Fuerzas Armadas:

Los desafíos de la próxima etapa

Nunca antes, quizá ni siquiera luego de la Guerra del Pacífico, nuestras Fuerzas Armadas han quedado tan afectadas institucionalmente y cuestionadas ante la opinión pública. A continuación, con dos artículos de casa y los siempre valiosos y bienvenidos aportes de Enrique Bernales, abordamos distintos aspectos del tema militar, pensando en cómo extraer de esta crisis lecciones útiles y positivas para definir su futuro papel en un Perú que aspira a consolidar la democracia.

 

De la crisis a la agenda para el cambio

Carlos Basombrío Iglesias

 

Las Fuerzas Armadas no han sido la única institución manipulada y corrompida por la dictadura de Fujimori y Montesinos. Mucho queda pendiente por saber respecto a lo que ocurrió, por ejemplo, en el Poder Judicial, el Ministerio Público, el Congreso y en la mayoría de los ministerios del Ejecutivo. Hay también responsabilidades colectivas no asumidas aún, que atañen a los partidos políticos, a los empresarios, a los medios de comunicación, etcétera. Pero no queda duda de que entre los militares los daños causados han sido más devastadores y más difíciles de absorber.

Tratando de entender lo que pasó con las Fuerzas Armadas en esta década, no es difícil imaginar los resortes que llevaron a que se comprometieran con el proyecto autoritario del 5 de abril. Los militares en el Perú no tienen una tradición democrática muy sólida; para ellos la prioridad es la seguridad nacional y la respuesta a las situaciones que la amenazan. A comienzos de los noventa, ellos estaban convencidos de que ésta estaba amenazada por una organización subversiva que crecía incontrolada, ante lo que ellos percibían (no sin cierta razón) como la profunda irresponsabilidad de la clase política civil. Aquí tenemos una percepción radicalmente diferente de las mejores formas de enfrentar una subversión interna, y pensamos que una democracia fuerte es la mejor aliada –y no un obstáculo– en su combate. (No por nada ninguna democracia de a verdad en el mundo ha sido derrocada por un movimiento subversivo, y lo contrario ha ocurrido con decenas de gobiernos militares o autoritarios civiles.)

Pero el que quisieran sacrificar la democracia en nombre de la seguridad estaba dentro de lo previsible, dada su historia y visión de la realidad. Más todavía si el recurso al golpe era alentado por políticos civiles y reclamado por un sector amplio de la opinión pública.

No así lo otro. ¿Qué explica el que tantos oficiales se hayan comprometido en actividades ilegales a gran escala? No estamos hablando aquí de un pícaro que se apropió de algunas vituallas o favoreció a una empresa amiga en una licitación. No: estamos ante una operación de corrupción a gran escala que involucró a gran parte de los mandos militares y que comprometió cientos de millones de dólares en actividades ilegales. Acciones tan cuestionables como comprar armas en mal estado para obtener jugosas comisiones en épocas de conflicto externo o vincularse estrechamente al narcotráfico internacional. Es terrible decirlo, pero se puede concluir de los hechos que se van conociendo que en algún momento, hacia el final del fujimorismo, la cúpula militar dejó de actuar como institución y lo hizo como mafia. Y aquí llega el capítulo más difícil de entender y de justificar: ¿qué llevó a las Fuerzas Armadas a someterse y luego asociarse con un individuo expulsado de sus filas por traición a la patria? ¿Qué los sedujo de un oscuro abogado de narcotraficantes prohibido de entrar en sus cuarteles por indeseable? La excusa usual de los personajes del fujimorismo es el "yo no sabía en lo que me metía". Bueno, en este caso se sabía plenamente. Falta mucho análisis, información y quizá una especie de psicoanálisis colectivo militar para entender ese proceso, indudablemente único en nuestra historia y quizá en la del mundo.

