente y movilizada y que conoce de las consecuencias de su pasividad e indiferencia pasada. No sólo los partidos políticos combatieron a la dictadura y empujaron hacia adelante la transición democrática; a la sociedad civil le cupo también un papel destacado que puede, y debe acrecentar en el futuro para asegurar el rumbo democrático que tantos queremos y ganar esta partida. (C.B.I.)