Lo bueno, lo malo y lo feo del papel de la OEA en la recuperación de la democracia en el Perú
La feliz noche en que un Fujimori todavía con sonrisa enlatada e imperturbable apareció anunciando nuevas elecciones, alguien comentó que entre quienes se estarían arrepintiendo por haber asumido el tercer período de Fujimori-Montesinos como un hecho consumado e irreversible, estarían los de la OEA. Acto seguido, un escéptico-realista aseguró irónicamente que sería al revés, que la OEA, en un clásico "hacer de tu debilidad, virtud", se presentaría como artífice de la democracia en el Perú.
Uno de los temas que ha estado rondando la Cumbre de Quebec es el del papel que ha cumplido la OEA en la recuperación de la democracia en el Perú. Y ¿cuál es la versión oficial? Que ese papel ha sido ejemplar y que los peruanos prácticamente se la debemos a la OEA. ¿Tan así ha sido?
Sin ánimo de ser una vez más aguafiestas, no creemos que –dicho con diplomacia– haya sido exactamente así. Nuestra percepción es más bien que la OEA tuvo una oportunidad extraordinaria para cumplir ese papel ejemplar, lo que habría revertido con justicia a favor de ella y de la democracia en el conjunto de la región, pero que al final –ahora sí dicho sin diplomacia– se "chupó".
Para nosotros la secuencia de la intervención de la OEA en las elecciones de Perú 2000 fue: un comienzo espectacular, notable, pero cuando tocaba el remate, el broche de oro, no se atrevió a dar el gran salto, y optó más bien por el premio consuelo. Balance final: puntos sin duda positivos pero también errores y hasta desatinos mayúsculos.
¿Cuál fue el inicio de la película? Obviamente, la actuación de la Misión de Observación Electoral de la OEA, con Eduardo Stein y su equipo. Recordémoslo una vez más.
A la luz –o a la sombra, más bien– de la actitud de la OEA en relación con el golpe del 5 de abril de 1992 y de otras misiones de observación precedentes, Fujimori y Montesinos deben haber creído que la observación electoral de la OEA les caía como anillo al dedo, porque deben haber calculado que no se atrevería a romper palitos con un régimen que en esa época –¡cómo cambian los tiempos!– era uno de los pocos que en la región le podía exhibir éxitos y ofrecer una cierta estabilidad futura.
Por eso la Misión de la OEA fue la única gestionada activamente por Fujimori y su entorno, anunciándose anticipadamente que era la única con valor oficial.
Cuán equivocados estaban; cuán equivocados estábamos todos, en realidad, porque todos creíamos que, efectivamente, la OEA venía a salvar a Fujimori. Pero llegó Stein y tuvo la audacia, la insolencia de hacer... ¿qué?: pues simplemente lo que había venido a hacer: observación electoral. Y como todo estaba "bajo control", pero no en el buen sentido sino en el de Fujimori y Montesinos (todo intervenido, comenzando por el sistema electoral) y todo estaba arreglado –software incluido– para un solo resultado, la reelección, Stein tuvo que, desde el comienzo, criticar y criticar, cada vez en tono más alarmante, hasta que llegó a la conclusión de que las irregularidades eran irreversibles y, en señal inequívoca de descalificación del proceso electoral, se fue del país antes de la realización de la segunda vuelta.
Esta era la nueva OEA, pues como explicitó el mismo Stein –ver entrevista en ideele 127–, se trataba de una línea de observación electoral "inédita", "no convencional", de primera vez, pues no se podía continuar en la línea "tradicional", porque se ponía en riesgo el futuro mismo de las observaciones electorales y hasta de la OEA. Y tenía toda la razón: si el fraude de Fujimori-Montesinos hubiese pasado la valla de la OEA, los criterios para medir si las elecciones son libres y justas habrían quedado al ras del suelo y hasta bajo tierra.
¿Qué hubiera pasado si Stein, a nombre de la OEA, no hubiese descalificado abiertamente las elecciones, y luego se destapaba lo que se ha destapado, con vladivídeos incluidos? ¿Cómo estaría ahora la OEA? Por eso, no sólo los peruanos le debemos mucho a Stein, sino que la OEA debería comenzar a pensar en un busto de reconocimiento, porque Stein salvó a la OEA.
Windsor
De ahí vino la Asamblea General de la OEA en Windsor, en la que –para desgracia de los canadienses, que anticipadamente habían preparado la reunión con un libreto muy distinto– el caso Perú se convirtió de facto en la estrella. El que el irregular proceso electoral del Perú se haya metido por los palos en la agenda, derrotando a los denodados esfuerzos que hicieron Trazegnies y Romaccioti para que esto no sucediera, es otro punto a favor de la OEA, como también lo fue que el mismo Gaviria –al César lo que es del César– mencionara el punto en su discurso inaugural, ubicándolo en el rubro problemas y hasta vientos en contra de la democracia en la región.