La crisis militar de abril y sus lecciones

Cada vez hay más evidencias de lo parecido de las mentes de Vladimiro Montesinos y Abimael Guzmán (¿tendrán algún día celdas vecinas para que continúen sus famosos diálogos?). Lo decimos, en este caso, porque ambos querían sujeción absoluta y documentada. Coincidían en que cualquier disidencia mínima, cualquier pensamiento independiente, agrietaba la "organización". Este es el origen del bochornoso documento en que centenares de oficiales de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional se comprometieron a defender el 5 de abril, apoyar al régimen de Fujimori y garantizar cualquier amenaza potencial a su impunidad futura. Se entiende ahora por qué en las postrimerías del gobierno de Fujimori, el entonces presidente del Consejo de Ministros, Alberto Bustamante, exigiera como condición para avanzar en cualquier otro punto de la transición, que se elevaran a rango constitucional las leyes de amnistía y que se ampliara la protección a delitos comunes.

El lado positivo de esta historia es que la existencia del acta y, sobre todo, su conocimiento por la opinión pública, han llevado a las Fuerzas Armadas a un proceso inicial de reflexión sobre su responsabilidad histórica y a expresar al país su convencimiento de los errores cometidos; incluyendo en su mensaje un apoyo explícito a una Comisión de la Verdad que profundice sobre lo que el país ha experimentado en estas décadas. Quizá hubiera sido mejor omitir los párrafos que buscaban encontrar justificaciones a lo injustificable y hacer más explícito el pedido de perdón ante el país; pero a favor de las Fuerzas Armadas, en todo caso, está el hecho de que es hasta ahora la única institución que ha tomado la difícil decisión de hacerlo.

Cabe una mención especial al manejo de la crisis por el presidente Valentín Paniagua. Él ha demostrado que la prudencia y los buenos modales no están reñidos con la firmeza. Hizo bien Paniagua en cambiar a los mandos militares que firmaron el Acta; más que por haberla firmado (quedan cientos, en mandos claves, que también lo hicieron), por habérselo ocultado. Cabe resaltar también que en el mismo discurso Paniagua asume por primera vez públicamente el compromiso de su gobierno de crear la Comisión de la Verdad, promesa que estamos seguros no defraudará.

Desafíos inmediatos

Ha sido superada la crisis, pero de ninguna manera eso resuelve el tema militar en la transición. Hay dos tipos de desafíos a este respecto: aquellos inmediatos y que se puede decir corresponden todavía al gobierno de Paniagua, y otros de un poco mayor aliento que, sin ser ajenos a este gobierno, tienen más que ver con el que se inicie el próximo 28 de julio.

Sobre los primeros cabe mencionar tres:

1. Culminar el proceso de depuración de personajes y prácticas montesinistas en las diferentes instituciones militares. Y no lo decimos sólo nosotros. El general de división Tafur, el comandante general saliente del Ejército, en su discurso de despedida, advirtió explícitamente que ese proceso no había aún concluido. Ahora que ya se hizo lo más difícil en la limpieza institucional, no habría justificación alguna para no terminar de barrer los rincones que faltan.

2. Ratificar y consolidar el compromiso con la Comisión de la Verdad y la lucha contra la impunidad. Es muy cierto que se ha hecho expresa la invitación militar a que ésta se forme; pero no lo es menos que en el fondo preferirían que no se constituya. Hay que reconocer que el proceso de verdad sobre el pasado y las responsabilidades individuales e institucionales de las Fuerzas Armadas (y no sólo de ellas, por supuesto) es doloroso y difícil; pero ayudará, a la larga, a construir una institución que se cimiente sobre bases verdaderamente sólidas.

3. Modificar la justicia militar. Está hipertrofiada. Ha servido para garantizar la impunidad a responsables de violaciones de los derechos humanos y autores de diferentes delitos comunes. Ha sido una espada de Damocles contra militares convencidos de la lucha por la democracia. Ha extendido sus atribuciones a juzgar civiles acusados por terrorismo, debilitando innecesariamente la eficacia de la sanción y seguridad jurídica de los procesos. No hay misterios en lo que hay que hacer. El asunto está, si cabe, sobreestudiado. Cambiar la justicia militar es sólo un asunto de voluntad política firme; y este gobierno de transición tiene todas las herramientas y el apoyo para hacerlo.

Definiciones de fondo

Nunca en el Perú se ha trabajado de a verdad y a fondo sobre el papel que deben cumplir las Fuerzas Amadas en una sociedad democrática. Simplificando la realidad, se podría decir que usualmente la actitud de los gobernantes civiles ha sido la de dejar a los militares ocuparse solos de "sus" asuntos, a cambio de que no les hagan un golpe de Estado. Ésta no puede ser la actitud del próximo gobierno. Hay condiciones muy propicias (que podrían no repetirse por décadas) para cambiar esa relación y construir una moderna, eficiente y democrática.

Para avanzar en ese camino, hay un conjunto de temas de fondo e interrelacionados entre sí que hay que abordar. A continuación los presentamos esquemáticamente:

1. Discutir su misión en una democracia. Esto pasa en primer lugar por descartar cualquier posibilidad de que sean vistos o se sientan como árbitros de los procesos políticos; como los que definen en última instancia qué es lo conveniente para el país. Conseguir eso es un proceso largo y complejo que va más allá de las salvaguardas legales, las que por cierto ya existían el 5 de abril, pero que no fueron un disuasivo suficiente (lo que no quita restablecerlas ahora). Y este cambio de mentalidad, hay que recordarlo hasta la saciedad, no sólo depende de las Fuerzas Armadas –y muchas veces ni siquiera principalmente de ellas–, sino también de la clase política civil.

Con esa definición previa, si bien queda absolutamente claro que su misión fundamental es la de defender al país de posibles amenazas externas, hay una discusión que dar sobre su papel necesariamente subsidiario o limitado a circunstancias excepcionales en apoyo al desarrollo y campañas cívicas, atención de emergencias, control del orden interno (frente a la delincuencia común o el terrorismo), protección de la ecología y el medio ambiente, etcétera.

2. Adecuación del gasto militar a las posibilidades del país. La historia mundial de las guerras indica que muchas veces, más que en las armas y los ejércitos, la capacidad de un país para defenderse radica en su fortaleza económica y en las condiciones de vida de sus pueblos. Así, en un país tan pobre como el nuestro la prioridad en las asignaciones presupuestales no puede establecerse a partir de definir cuánto se necesita para la defensa y el orden interno y, a partir de allí, pensar en los sectores sociales. Debe ser exactamente al revés. Por supuesto, eso no puede hacerse de manera irresponsable y abrupta; se trata de un proceso progresivo y que tiene un altísimo componente de política exterior, dado que se deben buscar acuerdos regionales de reducción concertada del gasto militar.

3. Política de defensa para el siglo XXI. Siendo su misión esencial la defensa del país en caso de guerra exterior y conscientes de la importancia de reducir el peso del gasto militar en un país tan pobre como el Perú, hay que definir claramente los escenarios y prioridades de la política de defensa en los nuevos tiempos. Las más importantes hipótesis de conflicto que existían hasta hace una década han desaparecido o se han visto reducidas significativamente con los acuerdos de paz con Chile y Ecuador. ¿Hay nuevas amenazas a la seguridad nacional? ¿Cómo se las define y se les hace frente? ¿Es el tipo de Fuerzas Armadas que hoy tenemos el adecuado para la política de defensa en el siglo XXI? Todas estas son definiciones de fondo y le corresponde al país entero hacerlas y no sólo a las Fuerzas Armadas. En ese sentido, urge también una modificación del Sistema de Defensa Nacional, uno de los más atrasados de toda la región en lo que a participación civil se refiere.

4. Mecanismos institucionales eficaces de fiscalización y control. La subordinación de las Fuerzas Armadas no puede limitarse a que el Presidente sea el Jefe Supremo y que los mandos se subordinen a sus decisiones personales. Esa subordinación, de carácter subjetivo y llevada a niveles grotescos por el factor Montesinos, explica parte de lo ocurrido en los noventa. Se debe pasar a la subordinación objetiva; es decir, no a personas o gobiernos, sino al Estado democrático, sus instituciones y sus leyes. En ese empeño hay múltiples campos por trabajar; entre otros, la modificación de la ley de situación militar, el manejo y fiscalización del presupuesto, el papel del Congreso y la particular atención que se debe prestar a las funciones del Servicio de Inteligencia Nacional.