Pero, ¿qué salió finalmente de la Asamblea? ¿Una resolución de condena inequívoca al Perú, como correspondía después del informe Stein? No, definitivamente no. ¿Un cierrafilas con Fujimori? Tampoco. Salió una de esas resoluciones intencionalmente ambiguas, para que sea después la fuerza de los acontecimientos la que decida finalmente la interpretación.
Una resolución que para nada era la aplicación de la 1080, como recomendaba valientemente la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en conferencia paralela en Windsor mismo, pero tampoco era cualquier cosa, pues contemplaba el envío al Perú de una misión de altísimo nivel (el secretario general más el presidente de la Asamblea), que debía desembocar en una misión permanente de la OEA en el Perú. Por algo fue que Trazegnies, Ramaccioti y un nutrido equipo de Torre Tagle movieron cielo y tierra para impedir la resolución, contando con el respaldo de importantes países de la región (Venezuela, Brasil, México, para sólo mencionar algunos); y si no lo lograron fue porque vino Pikering del Departamento de Estado de los Estados Unidos y les dijo o por las buenas o por las malas, aunque –corre el rumor– fue en ese momento que se negoció la misión pero sin nuevas elecciones.
El gran retroceso de la OEA, el bajón luego de lo de Stein, no fue, entonces, la resolución de Windsor, por lo menos tal y como fue aprobada, sin contar con lo que pudo haber por debajo de la mesa, sino vino después. Fue cuando, en restrictiva interpretación de la resolución, la OEA decidió sacar de la agenda el punto de la descalificación de las elecciones y, por tanto, el de nuevas elecciones.
Nunca olvidaremos cuando Gaviria y Axworthy, ya en el Perú, anunciaron ante un grupo de representantes de la sociedad civil dicha interpretación, Y Gaviria llegó a decir que se trataba de "una misión de buena voluntad". ¿Dónde quedaba el informe Stein, el hecho original de la Comisión de Alto Nivel? ¿O sea que la OEA podía descalificar las elecciones al punto de no quedarse hasta el día de su realización, y después simplemente no pasaba nada?
La OEA tomó así la decisión de reconocer oficialmente un tercer período de Fujimori y Montesinos, por más que ese tercer período era abiertamente inconstitucional y por más que surgía de un proceso electoral descalificado por diferentes misiones de observación, incluida la suya propia. ¿Cómo entonces puede ahora decir que la caída de Fujimori y Montesinos, y el advenimiento de la primavera democrática, es obra de la OEA?
Sacar el punto de las elecciones de la agenda de la OEA no sólo era una incoherencia con lo anterior, sino que debilitaba enormemente los esfuerzos internos y externos por la recuperación de la democracia en el país, pues era el visto bueno internacional a la re-reelección, por lo menos regionalmente. Si hubo un momento en que Fujimori y Montesinos deben haber destapado una botella de champán para celebrar, debe haber sido ése, cuando se enteraron de la agenda que traía la OEA.
En cambio, si la OEA hubiese mantenido el punto, aunque sea de manera tibia, como un punto tenue en el horizonte, estamos seguros, sin exagerar, de que otra hubiese sido la historia, y ahí sí le deberíamos un monumento a la OEA, y sería completamente justo que estuviera ahora dando la vuelta al ruedo.
Pero seamos justos con la OEA en esto también: sacó de la agenda el punto de las elecciones en coordinación con algunos sectores del país, y obviamente no nos referimos al oficialismo, sino a sectores democráticos que rápidamente se resignaron al tercer período y que se entusiasmaron con el premio consuelo –que hoy suena a chiste– de un proceso de democratización basado en el diálogo directo con Fujimori y Montesinos. Si la OEA hubiera encontrado un bloque compacto e irreductible, otra también habría sido la historia.
Lo que vino después (los puntos de la agenda de la OEA, la Mesa de Diálogo) ya es parte de otro proceso, porque surgieron otros acontecimientos que provocaron un desenlace en sentido contrario: las nuevas elecciones se reincorporan en la agenda de la OEA por la fuerza de las circunstancias. Proceso en el que la OEA tuvo también una participación importante, con puntos a favor (por ejemplo, la parte final de la Mesa de Diálogo), como puntos en contra (el apoyo al asilo de Montesinos, el peor), temas que abordaremos en la próxima edición.
Si recordamos cómo fueron las cosas realmente, no es por trazar la línea y dividir entre buenos y malos, sino porque la distorsión de lo ocurrido lleva a lecciones y experiencias equivocadas. La línea a fortalecer en la OEA a partir del proceso peruano debe ser la de la Nueva OEA, la de Stein, la del Sistema Interamericano, la línea de un compromiso con la democracia y los derechos humanos a la de a verdad. (Ernesto de la Jara Basombrío)