5. Modernizar la doctrina y la formación en las escuelas. Mucho de la visión de las Fuerzas Armadas sobre seguridad nacional ha devenido obsoleto rápidamente, dados los dramáticos cambios mundiales ocurridos en los últimos 15 años. Hay que repensar los conceptos fundamentales (la doctrina de la seguridad nacional, por ejemplo, está hoy totalmente cuestionada). Así también, hay que repensar lo que se enseña en las escuelas militares y la forma en que se hace. En general, para la formación de los futuros oficiales hay que evitar la tradicional separación de castas civiles y militares; por ejemplo, hay que propiciar que mucho de la formación militar pase por las universidades y a la vez incorporar ampliamente a la inteligencia civil en la formación de las escuelas castrenses.

Lo anterior ha sido sólo un esbozo de algunos de los importantes temas para la agenda de cambio en relación con las Fuerzas Armadas; antes que respuestas, hemos pretendido plantear algunos temas de debate. Sobre cada uno de ellos se puede profundizar y discutir ampliamente, propósito al que esta revista –y el IDL en su conjunto– tratarán de contribuir sistemáticamente en los próximos meses. Lo haremos en el convencimiento de que el tema militar es un asunto que le corresponde también a la sociedad civil. Y no sólo por el lado de la crítica y la fiscalización, sino también por el de la propuesta y las alternativas en positivo.

 

Hacia un cambio de mentalidad

Enrique Bernales Ballesteros

 

 

Los militares han ocupado un papel central en la historia republicana del Perú. Unas veces como garantes de la soberanía territorial, otras como actores políticos. En los albores de la República alimentaron la anarquía; en su transcurso, tomaron el poder recurrentemente.

Durante el siglo XIX predominó el caudillismo fraccionalista de los militares que se hacían del gobierno (aliados a los sectores más poderosos) para preservar el orden o para imponer otro que lo mantuviera en el poder.

Sin embargo, un nuevo pensamiento fue germinando durante el siglo XX al interior de las Fuerzas Armadas conforme se fueron profesionalizando. El primer golpe institucional se daría apenas en 1962, cuando las Fuerzas Armadas derrocaron al presidente Manuel Prado. El motivo que se adujo fue el supuesto fraude para favorecer al APRA. Julio Cotler sostiene que las Fuerzas Armadas decidieron impedir que se perpetuara el Estado oligárquico, representado por la alianza que se venía gestando entre el APRA y la Unión Nacional Odriísta en el Parlamento recién electo. Cierto o no, ya se percibía un compromiso de las Fuerzas Armadas con el desarrollo social y económico.

Dos de los más importantes modernizadores del Ejército fueron los generales José del Carmen Marín y Marcial Romero Pardo, los primeros directores del Centro de Altos Estudios Militares (CAEM). Ellos introdujeron una visión dinámica e integradora de la función militar, asociándola tanto a la defensa como al desarrollo. Si bien esta doctrina tendía a modernizar la institución militar, no escapará al juicio que también les dio posibilidades de opinar en asuntos materia de decisiones políticas.

La nueva doctrina militar provenía principalmente del general alemán Von Ludendorff, quien proponía la concentración absoluta del poder militar y político en un General en Jefe y la subordinación de la política estatal a las exigencias militares. De ese modo la guerra no sólo debía operar en el frente militar, sino que debía comprender también la lucha política, económica y social.

Esta doctrina fue moldeando la mentalidad militar desde el CAEM. El Ejército se vio en la necesidad de estudiar exhaustivamente la realidad social y de participar en la política general del Estado. El problema es que, de acuerdo con estos principios, cuando los gobiernos civiles no se muestran capaces de aplicar esas opciones, aparece como natural el hacerse del poder para ponerlas en práctica. Por eso la participación de los militares como actores políticos se perfiló, sobre todo, a partir de la segunda mitad del siglo XX en un sentido preponderantemente institucionalista.

De una suerte de caudillismo militar subordinante de los mandos para obtener el poder político, las Fuerzas Armadas pasaron a ser una especie de organización político-militar dispuesta a ejercer el papel de organizador de la sociedad. La ingeniería social se hizo monopolio de los militares. De ahí la proliferación de planes, como el Inca, el Túpac Amaru, el Verde o el que, con variantes de este último, pusieron en práctica Fujimori-Hermoza-Montesinos, distinto en el enfoque ideológico de las reformas que las Fuerzas Armadas debían poner en práctica, pero rigurosamente semejantes todos en el control autoritario de las Fuerzas Armadas sobre el conjunto de la sociedad peruana.

El teniente coronel Manuel Morla, que llegó a ser comandante general del Ejército en la década de los cincuenta, publicó en 1933 un folleto titulado "La función social del Ejército", texto de lectura obligada en la preparación de oficiales. Decía que el Perú es un país atrasado y semicivilizado, complejo y heterogéneo, y que es el Ejército "el llamado a unificarlo y civilizarlo".

Una vocación civilizadora y redentora completó el esquema mental de la alta oficialidad de las Fuerzas Armadas, especialmente en el Ejército. Los caudillos militares ya no existían, sino sólo un cuerpo apto para tomar el poder o para tutelarlo desde la sombra, cuando la democracia resultase ingobernable.

En 1968 se consideró que el gobierno reformista de Fernando Belaunde había fracasado en el intento de cambiar las estructuras sociales. Una vieja tradición de protagonismo "necesario" se hizo patente cuando el general Juan Velasco Alvarado arremetió contra el Estado oligárquico para liquidarlo.

Tanto en los 12 años de los gobiernos militares de Velasco y Morales Bermúdez, como, luego, en la función de "partido político" del fujimorismo, las Fuerzas Armadas se han corporativizado. Es decir, el cuerpo ha asumido unitariamente una nueva función. Los militares ya no tendrán intervenciones individuales intermitentes. Ahora pretenderán justificar su presencia en la escena política por ser una institución nacional con una "misión" que los errores o ineficiencias de los civiles no pueden poner en riesgo. De este modo queda planteada una dinámica reformista para modificar efectivamente las condiciones económicas y sociales del país.

La corporativización llevará a las Fuerzas Armadas a considerar al sistema de partidos y a la democracia sin tutela como el origen de todos los males. Debe quedar claro, no obstante, que esta "misión" apareció con más nitidez bajo el período militar del 68 al 80. La asociación de las Fuerzas Armadas con Fujimori y Montesinos las comprometió en oscuros hechos, a cargo de altos mandos militares, relativos a violación de derechos humanos, vínculos con el narcotráfico, enriquecimientos ilícitos y corrupción en general.

En efecto, a comienzos de los noventa altos mandos de las Fuerzas Armadas adhirieron políticamente al gobierno de Fujimori, constituyendo así un régimen cívico-militar. Ellos fueron sujetados por un oscuro asesor que se encaramó en la cúspide del poder y organizó la más escandalosa red de corrupción vista en el Perú. A Vladimiro Montesinos le bastó someter al Presidente de la República para maniobrar sobre las instituciones militares, condicionando los ascensos, tramando redes de cooptación y aplicando el chantaje como método de persuasión.

El papel de los militares en la democracia

Las Fuerzas Armadas no deben formar parte, por esencia, del escenario político. Cuando esto sucede, la fuerza militar es utilizada para definir relaciones de poder y no para cumplir su verdadero papel conforme a la Constitución: garantizar la independencia, la soberanía y la integridad de la república.

Sin embargo, el artículo 171 de la Constitución define como finalidades complementarias la participación en el desarrollo económico y social del país. Esto debe interpretarse como la colaboración que prestan las instituciones militares a tareas comunales, desde la construcción de infraestructura hasta la capacitación de la población en lugares alejados. Estas competencias están subordinadas al poder constitucional y se entienden como un auxilio material a las emergencias civiles. Si se parte de ese concepto, las Fuerzas Armadas no tienen una función política.

En una democracia, estas instituciones operan al margen del debate político. Su incursión sólo puede justificarse frente a la ruptura del orden constitucional, en favor del sistema democrático. Pero se debe tener mucho cuidado. Los militares muchas veces han sustentado su participación en la política con el argumento de que lo hacen para "asegurar" el cumplimiento del texto constitucional. Así lo hizo en 1962 el general Ricardo Pérez Godoy cuando encabezó un golpe de Estado. En 1968, el general Juan Velasco se refería, como una de las justificaciones de su levantamiento, "al uso incontrolado de inconstitucionales facultades concedidas al Ejecutivo". En 1992, Alberto Fujimori, con el apoyo de los militares, disuelve el Congreso e interviene los poderes e instituciones públicas, en defensa de una "verdadera democracia" que jamás alcanzó a definir.

De ahí que la subordinación constitucional de las instituciones armadas les impide deliberar. En ese sentido se manifiesta el artículo 169 del texto constitucional. Su sujeción se atiene a la ejecución de sus deberes constitucionales. Por concepción, están impedidas de tomar partido por un gobierno o agrupación política. De hacerlo, estarían asumiendo funciones políticas que no les corresponden. La tutela forma parte de una orientación doctrinaria desfasada en una sociedad democrática moderna.

El tratamiento constitucional de las Fuerzas Armadas no se agota en lo jurídico. Hay que actuar sobre los condicionamientos históricos, estructurales y culturales de las instituciones militares. El más efectivo control sólo puede partir de la redefinición de las funciones militares en una democracia, retomando las lecciones del pasado y estableciendo como prioridad el respeto de la voluntad popular, el Estado de derecho y los derechos fundamentales de los ciudadanos, desde la formación que se imparte en las academias militares.

Enrique Bernales Ballesteros es director de la Comisión Andina de Juristas.

 

El control de los aparatos
de inteligencia

Carlos Rivera Paz

 

Después de una década de ejercicio absoluto del poder, el SIN terminó siendo un aparato para el chantaje, la coacción y la acción criminal. Su característica principal y la de los otros aparatos de inteligencia de las Fuerzas Armadas fue, no cabe duda, la inexistencia de mecanismos de control sobre sus actividades y sus integrantes.

En noviembre de 1991 el entonces gobierno democrático de Fujimori promulgó el Decreto Legislativo 746, Ley del Sistema de Inteligencia Nacional. En ella se regulaba las funciones y atribuciones del Servicio de Inteligencia Nacional. Muy pronto el Congreso derogó dicha norma por contener disposiciones inconstitucionales.

Luego de producido el golpe de Estado del 5 de abril de 1992, el nuevo gobierno de Fujimori promulgó el Decreto Ley 25635, la nueva Ley del Sistema de Inteligencia Nacional. Esta norma no era otra que el decreto que en diciembre de 1991 el Congreso había derogado. La norma no sólo otorgaba atribuciones al SIN sobre la inteligencia en los campos político y militar (en los que no le corresponde actuar), sino que además le permitía desarrollar "inteligencia operativa frente a los diversos factores de perturbación que afectan la seguridad", así como la aprobación de los planes anuales de actividades de los demás órganos de inteligencia. Además, su presupuesto tenía la clasificación de secreto. Es decir, el poder total.

A partir de ese momento el SIN mantuvo un notorio proceso de aumento no sólo de sus atribuciones legales, sino de su poder político y de su capacidad operativa para cumplir con sus objetivos (políticos y económicos). Podríamos detallar una impresionante cantidad de hechos cometidos por este aparato en los que existen evidencias de la participación de sus integrantes. Frente a estos hechos, ningún tipo de control funcionó. Muy por el contrario, las instancias políticas y judiciales, incluyendo, claro está, al Ministerio Público, desarrollaron todas las acciones necesarias para garantizar la impunidad de los hechos.

La desactivación del SIN

Frente al inmenso cuestionamiento político y legal existente sobre el régimen fujimorista, hacia finales de agosto del 2000 lanzaron una maniobra: la creación de la llamada Central Nacional de Inteligencia (CNI). Los representantes del gobierno argumentaron que se trataba del inicio de un proceso de reorganización del aparato de inteligencia, pero era demasiado evidente que lo que se pretendía era mantener el SIN bajo otra denominación legal. La propuesta legislativa mantenía intacta no sólo la estructura sino también las atribuciones y el poder del SIN. El vídeo Kouri-Montesinos puso fin a esta maniobra. Días después el propio Fujimori promulgó la Ley 27351, en la que se disponía la desactivación del Servicio de Inteligencia Nacional.

Si bien en dicha norma se derogaron las disposiciones legales que regulaban el SIN, lo cierto es que en el Decreto de Urgencia 018-2001 de febrero de este año, se dispone que el SIN continúe cumpliendo la función de inteligencia en los frentes interno y externo, recomendada por la Comisión Desactivadora.

Hoy, frente a esta situación y en medio de un escenario que exige una redefinición del rol y posición de los organismos de seguridad en un régimen democrático, resulta importante destacar los aspectos centrales de una propuesta de reforma de los aparatos de inteligencia.

Hacia una inteligencia democrática

Los regímenes democráticos necesitan de organismos de inteligencia. Claro que la premisa fundamental determina que sus funciones se encuentren señaladas en la ley y que éstas se cumplan bajo el marco del respeto de los derechos de las personas y los principios que inspiran la democracia y que se encuentre sometido a diversos mecanismos e instancias de control. Las tareas de obtención de información y producción de inteligencia constituyen funciones esenciales para la conducción, coordinación y control de las actividades de la seguridad interior y exterior del Estado. Pero los organismos de inteligencia no pueden ser concebidos o diseñados como aparatos de espionaje y represión política o como aparatos al servicio del gobierno de turno.

Las características sobre las cuales un aparato de inteligencia debe funcionar en un Estado de derecho deben ser los siguientes:
a) Integralidad: la inteligencia es global e integral. b) Permanencia: tanto en su propuesta como en su funcionamiento, independientemente de las amenazas o conflictos. c) Unidad y concepción de dirección: resulta necesario que se centralice en una autoridad para proporcionar visión de conjunto. d) Descentralización en la ejecución: se busca optimar el uso de los recursos disponibles para producir la inteligencia requerida. e) Dinámica y flexible: la estructura de inteligencia tiene que adaptarse a la estructura del Estado y adecuarse a los cambios temporales.

A partir de estas pautas fundamentales, la constitución de un organismo exige la previa definición de algunos aspectos fundamentales: 1) Se debe establecer la dependencia política y orgánica del organismo de inteligencia de la Presidencia del Consejo de Ministros. 2) Las atribuciones del organismo de inteligencia deben estar señaladas de manera clara y precisa en la ley, limitando los campos de actividad y eliminando la realización de inteligencia operativa. 3) La jefatura del organismo de inteligencia debe ser ocupada por un civil. 4) Sobre el personal, es necesario que exista una limitación a la cantidad y procedencia de los integrantes para evitar que se termine absorbiendo a oficiales de otras instituciones. 5) Se debe considerar la existencia de diversos mecanismos de control. Planteamos los siguientes:

– El control parlamentario: Una comisión especializada, en la que se encuentren representados equitativamente los diversos sectores políticos del Congreso, debe desarrollar permanente fiscalización sobre planes, doctrina, acciones y presupuesto.

– El control presupuestal: Si bien el Congreso puede fiscalizar este campo, corresponde directamente a la Contraloría General desarrollar los procesos de fiscalización del presupuesto asignado.

– El control judicial: No debe existir ningún impedimento legal, administrativo o político para que los integrantes de los aparatos de inteligencia sean investigados por el Ministerio Público y el Poder Judicial.

Junto a ellos debe necesariamente considerarse el control que están ejerciendo las instituciones de la sociedad civil y los medios de comunicación. Sólo si éstos existen podemos construir aparatos de inteligencia realmente democráticos.

Carlos Rivera es miembro del Área Penal del IDL.